16
Como era costumbre cada vez que iba a hacerle el tinte a la señora Sargent, la estancia de Beau se alargó mucho más de lo que uno esperaría.
Después de quitar el producto, lavar y secar el pelo de la mujer, en cuanto esta estuvo contenta con el resultado, no tardó en invitarlo a quedarse a cenar a modo de agradecimiento.
Una parte de sí mismo dudaba si era una oferta que debía aceptar.
Después de la reacción rara de Reece cuando le había tocado, era una duda razonable.
Otra, en cambio, sentía que se merecía una cena casera y que, por las manías o quién sabe qué del nieto de la señora Sargent, no iba a renunciar a ello.
Así que accedió, compartiendo mesa con ambos durante un rato.
Sentado en aquella mesa, el menor de los Sinclair se topó de bruces con una nueva faceta de Reece que desconocía.
Primero había sido un cascarrabias, luego un idiota algo maleducado, más tarde agradable, también encantador y divertido al compartir una cerveza y ahora, junto a su abuela, estaba cerca de ser un ángel.
Hablador, con chispa, pendiente todo el tiempo de lo que la anciana pudiera necesitar…
Al terminar la cena incluso, mientras Beau y la se ñora Sargent se tomaban un té helado, fue él quien se encargó de recoger todo y limpiar los cacharros en la pila sin que nadie tuviera que pedírselo siquiera.
—¿No quieres quedarte un poco más? Es temprano, podemos jugar a las cartas.
—Lo siento, Roberta me ha pedido que haga turno mañana en el Cherry, así que…
Reece salió de la cocina. En una de sus manos traía una bolsa de papel con asas.
—Y por la tarde tiene entrenamiento de rugby —dijo, bromista.
«Ugh, el dichoso rugby».
El nieto de la señora Sargent le tendió la bolsa.
—Tu camiseta, limpia y seca, sin desperfectos. Y un tupper con sobras. Ya me devolverás la que llevas cuando puedas.
El menor de los Sinclair cogió la bolsa y, tras dejar un beso en la mejilla de la señora Sargent, salió con sus cosas por la puerta.
Aunque había ido hasta allí con la bici como siempre, sentía en sus adentros la necesidad de pasear un rato, así que colgó la bolsa en el asa, quitó la cadena y abandonó el jardín, arrastrando la bicicleta rumbo a casa.
No había avanzado mucho por la calle cuando una voz llamó su atención.
—¡Beau! —A sus espaldas, Reece se acercaba corriendo.
—¿Me he olvidado algo? —preguntó, palpando los bolsillos a la vez.
Pero el nieto de la señora Sargent negó.
—Te acompaño un trecho —respondió, sin más, haciendo un gesto con la cabeza que marcaba el camino. No esperó una respuesta, sencillamente metió las manos en los bolsillos de la sudadera y echó a andar como si conociera el camino de memoria .
—¿Esto es por tu abuela? —preguntó, acelerando el paso para alcanzarle.
—¿No puedo acompañarte porque quiera?
Ambos se miraron. Sin respuesta ante aquella pregunta, Beau devolvió la vista al frente y siguió empujando la bicicleta.
Pero resultaba imposible no mirarle. Era como si algo en Reece tuviera un imán, uno que obligaba a la cabeza del menor de los Sinclair a girarse una y otra vez y perderse en cada uno de los detalles que conformaban su rostro. Especialmente uno.
—No sabía que llevabas gafas.
Reece asintió.
—Desde niño, pero para jugar y eso me pongo lentillas.
—Mola.
«¿¡Mola!? ¿¡Cómo que mola!? ¿¡Quién dice mola!? ¡Dios, Beau!»
Los brazos de Beau se tensaron, sus puños se aferraron con más fuerza al manillar.
¿Por qué era tan desastre cuando estaba con él?
¿Por qué le salían de la boca palabras que no era capaz de contener?
¿Por qué metía la pata con tanta facilidad?
Siempre había hablado de más, siempre había sido impulsivo, pero no de aquel modo; no tan caótico ni acelerado como lo sentía cuando se trataba de Reece.
—¿Has hablado con el entrenador Hunt sobre las clases en el Cherry?
—Espera, ¿qué sabes tú de eso? —el menor de los Sinclair frunció el ceño.
El nieto de la señora Sargent esbozó una media sonrisa.
—Yo lo propuse. El entrenador quería hacer pilates en equipo —el rostro de Beau debió mostrar clara sorpresa, pues Reece no pudo evitar extender el brazo y darle un toque con el puño—. No me mires así, ¿no me crees capaz de tener inclinaciones artísticas?
—¡No! O sea… —titubeó—. ¡Bueno, vale! Sí, no me pegas como el tipo de hombre al que le interesa ponerse a pintar tazas. Creo que son tus manos. Son gigantes y…
—No tengo las manos tan grandes.
Beau se detuvo de golpe, Reece tuvo que hacerlo también.
—¿Que no? —el menor de los Sinclair levantó una mano con los dedos extendidos y la colocó frente a Reece—. Pon tu mano así, a la misma altura.
El nieto de la señora Sargent obedeció y Beau, raudo, colocó su mano contra la ajena. La diferencia de tamaño entre ambas era más que evidente.
—¿¡Lo ves!? Una mano tuya es como… ¡Dos mías!
Beau buscó la mirada de Reece. Quería seguir con la broma, meterse un poco más con él pero, una vez más, la forma en la que este observaba la unión de sus manos, lo hacía sentirse completamente desconcertado.
De nuevo esa duda en el rostro, como si algo de todo aquello le resultara extraño.
Esta vez fue Beau quien quitó la mano. El solo recuerdo de cómo antes Reece se había apartado y la sensación amarga en la garganta eran más que suficientes para convencerle de ello.
Además, se había prometido a sí mismo no volver a tocarle y ahora, como un estúpido, ahí estaba.
Cogió la bici de nuevo y la empujó por la calle.
—En fin, será divertido ver lo que sale —dijo, buscando zanjar el tema.
—Claro —respondió Reece, emprendiendo el paso también.
El silencio los envolvió a ambos. Mientras avanzaban por las calles de Whitefish rumbo a la residencia de los Sinclair, todo lo que podía escucharse eran las ruedas de la bici girando y el sonido de sus pasos repiqueteando contra la acera.
—Cuando hablé con el entrenador Hunt, dijo que tú y Kurt… En fin, que habíais tenido un rifirrafe por un comentario —Beau presionó con más fuerza el manillar, buscó en él un punto de apoyo para sus siguientes palabras—. ¿Fue por lo que me dijo?
No sabía demasiado bien qué respuesta quería escuchar. Sin embargo, al ver a Reece asentir, algo en su interior se encogió.
—Eres parte del equipo. Y nadie falta al respeto a mi equipo.
El menor de los Sinclair rio con toque sarcástico y arqueó una ceja.
—No soy parte del equipo. Tú me obligas a serlo —dijo, intentando ocultar de nuevo con una broma la calidez que sus palabras le despertaban.
Siempre le pasaba. Era su forma de reaccionar a la aceptación.
Había tenido que lidiar tantas veces con ser rechazado por quien era que Beau, a modo de defensa, había aprendido a usar el humor para hacerle creer al mundo que le daba igual ser aceptado.
Incluso cuando Emmet le había dicho que su sexualidad no cambiaba nada entre ellos, lo único que el menor de los Sinclair había sido capaz de hacer fue soltar un chiste que ya ni siquiera recordaba.
Era más sencillo lidiar con ese dolor si fingía que no era tan importante.
Pero lo era. Aquel «eres parte del equipo» le calentaba el alma.
—Las circunstancias por las que eres uno de nosotros no me importan.
Lo eres, punto. Y por lo tanto no pienso permitir que nadie te falte el respeto —sus miradas se encontraron—.
Pero, aunque no lo fueras… —suspiró—, estamos en el siglo veintiuno, joder.
¿Quién se cree Kurt para hacer ese tipo de chistes? No en mi vestuario. No en mi presencia.
—Bueno, para ser justos con Kurt, muchos ambientes deportivos le han dado alas para creer que son lugares en los que se les reirán los chistes.
—Sí… —suspiró—. No voy a negar que el mundo del deporte tiene un problema serio con la homofobia. Y con muchas cosas más, si somos sinceros. Pero ellos no me representan. Las decisiones que tomo como capitán las tomo por mí. Para ser fiel a lo que creo.
—¿Y no te pesa? —preguntó Beau—. Es decir, eres la imagen perfecta de lo que esa gente podría adorar. Eres hombre, hetero, blanco, europeo... Podrías quedarte callado, jugar sin más. Tienes ese privilegio, la gente te adoraría. Y todo sería más sencillo para ti…
—Pero es que yo no busco que esa gente me adore.
No soy uno de ellos y no quiero que lo piensen nunca.
Prefiero estar solo en el campo, con toda la grada dándome la espalda, que sentir que quienes me arropan no encajan con mis valores —Reece chasqueó la lengua—.
¿Sabes? Mi mejor amiga desde que era niño es lesbiana.
Lleva seis años con la misma mujer, son…
la definición de la pareja perfecta. ¡Al nivel de mis abuelos!
—sonrió—. Una vez, hablando de este tema, me dijo que la idea más peligrosa que existe es que eres «demasiado pequeño para cambiar lo que está mal».
Porque la persona destinada a cambiar las cosas es, sencillamente, alguien que se atreva a alzar la voz.
En un vestuario. En una conversación. En un chiste que decides no dejar pasar.
Con que alguien empiece a cu estionarlo, con que alguien diga algo…
ya es suficiente. Aspiro a ser ese alguien algún día.
¿Qué podía responder a algo así? Una parte de sí mismo, la más cansada, la que había aprendido a sobrevivir antes que a esperar, pensó que aquellas palabras no deberían ser extraordinarias.
Lo que Reece acababa de decir era, sencillamente, lo mínimo.
Lo normal. Lo que cualquier persona decente tendría que pensar sin necesidad de discursos ni valentía.