Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 15 #2
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—Aun así… joder, uno no tiene unas cicatrices así sin una historia complicada detrás. Debería haber sido un poco más sensible. Confieso que no es mi punto fuerte.

—¿No me digas? —preguntó Beau con tono sarcástico.

Su rostro se contrajo; se frotó la cara con la mano.

—Como puedes ver, mi punto fuerte no es contener la lengua.

Reece asintió despacio. Después, levantó la camiseta.

—En nada te la limpio. Espérame un momento —dijo y se marchó.

Durante unos segundos, Beau se quedó quieto en el lugar en el que estaba.

Balanceó un poco el cuerpo, movió la cabeza buscando con la mirada algo interesante…

Finalmente, anduvo, moviéndose un poco por el cuarto, convencido de que en algún rincón debía haber algo que le diera un mínimo de vida a aquel lugar.

Lo encontró sobre la mesita. Un colgante dorado en forma de herradura. Sin pensarlo dos veces, lo cogió con dos dedos y lo observó de cerca.

—No me pega mucho contigo, Sargent —dijo y ladeó el rostro, mostrándole la pieza .

—Bueno, lo llevo porque me lo regaló mi padre cuando empecé a jugar para los Cavaliers. Él estuvo en los Rams durante muchos años.

—¿Tu padre también era jugador de rugby? Debe estar muy orgulloso.

Reece bamboleó la cabeza.

—No te creas, él nunca quiso que me metiera en este mundo.

Beau frunció el ceño, cosa que indicó al nieto de la señora Sargent que debía seguir.

—El rugby es un deporte muy exigente físicamente; es brutal.

Ya viste los golpes, los agarrones… Mi padre tiene varias lesiones jodidas que sigue arrastrando, con dolor crónico, así que no le hizo mucha gracia la posibilidad de que…

—levantó los hombros—. Aun así, cuando vio que era inevitable, me regaló eso para mostrarme que me apoyaba.

Cuando era jugador, lo apodaban «el toro Sargent», dice que por eso escogió… bueno, la herradura.

El ceño del menor de los Sinclair se frunció todavía más, aquellas palabras lo llevaron incluso a acercarse hasta el marco de la puerta del baño y acomodar el cuerpo contra esta.

—Los toros no llevan herraduras; esos son los caballos.

—Exactamente lo mismo le dijo mi madre al verlo. Pero él insiste en que los toros sí llevan y que si la herradura y su simbolismo y no sé qué estupidez —una media sonrisa encantadora se pintó en los labios de Reece a la vez que sacudía la cabeza.

Beau bajó la mirada, observó la herradura de nuevo y la hizo girar entre los dedos.

—Siendo tan terco, deberían llamarle «la mula Sargent».

Reece rio. Una risa honesta, sin filtro alguno ni la contención de las otras veces. Una de esas risas que suenan a música, que son capaces de llenar toda la habitación. Al volver a mirarle, el menor de los Sinclair sintió que el estómago se le encogía.

¿Cómo un sonido que escuchaba por primera vez le era tan familiar?

—Se lo diré la próxima vez que lo vea —aseguró.

—¿Irás a verles pronto? A Inglaterra…

—Mis padres están en Escocia. Pero no. Hasta que las aguas no se calmen, ese es territorio vetado para mí. Aunque el equipo lo ha puesto con palabras bonitas, fueron ellos quienes me pidieron que me fuera y que no… jodiera la imagen del conjunto.

Ambos se miraron. El nieto de la señora Sargent apagó el grifo y escurrió con fuerza la camiseta en el interior de la pila. La miró, asegurándose de que los restos de tinte habían salido del todo. Después, se acercó a Beau con la prenda húmeda entre las manos.

—¿Sabes por qué…?

El menor de los Sinclair asintió.

—Mi hermano es muy fan de los Cavaliers —mintió. No era que Emmet adorara el equipo y el rugby en general, pero sentía que no estaba listo para admitir que había escogido por su propia voluntad cotillear su vida—. ¿Cómo estás?

Antes de que Reece respondiera, Beau movió la mano en un gesto ambiguo.

—Déjalo. Seguramente estás cansado de hablar del tema.

—En realidad… no lo he hablado con nadie todavía…

—¿Y quieres hacerlo?

El nieto de la señora Sargent levantó los hombros.

—Es un divorcio, nada más .

—Un divorcio de dos personas que llevaban diez años juntas. Si quieres hago que me creo que no te ha importado, pero tampoco me tomes por estúpido.

Reece presionó los labios y bajó la mirada.

—¿Y si te digo que no sé cómo me siento al respecto? Que una parte de mí entiende a Penny, ha escuchado sus razones y cree que lo correcto es separarnos. Pero otra… está rota. Siente que su vida no puede ser la misma ahora y… tiene miedo a quedarse sola.

Beau tomó aire por la nariz despacio.

—Te diría que los divorcios son complicados.

Sin importar si eres la persona que se va o la que se queda.

Incluso cuando un divorcio es de mutuo acuerdo o porque el amor se ha acabado…

Es una decisión complicada. Y duele. Supone aceptar que algo que pensabas que sería siempre igual no lo va a ser y te obliga a reconstruir tu vida desde cero.

Pero lo superarás. Y, en unos años, quizás seréis capaces de ser amigos y ver todo este periodo oscuro de vuestra vida como algo de lo que reírse —Beau se mordió el labio—. ¿La quieres?

Reece asintió sin vacilar.

El hombre que tenía ante sus ojos era un hombre enamorado, uno que había perdido de un día para otro a esa persona que era su todo.

Quizás no tenían muchas cosas en común, quizás hasta aquel momento Beau solo había considerado la atracción física lo único que lo hacía interesante, pero ver que Reece también tenía el corazón roto hizo que muchas piezas de sus puzles vitales encajaran a la perfección.

El menor de los Sinclair extendió el brazo y apoyó la mano contra el de Reece.

Su pulgar trazó una caricia contra este, una sonrisa tranquila se pintó en sus labios.

La mirada del nieto de la señora Sargent se fijó en la propia.

Por un instante, fue como si nada más existiera.

Y es que Reece lo miraba de una forma que Beau no sabía entender.

Como con sorpresa. Como si algo no cuadrara en su cabeza cuando estaban juntos. Reece movió el brazo, huyó del contacto físico de forma poco sutil y Beau, incómodo, apartó la mano con rapidez y se cruzó de brazos. ¿A qué venía eso ahora?

—Voy a colgar esto fuera, así te lo llevas seco —dijo, en referencia a la camiseta.

Y, sin añadir nada más, rodeó su cuerpo para poder salir del cuarto sin mirar atrás.

El menor de los Sinclair dejó escapar un pesado suspiro, echó la cabeza atrás y se dio varios golpecitos suaves contra el marco de la puerta.

«Mierda, joder».

Nota mental: No tocar a Reece Sargent nunca más.