15
Una de las cosas que más iba a echar de menos de estar en Whitefish eran las largas tardes que pasaba en casa de la señora Sargent.
Como todos los treinta de cada mes, Beau se encontraba en el jardín trasero de la anciana, de pie tras la silla en la que esta se encontraba, con los guantes sucios y la vista ligeramente cansada, pero el trabajo casi hecho.
El último día del mes era día de tinte. Desde hacía ya cinco años esa era la norma y así se hacía cada mes sin falta. ¿Cómo no iba a sentir tristeza al pensar que, en un par de meses, se acabaría?
Era curioso que Beau se encargara de aquella tarea.
Aunque en más de una ocasión se había cortado el pelo a sí mismo y a Emmet, nunca en la vida se había atrevido a tocarse el color de este.
No lo había dicho nunca en voz alta, pero ya sentía que sus cicatrices llamaban demasiado la atención como para sumarle además un tono colorido en el pelo.
Que sí, que le producía curiosidad verse de rubio, pero la ansiedad estaba por encima de todo.
Aun así, tenía tanta experiencia tintando el pelo a Mini y a la señora Sargent, que antes de reunir el valor para lanzarse a su aventura universitaria se había preguntado si la estética no era la respuesta más sencilla y adecuada para su futuro.
—Voy a echar de menos tenerte de peluquero personal, que lo sepas —dijo la señora Sargent, con tono bromista.
Beau fingió indignación, se echó ligeramente hacia delante para observarla.
—¿Solo eso? ¿Y qué hay de mi maravillosa compañía? —respondió él también con tono jocoso, riendo después, recuperando la postura para terminar de aplicar el tinte.
—Háblame más de la universidad, ¿hacia dónde vas finalmente?
—A Prairie Ridge, en Idaho. Washington sonaba bien, pero…
creo que el choque de ir allí después de esto me habría vuelto un poco loco.
Aquello es más tranquilo, el campus está rodeado de campo y colinas, casi no hay edificios altos.
Es un lugar grande, pero… ¿no tanto? ¿Tiene sentido?
—rio—. Me dio muy buena espina cuando hice la entrevista y…
los profesores siguen siendo artistas en activo, no te empujan a hacer algo «vendible», sino a hacer algo honesto.
Además, a final del semestre, hacen exposiciones y puede venir tu familia a ver tu proyecto y… no sé, me hace ilusión que Emmet…
La señora Sargent sonrió y echó el brazo atrás, con mimo palmeó el de Beau.
—Estoy segura de que serás muy feliz allí. De verdad.
—Eso espero… —suspiró—. Por ahora, con encontrar piso, me conformo.
—¿Todavía no lo tienes?
Beau negó.
—Qué va. Charlotte ha hablado con mi hermano para ir un fin de semana y ver algunos de los que hay en internet. Ya sabe, para no alquilar algo y que luego…
—Sea una estafa .
—Efectivamente. Supongo que iremos el finde después del Cuatro de Julio —levantó los hombros.
Sin embargo, tras unos segundos, volvió a inclinarse para acercarse a la mujer—.
Aunque me vaya, vendré mucho a visitar tanto a Emmet como a usted.
Y prometo mandarle un mensaje con cómo me ha ido el día y… ¡Están las vacaciones!
La señora Sargent ladeó el cuerpo, alzó una de sus manos y la colocó contra la mejilla de Beau. Su pulgar se deslizó despacio, trazando arcos suaves, acariciando con afecto su piel magullada.
—No pienses en nosotros ahora, piensa en ti.
Piensa en lo que quieres hacer, en dónde serás feliz, eso es todo lo que importa.
Eso es lo que realmente nos importa a todos los que te queremos, ¿de acuerdo?
—su mano se apartó—. Yo también he sido joven y he soñado con ver mundo, con hacer esas cosas que pensaba estaban fuera de mi alcance.
Y lo hice. Me lancé, con miedo, pero lo hice.
Tú debes hacer lo mismo. Sin olvidarte nunca de quién eres realmente y de dónde vienes, pero con la vista siempre puesta hacia adelante.
Beau sonrió y asintió.
—Gracias por entenderme, por… —bamboleó la cabeza. No quería emocionarse, aquel camino iba a ser tortuoso a medida que se acercara la fecha y prefería no darle más vueltas ahora. Hizo un gesto con la mano—. Anda, póngase bien que termino con esto.
Con el tinte perfectamente extendido por cada mechón de cabello, ahora solo quedaba esperar treinta minutos para poder retirarlo y secarlo.
Mientras la señora Sargent seguía tranquila en su silla, disfrutando de las caricias del sol contra su piel, Beau recogió todo y puso rumbo al interior de la casa, sujetando en una de sus manos el pincel y en la otra el bol que había usado para los restos de tinte .
—¡Beau! —llamó su atención la señora Sargent.
El menor de los Sinclair ladeó el rostro, dejó de prestar atención hacia dónde se dirigía.
El choque fue frontal. Un golpe seco, directo y, después, unas manos agarrándolo con fuerza por los brazos, unas que despertaron un chispazo en su interior capaz de iluminar toda una ciudad.
Cuando Beau devolvió la vista al frente, Reece Sargent se encontraba frente a él y lo observaba de una forma que le puso los vellos de la nuca de punta.
—Segunda vez que evito que te vayas de bocas contra el suelo —dijo, bromista.
Llevaba gafas. De metal semi redondas. Y aunque podría mentir al mundo si quisiera, Beau, que siempre había sido de los que preferían a Clark Kent antes que a Superman no podía negar que aquella imagen no era evocadora.
Reece dio un paso atrás y lo dejó ir, su ceño se frunció de inmediato.
—Mierda —dijo.
El tinte, los dichosos restos de tinte que quedaban en el bol estaban ahora por toda su camiseta. Oh no, le encantaba esa camiseta, tenía una vaca con una flor en la oreja de lo más mona y la había encontrado a buen precio en una tienda de segunda mano del centro.
—¿Estás bien, tesoro? —preguntó la señora Sargent.
—Sí, solo es un poco de tinte… —intentó quitarle importancia.
—Ven conmigo, te daré una de mis camisetas y lavamos eso. Seguro que queda como nuevo —respondió Reece, haciendo a la vez un gesto con la cabeza que lo invitaba a andar.
Aunque había estado muchas veces en casa de la señora Sargent, Beau siempre solía quedarse en la planta baja. Arriba estaban las habitaciones, también lo que la mujer llamaba «lo que quedan de los recuerdos de Tony», sentía que era demasiado invasivo pasear por allí.
Por eso mismo, cuando Reece subió la escalera como si nada, necesitó unos segundos y una profunda inspiración antes de ser capaz de hacerlo él también.
Avanzó por aquel pasillo con todo el cuidado del mundo, como si temiera que alguien de repente le gritara que no tenía permiso para estar allí.
Por las paredes había un montón de fotos de la señora Sargent con su difunto esposo, con sus hijos, con sus nietos…
También había una de Reece abrazando a sus abuelos por la espalda, sujetando un trofeo.
Quiso preguntar de qué era pero, para cuando buscó al nieto de los Sargent, este ya había entrado en su habitación y dejado la puerta abierta para que él hiciera lo mismo.
De nuevo, tuvo que detenerse unos segundos y reunir el valor suficiente antes de entrar.
Aun así, Beau entró en la habitación de Reece con una curiosidad casi involuntaria, infantil, de esas que tiran del cuerpo hacia adelante antes de que la cabeza pueda detenerlas.
Esperaba encontrarse con una habitación viva, con fotos familiares pegadas en las paredes, camisetas de rugby colgadas sin orden, algún póster de Queen con las esquinas dobladas…
pequeños detalles tontos que hicieran evidente quién era el dueño de aquel lugar.
Pero no.
La habitación lo recibió con un silencio extraño.
Las paredes estaban desnudas, demasiado blancas.
No había fotos, ni pósters, ni objetos personales que reclamaran aquel espacio.
La cama estaba hecha con una pulcritud casi clínica, como si nadie pasara allí más tiempo del estrictamente necesario.
En el suelo, un par de maletas abiertas a medio hacer mostraban ropa doblada con un cuidado excesivo, lista para ser guardada en cualquier momento.
Beau se quedó quieto bajo el marco de la puerta, con una sensación incómoda en el estómago, como si hubiera cruzado un umbral que no estaba destinado a ser compartido.
No había rastro de deporte, ni de música, ni de familia.
Nada que hablara de gustos, recuerdos o apego.
Solo lo imprescindible. Solo lo que podía recogerse rápido.
Reece se encontraba de cuclillas junto a una de dichas maletas, rebuscando un poco en el interior hasta sacar una camiseta de manga corta roja y blanca.
—Quítate la camiseta —ordenó.
Beau sintió que le temblaban las piernas.
—¿C-cómo?
El nieto de la señora Sargent lo miró de nuevo.
—Quítate la camiseta —repitió poniéndose en pie, acercándose un poco—. Así la lavo ahí dentro en la pila —añadió, señalando el baño con la cabeza.
«Dios, Beau. Además de patético eres gilipollas».
—¡Oh, claro, claro! —respondió, nervioso, sacudiendo la cabeza.
El menor de los Sinclair se quitó la camiseta y la tendió a Reece. No le costó notar cómo los ojos ajenos saltaban por las cicatrices de su pecho, su vientre. Odiaba que todo el mundo las mirara de ese modo, que crearan tanta curiosidad y fascinación en el resto.
—Tienes muchas cicatrices —dijo finalmente.
Beau presionó los labios. Sin poder evitar que la molestia se escapara de él, cogió la camiseta roja que Reece todavía sujetaba y la arrancó de sus manos con un tiró seco. Después, le lanzó la camiseta sucia contra el pecho .
—Sí, me las dieron de regalo en un accidente de coche cuando era niño —respondió, directo, la versión resumida de la historia que solía servir para callar a los cotillas.
Después, se puso la camiseta con prisa.
—Perdona —dijo Reece, rascándose la nuca a la vez—. No lo sabía. Ha estado totalmente fuera de lugar, no debería… Perdona, en serio.
Beau suspiró y bajó la mirada, se cruzó de brazos.
—No pasa nada. Es normal que te hayan llamado la atención; son como… tener un foco apuntándome directamente todo el tiempo.