Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 13
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El calor asfixiante de las noches de verano había llegado aquel año antes de tiempo.

Tras muchas vueltas en la cama, Beau soltó un sonoro resoplido y se frotó la cara varias veces, aceptando así que el universo había decidido que no era el momento de dormir.

Ladeó el rostro, aunque el sonido del ventilador rompía el silencio de la habitación, ni la alta potencia en la que estaba era suficiente para darle un respiro.

Se puso en pie, recuperó del suelo la camiseta con la foto de Dolly Parton ordeñando una vaca que usaba para dormir y se la puso, apagando el ventilador antes de salir de la habitación. Si no podía dormir, no tenía sentido alguno quedarse en la cama haciendo nada.

Con el teléfono móvil en la mano, bajó por las escaleras hasta la cocina, abriendo la nevera para buscar algo fresco con lo que paliar el calor, terminando por pasar al congelador y coger uno de los polos de hielo que, aunque tenían la frase «propiedad de Emmet Sinclair» pintada en uno de los laterales de la caja, no dudó en considerarlos comunes de la casa.

Su hermano no solía ser territorial con sus cosas ni mucho menos, pero, después de que Charlotte y él le hubieran dejado sin polos varias veces, no había dudado en mostrar su descontento de formas tan sutiles como aquella.

Bingo. Le había tocado uno de sandía.

Fue hasta el salón y tomó asiento en el sofá, encendiendo la tele, pero por mucho que saltó de un canal a otro no encontró nada interesante.

Finalmente, la teletienda quedó de fondo.

Un hombre hablaba sobre un cuchillo ultra resistente que cortaba cualquier material en cuestión de segundos y sin esfuerzo alguno.

Beau se medio recostó y, con la mano libre, desbloqueó el teléfono.

Desde que había vuelto del tercer tiempo con el equipo, había muchos pensamientos que no abandonaban su mente.

La conversación con Reece, la forma en la que lo había defendido…

Hacía mucho tiempo que una persona no le causaba tanta curiosidad como él.

Whitefish era, a fin de cuentas, un pueblo sencillo de gente sencilla, con siempre las mismas caras, así que dar con algo que le cautivara la mente de ese modo era… interesante .

Reece había demostrado ser un gilipollas redomado en varias ocasiones. Pero también capaz de ser un encanto. Y no podía quitárselo de la cabeza.

Su atractivo también era algo que le había cautivado los sentidos.

Quizás estaba cegado por el momento que acababa de vivir con él, por cómo le había hecho sentir que lo hubiera agarrado así de golpe en el partido, pero estaba convencido de que el nieto de la señora Sargent era el hombre más atractivo que había pisado Whitefish.

Y eso merecía un hueco en sus pensamientos.

Lo primero que hizo fue teclear su nombre en Google; las noticias aparecieron de inmediato ante sus ojos.

Algunos hablaban de deportes, otros de su repentina desaparición y de los motivos tras esta; sin embargo, la mayoría de las páginas hablaban sobre su divorcio y sobre cómo estaba su exmujer, Penélope, en aquel momento.

Penélope Devgan .

No fue complicado encontrarla en Instagram.

—Jo-der —exclamó sin ser capaz de contenerse.

Diecisiete millones de seguidores, fotos cuidadas, reportajes en revistas de moda, un feed marcado por un precioso aesthetic de tonos claros…

Parecía irreal. A medida que Beau pasaba por sus fotos, su belleza y elegancia le resultaban intimidantes.

Idiota . ¿Por qué Penélope le causaba esa sensación?

¿Es que acaso ambos iban a competir por algo?

Sus fotos con Reece seguían en su cuenta.

Aquello le sorprendió dada la situación que ambos compartían, aunque, ¿quién sabe?

Quizás su agente le había dicho que no las quitara o algo por el estilo.

Eran perfectos el uno para el otro. Sus sonrisas, sus cuerpos, esa vibe que transmitían juntos…

Demonios, ahora quería conocer cada detalle de su historia.

En la foto más reciente que habían compartido juntos, ambos celebraban su décimo aniversario como pareja paseando por las calles de Milán. Los comentarios estaban llenos de fans, de gente deseando que celebraran diez años más juntos, muchas palabras bonitas.

Al parecer no sería así.

Beau pasó al perfil de Reece. Su cuenta estaba mucho menos cuidada que la de su exmujer, aunque no por ello era menos profesional.

Todo parecía medido, las fotos subidas, las compartidas, los textos sencillos…

Sí, encajaban con el hombre que había conocido pero, a la vez, tenían un tinte frío e impersonal que no podía dejar de ver.

Aun así, como a un idiota, se le pintó una sonrisa en los la bios al ver una foto en la que el nieto de la señora Sargent llevaba puesta una camiseta de Queen.

Sus comentarios estaban llenos de mujeres, de emojis con fuegos y todas las cosas que uno podía esperar en la cuenta de un hombre atractivo como era.

También había algunos de seguidores del equipo, mensajes sobre su desempeño en un partido contra quién sabe quién…

Las redes parecían no haberles dado la espalda a ninguno en aquel divorcio.

Tal vez el perfil bajo que ambos habían mostrado era la estrategia perfecta y medida de algún entendido en esas cosas.

Solo tenía un destacado con fotos de varios años en los que había participado en torneos benéficos, especialmente contra el cáncer.

Diez millones de seguidores. Dios . Esa gente era famosa de verdad. De vuelta al perfil, solo seguía a dos personas, a su ex mujer y a la cuenta del equipo.

Se metió en la segunda. Casi medio millón de seguidores. Al final iba a resultar que Emmet tenía razón y a la gente sí le gustaba el rugby de verdad.

El perfil del equipo era mucho más sencillo. La calidad de las fotos y de los vídeos era muy buena y se notaba que estaban hechos por profesionales, pero no estaban tan cuidados ni buscaban proyectar nada más de lo que había.

Era una cuenta por y para fans, cosa que se notaba en el tono diferente de los comentarios más centrados en el juego y en animar al equipo que en otra cosa. Beau bajó por este hasta dar con una imagen en negro con un texto escrito encima:

«Desde la cuenta oficial de los Cotteridge Cavaliers, queremos pedir disculpas públicas al periodista David Hargreaves por el altercado ocurrido tras el partido con nuestro capitán, Reece Sargent.

En nuestro amado equipo creemos en el respeto dentro y fuera del campo.

Aprendemos, asumimos errores y seguimos adelante».

El menor de los Sinclair leyó varias veces aquel mensaje.

Frunció el ceño, sin terminar de comprender todo aquello.

Después, abrió una nueva pestaña en el buscador y escribió «David Hargreaves y Reece Sargent».

Necesitaba respuestas. Las noticias no tardaron en aparecer ante sus ojos; también vídeos, siendo el primero de estos el que escogió ver.

Era un extracto de un telediario. Un hombre hablaba sobre el altercado mientras, de fondo, podía verse una y otra vez a Reece lanzarse a por aquel periodista y darle un fuerte empujón. Los flashes de las cámaras capturando aquella escena resultaban agobiantes.

El periodista salió también en el vídeo para dar su versión del asunto:

—No fue una situación agradable para nadie —dijo—.

Yo estaba haciendo mi trabajo, haciendo preguntas normales después de un partido.

¡En ningún momento busqué provocar a nadie!

Y Sargent… reaccionó completamente fuera de lo aceptable.

Aun así, no le guardo rencor. Estas cosas no deberían pasar, pero cuando uno se mueve en estos ambientes…

No hubo declaraciones por parte de Reece, se había negado a ello.

Un divorcio. Un puñetazo a un periodista. Desaparecer y esconderse en Whitefish.

Reece Sargent, ¿qué demonios debes tener en esa cabeza tuya?

Volvió al post de Instagram y abrió los comentarios.

Estaban limitados, controlados por la persona que llevaba la cuenta del equipo, así que solo podían leerse cosas positivas y mensajes apoyando al equipo por su comunicado.

Entre todos, uno destacó especialmente. No decía nada especial, de hecho, solo era el emoji de un melocotón junto a un corazón amarillo, pero el nombre de la cuenta fue suficiente para hacer que Beau pinchara en ella.

@thecavaliersgirlies era la típica cuenta de fans que uno esperaría.

Edits, vídeos con música pop actual, cotilleos sobre sus vidas personales…

El deporte era lo de menos, los hombres guapos eran la única razón por la que doscientas mil personas seguían aquella cuenta.

Podía entenderlas, fue entrar en ella y quedar completamente atrapado en un constante scroll saltando de un vídeo a otro sin control.

Beau vio todos los vídeos en los que aparecía Reece. Calentando, entrenando, jugadas en partidos a cámara lenta, entrevistas. Reece con barba, bigote, completamente afeitado, pelo corto, pelo largo…

¿Por qué no podía parar? ¿Es que aquel hombre le había sorbido el cerebro? No tardó en descubrir por qué los vídeos de Reece estaban llenos de emojis de melocotones. Fue encontrar el primer vídeo sin camiseta y su torso desnudo le dio todas las respuestas.

El menor de los Sinclair siempre había visto ese emoji ligado a un precioso trasero, sin embargo, @thecavaliersgirlies lo usaban para referirse a la capa de vello que cubría sus pectorales y que les resultaba tan atractiva. De nuevo, Beau podía entenderlas.

Bloqueó el teléfono. Lo dejó caer sobre el pecho.

—¿Qué cojones haces, Beau? —farfulló para sí mismo, reprendiéndose.

Volvió a llevarse el polo a la boca y le dio un mordisco, esperando que el hielo dulce fuera suficiente para bajarle la calentura.

No podía volver a caer en eso, no podía volver a sentirse atraído por un tío por el mero hecho de que había sido bueno con él.

Y menos por un hetero. Eso clasificaba en muchos lugares como masoquismo.

Suspiró y desbloqueó el teléfono de nuevo. Un vídeo más, solo uno, y dejaría el móvil.

Reece sin camiseta, con la piel perlada en sudor, echándose agua por encima en un bucle que no se veía capaz de parar.

Beau dobló las piernas, se colocó el polo en la boca para poder volver a tener una mano libre y llevarla hasta la entrepierna, empezando a acariciar su miembro por encima de la ropa interior.

El sonido de la puerta al abrirse lo hizo parar de golpe. El menor de los Sinclair se incorporó de un brinco y bloqueó el teléfono, soltando un sonoro suspiro al ver que, quien entraba por la puerta, era Emmet.

—¿Qué haces en el sofá a estas horas? —preguntó este.

Beau se quitó el polo de la boca.

—No podía dormir, hacía demasiado calor y…

—¿Ese es uno de mis polos?

—Te compraré una caja el lunes, déjame en paz —respondió, poniendo después los ojos en blanco.

El mayor de los Sinclair se acercó al sofá, acomodó los codos sobre la parte superior y observó a su hermano de cerca. Parecía buscar algo, como si no se creyera del todo que el calor era el motivo por el que estaba allí, pero no tardó en rendirse segundos después.

—Coge mi ventilador, va más fuerte. Le echaré un vistazo al tuyo mañana, a ver si es salvable o vamos a tener que invertir algo de pasta en uno nuevo.

Beau asintió.

—¿Dónde estabas?

—Con Char, la he llevado a casa, tiene planes con Mini mañana así que …

—¿Por qué no le has pedido todavía que se mude aquí con nosotros? Tendréis que aguantarme poco tiempo antes de convertir esto en vuestro nidito. En unos meses me iré…

—Si encuentras piso —replicó Emmet con sorna.

Beau no tardó en mostrarle el dedo corazón.

—¡Responde en serio! —exclamó.

El mayor de los Sinclair suspiró, se frotó la nuca con la mano y bajó la mirada.

—¿Y si dice que no? —farfulló, deseando no ser escuchado.

Pero Beau lo había oído perfectamente. Gruñó, se movió hasta quedar de rodillas más cerca de él, colocando ambas manos sobre sus antebrazos.

—No va a decir que no.

—¡Pero…!

—No va a decir que no, Emmet —interrumpió, deslizando a la vez los pulgares sobre su piel—. Confía en mí.

Ambos se miraron en silencio unos segundos. Emmet terminó por presionar los labios y asintió, llevando una mano hasta la nuca de su hermano, acercándose para poder dejar un beso en su frente.

—No te acuestes tarde, ¿vale? —dijo, revolviéndole el pelo a la vez.

—Vaaaale… —respondió, apartándose, cayendo sobre el sofá de nuevo.

Los pasos de Emmet resonaron en el salón, también el crujir de la madera gastada de las escaleras a medida que subía.

El menor de los Sinclair se quedó quieto, tumbado en aquella postura, esperando escuchar el sonido de la puerta cerrarse antes de coger el cojín a su lado, colocarlo sobre la cara y soltar un sonoro grito contra este .

¿Pero qué estaba haciendo? Emmet casi lo había pillado…

¡Ugh! ¡Encima viendo vídeos de Reece Sargent!

Era patético, ¡no! Mucho más que patético, era…

no lo sabía, pero estaba seguro de que hasta el bicho más pequeño y repulsivo tenía más dignidad que él en ese momento.

Se apartó el cojín y lo dejó caer contra el suelo.

—No vas a pillarte de Reece Sargent —se dijo—. Da igual lo guapo que sea. Da igual si resulta ser de verdad agradable. No. Va. A. Pa-sar. Nun-ca —tomó aire profundamente y lo soltó de golpe varias veces.

Beau se incorporó poco a poco y quedó sentado sobre el sofá. No iba a pillarse de Reece Sargent, eso lo tenía claro y lo iba a cumplir estrictamente, pero eso no significaba que no pudiera seguir a @thecavaliersgirlies . No tenía nada que ver una cosa con la otra.

A veces se odiaba a sí mismo.

Mucho .