12
Cuando tras el pitido final el entrenador Hunt le había dicho que «todavía quedaba el tercer tiempo», Beau había temido encontrarse cara a cara con una parte de todo aquel dichoso juego que no había estudiado.
Sin embargo, lo que había empezado como un miedo atroz ante lo desconocido había terminado por convertirse en una reunión de equipos con cervezas, cánticos y comentarios de las jugadas de por medio.
Al parecer, en rugby, era tradición invitar a unas cervezas después del partido sin importar resultados ni disputas del campo.
Ya no estaban jugando un partido, ahora solo eran un grupo de hombres que disfrutaban del mismo deporte, y eso merecía un momento especial y sagrado que siempre debía respetarse.
—¿Tiene todo el mundo cerveza? —preguntó el entrenador.
El menor de los Sinclair asintió de inmediato.
La mano del hombre viajó hasta su mejilla, dándole un par de suaves palmaditas en un gesto que buscaba ser cercano a la par que afectuoso.
—Pues coge una tú también y brinda con el equipo. Lo has hecho muy bien —dijo y, tras guiñarle el ojo, dio media vuelta para poder acercarse al entrenador del equipo rival.
La verdad es que el ambiente resultaba agradable.
El sonido de risas lo llenaba todo y las voces se mezclaban de forma animada pero amable, no había discusiones, no había problemas, todo era…
En fin, pues eso, agradable . El partido también había resultado ser de lo más entretenido, incluso le hacía ilusión la victoria y saber que eso los hacía subir un poco más en la clasificación, aunque no era algo que pensara admitir en voz alta.
Cogió la cerveza de la nevera portátil, una lata que abrió y a la que le dio un pequeño sorbo.
Su mirada se paseó por el lugar. ¿Debía acercarse a Kurt y a otros chicos del equipo?
Lo dudaba. ¿Al entrenador Hunt y a su compañero?
No, seguro que estaban hablando de cosas del partido en las que no pintaba nada.
Fue entonces cuando vio a Reece. El capitán estaba sentado en un escalón, arreglándose un vendaje de la muñeca, sin cerveza alguna cerca ni tampoco compañía.
Beau presionó los labios, después de como le había evitado llevarse un porrazo, quizás era educado acercarle una bebida.
Claro, que viendo cómo eran las cosas con él, capaz era de rechazarla y hacerlo sentir pequeño una vez más.
Dudó pero, para su desgracia, Beau Sinclair nunca había sido capaz de contener impulsos.
Se acercó a él con una lata de cerveza en cada mano, esbozando una media sonrisa cuando sus ojos se encontraron. No dijo nada, solo extendió el brazo y le ofreció la cerveza, esperando que la aceptara, sintiendo cómo sus hombros se desatensaban de golpe al ser así.
—Gracias .
—No me las des —respondió, tomando asiento a su lado—. Te lo debía por… ya sabes.
Reece hizo un gesto con la mano que buscaba restar importancia al asunto. Ambos bebieron a la vez, con la mirada puesta en el frente, en los diversos grupos de gente que hablaban como si se conocieran de toda la vida.
—¿Te ha gustado el partido?
— Bueno…
El nieto de la señora Sargent dejó escapar una risita de entre sus labios, una que atrajo a Beau como la luz a las polillas.
Ladeó el rostro, había algo en el sonido de su risa, en la forma en la que se frotaba los labios con un toque de vergüenza tras hacerlo, que invitaba a quedarse completamente hechizado por tan sencillo gesto.
Era la cuestión más pesada del mundo, pero el menor de los Sinclair no pudo evitar preguntarse por qué no lo hacía más a menudo, por qué ocultaba su risa cuando era tan melodiosa.
—¿Qué? —preguntó finalmente.
Reece sencillamente sacudió la cabeza antes de mirarle también.
—¿Tanto te cuesta admitir que te ha gustado? Te he visto durante el partido. Has celebrado cada punto casi tanto como Hunt —respondió, apuntándole con el dedo unos segundos antes de beber un nuevo trago.
Beau arrugó la nariz y sacudió ligeramente la cabeza.
—Quizás no haya estado del todo mal.
— Quizás —repitió Reece con tono sarcástico.
—Quizás —sentenció Beau, con la mirada fija en él—. Aunque tengo que decir que no he entendido la mitad de cosas que pasaban en el campo. Todo iba súper rápido y…
—Bueno, no te preocupes, todavía te quedan muchos partidos por delante .
El menor de los Sinclair rio.
—¿No es esta una de esas situaciones en las que se da por aprendida la lección y se perdona el castigo antes de tiempo?
—Ya te gustaría. Recuerdas que me has jodido el coche, ¿verdad?
Ambos bebieron a la vez de nuevo.
—¿Podrías… darme una explicación para tontos sobre el equipo al menos? Para que pueda entender algo cuando vayamos a Portia en un par de findes.
Reece asintió; su mirada volvió a pasearse por todos los hombres allí reunidos. Se frotó el mentón con los dedos, pensativo, pero una bombilla pareció encenderse en su cabeza. Chasqueó los dedos y volvió a mirar a Beau.
—¿Por casualidad te gusta Queen?
El menor de los Sinclair frunció el ceño.
—¿Queen el grupo de música? ¿ We will rock you ? ¿ Good old‐fashioned lover boy ?
Reece asintió. Beau levantó los hombros.
—¿Supongo? Es decir, los conozco. Aunque el verdadero fan de Queen era mi padre…
—De acuerdo. Yo veo al equipo como a los integrantes de Queen.
Por un lado, están los alas, que serían Roger Taylor: rápido, explosivo, aparece cuando menos lo esperás.
Son capaces de pasar de estar quietos a salir a toda velocidad y cambiar el partido, de golpe, como un solo de batería.
Luego están los forwards, que serían como John Deacon: no hacen ruido, no buscan el aplauso fácil, pero son quienes aguantan al resto del equipo.
Si fallan, el escenario entero se va a pique.
La apertura es Brian May: cabeza fría y mano precisa.
Es el que decide por dónde va la jugada, como Brian marcando el camino con la guitarra.
Todo en él es intencionado, nada se deja al azar …
—¿Y quién es Freddie? —interrumpió Beau, curioso.
Reece enarcó una ceja.
—¡Yo! Soy el mejor y el capitán.
Beau puso los ojos en blanco.
—Eso no es muy humilde por tu parte, Freddie .
—Pero no por ello es menos cierto.
El menor de los Sinclair sacudió la cabeza, con evidente incredulidad pintada en el rostro, se frotó los ojos varias veces con los dedos.
—¿Te ha ayudado mi metáfora a entenderlo mejor? —preguntó Reece.
—No sé, creo que no conozco tan profundamente a los miembros de Queen. Si me haces el símil con vacas creo que lo pillaré mejor.
—Bueno, cuéntaselo a tu padre y seguro que te echa una mano para entenderlo.
Todo en el tono de Reece era agradable; el comentario, digno de una persona que no sabe, que se toma una confianza y se estalla contra un muro.
Beau odiaba cuando esas cosas pasaban. No por la otra persona, no por la mención como tal de su padre, ni siquiera se trataba de que, ahora, le tocaba dar unas explicaciones que nunca eran agradables.
No. Era algo mucho más complejo lo que odiaba de esa conversación.
—Mi padre murió hace años.
La sonrisa se borró en el rostro de Reece de golpe, dejó la lata a un lado.
—Mierda, lo siento. No lo sabía, mi abuela no… —presionó los labios.
—Oh, no te preocupes, lo sé. Y tampoco pasa nada, yo era muy pequeño, ni siquiera recuerdo bien las cosas y… —sacudió la cabeza—. No importa .
Era esa misma frase la que odiaba. Era tener que hacer como que la muerte de sus padres no era algo importante, que ya no dolía, solo para conseguir que la otra persona no se sintiera mal por su torpeza.
A Beau le daba igual ser llamado egoísta por ello, pero no soportaba tener que minimizar el dolor que lo acompañaba desde hacía años para que otra persona se sintiera bien.
Quiso cambiar de tema, pero Reece se adelantó de inmediato.
—Claro que importa —dijo, una de sus manos se acomodó sobre una de las de Beau—.
Joder, no… sé qué decirte. No puedo siquiera imaginar el dolor que…
mi padre y yo tenemos una relación complicada, pero…
si me faltara, yo… —bajó la mirada un momento—.
Perdona, no debería hacer esto sobre mí.
Lo que quería decir es que, en fin, que lo siento mucho, de verdad.
Si en algún momento quieres hablar del tema…
—arrugó ligeramente la nariz—. Sé que no seré el primero al que acudas, pero… es un ofrecimiento sincero.
Todo en él sonaba sincero. Todo en sus gestos se leía sincero. Beau bajó la mirada, observó sus manos unidas sobre el escalón. ¿Y si de verdad lo era? Decidió creer que sí.
—Gracias. Ha pasado tanto tiempo que… a veces siento que debo minimizar lo mucho que me sigue importando. Como si el dolor hubiese caducado para… el mundo. Pero no para mí… —rio con evidente vergüenza, sin ser capaz de mirarlo todavía.
Los dedos de Reece se curvaron, presionaron la mano de Beau con firmeza.
Aquella imagen le encogió algo por dentro e hizo que sus vellos se pusieran de punta.
La cordura le decía que debía apartar la mano, que se estaba dejando embriagar por una sensación agradable que no tenía sentido alguno.
La locura pedía unos segundos de prórroga.
Finalmente, la victoria se la llevó el impulso.
Un pensamiento rápido cruzó la cabeza de Beau, haciendo que diera un brinco y quitara la mano del agarre de Reece, apuntándole con el índice de esta.
—¡ Killer Queen ! —exclamó como lo haría alguien que se acaba de quitar un enorme peso de encima.
—¿Cómo? —preguntó el nieto de la señora Sargent, confuso.
—Antes, cuando has llegado al campo, llevabas los auriculares puestos y sonaba muy fuerte una canción que reconocía, pero que no podía…
¡Ugh! ¡Llevo todo el dichoso partido intentando averiguar qué canción era!
¡ Killer Queen ! ¡Era Killer Queen ! —se cubrió la cara con ambas manos, un suave gritito brotó de sus labios—. Dios, que alivio…