11
—¿Nuevo corte de pelo, Sargent? —preguntó el entrenador Hunt.
Beau, que se encontraba de cuclillas en el suelo contando una vez más si tenían todas las botellas necesarias, levantó la mirada abandonando la tarea para buscar a Reece.
El nieto de la señora Sargent pasó por su lado, con una mochila deportiva al hombro y un conjunto negro de camiseta y pantalones cortos que parecía mucho más profesional y caro que el del resto de sus compañeros.
Sí, se había cortado el pelo. Un buen rasurado con la maquinilla de afeitar que acentuaba más sus rasgos y la marcada línea de la mandíbula. Nadie le preguntaría, pero, si lo hicieran, el menor de los Sinclair diría que le favorecía mucho.
Reece no respondió. No con palabras al menos.
Se limitó a levantar el pulgar al pasar junto a ellos, entrando en las inmediaciones del campo sin más.
No parecía con ganas de hablar con nadie, si toda su actitud no te lo gritaba a la cara, los enormes auriculares verdes que llevaba en las orejas ya se encargaban de dejarlo claro .
Además, llevaba la música a todo volumen, tanto que Beau pudo captar la melodía de lo que fuera que estaba escuchando sin problema. Sonaba familiar, aunque era imposible identificar una canción en concreto. Mierda . Ahora le estaría dando vueltas todo el día.
—¿Son todos los deportistas de élite tan bordes? —preguntó, incorporándose.
—¿Antes de un partido? Siempre —respondió el entrenador—. ¿Botellas?
—Listas. Tenemos una para cada jugador, una para cada uno de nosotros y dos de repuesto por lo que pueda pa… —una fuerte palmada en la espalda lo dejó a media palabra.
—Entrenador. Beau —saludó Kurt.
Este, acompañado de Mini, les dedicó una sonrisa a ambos. También en chándal, pero dejando que su chica cargara con su bolsa por él. La sonrisa arrogante en su rostro solo hizo que el menor de los Sinclair deseara volver a sus cosas cuanto antes.
No le gustaba Kurt. Nunca le había gustado Kurt. Nunca le gustaría Kurt.
Pero a Mini sí, así que se esforzó en sonreír y disimular lo mejor posible aquello.
—Buenos días, pareja —respondió, devolviendo la mirada al entrenador—. ¿Llevo las botellas hasta nuestro banquillo?
Hunt asintió y Beau, de inmediato, obedeció.
—Voy a entrar con los chicos al vestuario, quiero dar unas indicaciones antes de que entre el árbitro a dar su charla.
—¿El árbitro? —preguntó Beau, frunciendo el ceño.
—El rugby es un deporte de valores —interrumpió Kurt—. Así que el árbitro entra siempre antes de cada partido para recordarnos a los jugadores que nos comportemos. No le podemos ni hablar en el partido, solo el capitán.
—Sargent —matizó Hunt.
Aunque Beau nunca había dudado de quién iba a ser el capitán.
Sin decir nada más se inclinó y cogió la caja con las botellas de agua, rellenadas hacía nada por sus propias manos, la verdad es que pesaban mucho más de lo que esperaba.
—Espera en el banquillo, también te daré unas indicaciones a ti luego.
—De acuerdo, entrenador —respondió, echando a andar.
La voz de Kurt le llegó de todos modos a los oídos tras emprender el paso.
—Eso, no lo deje entrar al vestuario que se emociona —dijo con tono jocoso.
—¡Kurt! —exclamó Mini, dándole una palmada en el brazo a la vez.
—No quiero volver a oír un comentario así, ¿lo entiendes, Hopkins? —lo reprendió también el entrenador Hunt.
Pero a Beau ya le había encogido el estómago.
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—¡Beauuuuuuu!
La voz de Charlotte hizo que el menor de los Sinclair levantara la vista de la carpeta que sujetaba entre las manos. Aunque, nada más ver que de verdad había hecho un cartel amarillo con letras en azul donde ponía su nombre, no tardó en cubrirse el rostro con ella para ocultar su vergüenza .
Se descubrió el rostro poco a poco, encontrándose de nuevo con la visión de la novia de su hermano moviendo el cartel y de este, a su lado, con los brazos cruzados, divertido ante haber sido capaces de sacarle los colores con tan poco.
Levantó la mano y los saludó, sacudiendo después la cabeza, girando sobre sus pies para observar al entrenador Hunt.
La sonrisa burlona en sus labios no le pasó desapercibida.
—Mi hermano y su novia… —dijo.
—Lo sé, Charlotte me preguntó dónde debía ponerse para que vieras bien el cartel.
Beau puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar terminar riendo él también.
—¿Has comprobado todas las fichas cómo te pedí?
El menor de los Sinclair asintió y le tendió la carpeta de vuelta.
Una de sus tareas antes de los partidos iba a ser asegurarse de que los datos en las fichas de todos los jugadores estaban correctos y al día.
Así, el entrenador Hunt se las podría entregar al árbitro y el partido transcurrir sin ningún problema.
—Estupendo —dijo el entrenador.
Beau titubeó.
—¿No… va a revisarlo usted también por si la he… cagado?
El hombre negó.
—No. Eres mi segundo al mando y tengo que confiar en ti —lo apuntó con la carpeta—.
Además, si compruebo todo lo que haces, vas a creer que siempre habrá una red de seguridad para ti.
Y no. Tienes que hacer las cosas bien tú solo, por el equipo…
¿Lo has comprobado todo bien? ¿Están las fichas bien ?
Beau presionó los labios, dudó un momento, pero terminó por asentir.
—Las he comprobado todas, varias veces. Están bien.
—Perfecto —respondió, haciendo un gesto para que lo siguiera al andar—. ¿Has estado estudiando el dossier que te di?
—Sí, aunque por encima. No he tenido mucho tiempo…
Hunt rio.
—Tranquilo, chaval, lo entiendo… Aunque eso no va a librarte de un pequeño examen.
Beau resopló, pero aquella no parecía una de esas cosas que uno discute.
—¿Qué tipo de rugby jugamos?
—Unión. Quince contra quince.
El entrenador asintió.
—¿Cuánto va a durar el partido?
—Oh, ehm, pues son dos partes de cuarenta minutos.
—Muy bien, vale, algo más complicado… ¿En qué posición juega Sargent?
—Es el capitán… —el entrenador clavó su mirada en él, por supuesto quería una respuesta mejor—. Y el fullback . Es como… la última línea de defensa.
—¿Cómo?
Beau arrugó la nariz.
—Es la última línea —se corrigió—. Cubre todo lo que pasa detrás, recibe las patadas largas y evita que se les cuelen por la espalda a sus compañeros.
—Y…
—Tiene que colocarse bien, leer el juego antes que nadie… ¡y hablar mucho! Avisar de lo que ve. Dar órdenes…
Hunt asintió.
—¿Y por qué ?
—Porque, si falla, no hay nadie más. Así que más le vale no hacerlo.
La mano del entrenador se acomodó sobre el hombro de Beau y lo presionó.
—Buena respuesta, chico.
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El rugby le parecía un deporte ruidoso, confuso, demasiado físico para alguien como Beau.
Y aun así no tardó en atraparlo por completo.
Lo primero que llamó su atención fue una melé. El menor de los Sinclair frunció el ceño, intentando entender cómo era posible que ocho cuerpos pudieran moverse como uno solo, y acabó inclinándose hacia el entrenador Hunt casi sin darse cuenta.
—¿Siempre es así de caótico? —preguntó en voz baja.
El entrenador Hunt no tardó en responder sin apartar la vista siquiera del campo. Con uno de los dedos fue marcando posiciones, dando unos datos que Beau se repitió mentalmente con la genuina intención de recordar más adelante.
Luego vinieron las carreras por la banda.
Los placajes.
Las patadas largas.
Demonios , aquello era de lo más emocionante.
Beau empezó a anticiparse, a preguntar por qué uno gritaba y otro obedecía, por qué el balón volvía atrás para avanzar hacia delante… Sus puños se apretaron cuando el equipo defendía cerca de su línea. Una sonrisa amplia se pintó en sus labios cuando lograron recuperar la posesión.
Con el primer ensayo dio un brinco que hasta a sí mismo sorprendió. Lo celebró sin pensar, levantando los brazos con el resto, riendo por la energía contagiosa del momento. El entrenador lo miró de reojo, divertido.
—¿No te lo había dicho? Este deporte tiene algo que te atrapa.
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La jugada nació desordenada desde el principio. Beau seguía sin entender demasiado qué sucedía en cada momento, pero el ceño fruncido del entrenador Hunt y la forma constante en la que le costaba decidir qué indicaciones dar eran una clara señal de ello.
Aun así, resultaba imposible no meterse de lleno en aquella maraña de acciones.
No sabía si era el momento, el ambiente, sentir a todo el mundo con la adrenalina a mil, metidos por completo en aquello como si fuese la final de un gran torneo, pero era contagioso.
Mucho. El menor de los Sinclair estaba completamente infectado por aquel virus.
Sus ojos saltaban de un lado a otro. El rival había recuperado el balón tras un ruck mal cerrado y abrió rápido hacia la banda. El ala aceleró con espacio, pegado a la línea, en la lejanía, Emmet y Charlotte estaban gritando de pie en la grada.
Reece también gritó una orden mientras corría en diagonal para cerrarle el paso.
Un placaje.
Demasiado cerca de la banda. Demasiado cerca de ellos.
Mientras que el entrenador Hunt fue capaz de verlo venir, Beau no tanto.
El cuerpo del ala rival salió despedido hacia fuera, arrastrando consigo a Kurt, que había intentado detenerlo. Dos cuerpos enormes lanzados sin control directo hacia él .
Beau se encogió, cerró los ojos con fuerza anticipando el impacto.
Como un niño que teme a un monstruo cuando se esconde debajo de una fina sábana, todo lo que se le ocurrió hacer para protegerse fue cubrirse la cara con los brazos como si con aquello pudiera evitar cualquier mal que estaba por venir.
Pero nada le golpeó.
Un brazo firme se cerró alrededor de su cintura y, bruscamente, sus pies abandonaron el suelo. Aquella persona lo arrastró fuera de la zona de impacto en un movimiento rápido y decidido, permitiendo que los jugadores cayeran contra la hierba justo donde Beau había estado un segundo antes.
Tras unos segundos que parecieron eternos, el menor de los Sinclair abrió los ojos al sentir de nuevo el suelo bajo los pies y ladeó el rostro, buscando a quien tenía el pecho pegado a su espalda y el brazo aún rodeándole la cintura con firmeza.
Reece Sargent. El maldito Reece Sargent acababa de salvarlo.
Su cuerpo estaba caliente y su respiración acelerada; Beau podía sentir el sudor perlado en su piel cruzar la camiseta y pegarse contra su espalda.
Los vellos se le pusieron de punta, todo en su interior se encogió, tanto que, de forma inconsciente, su mano se colocó sobre el brazo de Reece y sus dedos se curvaron hasta presionar la piel ajena.
Estaban cerca. Demasiado .
Y aun así, por un instante, el capitán presionó el cuerpo de Beau todavía más contra el propio, como si buscara asegurarse de aquel modo que sí lo había cogido, que sí había sido capaz de evitar que algo peor le pasara .
Los ojos de Reece buscaron los propios, el rugir del campo se convirtió en un sonido enmudecido resonando en el fondo de la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó.
Beau asintió, incapaz de articular palabra.
Una media sonrisa se pintó en los labios del capitán, dejó ir al menor de los Sinclair y, en un gesto algo torpe, llevó la mano hasta su cabeza para revolverle el pelo.
—Joder, que susto —farfulló, antes de apartarse y salir corriendo de vuelta al campo.
La acción se retomó como si nada, como si toda aquella escena no acabara de producirle un nudo en la garganta tan intenso parecía que jamás se fuera a aflojar.
Y seguía mirándolo.
Seguía observando completamente hipnotizado cómo se movía por el campo dando indicaciones, como si tuviera el imán más potente del mundo pegado a su persona.
Cuando Reece movió la cabeza y la amenaza de que le pillara completamente perdido en él apareció, Beau apartó la mirada de forma exagerada, encontrando en la lejanía de las gradas a Emmet moviendo los brazos, buscando llamar su atención.
Le mostró los pulgares. Quería saber si estaba bien.
Beau asintió, mostró los pulgares también.
Pero no estaba bien. Oh, diablos . Tenía la sensación de que las piernas se le habían vuelto de gelatina e iba a derretirse en cualquier momento.
Reece Sargent.
El maldito Reece Sargent.