Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 10
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—¿Y a qué hora es el partido? —preguntó Charlotte, extendiendo el brazo para coger uno de los vasos que Beau sujetaba entre sus dedos y meterlo en el lavavajillas.

Desde que su hermano y Charlotte hubieron retomado su relación meses atrás, todos los viernes sin falta, la rubia se presentaba tras el trabajo en la residencia Sinclair con una bolsa de deporte y el deseo de pasar allí el fin de semana.

La rutina era sencilla, Lottie llegaba del trabajo, cenaban pizza juntos, veían algo en la televisión y después Beau se retiraba para darle a la pareja esa intimidad que les había sido esquiva durante la semana.

El menor de los Sinclair estaba encantado.

Adoraba a Charlotte, adoraba lo feliz que Emmet era con ella y jamás diría que no a una pizza, pero la verdad es que no podía evitar preguntarse por qué no vivían juntos sin más.

Lo que tenían no era algo nuevo, habían estado ya muchos años juntos y, aun con el bache temporal de por medio, no eran ahora dos niños conociéndose de nuevo.

¿Era por él que no tomaban esa decisión?

¿Era Emmet quien no quería dejar de vivir con él por si no lo llevaba bien?

¿O era Charlotte quién tenía algún problema con aquella idea?

A una parte fantasiosa de sí mismo le gustaría darles su espacio en aquel mismo instante.

La racional, en cambio, sabía que con su sueldo del Cherry no podía permitirse algo así, mucho menos si pretendía empezar a estudiar en septiembre.

—¿Pensáis venir a ver el partido? —preguntó Beau, visiblemente confuso.

—¡Claro que sí! Tu primer partido con el equipo, es emocionante —respondió ella, dándole un suave empujoncito—.

De hecho, tu hermano y yo vamos a pintarnos Beau en la frente y a hacer pancartas para que te sientas arropado.

¡Woooooo! —la rubia elevó el puño al aire y dio varios brincos—. ¡Beau, Beau, Beau! ¡Vamos, Emmet!

Su hermano, que se encontraba a solo unos pasos guardando los restos de pizza en la nevera, elevó también el brazo e imitó el gesto de su chica durante unos segundos.

El menor de los Sinclair puso los ojos en blanco y volvió a la tarea de recoger la mesa, escuchando a ambos reír de inmediato.

—Sois idiotas, ¿lo sabíais? —respondió, colocando los platos en una pequeña pila—. No me extraña que tus niños del cole te adoren, tienes su misma edad mental.

Charlotte no tardó en acercarse. Lo abrazó por la espalda y besó su mejilla con fuerza.

—Anda, bobo, nos estamos metiendo contigo —dijo, achuchándolo un poco más antes de dejarlo ir—. Pero a mí sí me haría ilusión ir a veros. Y Mini piensa ir por Kurt, así que…

—¡Vale! Es a las doce… ¡Pero va a ser un coñazo! Y yo me limitaré a estar sentado en el banquillo, a no ser que el entrenador Hunt diga lo contrario …

Emmet rio y se acercó a la mesa. Tomó asiento, en su mano sostenía una tarrina de helado de vainilla con galletas y tres cucharillas.

—Vaya, y yo que pensaba que estarías en el centro de la melé. Qué decepción…

Aquellos meses le habían sentado bien al mayor de los Sinclair. Ahora se permitía sonreír más veces, hacía bromas que hasta tenían su gracia, y Beau sentía que, esa calidez y afecto que siempre le había dado era ahora mucho menos contenida.

Emmet se permitía sentir. Si aquello no era algo para celebrar, entonces ¿qué lo era?

Aun así, como buen hermano, ante una puya como aquella, Beau no pudo más que mostrarle el dedo corazón de ambas manos, cogiendo después los platos para poder llevarlos hasta el lavavajillas y dar aquella tarea por terminada.

Cuando el menor de los Sinclair volvió a la mesa, Lottie se había acomodado sobre el regazo de su chico y jugaba con el pico de su pelo de forma distraída. Tomó asiento con ellos, haciéndose con el helado para poder abrirlo y darle la primera de las cucharadas.

Aquello era lo mejor del verano. Los helados.

Bueno, los helados e ir a tirar cohetes el Cuatro de Julio.

—¿Cómo está el entrenador Hunt?

—Bien. La verdad es que es muy amable, hasta me ha hecho como un dossier con información, dibujos y cosas que tengo que saber antes del partido del sábado —Beau suspiró—. Es un coñazo pero… joder, solo por el esfuerzo pienso estudiarlo a fondo.

Lottie rio.

—Willis Hunt es un encanto —dijo, cogiendo también una cucharada de helado—.

Cuando Mini hacía atletismo entrenaba al equipo de chicas y siempre era el primero en llegar y el último en irse.

Llevaba en el coche a las carreras a algunas de las chicas, traía gajos de naranja para después…

La verdad es que siempre me pareció encantador que se tomara al equipo tan en serio.

Al final es parte de lo que termina desmotivando a los jugadores de por aquí, entrenadores que solo ven esto como un pasatiempo y no ayudan al equipo a creer que es más que eso.

Beau resopló.

—¿Qué me vas a contar? Ya me echó la bronca por llamar al equipo amateur …

—Beau… —Emmet llamó su atención, dispuesto a reprenderlo.

—¡Lo siento! Para mí no es más que un equipo local, estoy haciendo esto porque Reece me ha obligado. Pero tranquilo, ya he comprendido que para ellos es importante y pienso poner todo de mi parte para ser útil y que no sea una tortura.

Su hermano pareció querer decir algo. Sin embargo, tras torcer ligeramente los labios, terminó por sacudir la cabeza y elegir otra cucharada de helado como opción más interesante.

—Hablando de Reece… —Charlotte llamó la atención de Beau—. ¿Por qué le tiraste un granizado en el coche? Esa es la parte de todo esto que no entiendo.

—Buena pregunta… —respaldó Emmet.

Pero la respuesta no lo era.

La respuesta suponía hablar sobre cómo había estado lidiando con sus relaciones personales desde…

bueno, siempre realmente. La forma en la que había aceptado el sexo como un equivalente al amor.

Cómo había dejado a otros hacer con su cuerpo lo que quisieran a cambio del ef ímero momento de sentirse el centro del mundo de alguien.

Aunque no fuese real. Aunque terminara siempre del mismo modo.

Era hablar de esa sensación de suciedad que lo acompañaba desde hacía años.

Y no estaba preparado para ello.

—Creo que no estoy lidiando bien con la ansiedad últimamente.

He tenido idas y venidas con un chico que ha terminado por…

en fin, no ser nada, y… también lo de la universidad me está agobiando supongo.

Buscar piso especialmente… —y aunque aquello no era mentira, tampoco era, ni mucho menos, lo que había estado ocupando sus pensamientos últimamente—.

Cuando pasó acababan de rechazarme de todos los pisos a los que había aplicado y…

no sé, me sentía como… si mi cabeza… —suspiró—.

Fue una estupidez. De verdad que lo siento y… lo voy a pagar.

Emmet dudó un momento, pero terminó por asentir y extendió el brazo para revolver el cabello de su hermano con afecto.

Beau se sintió culpable, no le gustaba mentir a su hermano, más después de haberse prometido ser honestos el uno con el otro. Pero ahora no valía quejarse. Tenía que aceptar las consecuencias de sus decisiones.

Ver cómo Charlotte bajaba del regazo de Emmet para tomar asiento a su lado, como le cogía la mano y la presionaba con esa sonrisa dulce pintada en los labios, solo hizo crecer esa sensación amarga en sus adentros.

—Buscaremos más pisos juntos, ¿de acuerdo?

Todavía hay tiempo y… —se acercó y dejó un beso en la sien de su cuñado—.

No puedes dejar que la ansiedad te lleve hasta ese punto, tienes que hablar con nosotros.

Con cualquiera de los dos, o… ¡con Mini!

Con quien sea, antes de volver a hace r una tontería así, ¿de acuerdo?

Has tenido suerte de que Reece no haya querido denunciar o podrías haberte metido en un buen lío.

Beau asintió. Por mucho que Reece Sargent no le gustara, en eso se había portado.

—Oye, nadie mejor que yo te entiende en todo esto.

Has pasado la mayoría de tu vida aquí, con la misma gente, en un sitio pequeño.

Yo también estaba como tú cuando me fui.

Es… duro. Al principio tienes mucho miedo, te sientes solo y…

todo es tan diferente, tan grande, tan… acojonante —Lottie rio—.

Pero vale la pena. En serio, estás tomando la decisión correcta.

Te mereces un buen futuro, Beau. Y estudiar es una de las formas en la que puedes conseguirlo. Tu hermano y yo te apoyamos totalmente.

—¿Y si no me adapto? ¿Y si… resulta ser un error? —preguntó, honesto.

—Entonces lo dejas y vuelves. Tienes mucho talento, encontrarás otra cosa que te ayude a vivir de lo que quieres —respondió Emmet, la mirada de ambos hermanos se encontró—. Pero no te quedes con la duda, ¿vale? Si lo intentas, nunca es un error.

Su padre solía decir eso. De hecho, esa misma frase, en su puño y letra, estaba en uno de los pocos recuerdos materiales que tenían de él. Un álbum de fotos que a Beau le encantaba mirar de vez en cuando, ese del que había rescatado la foto que tenía en la mesita.

Beau sonrió y asintió.

—Si lo intentas, nunca es un error —repitió.

El menor de los Sinclair tomó una última cucharada de helado, una bien grande, y se puso en pie. Ante la mirada de sus acompañantes hizo un gesto con la cabeza antes de andar hacia la salida de la cocina .

—¡Voy a terminar de rellenar la solicitud de la universidad! —dijo, antes de meterse la cucharilla en la boca y salir rumbo hacia las escaleras con paso acelerado.

Tenía que hacerlo. Quizá ahí estaba la respuesta a todo.

Puede que aquellos dos problemas fueran de la mano y que su solución, valga la redundancia, también.

Si en Whitefish estaban Laramie y los hombres como él, si allí no estaba lo que buscaba para su vida, entonces marcharse y empezar de cero era la mejor respuesta posible.

El miedo a la universidad tenía que desvanecerse, aunque saliera mal, era una oportunidad para hacer algo que llevaba ansiando mucho tiempo.

Daba miedo. Demasiado.

Pero Beau Sinclair necesitaba salir de su zona de confort.