Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 9
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Acompañado de un sonoro gruñido de cansancio, Reece estiró todo el cuerpo y se puso en pie, llamando de inmediato la atención de su abuela.

Se acercó al sillón en el que ella se encontraba, se quitó las gafas y las colocó en el cuello de su camiseta, inclinándose para dejar un beso contra su mejilla de buenas noches.

—Me voy ya a descansar, ha sido un día largo —dijo, después del entrenamiento y de las copiosas cenas que su abuela siempre le servía, necesitaba urgentemente un descanso.

La señora Sargent frunció ligeramente el ceño y acarició el brazo de su nieto.

—¿Estás seguro? Es pronto, luego te pasarás la noche dando vueltas como siempre… ¡Además! —con el mando señaló la televisión encendida—. Todavía no ha acabado la serie…

Todas las noches, después de la cena, Reece se sentaba un rato a hacerle compañía a su abuela mientras ella veía la televisión.

Siempre veían la misma serie, una de un perro policía que ayudaba a su dueño a resolver crímenes.

Era bastante tonta, alejada completamente de la realidad, pero había algo en ella que mantenía a la anciana pegada a la pantalla como ninguna otra.

En realidad, su abuela siempre había tenido gran afición por cualquier serie de detectives y crímenes.

De hecho, años atrás, había asegurado una y mil veces que ella habría sido una gran detective de haber tenido la oportunidad.

Sin embargo, su vida se había limitado a leer esas historias en los diversos libros que poblaban su biblioteca.

—Lo sé, pero quiero madrugar mañana para salir a correr. Tenemos partido el sábado, ¿recuerdas? —tras una última caricia en la mejilla, Reece se marchó rumbo a las escaleras—. Cuéntame en el desayuno quién es el asesino —añadió antes de subir por estas.

Ahora que residía en Whitefish, Reece ocupaba una pequeña habitación al final del pasillo de casa de su abuela.

En realidad no es que el cuarto fuera pequeño, mucho menos la casa, pero acostumbrado a su vida en Inglaterra y a los lujos que tenía en esta, cualquier cosa parecía diminuta en comparación.

Todavía no se había hecho a aquella vida.

A lo silencioso que resultaba todo, la ausencia de constante movimiento cada vez que miraba por cualquiera de las ventanas.

Los árboles, la naturaleza… echaba de menos el asfalto, el sonido de los coches, el murmullo constante de cientos de personas caminando juntas.

Pero aquello era lo que necesitaba. O, al menos, eso le había dicho Penny en la intervención para convencerlo de que se fuera.

La habitación estaba sumida en la penumbra.

Reece no se molestó en encender la luz; ayudado por la que se colaba por la ventana, fue hasta la cama, dejó las gafas sobre la mesita y cogió su pijama de debajo de la almohada, yendo hasta el cuarto de baño para darse una ducha antes de dormir todo el tiempo que el calor le permitiera .

Eso también lo echaba de menos: el mal tiempo. Siempre le había encantado.

Tras una ducha de agua extremadamente fría, Reece salió y se puso el albornoz, tomando asiento sobre el váter, cubriéndose la cabeza con una toalla para secarse el pelo con varias sacudidas fuertes.

No se descubrió al terminar. Encorvado hacia delante, se tomó unos segundos para inspirar profundamente, acompañado de la visión de las gotas de agua cayendo desde su piel hasta el suelo y un zumbido lejano en el oído.

Sus ojos se movieron hasta su pierna izquierda.

La estiró y observó la piel bronceada cubierta de vello, buscando ese punto exacto con la mirada, el que recorrió con sus dedos varias veces de forma distraída.

Era la porción de carne que Beau había pellizcado unas horas atrás.

La misma que tomó entre sus dedos y pellizcó con fuerza él también.

Una vez.

Otra.

Otra.

Terminó por dejarla ir, acompañada de un tirón violento a la toalla sobre su cabeza.

—Mierda… —farfulló, visiblemente frustrado.

Sobre la pila, el zumbido de su teléfono móvil le llegó a los oídos. En la pantalla podía leerse el nombre «Penny», junto a una foto de ambos sonriendo mientras comían pasteles de nata en aquel viaje a Lisboa el año anterior.

Reece contestó.

—Hey, ¿no deberías estar durmiendo?

—Dado el cambio horario, sí, pero quería saber cómo estabas. Llevas varios días sin decirme nada, estaba un poco preocupada…

Reece suspiró, giró hasta quedar con la baja espalda acomodada contra la pila .

—Bien, bien. Ya sabes como son las mudanzas, más si son tan lejos. Te consume mucho tiempo… —se frotó la nuca—. Mi abuela te manda recuerdos.

—Que mona. Dale recuerdos de mi parte también.

Reece guardó silencio, sin saber qué decir exactamente.

¿Cómo era posible que dos personas que llevaban toda la vida siendo todo la una para la otra ahora no tuviesen nada que decirse?

¿Cómo había acabado todo de este modo? Sus dedos se curvaron; presionó la pila con fuerza, la frustración volvía a martillearle las sienes.

—¿Necesitas algo más o…?

Penny suspiró.

—Reece… ¿Sigues enfadado? De verdad creo que era lo mejor para…

—No, es la mudanza, los cambios. Nada más.

—Te conozco mejor que a nadie, a mí no puedes mentirme.

Reece se frotó la cara con la mano libre.

—Penny, ¿por qué no dejas de confundirme? Fuiste tú quien me dijiste que me fuera, quien me sugirió que me tomara este descanso. Y ahora, ¿te preocupa que no te hable?

—Nuestras circunstancias nunca han sido sencillas, ambos lo sabemos. Que te haya aconsejado que pongas distancia con todo, no significa que no te quiera en mi vida, que no me siga preocupando por ti. Yo te quiero, no voy a dejar de quererte nun…

—¿Y entonces por qué nos estamos divorciando? —interrumpió, levantando la voz sin querer. Tomó una profunda inspiración buscando calmarse; no quería que su abuela lo escuchara, no quería preocuparla—. Si tanto me quieres, no …

—Sabes por qué nos estamos divorciando. Lo hemos hablado mil veces. No lo hagas más difícil, no podemos volver a tener esta conversación, por favor…

Penny tenía razón. Habían hablado tanto del tema que todas las respuestas posibles deberían estar ya más que claras. Pero no para Reece. No era que no comprendiera el porqué de todo, ni que deseara negarle la felicidad a Penny. No, eso nunca.

El problema era que divorciarse suponía un cambio drástico, uno para el que no estaba preparado. Demasiadas variables nuevas que amenazaban con destruir la vida meticulosamente planificada que creía tener bajo control. ¿Y ahora qué? ¿Debía buscar a otra mujer? ¿Volver a construir todo desde cero?

—Alex pregunta si sigues sintiendo algo.

Los dedos de Reece presionaron con más fuerza la pila.

—¿Estás con Alex?

—Claro. Estamos en el piso, como cuando te fuiste. Hoy le tocaba trabajar hasta tarde, y me he quedado para echarle una mano con unas notas que tiene que pasar a limpio… —Penny hizo una pausa breve, medida—. ¿Puedes responder a la pregunta, por favor?

Reece se aclaró la garganta.

—Sí. Claro que siento cosas…

—¿Cuándo fue la última vez?

—Esta mañana. Cuando me hice el desayuno, me quemé la lengua con el café.

Una mentira limpia, creíble. No necesitaba más que eso. Sus hombros se tensaron esperando la respuesta de Penny.

—Me alegra oír eso —dijo ella al fin—. De verdad.

—No tienes que preocuparte —respondió rápido—. Estoy bien. Todo está bien .

Silencio de nuevo. Reece sostuvo el teléfono con más fuerza. Había aprendido a decir aquellas mentiras como quien aprende datos para un examen: de memoria, capaz de repetirlos una y mil veces aunque no los comprenda del todo.

—Te quiero. Y confío en ti. Como siempre.

Reece cerró los ojos. Aquellas palabras dolieron como puñales.

—Yo también te quiero, Penny. Saluda a Alex de mi parte.

—Lo haré. Hablamos mañana, ¿vale? Y cualquier cosa…

—Un mensaje, lo sé.

Su exmujer colgó y el silencio volvió a llenarlo todo. No era el mismo de antes: era más denso, como si hubiera estado esperando en los rincones a quedarse a solas con él.

Reece dejó el teléfono sobre la pila y se recostó contra ella, levantó la mirada, perdida en un punto indefinido del techo.

Mentalmente repasó la conversación entera, frase por frase, buscando grietas, errores, algo que delatara su mentira.

Pero no encontró nada. Había sonado convincente.

Eso era lo único importante. Y, a la vez, lo peor.

Cerró los ojos.

«Alex pregunta si sigues sintiendo algo. ¿Cuándo fue la última vez?»

Reece pensó en el pellizco de Beau en la pierna. Inesperado. Breve. Doloroso.

En cuanto abrió los ojos de nuevo, su vista viajó hasta su pierna, buscando esa porción de carne concreta, esa que antes había pellizcado él también.

Buscaba ese mismo algo, ese pequeño… Durante un segundo consideró repetir el gesto, comprobarlo una vez más, pero pronto tuvo claro que aquello era inútil .

Las cosas no funcionaban así. No con él.

Giró despacio; encontrarse con ese reflejo en el espejo devolviéndole la mirada no le gustó.

Hacía tiempo que no veía en él nada que le agradara, nada que le recordara al hombre que antaño había puesto estadios en pie y recibido las alabanzas hasta de aquellos que admiraba de niño.

Ese hombre se había marchado. Quizás estaba muerto.

Y aceptar esa realidad no era una de esas cosas que encajara en la mente cuadriculada de Reece.

Bajó la mirada, sobre la pila pudo ver su neceser con todas sus cosas de aseo. Metió la mano dentro y sacó una maquinilla eléctrica. No hubo duda: si el hombre de antaño estaba muerto, entonces, ¿qué sentido tenía seguir respetando su imagen intacta?

Sin cuidado por la tarea, más con prisa que con maña, deslizó la maquinilla por su cabeza, deshaciéndose del cabello oscuro que la había coronado durante toda su existencia.

Al volver a verse en el espejo, con la cabeza rapada, Reece esperó sentir algo.

Sorpresa ante su nuevo corte de pelo. Arrepentimiento por un cambio de aspecto así de impulsivo… pero no. No sintió nada. Solo se observó en silencio, deslizando ambas manos por su cabeza, forzando el roce de sus palmas contra el cabello ahora corto varias veces.

Buscó sentir cosquillas. Pero tampoco. Tan solo ese vacío latente en su interior.

Bajó la cabeza, arqueó el cuerpo hasta poder acomodar la frente contra la fría pila. Sus ojos se cerraron con fuerza y tomó una profunda inspiración.

«Alex pregunta si sigues sintiendo algo.

¿Cuándo fue la última vez?»

Beau Sinclair .

¿Por qué era él el único que había sido capaz de hacerle sentir algo? ¿Qué tenía aquel pellizco de especial para colarse en su sistema de ese modo? Sus dedos se curvaron, presionaron su piel con fuerza mostrando la frustración latente en su pecho.

Beau Sinclair.

Beau Sinclair.

Beau Sinclair.

Quizás había sido demasiado duro con él.

Quizás…