Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 8
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Beau no conocía al entrenador Hunt pero, cuando se encontró con él, dio con todo aquello que había imaginado.

Era un hombre de mediana edad, con una barba espesa rojiza, piel blanquecina ligeramente quemada por el sol y ese ademán de desinterés que muestra que todo aquello, para ti, no es más que un hobby en el que ocupar tus tardes.

Whitefish no era una máquina de producir estrellas del deporte, de hecho, el menor de los Sinclair era incapaz de mencionar una sola persona famosa o destacable que hubiera salido de allí.

Era un pueblo tranquilo, de gente serena, que se tomaba las cosas con esa misma filosofía.

El equipo de rugby no era una excepción, era la excusa para que un grupo de hombres del pueblo pudiera reunirse, hacer algo de deporte un rato y tomarse una cerveza juntos al terminar.

Sin aspiraciones, mucho menos sueños de grandeza.

Aunque su hermano Emmet adoraba esa filosofía de vida —ansiaba calma y paz después de tantos baches en su existencia—, Beau era todo lo contrario.

El menor de los Sinclair soñaba con algo más.

Soñaba con lugares lejanos, gente nueva, con abandonar una rutina que empezaba a pensar que nunca pasaría.

Amaba Whitefish, de corazón, pero también sentía que le faltaba algo en aquel pequeño pueblo que lo hiciese sentir que quería quedarse.

Quizás por eso le molestaba perder su tiempo con el equipo de rugby. ¿Qué sentido tenía verlos entrenar para no aspirar a nada? ¿Qué ganaba con ir a sus partidos todos los sábados a verlos encadenar derrotas? Era desesperante.

—¿Entrenador Hunt? —extendió la mano en dirección al hombre—. Soy Beau…

—Sinclair —el entrenador estrechó su mano—. Reece dijo que vendrías.

Con un movimiento con la cabeza, el entrenador le indicó que lo siguiera, echando a andar juntos, recorriendo uno de los laterales del campo. A no mucha distancia, el menor de los Sinclair pudo ver varias redes y bolsas de tela llenas de material.

—¿Te ha hablado de lo que tienes que hacer?

Beau bamboleó la cabeza.

—Por encima…

—Vale, entonces empezamos por el principio —dijo—.

Esto no es una liga profesional ni nada con especiales aspiraciones, somos amateurs hasta la médula.

Jugamos con la idea de pasarlo bien, de mantenernos vivos.

No nos hundimos ante la derrota, dejamos que nos afecte lo justo y pasamos al siguiente partido, ¿de acuerdo?

Beau asintió.

—Entrenamos lunes y jueves, de siete a ocho —continuó Hunt—. Tú llegas antes. Media hora mínimo, lo estaré contando. Colocas conos, petos, balones. Si no sabes qué es algo, preguntas. Si lo rompes, lo pagas. Regla básica del pueblo.

Una vez más, Beau asintió .

—Durante el entrenamiento no vas a dar órdenes técnicas —Hunt lo señaló con el dedo—. No quiero que le digas a nadie cómo placar o cómo pasar. Para eso estoy yo. Tú miras, aprendes y eres un par de ojos extra.

—¿Y… qué hago exactamente?

—Cuentas jugadores. Repartes agua. Cronometras ejercicios.

Si alguien llega tarde, lo anotas. Si alguien se escaquea, me avisas.

Y si Sargent te mira mal… te aguantas, don granizado —rio, dándole un suave empujoncito—.

También te encargarás del calentamiento general.

Correr, estirar, cosas básicas. Nada que pueda mandar a alguien al hospital.

El menor de los Sinclair se rascó la nuca. ¿Encargarse del calentamiento? ¿Él? Aquello le produjo un nudo en el estómago de lo más desagradable. Aun así, no dijo nada.

—Los jueves, cuando repasamos jugadas, te sientas a mi lado y escuchas. No tienes que entenderlo todo, sólo empezar a pillar quién es quién y qué hace cada uno. Si te pierdes, no interrumpas. Preguntas después.

—De acuerdo —no sonaba a mucho y, a la vez, parecía demasiado. Beau suspiró—. ¿Y los partidos? Reece me dijo algo de los sábados…

Por favor dime que no te hago falta en los partidos.

Por favor.

Por favor.

—Sábados —dijo Hunt—. Llegas conmigo. Ayudas en el calentamiento, sujetas botellas, llevas hielo, y te quedas cerca del banquillo. No gritas instrucciones. No te haces el entrenador. Te callas y observas.

Mierda .

—Jugamos cada dos fines de semana. Uno en casa, otro fuera. ¿Tienes coche ?

Mierda . Beau odiaba los viajes en coche, especialmente cuando el que conducía no era alguien con quien tuviera confianza alguna.

Dudaba que, cualquiera que conociera lo sucedido con sus padres, pudiera culparle por algo así, sin embargo, el entrenador Hunt poco o nada podía saber de todo aquello.

¿Se lo decía? ¿Lo vería como una excusa?

Suspiró. Tendría que aguantar, esperaba poder mantenerse entero.

—No. Ni siquiera carnet —se adelantó a la siguiente pregunta lógica.

—No importa, este fin de semana jugamos en casa así que no hay que preocuparse. Te colocaré en alguno de los coches de los chicos para la próxima vez, déjame darle una vuelta.

—¿Dónde vamos si puede saberse?

—Portia. A una hora y media de distancia. Lo conoces, ¿verdad?

Una hora y media. Noventa minutos. Dios, aquello sonaba a tanto tiempo.

—Nope… ¿Debería?

—No, aunque pensaba que al menos conocerías «El gallinero».

Beau frunció el ceño, sin comprender a qué se refería.

—Un local increíble en Portia…

El menor de los Sinclair negó en respuesta.

—Juventud —suspiró—. En fin. Creo que con esto ya lo tienes… ¿Alguna pregunta?

—Ehm… sí, ahora que lo pienso. Ha dicho que los entrenamientos son de siete a ocho, pero Reece me puso en su mensaje que los jueves tenía que venir a las seis…

—¡Cierto! Los jueves, Sargent viene una hora antes a entrenar y te quiero aquí para echarle una mano.

Beau rio con toque sarcástico .

—¿En serio tiene que entrenar una hora extra para un equipo amateur de pueblo?

Hunt frunció el ceño, se acercó a Beau con expresión seria.

—Cuidado con ese tono —dijo, firme—. Aquí no nos reímos del trabajo de los demás.

Beau abrió la boca para contestar, pero Hunt levantó una mano y lo cortó.

—Sargent entrena una hora extra porque es profesional.

Y esa mentalidad no se apaga aunque estés en un pueblo pequeño, jugando en un equipo amateur, ni aunque ahora mismo tu vida esté hecha un desastre.

Ese chico juega en Inglaterra, al más alto nivel.

O jugaba —corrigió—. Está aquí porque necesita parar, arreglar cosas que no se ven desde fuera.

Pero su cuerpo es su herramienta de trabajo, y si la descuida, cuando pueda volver a las altas esferas, no habrá forma de hacerlo.

¿Comprendes lo que te digo? —suspiró—. El deporte profesional es una amante exigente, chaval .

El menor de los Sinclair bajó la mirada, con un toque de vergüenza.

—Lo siento. No volveré a hablar así, palabra.

El entrenador Hunt asintió; su mano se acomodó sobre el hombro de Beau y lo apretó con firmeza, haciendo así que lo mirara de nuevo.

—Cuando empecé a entrenar al rugby, a mí también me daba bastante igual este mundo.

Lo mío siempre ha sido el fútbol, ¿sabes?

Lo jugué en la universidad. Pero este deporte tiene…

algo que te atrapa —sonrió—. Me juego una cerveza a que, en nada, te habrás hecho a él y hasta te emocionarás con los partidos, la clasificación …

—Seguro —mintió, convencido de que sería todo lo contrario, pero encontrando el entusiasmo del entrenador demasiado genuino como para romperlo.

Cuando Hunt levantó el brazo, saludando a quien se encontraba a sus espaldas, Beau supo que la conversación había terminado. El castigo real empezaba ahora, y eso daba verdadero pánico.

Ladeó el rostro. Acercándose por la hierba con el paso tranquilo de quien se sabe una estrella, ataviado con una camiseta blanca y unos pantalones cortos negros, apareció Reece.

No saludó a Beau, no dijo nada al llegar a su altura, solo pasó por su lado para alcanzar al entrenador Hunt y palmearle el hombro varias veces.

—¿Vio el partidazo de los Cavaliers ayer? —preguntó.

El hombre asintió, echando a andar junto a Reece como si nada.

—¡Por supuesto! Tenía ganas de comentarlo contigo —ladeó el rostro y le hizo un gesto ambiguo a Beau—. ¡Empieza a preparar el calentamiento, Sinclair!

El menor de los Sinclair titubeó.

—¿¡Y cómo hago yo eso!?

La respuesta llegó en forma de carpeta de anillas, una que el entrenador Hunt tenía guardada en su bolsa. Beau le echó un buen vistazo, dentro estaba lleno de fundas con dibujos, muñecos haciendo diferentes posturas, ejercicios explicados…

Vale. Genial. ¿Y cómo sabía él cuáles eran los adecuados para alguien como Reece?

—¿Todo bien?

La voz de Reece sacó a Beau de sus pensamientos.

Levantó la mirada de la carpeta y, aunque la respuesta lógica sería la cortesía, después del encontronazo de la primera vez y de verse allí empujado por las ideas del nieto de la señora Sargent, en fin, a la lengua del menor de los Sinclair le costó controlarse.

—No. Por supuesto que no. El entrenador Hunt está loco sí cree que yo puedo… —giró la carpeta, le mostró los dibujos a Reece—. ¿Cómo sé qué muñequitos…?

—No te compliques —interrumpió el nieto de la señora Sargent—. Un calentamiento debe cumplir tres cosas: subir pulsaciones, soltar el cuerpo y no romper nada. Evita las heroicidades. ¿Quieres que te eche una mano?

Beau presionó los labios, pero no le quedó más remedio que asentir.

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—Te faltan los abdominales —dijo Beau, acercándose al cuerpo de Reece.

Tumbado sobre la hierba, tras una serie de zancadas, sentadillas y planchas, el nieto de la señora Sargent recuperaba la respiración con los ojos cerrados.

El esfuerzo le había encendido las mejillas y, sumado al calor, hacía que el sudor resbalara por su piel, dándole un brillo salado que atrapaba la luz del atardecer.

Beau observó en silencio, sin saber si debía presionarle o no a seguir con el ejercicio, observando cómo el vaivén de su pecho se iba calmando poco a poco.

No fue necesario decir nada. Pronto, Reece abrió los ojos y flexionó las piernas, haciendo un gesto al menor de los Sinclair para que se acercase todavía más.

—Tienes que sujetarme por los pies —indicó, Beau accedió de inmediato.

De rodillas en el suelo, colocó las manos sobre los pies de Reece, observando cómo este empezaba una nueva serie.

Parecía una especie de robot hecho para el deporte.

El menor de los Sinclair sabía bien que, si él tuviese que hacer la mitad de esas cosas, estaría ya muerto sobre la hierba.

Pero él parecía bien. Entero. Preparado para hacer veinte ejercicios más si así se lo pedía la tabla.

—¿Cuántas vas a hacer? —preguntó Beau.

Reece levantó los hombros.

—¿Tienes prisa?

—No, pero… ¿No tienes límite? ¿Eres el gigante de hierro disfrazado de humano?

—¿El gigante de hierro? —preguntó entre flexiones—. ¿Cómo la película de dibujos?

—Ajá.

—Me encantaba cuando era un niño.

Por primera vez, el acento británico de Reece sonó a miel en los oídos de Beau.

—A mí también —dijo, con un toque de vergüenza.

Ahí estaba otra vez. En los labios del nieto de la señora Sargent. Esa suave elevación de una de sus comisuras, ese conato de sonrisa que no sabía demasiado bien por qué ansiaba ocultar. Sencilla, bonita, honesta. Ese tipo de cosas no son de las que se esconden.

Quizás los demás tenían razón. Quizás había sido demasiado duro con él y de verdad, en su encontronazo con la señora Sargent, se había pasado.

Si todo lo que había dicho Mini era cierto, Reece estaba pasando por un divorcio turbulento, viviendo en un país diferente, con la presión de su profesión encima…

¿Era justo juzgarlo en esas circunstancias?

No. Borrón y cuenta nueva. Eso era lo que debía hacer.

—¿Y…? —empezó el menor de los Sinclair, ansiando una conversación con él .

Reece resopló. Paró la serie de flexiones, quedando incorporado, con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en Beau.

—Estoy entrenando. No quiero hablar mientras entreno —dijo, sin buscar debate alguno al respecto, como hace alguien cuando afirma algo que es inquebrantable.

El menor de los Sinclair decidió no aceptarlo como tal.

—Mala suerte. A mí me encanta hablar, sea cuando sea —levantó los hombros.

—¿Pretendes convertirte en un castigo para mí o qué?

Beau frunció el ceño.

—¿Acabas de llamarme castigo?

Reece asintió.

—Cualquier persona que no pueda parar de cotorrear es un castigo —respondió, volviendo a sus flexiones como si nada.

El menor de los Sinclair no pensaba permitirlo.

Del mismo modo que no dudó al lanzar el granizado, una de sus manos se movió y pellizcó la pierna de Reece buscando llamar así su atención.

El hombre se detuvo de golpe y quedó tumbado sobre la hierba, con los ojos abiertos y la mirada fija en él.

Sorpresa, incredulidad, quizás algo más.

Beau no supo entender demasiado bien esa mirada pero le dio absolutamente igual.

—¡Todo el mundo dice que eres un encanto pero yo creo que no hacen más que mentir para volverme loco! He intentado empezar de cero contigo, pero si vas a hablarme así prefiero no dirigirte la palabra nunca más —anunció, poniéndose en pie, dejando ir sus piernas—. Acaba tus dichosas flexiones solo.

Reece Sargent no era majo. Reece Sargent era un maldito imbécil .

Y Beau ya había cubierto su cuota de lidiar con imbéciles para toda la vida.