Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 7
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Cuando Beau despertó, se encontraba en su habitación, encogido bajo las sábanas de su cama, sin recordar realmente cómo había llegado hasta allí.

Imaginaba que, después de mucho caminar, sus pasos habían terminado por dirigirse hacia el único lugar que sentía seguro.

Casa . Pero su cabeza había estado tan rota la noche anterior que nada después de salir del motel había quedado registrado de verdad.

Se incorporó y quedó sentado en el centro del colchón, con las piernas flexionadas, tomándose unos segundos para terminar de encender las neuronas.

Fue entonces cuando la vio. Una herida en el brazo, una marca nueva sobre la piel pálida de la que era dueño.

Aunque,, a diferencia del resto de las que ya tenía por todas partes, esa prometía marcharse si no era estúpido y arrancaba la costra demasiadas veces.

Suspiró, deslizó el dedo sobre la herida. Su textura, completamente diferente a las otras, lo dejó embelesado durante unos segundos.

Se la había hecho la noche anterior. Él mismo. Se había arañado hasta abrirla.

Los recuerdos volvieron de golpe, haciendo que Beau sintiese un ligero mareo.

Suspiró, se frotó la cara con ambas manos y recuperó el teléfono de encima de la mesita para poder echar un ojo a sus notificaciones.

Recordó entonces los mensajes de Laramie.

Al entrar en Whatsapp, esta seguía siendo la conversación más reciente que tenía.

Los releyó. La sensación amarga volvió a invadirle la garganta. Tenía que darles respuesta de alguna manera.

Beau: Déjalas en el Cherry cuando puedas

Respondió, citando la imagen de sus llaves al hacerlo.

Beau: No es buena idea que se repita

Añadió. Se mordió el labio inferior, dudó, pero finalmente tecleó algo más.

Beau: Lo siento

El menor de los Sinclair lanzó el teléfono sobre el colchón, un gruñido brotó de sus labios antes de acomodar la frente contra las piernas flexionadas.

— Lo siento, lo siento —repitió, poniendo vocecilla, haciéndose burla a sí mismo—. Siento que seas un puto capullo, Laramie…

Su teléfono sonó de nuevo. Beau ladeó el rostro, presionó el botón para hacer que la pantalla se iluminara. No era un mensaje, era un correo de la universidad sobre la matrícula de «Bellas Artes» para el curso siguiente que todavía no había sido capaz de completar.

A sus veinticinco años, y tras haber tenido que renunciar a la universidad por temas de dinero, Beau se encontraba ahora a punto de empezar la carrera de sus sueños, esa que esperaba que se volviera su oficio en el futuro.

Estaba emocionado, incluso tenía un calendario colgado en la puerta de su cuarto para llevar la cuenta de cuántos días faltaban, pero también estaba acojonado.

La gran ciudad, salir de su zona de confort, gente nueva…

Quizás por eso todavía no había sido capaz de formalizarlo todo .

Ni de coña. Aquel no era el momento para pensar en eso.

Beau salió de la cama, recogió del suelo su camiseta de dormir de Dolly Parton y se la puso, ladeando después el rostro para mirar la foto familiar que tenía en la mesita.

Emmet, sus padres y él, sentados en una roca cerca del lago.

Ya apenas recordaba aquellas vacaciones, de hecho, desde hacía un tiempo, las voces de sus padres también sonaban… distintas .

Los estaba olvidando. Ser consciente de ello dolía más que la herida de un puñal.

Se besó los dedos y los apoyó contra la foto.

—Buenos días —dijo, poniéndose en pie dispuesto a enfrentarse a un nuevo día.

Aquel día marcaba un nuevo comienzo. Iba a darse una ducha, desayunar, rellenar la dichosa matrícula de la universidad, hacer planes divertidos… El mundo no había acabado, solo se habían alterado un poco los planes y ahora, bueno, ahora había que reconducirlos.

Con un conjunto limpio para cambiarse después de la ducha bajo el brazo, Beau salió de la habitación con ganas de comerse el mundo. O, al menos, lo intentó. Fue abrir la puerta de su cuarto y ante esta, con los brazos cruzados y el ceño completamente fruncido, se encontraba Emmet.

—¿Buenos días?

—Cocina. Ahora —dijo, sin lugar a negociar, con ese tono de voz que había empleado durante su adolescencia para darle charlas sobre su impuntualidad por las noches.

Beau sintió que los vellos se le ponían de punta. Mierda. ¿Y ahora qué había hecho?

Lanzó la ropa sobre la cama de cualquier manera y salió con paso acelerado hacia las escaleras, descendiendo hasta la cocina.

La visión que encontró no era la que esperaba.

Además de Emmet, sentado con una taza de café en la mano, Reece Sargent esperaba con la misma expresión serena, pero poco amistosa, de la última vez.

Beau lo observó y, tras pasarse los dedos por su pelo e intentar adecentar un poco su aspecto, usó una de las manos para dedicarle un saludo.

—Buenos días, Sargent —dijo.

Pero, antes de que este pudiera responder, Emmet arrastró la silla libre entre ambos.

—Siéntate —ordenó.

Y a Beau, no le quedó más que obedecer.

Un silencio pesado, asfixiante, cargaba el ambiente de la cocina de una forma de lo más desagradable.

De no ser imposible, el menor de los Sinclair diría que era como una especie de peso seco sobre los hombros, uno que lo hacía encogerse más y más en su silla, empujado a la par por las miradas serias tanto de su hermano como de Reece a su persona.

—Bueeeeeeeeno… —dijo finalmente, sin saber cómo completar la frase.

—¿Qué hiciste anoche, Beau? —preguntó Emmet.

Beau rio, bamboleó la cabeza.

—No quieres saberlo —respondió, intentando sonar bromista pero fallando en ello.

—Lo digo en serio, ¿qué hiciste anoche?

—Pues, ehm… Después de estar con Mini viendo a los del rugby, me… vi con un amigo. Pasamos el rato. Me fui al centro. Me compré un granizado… de sandía, creo, y vine a casa —levantó los hombros. La versión matizada de eventos no sonaba tan mal.

—¿Seguro? Creo que te olvidas algo importante.

El menor de los Sinclair frunció el ceño. Se tomó unos segundos para pensar pero, con total honestidad, todo lo sucedido estaba tan borroso que aquello era lo que su cerebro le permitía recordar. Así que, como toda respuesta, levantó los hombros una vez más.

—Estampaste el granizado en la luna de un coche.

Oh, mierda . El claxon. Las luces. El paso de cebra.

Se frotó la cara con ambas manos.

—Dios, sí… —farfulló.

—Era mi coche —la voz de Reece se escuchó por vez primera en la estancia, con el peor de los mensajes posible.

Beau se descubrió de inmediato y lo miró.

—Ay, joder, lo siento, yo no… —dijo aceleradamente, sacudió la cabeza—. Estaba con la cabeza un poco… pfffff… y…

—Eso no es excusa, Beau. Tiraste una bebida en el coche de un desconocido y, no contento con eso, en lugar de quedarte e intentar solucionarlo, te fuiste. ¿En qué demonios estabas pensando?

—¡No lo sé! Yo… tuve un mal día, y…

—La rompiste —intercedió Reece de nuevo—. La luna, se rompió del impacto. Ahora tengo que cambiarla, voy a tener que dejarme un dineral en hacerlo.

Bajo la mesa, sobre sus piernas desnudas, las manos del menor de los Sinclair se encontraban acomodadas. Al escuchar aquellas palabras, sus dedos se curvaron y sus uñas empezaron a arañar la piel de estas con insistencia, empujados por los nervios.

—Reece te reconoció cuando te fuiste, por eso ha venido. Lo que has hecho es motivo de denuncia, lo sabes, ¿verdad? Podría… ¡pedirte un dinero que no tenemos para poder arreglarlo! ¿Te das cuenta de lo jodidos que nos habría dejado eso?

Beau asintió, miró al nieto de la señora Sargent de nuevo.

—Lo siento, de verdad. Y gracias, por… Gracias .

—No me las des. Mi abuela te quiere demasiado como para hacerte algo así. Y tu hermano ha sido de lo más amable conmigo desde mi llegada. No habrá denuncia.

El menor de los Sinclair esbozó una media sonrisa agradecida. Quiso decir algo, disculparse de nuevo con más insistencia, pero Reece se adelantó.

—Pero eso no significa que no espere que me lo pagues.

Beau resopló, levantó ambas manos a modo de rendición.

—¡Vale! En cuanto cobre, toda mi nómina se irá a pagarte la luna. ¿Cuánto es?

—Tres mil ochocientos setenta dólares.

El menor de los Sinclair abrió tanto los ojos que, por un instante, pensó que estos se le iban a salir de las cuencas. La lógica le decía que debía medir todas y cada una de sus palabras con mucho cuidado. Sin embargo, estas brotaron de su garganta sin filtro alguno.

—¿Pero tú estás mal de la cabeza o qué?

—¡Beau! —reprendió Emmet de inmediato.

—¿¡Qué!? Curro de camarero en un café, ¿crees que tengo ese dinero?

—Ese no es el problema de Reece. Vas a tener que ingeniártelas para salir de esta.

Con teatralidad, Beau chasqueó la lengua y su mirada se apartó de Emmet para volver a la de Reece.

—Perdona, mi hermano tiene razón, me las tengo que ingeniar —dijo, con tono sarcástico—. Ehm, ¿qué te parece si pago en órganos? ¿Te iría bien eso?

Sucedió entonces algo. Algo para Beau totalmente inesperado, que le encogió el estómago e hizo que un cosquilleo se deslizara por toda su espalda hasta la nuca.

Ante tal comentario, el nieto de la señora Sargent rio.

Una risa breve, de esas que te pillan por sorpresa incluso a ti mismo, que elevó ligeramente sus labios de forma encantadora.

Reece, al ser consciente de ello, carraspeó y se frotó los labios con los dedos, sin embargo, aquella visión ya había surtido su efecto dejando a Beau descolocado.

—No he venido esperando que pagaras con dinero.

En otra situación, una broma sexual inapropiada habría seguido a la de los órganos.

Pero, en aquel instante, su ingenio había muerto ahogado por el sonido dulce de aquella risita.

También quizás, estar junto a su hermano y a un hombre claramente heterosexual, habituado a un mundo tan cargado de testosterona como era el deporte, también lo frenaba.

—Sabes que estoy entrenando con el equipo local.

Beau asintió.

—El equipo anda mal de recursos tanto monetarios como de personal y, aunque yo he podido hacerme cargo de la primera parte, la segunda es mucho más complicada.

Verano, equipo amateur sin muchas aspiraciones, hacerlo gratis…

no mucha gente se presta para algo así —Reece se echó ligeramente hacia adelante—.

El entrenador Hunt necesita un ayudante —apuntó con el dedo a Beau—. Y tú te vas a ofrecer a serlo.

La cocina quedó en silencio los segundos que ambos hermanos necesitaron para digerir aquella propuesta. A la vez, en una muestra más de que compartían ADN, los Sinclair rieron sin saber si tomarse aquella propuesta en serio.

—Mi hermano no tiene ni idea de rugby. Ni siquiera estoy seguro de que sepa que existen varios tipos de tanto y que puntúan diferente.

Beau frunció el ceño, miró a Emmet.

—¿Qué ?

Emmet lo señaló con la mano.

—¿Lo ves? —suspiró—. Reece, no creo que sea una buena idea que…

—Tu hermano no necesita saber de rugby para ayudar al entrenador Hunt.

¿Tiene dos manos? Pues puede cargar bolsas, puede traer el material al campo, disponerlo como le diga el entrenador, recogerlo…

¿Tiene dos piernas? Pues puede traernos agua, ir a buscar lo que el entrenador necesite durante los partidos…

¿Piensa? ¿Habla? Pues puede ayudar al entrenador a organizar las cosas cuando vayamos a jugar partidos fuera, llevar al día las fichas de cada uno, comunicarse con quien toque del ayuntamiento para reservar el campo…

Esas son las cosas que hace un ayudante.

Además, soy de la teoría de que uno aprende mucho de algo cuanto más lo practica.

Si debe aprender sobre rugby, lo hará viéndonos entrenar dos días a la semana durante todo el verano.

Los dedos de Emmet repiquetearon sobre la mesa. El mayor de los Sinclair quedó pensativo un momento, pero no tardó en asentir, mostrando su conformidad.

—Tienes razón. Decidido, Beau hará de ayudante del entrenador Hunt todo el verano.

—Emmet… —farfulló Beau, buscando una escapatoria—. Trabajo en el Cherry…

El Cherry era un café encantador situado en el centro de Whitefish, uno de esos locales que podrían encajar perfectamente en una película romántica, de ambiente tranquilo, dulces caseros y flores frescas en sus rincones.

Regentado por Roberta Halpert, para Beau aquel trabajo había sido el único en toda su existencia.

Sus talleres de cerámica, de hecho, habían supuesto encontrar su pasión cuando no era más que un adolescente .

Aquel año, además, el menor de los Sinclair se había dejado la piel para conseguir tener unos buenos horarios en verano que le permitieran hacer lo que le diera la gana con Mini.

Aquel era el último verano antes de irse a la universidad, iba a estar mucho tiempo sin ver a Mini, ¿no merecía poder disfrutar de esos meses? ¡Claro que sí!

—Hablaremos con Roberta, le explicaremos lo que has hecho. Estoy seguro de que no le importará acomodar tus horarios para que puedas ir a los entrenamientos…

—Y a los partidos los sábados —apostilló Reece.

—Y a los partidos los sábados —sentenció Emmet—. Hazle llegar toda la información que sea necesaria. Va a cumplir, te doy mi palabra.

Beau quiso decir algo, intentar negociar aquella pena impuesta, pero tanto la mirada de Reece como la de su hermano dejaban más que claro que no iba a salirse con la suya sin importar cuánto esfuerzo pusiera en ello.

Así que guardó silencio.

A veces, en la vida, uno sencillamente debe aceptar la derrota con elegancia.