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—Un granizado de sandía, por favor.
La chica tras el mostrador asintió, cogió el billete de cinco dólares de encima de este y abandonó su silla para empezar a prepararlo en una de las máquinas con osos polares pintados que tenía detrás.
Beau tomó una profunda inspiración. Sus dedos se movían solos, golpeteando aquella fría superficie sin un orden marcado, guiados por los nervios y la sensación extraña que le recorría el pecho.
Era como si algo se hubiese colado bajo la piel, algo que se deslizaba por sus adentros y se adueñaba de todo, que lo contaminaba hasta convertirlo en algo inservible.
En su imaginación lo veía claro. Una especie de masa viscosa, negra, bullendo en sus entrañas, creciendo hasta llenarlo todo.
Lo hacía sentirse sucio. ¿Cómo limpia alguien lo que tiene bajo la piel?
Los dedos del menor de los Sinclair viajaron hasta uno de sus brazos y empezaron a rascar frenéticamente. Quería que atravesaran la piel, quería colarlos bajo esta, hacerlos buscar esa masa viscosa y sacarla de dentro con violencia.
La piel pálida empezó a ponerse roja, a arder, pero las uñas no parecían ser capaces de atravesar la carne como sentía necesario. Bajó la mirada. Arañazos se veían claramente en su piel. Y aun así, no paró.
Rascó.
Rascó.
Rascó.
Hasta que el sonido de su teléfono lo empujó fuera de aquel bucle. Beau sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón. Tenía un mensaje de Laramie.
Laramie: Te has dejado las llaves en el motel.
Laramie: Las he visto al salir de la ducha, cuando te has ido.
Junto a los mensajes había una foto de estas con el llavero de la vaca colgando.
Laramie: ¿Quieres que te las acerque mañana?
Antes de que pudiera responder, otro mensaje llegó.
Laramie: Ha estado muy bien.
Laramie: Si apagaras el cerebro siempre podría ser así.
Beau bloqueó el teléfono, lo devolvió al bolsillo y llevó de nuevo la mano al brazo.
Rascó.
Rascó.
Rascó.
Cuando la chica del mostrador apareció con su granizado, la forma en la que enarcó la ceja hizo que la espalda de Beau se tensara.
—Estás sangrando —dijo, deslizando la bebida sobre el mostrador después.
El menor de los Sinclair bajó la mirada.
Sobre la piel enrojecida de su brazo podía verse ahora una pequeña herida de color más intenso que el resto.
Sangre . Tan solo unas gotas. Con prisa apartó la mano de encima, como hace un niño cuando ha sido pillado haciendo algo que no debería, esperando una reprimenda por ello.
—¿Qué le voy a hacer? Me gusta que me lo hagan duro —dijo, buscando que la incomodidad y lo poco apropiado del comentario fueran suficiente para espantar aquella conversación.
La única forma que Beau había encontrado para apartar las conversaciones sobre sexo de su vida, era utilizar el humor soez para hacer creer al mundo que lo comprendía y disfrutaba mucho más de lo que otros pensaban.
Se hacía el experto, el experimentado, el que no tiene miedo a soltar la mayor burrada sexual por la boca.
Nadie sospecha lo horrible que es ese aspecto de tu vida cuando proyectas confianza.
—Ya… que tengas buena noche —respondió la chica. Había surtido efecto.
Beau presionó los labios, dibujó la sonrisa más amplia que estos le permitían y, tras un asentimiento, cogió el granizado y salió de la tienda.
Bebió un trago. No sabía tan dulce como otras veces.
Echó a andar. La noche ya había caído, sentía que debía volver a casa para que Emmet no se preocupase de más, pero una parte de sí mismo no quería hacerlo.
Solo quería andar. Caminar hasta donde lo llevaran sus pasos, creer por un instante que no tendría que volver.
Quizás, si estaba en constante movimiento, los pensamientos no serían capaces de alcanzarlo, ni sentiría de nuevo… Pero aquello no pasó.
Los recuerdos de lo que acababa de pasar lo asolaron de golpe, lo agarraron del cuello con una mano invisible que no dudó en apretarle la tráquea hasta dejarle sin aire.
Las manos de Laramie sobre su piel. Besos que sabían a ceniza.
Caricias que su cuerpo no deseaba. Calor, sudor, dolor y una ausencia extraña de placer que lo aterraba .
¿Por qué había dicho que sí? ¿Por qué lo había hecho?
Esas dos preguntas habían llenado su cabeza durante todo el encuentro. Mientras Laramie se deshacía en un orgasmo caliente e intenso, Beau sentía esa suciedad empezar a llenarlo por completo, a carcomer sus adentros y hacerlos polvo.
Estaba sucio. Estaba roto. Quería limpiarse, pero no sabía cómo hacerlo.
«Pobre y patético, Beau Sinclair. ¿Tan desesperado estás por que alguien te quiera que cualquier afecto te vale?»
Bebió de nuevo de su granizado. Le supo asqueroso. Sintió ganas de vomitar.
Siguió andando, sin saber todavía hacia dónde lo dirigían sus pasos. Se sentía en una burbuja, como si el mundo a su alrededor se encontrara mucho más lejos de lo normal. Los sonidos le llegaban amortiguados, las luces, las formas, estaban borrosas.
Lo primero que sintió real fue el sonido de un claxon.
El menor de los Sinclair dio un brinco. Volvió a la realidad de golpe. Estaba en mitad de un paso de cebra. Había cruzado sin mirar y un coche casi se lo había llevado por delante.
Los potentes faros del vehículo lo deslumbraron. Como si de un cervatillo asustado se tratara, miró este, tenso, con las piernas congeladas, sintiéndose incapaz de andar.
«¿Quieres que mami se siente detrás contigo, Beau?» La voz distorsionada de su madre, la noche del accidente, resonó en su cabeza. Por un instante, hasta creyó notar cómo le cogía de la mano otra vez, como le besaba la frente antes de colocarse a su lado.
La voz de tío Edward resonó en el fondo de su cabeza.
«¿Crees que mi hermana habría sobrevivido de no haberse sentado detrás, Beau? »
«¿Por qué vosotros habéis tenido la suerte de vivir y ellos no?»
«Al menos cargas con su castigo en la piel para siempre».
El claxon sonó de nuevo. Esta vez sí, Beau reaccionó.
Con todas sus fuerzas lanzó el granizado que sujetaba en la mano contra el coche, estallando la masa rojiza congelada de su interior contra el parabrisas, ensuciando este casi por completo.
No dijo nada. No esperó a nadie.
Simplemente echó a andar de nuevo sin rumbo alguno.