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—Los tíos son gilipollas, Beau. No dejes que uno te hunda.
Sentados juntos en las gradas del campo deportivo de Whitefish, Mini no tardó en abrazar a su amigo tras decir aquellas palabras, besó su mejilla, buscando animarlo con ese contacto físico que siempre había sido la debilidad del menor de los Sinclair.
—Lo sé, es solo que pensé que sería diferente —respondió, levantando los hombros.
El campo deportivo de Whitefish no era un lugar en el que ambos amigos solieran pasar mucho tiempo. Ninguno de los dos era especialmente deportista, ni tampoco sentían interés alguno por los diversos deportes que allí tenían lugar.
Al ser un pueblo pequeño, era inviable la idea de tener un campo para cada pequeño equipo de vecinos que se formara, así que el ayuntamiento había optado por crear un gran campo y un sistema de reservas en el que cada equipo tuviese que turnarse para usarlo .
El sistema era una verdadera chapuza. Beau todavía recordaba cómo los dos equipos de los hermanos O’Neil habían terminado a tortazos al no ser capaces de decidir a qué O’Neil le tocaba entrenar los viernes por la tarde.
Si se encontraban allí era por el novio de Mini, Kurt, que había vuelto a entrenar con el equipo de rugby local después de una lesión de rodilla.
Su chica se había ofrecido a ir a verle en su primer entrenamiento después de tanto tiempo y, ya que no quería hacerlo sola, había sobornado a Beau con un granizado de los del centro para que la acompañara.
Ahora, con el granizado ya acabado, aquello era de lo más tedioso.
Por mucho que Emmet hubiera intentado explicar mil veces que era lo que hacía tan interesante aquel deporte, para él no eran más que una panda de tíos corriendo detrás de un balón.
No distaba mucho de cualquier otro deporte con pelota que se le ocurriera.
El menor de los Sinclair dio un suave brinco cuando, de la nada, Mini se puso en pie en un resorte, gritando, moviendo los brazos de forma exagerada.
—¡Woooooooooooooooooooooooh! ¡Ese es mi chico! —gritó y aplaudió a la vez.
En la otra punta del campo, Kurt acababa de marcar un tanto.
Tanto… ¿Se le llamaba así? ¿O era un gol? ¿Un…? Bah , daba igual.
Beau observó al grupo de hombres, destacando entre ellos uno en concreto.
Reece Sargent . De haberlo conocido en otras circunstancias, de no tener sus gilipolleces tan frescas en el cerebro, Beau se permitiría disfrutar de lo bonitos que eran sus brazos en camiseta de tirantes.
Pero no. Un tío así no merecía más cumplidos.
—¿Reece Sargent juega en el equipo? —preguntó—. ¿Ese tío no es como profesional?
—Sí, pero está de baja una temporada. Cuando se vino a vivir con su abuela dijo que necesitaba con quien entrenar para no perder la forma y… en fin, no se lo digas a Kurt, pero son unos paquetes. Necesitaban un refuerzo —bromeó, dándole un toquecito con el codo.
—Ya, bueno. No creo que el resto de equipos de la zona estén contentos con esto.
—Pfff, que les den. Este año nos llevamos algún trofeo fijo.
Beau puso los ojos en blanco, prefirió no decir lo que pensaba al respecto.
—Además, está guay conocer a un famoso. Es la primera vez que veo uno de cerca.
—¿Y qué tal la primera impresión?
—Genial. Es súper majo, invitó a todo el equipo a hamburguesas el otro día y nos incluyó tanto a Kurt como a mí. Hasta me prometió una camiseta firmada para mi padre.
El menor de los Sinclair frunció el ceño. Su vista volvió al campo, a Reece, ese mismo hombre que estaba ahora cogiendo del hombro a otro chico y le daba indicaciones. ¿Qué problema tenía ese idiota? ¿Es que era amable con todo el mundo menos con él?
Quiso morderse la lengua. Pero fue imposible.
—Pues conmigo fue todo un capullo —miró a Mini directamente y bajó la voz un poco—.
El otro día, cuando fui a casa de la señora Sargent, me habló súper mal.
Como si fuese un delincuente prácticamente.
Insinuó que me acerco a su abuela para sacarle algo y…
Bueno, yo le dije que se sacara el palo del culo… ¡Pero con razón!
Mini frunció el ceño.
—¿En serio te dijo eso?
—Te lo juro.
Ambos devolvieron la vista al frente.
La presencia de Reece era apabullante, de estas que llenan una sala con solo existir.
Se notaba con simplemente verle caminar que dominaba el campo aun cuando aquello no era más que el entrenamiento de un grupo de aficionados pasando el rato.
Ser el capitán estaba en su ADN, y la forma en la que movía las manos, se colocaba y daba indicaciones, solo eran una prueba más de ello.
—Seguramente lo pillaste en un mal momento. ¿Has leído por qué está aquí?
Beau negó. Su amiga se acercó más, encantada de poder compartir aquel cotilleo.
—Se está divorciando.
El menor de los Sinclair rio con toque sarcástico.
—¿Y le tenemos que consentir ser un gilipollas porque le han roto el corazón?
La menor de los Halpert rio también.
—No, idiota, pero, por lo que dicen en la prensa, está siendo un divorcio jodido. Es lo que pasa con la gente tan famosa y rica, mientras están a buenas todo es perfecto, pero en el momento en el que están a malas…
—Se tiran de los pelos hasta por el último centavo.
— Din-din-din-din tenemos ganador —Mini sacó su teléfono del bolsillo y tecleó. Tras un poco de búsqueda, le mostró la pantalla a Beau—. Penélope Devgan. Guapa, ¿ verdad? Es una de estas modelos convertidas en influencers, que hablan de ropa y maquillaje…
Su amiga empezó a moverse por el perfil, pulsando una foto al azar.
La verdad es que llamarla guapa se quedaba corto.
Parecía irreal, como si alguien con un don divino la hubiera creado para hacer al resto del mundo sentirse inferior.
Sonrisa perfecta, ojos marrones grandes, pelo oscuro y ondulado, piel morena, medidas perfectas, piernas interminables…
En esa foto en concreto, lucía un sari de color verde con detalles en dorado que resultaba evidente que alguien había diseñado solo para ella. Beau se sintió pequeño a su lado.
Tras pasar por varias fotos más, la menor de los Halpert se detuvo en una en la que se veía a Penélope con Reece.
Estaban los dos abrazados, en la cubierta de un barco, con la piel y el cabello mojados tras un chapuzón en las aguas cristalinas de quién sabe qué mar.
De nuevo, parecía irreal. Como si alguien se hubiera pasado horas sacando esas fotos solo para poder mostrar al mundo que eran perfectos.
Aun con todo, a Beau no le costaba imaginarlos juntos. Es decir, la gente tan guapa no puede conformarse menos que con eso.
—No me imagino qué tendrían en común estos dos, pero menuda parejaza.
Parecen sacados de un laboratorio… —Mini resopló, bloqueó el teléfono—.
Ella pidió el divorcio, y él se ve que no lo está encajando bien.
Ha tenido que tomarse un respiro porque le dio un puñetazo a un periodista.
Nadie sabe el porqué —levantó los hombros—.
No sé, el caso es que no deberías dejarte llevar por una sola conversación .
El menor de los Sinclair suspiró. Para su desgracia, sabía que el nieto de la señora Sargent no era alguien a quien pudiera ignorar.
Adoraba a aquella mujer, la consideraba incluso de la familia, así que, aunque solo fuese por no darle el disgusto, ser amable con Reece parecía la respuesta más lógica posible.
—Tienes razón, habrá sido una mala tarde —dijo, esbozando una media sonrisa.
Beau quiso devolver su atención al entrenamiento, sin embargo, algo lo detuvo.
A los pies de la grada, con el brazo levantado a modo de saludo y una media sonrisa en los labios, se encontraba Laramie.
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Dado que nunca antes había montado en un coche de Laramie que no fuera el de patrulla, Beau se encontraba ahora observando por vez primera la ingente cantidad de pegatinas que tenía en el interior de este.
En la guantera especialmente había un buen puñado colocadas de cualquier manera, la más grande de ellas una de una chica estilo pin-up montada encima de un pez con sombrero de vaquero.
En purpurina rosa, podía leerse debajo la frase «vamos a pescar, vaquero» escrita.
También tenía un pez en el retrovisor que danzaba con cada pequeño movimiento.
Beau dejó de analizar cada palmo del vehículo cuando la puerta del piloto se abrió. Laramie montó en el coche, intercambiando ambos una mirada incómoda, entre sus manos sujetaba una huevera con dos cafés para llevar. Le acercó esta para que cogiera uno.
—Sí que te gusta pescar… —dijo, señalando con la cabeza las pegatinas.
Laramie rio, después abrió su café y le dio un trago.
—Oye, yo… siento que las cosas hayan acabado de este modo. Me quedé con un mal sabor de boca y… en fin, me gustaría que lo nuestro terminara, al menos, de buenas maneras.
—No pasa nada, a veces las cosas no salen como esperamos —levantó los hombros.
—Lo sé, pero… creo que me expliqué mal y me gustaría una nueva oportunidad para hablar de todo como es debido.
¿Quería Beau volver a hablar del tema? Con el puñal y la herida reciente, sentía que no, que, si hacían aquello de nuevo, solo iba a doler más.
Necesitaba tiempo, gestionar un poco todo lo que había sido dicho, saberse con las fuerzas necesarias para responder si algo no era de su agrado.
Y, sin embargo, se limitó a sonreír y asentir, concediendo a Laramie ese cierre que tanto quería.
—Siento que, cuando hablamos ayer, te di a entender que tu físico era lo único que me importaba.
No es eso. Eres muy agradable, divertido, considerado y…
Dios, cuando te pasaste horas al teléfono ayudándome a elegir el regalo de mi sobrina, yo…
—suspiró—. Le encantó, por cierto. Nunca te di las gracias por ello.
—De nada, me alegra escuchar eso.
—El caso es que sientes demasiado las cosas, ¿sabes?
¡No lo digo como un defecto! Es solo… una forma de ser.
Muy intensa. Cuando me hablaste de tus padres, de cómo mu rieron, y luego te vi llorar así…
sentí que estabas confiando en mí de una manera que no supe manejar.
Que me estabas pidiendo algo que no quiero —tragó duro—. O que no puedo dar.
—Yo no…
—Tú sí, Beau. Quizás no te diste cuenta pero intentaste… hacerme cargar con parte de tus traumas, tus movidas. Me diste cargas, muchas, y yo ya tengo suficiente con las mías. Cuando vi que traías todo eso encima, sentí que me ahogaba.
Beau dejó escapar una risa breve, rota.
—Así que… ¿fue un error abrirme a ti? ¿Eso es lo que me estás diciendo?
—No —se apresuró Laramie—. No fue un error. Fue… inevitable, supongo. Tú eres así. Sientes las cosas muy intensamente. Y yo no busco eso. Yo quería algo ligero, fácil. Risas, planes improvisados, no pensar demasiado en el futuro. Y pensé que tú… —se interrumpió—. Pensé que tú también eras así.
—Supongo que soy demasiado…
—Lo eres. Siento decirlo así, pero… creo que escucharlo te vendrá bien.
Beau asintió despacio. Aquellas palabras le atravesaron el pecho como algo frío y preciso, sin violencia aparente, pero imposible de esquivar.
«Lo eres». No hubo matices, ni un sencillo «para mí» que amortiguara el impacto. Solo una confirmación desnuda de ese miedo que el menor de los Sinclair llevaba años arrastrando y que siempre había intentado mantener a raya.
Demasiado sensible.
Demasiado intenso.
Demasiado necesitado.
Sintió dolor en una herida antigua, una que reconocía bien.
Esa herida que lo había empujado a medir sus palabras, a reírse cuando quería llorar, a guardarse historias por miedo a ser apartado por los demás.
Lo que Laramie había dicho no era nuevo, solo era la primera vez que alguien lo pronunciaba con tanta calma, tan directamente.
Y entonces, llegó la vergüenza. Por haberse abierto.
Por haber confiado. Por haber creído, siquiera por un momento, que alguien podía quererlo con todo lo que era, con todo lo que traía consigo.
Se sintió expuesto, como si le hubieran arrancado algo íntimo y lo hubieran dejado a la vista solo para señalarlo y reírse.
«Nunca nadie va a quererte, Beau Sinclair. Cuanto antes lo aceptes mejor».
Sentir el peso de la mano de Laramie sobre el hombro lo hizo volver a la realidad de forma violenta, con el estómago encogido y la sensación amarga en la garganta. Lo miró. El policía le estaba sonriendo, deslizaba el pulgar sobre su hombro.
—Tienes que trabajar en ti mismo. Y si algún día superas lo de tus padres… podemos volver a intentarlo —le presionó el hombro con firmeza—. ¿Te parece?
Una sensación de humillación profunda lo llenó entero.
Era como si todo su dolor acabara de ser reducido a un defecto corregible, a una tarea pendiente en una lista que Laramie podía revisar cuando le viniera bien.
Como si el amor —o lo que fuera aquello— pudiese convertirse en una recompensa aplazada, condicionada a que Beau aprendiera a doler menos, a ser menos… intenso .
Y aun así, apretó los labios, dibujó una media sonrisa y asintió.
—Claro —dijo.
Laramie sonrió y dejó el café a un lado, extendió el brazo, con firmeza cogió el mentón de Beau y recortó toda distancia entre ambos para fundirse en un beso. El menor de los Sinclair correspondió el gesto, sin comprender demasiado bien por qué lo hacía.
Al distanciarse, ambos se miraron.
—¿Echamos el último? —preguntó el policía, cerca de sus labios.
«Pobre y patético Beau Sinclair. ¿Tan desesperado estás por que alguien te quiera que cualquier afecto te vale?»
Miró a Laramie apenas un segundo más de lo necesario. Pensó en decir que no. Pensó en apartarse, en reírse, en bajar del coche y desaparecer. Pero el silencio pesaba demasiado, y la idea de quedarse solo, aún más.
Tragó saliva.
—Claro.
La palabra le supo amarga, como algo que no debería haber salido de su boca. El policía sonrió, satisfecho, y Beau sintió el gesto como una derrota.
Laramie lo dejó ir y volvió a acomodarse en el asiento del piloto.
—¿Motel o aparco el coche en algún lado? —preguntó.
Con el estómago revuelto y la certeza incómoda de que había vendido su cuerpo una vez más a cambio de afecto, Beau bajó la mirada, observando el vasito de café que ni siquiera se había dignado a abrir.
—Motel —respondió finalmente, haciendo a ambos abandonar el vehículo.
Para su desgracia, aquella no era la primera vez que aceptaba sexo por amor.
Por desgracia también, estaba convencido de que no sería la última.