Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 3
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La parte de atrás del coche patrulla se había vuelto ya un escenario habitual para los encuentros que Beau compartía con Laramie.

Después de un poco de conversación en el Jenkins, una cerveza fría y alguna caricia que prometía más, no tardaron en marcharse del local y caminar hasta el coche, donde el abrazo de la oscuridad y los árboles daba cierta intimidad.

Tras un gemido compartido, con las uñas clavadas contra los hombros del policía y el sudor cayendo por su espalda, el menor de los Sinclair se movió hasta bajar de su regazo.

Cayó a su lado. Los amortiguadores dieron un nuevo brinco que nada tenía que ver con los de hacía un instante, acomodó el cuerpo contra el asiento y cerró los ojos, inspirando profundamente.

El placer lo había llenado todo, sentía ese cosquilleo agradable recorrer todo su ser de la cabeza a los pies y el corazón latir desbocado dentro del pecho.

Solo una caricia ajena lo devolvió a la realidad. Laramie, con el rostro ladeado y una sonrisa satisfecha pintada en los labios, le apartó el flequillo de los ojos.

—Te ha crecido mucho el pelo …

Beau arrugó la nariz.

—Sí, tengo que darme un buen corte —respondió. Tomó aire de nuevo—. ¿Bien?

Laramie rio, llevó la mano hasta una de las rodillas de Beau para darle un apretón.

—Claro, echamos otro en cuanto me reponga —le guiñó el ojo.

El menor de los Sinclair presionó los labios, siendo capaz de dibujar la sonrisa más honesta que le salía en esos momentos. Laramie se acercó, le dio un beso lento, dejando una última caricia en la mejilla antes de centrarse en lo mismo de siempre: fumar.

Beau dobló las piernas, las rodeó con los brazos y se quedó en su asiento intentando ser la menor inconveniencia posible; el policía, en cambio, buscó sus pantalones, sacando del bolsillo tanto un cigarrillo como el mechero.

Bajó un poco la ventanilla. El aire frío de la noche le puso los vellos de punta.

Sin el sexo presente para ocupar sus pensamientos, la vocecilla en la cabeza de Beau que le decía que necesitaba hablar con él de su situación volvió a hacerse presente.

Una parte de sí mismo quería no escucharla, vivir feliz en ese momento, hacerlo otra vez, volver a casa y seguir creyendo que aquella era una forma viable de tener una relación.

Otra sabía que, a veces, es mejor matar algo antes de que pueda hacerte más daño.

—¿Irás a la competición de pesca este fin de semana? —preguntó.

Laramie asintió.

—Varios de los chicos del cuerpo nos hemos apuntado. Será divertido, no creo que consiga quedar muy bien, pero… colegas, unas cervezas… —levantó los hombros—. ¿Tú v as a ir? No sabía que te gustaba la pesca, no me lo has dicho nunca.

Beau negó.

—No, a mí no… pero sé que a ti sí —bamboleó la cabeza.

Laramie lo miró, expulsó el humo de la última calada y lanzó el cigarrillo por la ventanilla, usando la mano ahora libre para sujetar el mentón ajeno.

Se acercó, besó los labios del menor de los Sinclair con intensidad creciente, deslizando la otra por su cintura, presionando de nuevo la carne desnuda.

—Eso que acabas de decir es tan mono que me ha cargado las pilas de golpe —dijo contra sus labios, moviendo después la cabeza para poder besar su cuello, descendiendo rumbo al hombro.

Beau suspiró. Una de sus manos trepó por la espalda del policía, sus piernas se abrieron para hacerle espacio y que pudiera encajarse de cualquier forma entre ellas.

—No me gusta la pesca, pero… —suspiró—. Si quieres podemos vernos en el lago y… no sé, a mí también me apetece esa cerveza entre colegas.

Laramie se detuvo de golpe, echó la cabeza atrás para poder mirar a Beau de nuevo.

—Te aburrirás —dijo, besando su mejilla, nariz y, finalmente, sus labios—. No es necesario que vengas, cuando acabe te recojo y nos vemos como siempre.

—¿Cómo siempre? Vamos que echemos un polvo en tu coche… —se quejó.

Sus miradas volvieron a encontrarse.

—¿Qué hay de malo en eso? Es lo nuestro, ¿no?

Beau presionó los labios, bajó la mirada. Nervioso, empezó a clavar la uña del dedo índice contra una de las piernas, arañando con fuerza, buscando con este gesto canalizar el torbellino repentino que se había desatado en sus adentros.

Ahí estaba. La gran conversación . Lo único que lo separaba de estrellarse o seguir adelante.

—No hay nada de malo, es solo que… ¿Nunca te apetece hacer conmigo algo más que… esto ? No tiene que ser nada grande, no… digo que me presentes a tus amigos, o… solo hablo de… en fin… siempre es aquí, siempre es así… A veces me siento como tu muñeca hinchable.

Laramie rio.

—Bueno, podemos ir a mi piso la próxima vez si el problema es el coche.

—¡No es el coche! —levantó la mirada—. No te hagas el tonto, sabes por dónde voy…

El policía resopló. Dejó ir a Beau de inmediato, imponiendo distancia entre ambos. Con ambas manos se frotó la cara, al mirarle, el menor de los Sinclair supo de inmediato que se estaba arrepintiendo de haberse deshecho de su cigarrillo tan pronto.

—¿En serio quieres tener ahora una conversación sobre qué somos?

—Supongo. Si tenemos las cosas claras, ¿qué más da ahora que luego? La respuesta será siempre la misma —levantó los hombros.

El silencio llenó el coche. Uno pesado, de ese que cae sobre los hombros como una losa y rompe por completo la magia del momento.

Doloroso, complejo de explicar para aquellos que no lo han vivido nunca.

El menor de los Sinclair lo había sentido ya en sus carnes varias veces, demasiadas diría, y aunque era agradable soñar que aquella sería la última, dudaba mucho que así fuera.

—Beau, tú me gustas. Y es evidente que en el sexo nos entendemos …

¿Se entendían o le dejaba hacer lo que quisiera con su cuerpo? La gran pregunta.

Laramie suspiró.

—Pero… joder, no te ofendas, ¿vale? —el policía se frotó los ojos con una de las manos—. Eres muy guapo, seguramente el tío más guapo con el que he estado. Me pones mucho. Pero no lo suficiente como para cargar con… todo lo demás. No sé si me entiendes…

—Sí, te entiendo —respondió Beau, moviéndose, empezando a buscar su ropa para vestirse—. Demasiado bien.

—No es que haya nada malo en ti —añadió Laramie, incómodo—. Es solo que… no quiero algo complicado. Ya lo tuve en el pasado. No quiero sentir que tengo que estar pendiente de tus cosas, cuidarte…

—Implicarte —sentenció Beau, mientras terminaba de ponerse los pantalones.

Laramie no respondió. Su silencio fue más que suficiente para decirlo todo.

Beau recuperó de debajo de uno de los asientos su camiseta verde con los dientes de león serigrafiados. Iba a ponérsela pero, al notar la mano ajena sobre el hombro, se detuvo, volviendo a mirar al policía que lo observaba con expresión de lástima.

—No te vayas así, deja que te lleve a casa.

Beau rio con un toque sarcástico.

—No, tranquilo, no quiero que sientas que tienes que hacer demasiado por mí.

—Beau…

Pero no le escuchó. Sin mediar palabra alguna, el menor de los Sinclair bajó del coche, dando un fuerte portazo una vez estuvo fuera.

No tardó en echar a andar, aunque la brisa fría de la noche hizo que tuviera que abrazarse a sí mismo para mantener el calor, su orgullo estaba lo bastante dañado como para aguantar con dignidad aquello.

Por un instante, soñó con Laramie bajando del coche, corriendo hasta él y diciéndole que había sido un error y que necesitaba que pudieran hablar las cosas bien.

Pero no lo hizo. Por supuesto que no.

De hecho, mientras avanzaba por el borde de la carretera rumbo a casa, Beau vio pasar por su lado el coche de policía sin intención alguna de detenerse.