Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 2
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Hacer lo mismo varias veces y esperar un resultado diferente es un error humano.

Para algunas personas, este tipo de errores se centra en juntarse con la persona equivocada.

Responder mensajes de un ex del que deberían haber pasado página.

Perdonar a alguien que les ha hecho daño en más de una ocasión.

Creer la promesa de que han cambiado. Son errores evidentes, de esos que un buen amigo puede señalar y reprenderte por ellos e intentar convencerte de que has de ponerles fin.

Para otros, este tipo de errores eran más silenciosos, menos evidentes.

Quedarse cuando deberían haberse ido. Callar lo que dolía para no incomodar.

Aceptar migajas disfrazadas de estabilidad.

Son errores que no dejan marcas visibles, pero que se acumulan con el tiempo, pesando en el pecho hasta convertirse en costumbre.

En el caso de Beau, su error recurrente era volver al Jenkins una y otra vez cuando, cada vez que había estado allí, las cosas nunca habían terminado bien.

Quizás tenía un toque masoquista, su hermano Emmet se lo había dicho en más de una ocasión.

Sin embargo, para él estaba mucho más claro.

Necesitaba apartarse de los ojos de Whitefish, de ver a la misma gente, necesitaba…

creer que había algo ahí fuera que podía quitarle esa soledad intensa.

Sentado en una de las mesas del Jenkins, Beau se terminaba su primera cerveza mientras escuchaba a Mini, la pequeña de las hermanas Halpert, contar su última pelea con su chico.

Puesto que solo se llevaban un año de diferencia, desde el momento en el que se habían conocido, ambos habían gravitado el uno alrededor del otro hasta crear esa amistad inquebrantable que sentían ahora.

Mini había sido para Beau su primera amiga de verdad, también su primer beso y, finalmente, esa persona en la que había confiado lo suficiente como para confesarle que le gustaban los chicos incluso antes que a Emmet.

Ella nunca lo rechazó. De hecho, asustado tras confesar aquella verdad que sentía que podía acabar con todo, la respuesta de Mini fue un puñetazo en el hombro que lo descolocó por completo.

Escucharla decir que lo había sabido desde aquel primer beso de niños estúpidos hizo a ambos estallar en una sonora carcajada tras la que quedaron abrazados, sentados bajo las estrellas.

«Eres como un hermano para mí, Beau. Siempre te querré, pase lo que pase».

Y aunque, para algunos, aquello era lo mínimo, para Beau fue todo un mundo.

Contarle a su hermano la verdad resultó sencillo al no sentirse tan solo.

—Ya sabes lo que opino de este tema, Mini. Tienes que romper con él pero ya.

La menor de los Halpert resopló sonoramente. De forma teatral dejó caer la cabeza sobre el hombro de su amigo .

—No puedo. El capullo me tiene enganchada. Se pone su sombrero de cowboy y… ¡Ugh! Hasta las migajas me saben a un banquete. Tú ya me entiendes.

El menor de los Sinclair enarcó una ceja.

—¿Yo?

Mini sonrió y levantó la cabeza, apuntándole con el dedo.

—¡Tú! ¿O es que crees que soy idiota y no sé por qué hemos venido aquí?

Beau frunció el ceño, bebió de nuevo de su cerveza, negando después.

Por supuesto que sabía de lo que estaba hablando, pero estaba demasiado avergonzado por su hipocresía como para admitirlo en voz alta.

La menor de los Halpert suspiró, terminó de incorporarse y recuperó su cerveza de encima de la mesa.

—Hemos venido porque tienes la esperanza de ver otra vez al poli buenorro.

Agh , ahí estaba.

════∘◦❁◦∘════

Noche. En el Jenkins.

Tres meses y diecinueve días antes.

—¿Estás seguro de que quieres quedarte, Beau? Podemos llevarte a casa…

El menor de los Sinclair negó, levantó su cerveza para mostrarla a Mini.

—Vete tranquila, de verdad, me termino la cerveza y me voy.

Aunque su amiga dudó un momento, terminó por asentir, acercándose y dejando un beso en su mejilla antes de salir corriendo al encuentro de su hombre.

Este no tardó en agarrarla por la cintura, acercando los labios hasta su oído para decirle algo que, por la reacción de esta, Beau estaba convencido de que era una cochinada.

Suspiró. Solo una vez más, se llevó el botellín de cerveza a los labios para darle un trago.

Una parte de sí mismo se preguntaba qué hacía allí, por qué seguía volviendo a aquel lugar del que salía siempre decepcionado.

Los pocos chicos que había conocido en el Jenkins no eran de esos de los que uno esperaba una relación.

Eran de esas situaciones sin llamadas, mensajes o citas con intereses más allá de un polvo.

Aunque Beau se esforzaba en convencerse de que aquello estaba bien, que era mejor que nada, ese romanticismo que había existido en él desde que de niño veía a sus padres derretidos de amor el uno por el otro, le gritaba que estaba equivocado.

Estaba bien, era divertido incluso. Pero siempre le dejaba un regusto amargo en los labios familiar para el que busca, no sólo placer sino alguien que lo abrace después.

Y esas cosas nunca las hay en los polvos de una noche.

Aun así, como un idiota, ahí estaba.

La fiesta había terminado hacía un rato.

Ya no sonaba música, tampoco había mucha gente.

Los últimos borrachos, alguna pareja metiéndose mano de la forma más sutil posible en las mesas del fondo…

Era patético seguir allí. Aunque no se había terminado el trago, el menor de los Sinclair apartó la botella y se puso en pie, con tanto ahínco que chocó con algo.

O más bien alguien. Junto a él, sujetando una cerveza ahora completamente derramada, un hombre alto y rubio lo miraba sorprendido. Beau necesitó unos segundos para conectar lo que había pasado.

Le había tirado la cerveza, le había mojado la camisa, había… Ay Dios .

—Lo siento, lo siento, yo… —dijo, apresuradamente, cogiendo de encima de la barra una servilleta para empezar a secarle la camisa—. No te había visto…

Al fijarse un poco más, el menor de los Sinclair se percató de que no era una camisa cualquiera, sino que se trataba de un uniforme de policía. El nudo en la garganta se volvió más intenso, ¿y si se había metido en un lío sin ni siquiera darse cuenta?

Pero, entonces, el hombre río.

Beau sintió un cosquilleo en sus adentros ante tal sonido.

—No te preocupes, mi madre dice que soy sigiloso como un gato. Y eso tiene cosas buenas y cosas malas —dijo, dejando la cerveza medio vacía sobre la barra—. Disculpa si te he asustado. No era mi intención.

—Disculpa tú por haberte manchado y… por la cerveza. De no ser tan tarde me ofrecería a invitarte a otra, pero creo que si lo hago el dueño va a querer matarnos.

Ambos rieron.

—Sí, la verdad es que creo que he llegado un poco tarde —suspiró—. Después de un día tan largo esperaba algo de compañía…

—Pues como no te conformes con la mía —bromeó Beau.

El silencio se instauró entre ambos. Pero no uno incómodo, todo lo contrario.

Era uno de esos que hablan sin necesidad de palabras, que dejan claras las intenciones de quienes los comparten.

Al ver al policía morderse el labio inferior, el menor de los Sinclair sintió sus entrañas calentarse de ese modo tan agradable que solo las expectativas pueden avivar.

—Chicos, os tenéis que largar. Cierro en cinco minutos —dijo el hombre tras la barra, acompañando sus palabras con un gesto con la mano que indicaba la salida .

No había lugar a negociaciones. La noche había acabado. Las expectativas no iban a ser nada más que una promesa en el aire.

—Creo que es hora de volver a casa —dijo Beau finalmente—. Ha sido un placer y, de nuevo, perdona por lo de la camisa. Si nos vemos otra vez te lo compenso —aseguró.

Y tras una sonrisa amable, rodeó al policía, caminando hacia la salida, dispuesto a emprender ese camino a casa que ahora se le antojaba eterno.

—¿Has venido en coche? —la voz del rubio detuvo sus pasos.

Beau giró para encararlo, negó despacio.

—No, no conduzco —respondió.

—¿Puedo… ofrecerte un viaje a casa?

El menor de los Sinclair rio.

—¿Crees que soy tan estúpido que montaría en el coche de un desconocido?

El policía negó y recortó la distancia entre ambos con pasos lentos.

—Técnicamente no es el de un desconocido, he venido con el coche patrulla, así que el dueño es el departamento de policía y… —rio—. Servir y proteger. Ya sabes.

Beau sonrió juguetón y se cruzó de brazos.

—Coche patrulla, uniforme… ¿Eso te funciona para conseguir lo que quieres?

El rubio bamboleó la cabeza.

—La mayoría de las veces —confesó.

La verdad es que no era un mal truco. A ojos de Beau y de cualquiera con dos dedos de frente, un uniforme sumaba al atractivo hasta de aquellos que a un primer vistazo parecían no tenerlo.

Y, en fin, alguien tan alejado de los líos como era el menor de los Sinclair encontraba algo de lo más divertido en la idea de poder contar que había montado en un coche patrulla.

—¿Podré poner la sirena?

—Si quieres que me despidan, claro.

Ambos rieron. Beau dudó un momento, pero terminó por asentir.

—Está bien, te dejo que me lleves a casa. Pero te advierto… —lo apuntó con uno de los dedos—. Mi hermano trabaja en el cementerio, así que ni se te ocurra meterte conmigo.

El rubio levantó ambas manos.

—No te tocaré ni un pelo, lo juro.

════∘◦❁◦∘════

El coche de policía estaba aparcado en un margen de la carretera, escondido entre los árboles cercanos al Jenkins, abrazado por la penumbra de la noche.

En el interior, en la parte de atrás, arrinconado contra uno de los laterales de este, Beau se encontraba perdido en una cadena de besos cada vez más ansiosos e inflamados. Hambrientos .

Al sentir la erección de este adentrándose en él, sus uñas se clavaron con fuerza contra su espalda, gestionando de este modo una punzada de dolor fruto de lo apresurado de todo aquel encuentro.

Tomó aire. Sus piernas presionaron los costados del policía con firmeza.

En mitad de aquella penumbra los brillantes ojos ajenos lo miraron directamente.

—Soy Beau, por cierto —atinó a decir de forma entrecortada.

El policía rio.

—Laramie.

Laramie .

Era bonito, sonaba dulce .

Sus labios volvieron a buscarse con urgencia, perdiéndose en una nueva cadena de besos. Al distanciarse buscando aire, Laramie llevó una mano hasta su rostro, deslizando el pulgar sobre una de las cicatrices que surcaban su piel.

—Dios, tienes muchas cicatrices… ¿qué…?

El menor de los Sinclair calló aquella pregunta con un nuevo beso, llevando sus dedos a clavarse con más fuerza contra la piel caliente de Laramie.

No quería hablar de sus cicatrices. No quería pensar en ellas y que su cabeza se desconcentrara.

Siempre era complicado contar por vez primera aquella historia.

Me las hice en un accidente de coche cuando era niño.

Mis padres murieron en él.

No. Ahora no.

Laramie pareció captar la indirecta pues, aun con los labios ocupados, empezó a mover la cadera en una serie de choques intensos que no tardaron en convertirse en el único sonido audible dentro de aquel coche.

════∘◦❁◦∘════

—Hemos venido porque tienes la esperanza de ver otra vez al poli buenorro.

Beau bajó la mirada, sus mejillas se tiñeron de un suave rubor de inmediato.

—Se llama Laramie, y lo sabes —dijo finalmente, notando cómo Mini se lanzaba a abrazarlo con fuerza, acomodando de nuevo el mentón sobre su hombro.

—¿Habéis quedado en veros?

El menor de los Sinclair asintió.

—¡Entonces la cosa va a más! ¡Me alegro tanto por ti, Beau!

Ah , ahí estaba la trampa. ¿Iba de verdad la cosa a más?

Sí, habían quedado ya muchas veces. Pero el patrón era siempre el mismo: mensajes que se alargaban más de la cuenta, llamadas para repetirse una y otra vez las ganas que tenían de verse y luego un encuentro que no dejaba espacio para preguntas.

Se veían, se buscaban, se desnudaban y después, cada uno volvía a su vida como si nada hubiese pasado.

No habían hablado nunca de qué eran, ni de qué querían ser.

No había promesas, ni planes, tampoco palabras grandes.

Solo eran un par de cuerpos que encajaban demasiado bien y una química que hacía fácil no pensar más allá.

Beau se decía que estaba bien así, que no necesitaba etiquetas, que lo importante era que Laramie seguía contestando, llamando, apareciendo.

Pero la verdad era que cada vez le costaba más fingir que no quería algo más.

Porque no era solo sexo. No para Beau. No cuando se descubría esperando el sonido del teléfono con una impaciencia que no tenía nada de casual. Cuando una sonrisa tonta que le duraba horas se pintaba en sus labios ante el más estúpido de los mensajes.

Se moría de ganas de sacar el tema, de poner las cartas sobre la mesa, pero también le aterraba hacerlo y romper ese equilibrio frágil que habían construido. Aquella era la primera vez que un polvo de una noche se convertía en algo recurrente. No quería cagarla.

Con la mirada de Mini clavada a la propia, teñida de esa ilusión que a uno le duele romper, Beau solo pudo hacerse una pregunta: ¿cómo podía contener todos aquellos pensamientos en una sola respuesta? Sencillamente, no podía. Así que sonrió, asintió y decidió que mentir era la única opción viable .

—¡Eso parece! —dijo con fingida ilusión.

Se fundieron en un nuevo abrazo, en mitad de este se encontraba cuando, sobre el hombro de Mini, vio a Laramie entrar en el Jenkins.

Su espalda se tensó.

El estómago se encogió, la sonrisa boba se pintó en los labios.

Sí, necesitaba respuestas o se volvería completamente loco.