Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 1
3%

1

—¡Señora Sargent! ¡Soy Beau! —exclamó. Tras acomodar la bicicleta contra el lateral de la puerta, sacó del bolsillo del pantalón las llaves con el muñeco de la vaquita colgando.

Hacía mucho tiempo que había recibido aquel honor. Dada la cantidad de veces que iba a visitarla, fuese solo para hacerle compañía o para arreglar problemas en la casa, la señora Sargent le había regalado a Beau una copia de las llaves de su hogar para que pudiese entrar con total libertad.

«Sardina y yo te sentimos como uno más de esta casa, Beau» le había dicho, despertando un cosquilleo de lo más agradable en su estómago.

Aun así, el menor de los hermanos Sinclair siempre prefería anunciar su presencia, procurando no asustar a la mujer o ser confundido con alguien peligroso. Por eso mismo, al no recibir respuesta, golpeó de nuevo la puerta, balanceando su cuerpo en el mismo lugar.

—¡Holaaaaaaaa! —exclamó.

Pero, de nuevo, nada.

Suspiró. Era extraño que la señora Sargent no estuviera en casa, más teniendo en cuenta que habían quedado para que la acompañara a hacer unos recados.

Beau se guardó de nuevo las llaves y, en lugar de entrar por la puerta principal, decidió dar un rodeo hasta la parte trasera para ver si la anciana estaba enfrascada en una de sus lecturas en el jardín de atrás.

Eso o con los pies metidos en la piscina hinchable que le había montado días atrás.

El calor era de lo más asfixiante. El verano había llegado con unos meses de antelación a Whitefish, y amenazaba con ser mucho más violento que en años anteriores. Eso, a la piel pálida y cicatrizada de Beau, le hacía la misma gracia que encontrar una culebra en las botas.

Beau bordeó la casa de la señora Sargent, deteniéndose tan solo al ver a Sardina dormir plácidamente contra una de las ventanas del salón. Sonrió, golpeteando con los dedos el cristal, recibiendo por parte del gato naranja un bostezo que lo hizo reír.

Al cruzar la puerta que separaba la parte delantera de la casa de la trasera, el sonido de voces altas llamó la atención de Beau.

Una de ellas era la de la señora Sargent, la otra parecía la de un hombre.

¿Y si había pasado algo? No hacía mucho había tenido que espantar de la casa a un vendedor demasiado pesado, uno que había intentado aprovecharse del buen carácter de la mujer, y la idea de que volviera a pasar le ponía los vellos de punta.

Aceleró el paso.

La señora Sargent sí se encontraba en el patio trasero de su hogar.

Sentada en una silla con rayas azules y blancas, con un libro sobre el regazo y los pies metidos en la piscina hinchable.

Pero no estaba sola. A su lado, visiblemente molesto, un hombre alto, de pelo negro y con la tensión palpable en los músculos hablaba con ella usando un tono elevado.

—Es que lo que no puede ser es… —estaba diciendo .

Sin embargo, la anciana decidió interrumpirlo.

—¡Beau, querido! —dijo, moviéndose, extendiendo el brazo para pedir ayuda al hombre en la tarea de ponerse en pie.

El hombre no tardó en acercarse y cogerla con cuidado.

Cuando giró un poco y pudo ver al fin su rostro, Beau comprendió de inmediato quién era.

Había visto muchas veces sus fotos por toda la casa, escuchado historias sobre sus triunfos, sobre sus travesuras cuando no era más que un niño.

El nieto de la señora Sargent, el deportista, ese del que le había hablado mil veces, parecía haber decidido hacer una visita a su abuela.

La verdad es que las fotos no le hacían justicia. Era mucho más guapo en persona, sus ojos claros resultaban más fáciles de apreciar en distancias cortas. También tenía la mandíbula más marcada, incluso sus músculos parecían mucho más grandes cuando uno podía observarlos tan de cerca.

—¿Interrumpo algo?

La mujer negó de inmediato.

—Nada importante, tesoro. No te he oído llegar, ¿por qué no has usado tus llaves?

—He llamado pero, como no me respondía, he decidido entrar por detrás. Ya sabe que no me gusta usarlas sin su permiso —respondió Beau, acercándose, dibujando la sonrisa más amplia en sus labios al notar la mirada del nieto de la señora Sargent sobre él.

Pero él no sonrió. Al contrario, lo miró de los pies a la cabeza, analizándolo, antes de volver a su abuela. La señora Sargent, conciliadora como de costumbre, le acarició el brazo a su nieto .

—Terminaremos esta conversación luego, ¿vale? Tengo que ponerme presentable y coger mis cosas —dijo la anciana, buscando la aprobación de su nieto.

Este no parecía convencido, pero asintió de todos modos.

—Beau, tú todavía no habías conocido a mi Reece, ¿verdad? Viene desde Inglaterra. Va a quedarse un tiempo en Whitefish conmigo, ¿no es maravilloso?

El menor de los Sinclair asintió.

—Encantado, soy Beau. Vengo muchas veces a echar una mano a tu abuela con sus quehaceres, el jardín… —dijo, tendiéndole la mano.

El nieto de la señora Sargent no la estrechó. No de inmediato al menos. Una vez más, sus ojos se clavaron en quien tenía delante como si de una anomalía se tratara, analizando, tomándose unos valiosos segundos para decidir si quería o no corresponder el gesto.

Beau se preguntó qué estaba analizando tanto. ¿Eran las cicatrices? Seguramente, eso llamaba la atención de todos. ¿O era que llevaba el pelo mucho más largo que de costumbre? El flequillo le estorbaba un poco la verdad, pero tampoco lo sentía relevante.

Cuando finalmente reaccionó a su gesto, fue de forma tosca y fría.

—Reece —respondió, sin un «encantado» ni nada similar de por medio.

Dado que el hombre se tomaba la libertad de analizarlo con aquella altanería, Beau hizo lo mismo.

Había visto muchas fotos de él; sin embargo, no parecía la misma persona.

No era solo que tuviera el cabello mucho más corto, o la ausencia de ese bigote que le había resultado atractivo antes de conocer la actitud que lo acompañaba, era algo más complejo.

La sonrisa. La ausencia de ese brillo en la mirada que podía ver en los recortes de prensa o las fotos familiares que la señora Sargent le había enseñado.

—Beau va a acompañarme a por todo lo necesario para arreglar la casita de pájaros. Ya verás, es todo un artista, seguro que va a quedar preciosa —explicó la mujer, ya con paso decidido hacia el interior de la casa, dejando a ambos atrás.

—Bueno, lo mío es la cerámica, pero…

La mirada de Reece no estaba puesta en Beau. Ni siquiera le hacía caso. Con atención, seguía los pasos de su abuela, esperando que estuviese lo suficientemente lejos para cruzarse de brazos, bajar el tono y cortar la palabrería ajena por la que no sentía interés.

—Oye, ¿tú de qué palo vas? —preguntó, con el ceño fruncido.

—¿De qué palo voy? —respondió Beau, ligeramente divertido.

—Sí, me has escuchado bien. Sé que mi abuela es una mujer encantadora y que habla hasta con las piedras, pero yo no. A mí no me la vais a colar con palabras bonitas y un tono amable. No sé qué andas buscando, pero de ella no vas a sacar nada, ¿entiendes? Tengo calada a la gente como tú.

El menor de los Sinclair se cruzó también de brazos y levantó el mentón. Ni la marcada diferencia de altura entre ambos iba a ser suficiente para achantarle.

—Uno, lo de que no eres encantador como tu abuela no hace falta que lo jures, me he dado cuenta solo con la forma en la que me miras. Dos, ¿qué significa eso de gente como yo?

Reece chasqueó la lengua .

—Gente que se acerca a los mayores porque los ven vulnerables y…

Beau negó enérgicamente. La molestia se mostraba evidente en su gesto.

—¡Wow, wow, wow! Alto, ¿crees que vengo a ver a tu abuela para sacarle algo? ¿Pero tú de qué vas? No me conoces de nada, ¿cómo puedes juzgarme de ese modo?

—¿Sabías que, hace nada, un gilipollas intentó estafarla?

—¡Sí! Y fuimos mi hermano y yo quienes vinimos corriendo y lo echamos a patadas.

Deberías darme las gracias y no hablarme de ese modo, ¿sabes?

Conozco a tu abuela desde hace muchos años, es una mujer dulce y buena que siempre me ha tratado bien y…

joder, pues la ayudo, hablo con ella, y no porque espere nada a cambio —sentenció Beau, con la voz más tensa de lo que seguramente pretendía—. Así que baja un poco el tono conmigo.

Reece soltó una risa seca.

—¿Que baje el tono? —repitió—. Mira, no es nada personal. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras alguien que no conozco entra y sale de su casa como si nada.

—No entro y salgo «como si nada». Llamo a la puerta. Siempre . Y, si vengo, es porque tu abuela quiere que lo haga. Porque me invita a hacerlo.

—Eso es lo que dices, pero…

—Pregunta a tu abuela si tantas dudas tienes en lugar de convertirme en una amenaza sin saber siquiera quién soy.

—Sé todo lo que necesito saber.

—Lo dudo.

El silencio cayó de golpe entre ambos. Reece desvió la mirada un instante, asegurándose de la ausencia de su abuela .

—Sea lo que sea, aquí ya no haces falta. Voy a quedarme unos cuantos meses así que, si mi abuela necesita alguien que le eche una mano, estoy yo.

—Estupendo. Pues permíteme un consejo… —Beau se acercó un poco más, bajó la voz—.

Supongo que, en el mundo del deporte y en la gran ciudad, esa actitud a la defensiva te habrá venido de perlas para protegerte.

Pero por aquí somos gente amable que cuidamos los unos de los otros, así que sácate el palo del culo. Te irá mucho mejor.

—No sabes nada sobre mí.

—Efectivamente —replicó Beau—. Y por eso no estoy siendo un imbécil contigo.

Reece apretó los labios, claramente molesto.

Tras unos segundos abrió la boca, dispuesto a decir algo; sin embargo, la vuelta de la señora Sargent los calló a ambos.

Se distanciaron un par de pasos, el menor de los Sinclair tomó una profunda inspiración y se esforzó en sonreír, dejando atrás a Reece, acercándose a esta con su habitual alegría.

—¡Se lo dije, señora Sargent! Ese vestido era todo un acierto.

Rojo, con lunares blancos, lo habían comprado la semana anterior en una de tantas salidas juntos para hacer la compra de la semana.

Ver a la anciana con aquel toque de color, ella que prefería los tonos apagados tras la pérdida de su esposo, hacía que una calidez se deslizara por el pecho de Beau capaz de borrar las malas palabras de su nieto.

—¿De verdad? ¿A ti qué te parece, Reece?

Un asentimiento y una media sonrisa fueron toda la respuesta que fue capaz de dar.

—Gracias, querido —dijo la anciana, poniéndose un sombrero para poder protegerse del sol—. Entonces, estamos listos para irnos… ¿Quieres venir con nosotros, cariño?

—No, todavía tengo muchas cosas que desempaquetar.

La mujer asintió.

—¿Vamos, Beau?

—Claro —respondió, siguiendo los pasos de la anciana hacia el interior de la casa, con intención de salir por la puerta principal.

Sin embargo, antes de marcharse, Beau presionó los labios, tomó una profunda inspiración y giró hasta poder encarar a Reece una última vez. Sus miradas se clavaron, el gesto del hombre perdió esa media sonrisa que guardaba solo para su abuela.

—Bienvenido a Whitefish —sentenció, cerrando la puerta trasera con fuerza.

Quedarse con la última palabra era una satisfacción.

Menudo gilipollas .

Definitivamente iba a evitar a toda costa volver a hablar con él.