Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 0
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Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1)

Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1)

Por Lidia Gavara

© inepub.com

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La primera vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices fue el día de su séptimo cumpleaños.

Mientras esperaba a que su hermano saliera del despacho de servicios sociales, un niño se acercó para mirarle de cerca.

Beau sonrió, convencido de que era el dibujo que estaba coloreando lo que había llamado su atención, sin embargo, de su boca salió una variante de las palabras que se volverían una constante a lo largo de sus veinticinco años.

—¿Por qué tienes la cara así? —preguntó.

Beau no supo qué responder entonces. Nunca encontraría una respuesta adecuada ante tal pregunta.

Emmet solía decir que sus cicatrices eran como tener «un mapa de estrellas en la piel», y, aunque durante años le gustó pensar en ellas de ese modo, crecer le hizo comprender que aquella no era más que la forma edulcorada en la que su hermano intentaba convencerle de que estar permanentemente marcado no era tan malo.

Pero lo era. Para Beau, sus cicatrices eran más bien un mapa mal dibujado. Líneas irregulares que parecían trazadas con prisa y sin ningún tipo de afecto .

La segunda vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices fue en una de tantas entrevistas de trabajo a las que acompañó a Emmet.

Desde que se convirtiera en su tutor legal, su hermano y él habían empezado a vivir en la parte de atrás de una vieja camioneta que unos amigos les habían prestado, y no se sentía seguro dejándolo esperando solo.

Tras entregar el currículum a la mujer, esta se percató de la presencia de Beau, descendiendo hasta quedar de cuclillas frente a él, observándolo directamente.

—Pobrecito, ¿y se va a quedar así para toda la vida? —preguntó.

Emmet no tardó en cogerlo de la mano y sacarlo de aquella tienda con prisa.

«Que le den a esa imbécil, no la necesitamos» le dijo de vuelta en la furgoneta. Pero claro que la necesitaban, cada centavo era importante para los que viven día a día.

La tercera vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices fue la primera en la que la pregunta vino acompañada de cierta dulzura.

Recién llegados al pueblo de Whitefish, donde su hermano había encontrado trabajo como celador del cementerio local, se presentaron en casa de los Halpert para recibir las llaves del que iba a ser su futuro hogar.

El matrimonio los hizo entrar, les presentó a sus hijas, les dieron de cenar y los invitaron a pasar una primera noche bajo un techo cálido, con cama mullida y mantas gruesas a juego.

Cuando la pregunta llegó, Emmet no sabía que Beau estaba despierto. El menor de los Sinclair fingía dormir envuelto en la penumbra del cuarto, pero desde su refugio en la cama pudo escuchar cómo su hermano conversaba con Roberta Halpert desde el pasillo .

—¿Puedo preguntar qué le ha pasado? —dijo, con genuina preocupación.

—Nuestros padres murieron en un accidente de tráfico —respondió Emmet—. Él iba en la parte de atrás. Los cristales reventaron y… el resto ya lo ves. Antes de que lo preguntes, sí, son para siempre, todas las que se tenían que curar ya lo han hecho.

La cuarta vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices fue en el colegio. Mientras se presentaba al resto de la clase, uno de sus compañeros levantó la mano y lanzó la pregunta que despertó carcajadas en tantos otros.

—¿Por qué tienes la cara así? —dijo.

Aunque su profesora calló la pregunta de inmediato y se negó a darle respuesta, los ojos del resto de niños ya estaban tan puestos en él que Beau no pudo evitar sentirse como un animal.

Como una vaca, esa a la que uno se acerca cuando quiere comprarla, de la que observa cada palmo y descarta si tiene demasiados defectos.

Y él los tenía por toda la cara.

En la mejilla izquierda, en forma de marcas finas y alargadas.

Una cruzando en diagonal desde el pómulo hacia el borde de la mandíbula.

Otra más gruesa que bajaba desde cerca del ojo hasta la mitad de la mejilla.

También en el puente de la nariz, en la barbilla y la línea de la mandíbula, más cortas y desordenadas.

Hubo muchas otras veces en las que a Beau le preguntaron por sus cicatrices, pero todas tan similares que empezaron a volverse murmullo de fondo. Gente curiosa, gente incapaz de imaginar que uno no quisiera hablar de ellas, que prefiriese vivir ignorando aquello que lo hacía diferente .

Sin embargo, la décima vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices le resultó imposible que no le doliera.

Con dieciséis años, sentado en el borde de la cama de Liam Oliver, la pregunta llegó justo tras quitarse la camiseta, mostrando que las cicatrices también se habían adueñado de esa piel que puede ser cubierta con ropa.

—Oye, ¿podrías ponerte la camiseta otra vez? Me dan cierta grima —dijo.

Beau observó a Liam en silencio. No sabría definir con palabras qué eran en aquel momento.

Llamarlo novios era poco realista y pesaba demasiado, más teniendo en cuenta que ni Mini sabía que solían liarse los fines de semana.

Llamarlo amigos con derechos dañaba a un Beau que quería creer que aquello podía llegar a ser algo más algún día.

Bajó la mirada hasta la camiseta sobre su regazo, la cogió y se la puso de nuevo, esforzándose en dibujar una sonrisa tras hacerlo.

—Claro —dijo antes de volver a perderse en una serie de besos con él.

Aquella noche tuvo su primera vez, con alguien que ni siquiera era capaz de ver sus cicatrices sin sentir repulsión, con alguien que jamás cruzaría la línea de ser algo más que un divertimento pasajero.

De aquello, Beau sacó dos lecciones equivocadas:

Por un lado, que esconder sus cicatrices haría que los hombres desearan estar con él.

Por otro, que el sexo no era placer ni algo en lo que él importara, sino una forma de conseguir que otro decidiese quedarse a su lado aunque solo fuera un rato.

Los años pasaron, pero las preguntas sobre sus cicatrices nunca se marcharon de su vida. En el trabajo, de vacaciones, en fiestas, durante el sexo, en momentos delicados… siempre alguien veía aquellas dichosas cicatrices y se sentía incapaz de contener la lengua.

Siempre presentes.

Siempre importantes.

No existía un él sin cicatrices.

La última vez que alguien le preguntó a Beau Sinclair por sus cicatrices fue Reece Sargent.