CAPÍTULO 17
Octubre había llegado a la Academia Rider y con él el intercambio de caballos.
No iba a decir que estaba nerviosa, porque creo que en la academia no había pasado ni un día tranquila, y ya era mi estado normal, pero estaba algo más alterada de lo que me encontraba habitualmente.
Había hecho el plan semanal poniendo el intercambio de caballos para el jueves.
La idea era hacer una pequeña introducción con ambos caballos: primero Jack iba a montar a Liberty, y después yo iba a montar a Phoenix.
No sabía para qué parte estaba más nerviosa.
Además de mí, a Liberty nunca lo había montado nadie y, por otro lado, yo nunca me había montado en un caballo de salto. La tarde iba a ser entretenida.
Las horas en clase se me hicieron eternas. Por suerte, durante ese tiempo no coincidíamos mucho con los de segundo año, así que no tenía que soportar a Charlotte, la miss perfecta, y a Jack.
A las cinco fui a preparar a Liberty para empezar. Los jinetes de otra casa no podían pisar nuestra zona y viceversa, así que cada uno de nosotros debíamos preparar los caballos y reunirnos con el jinete con el que íbamos a intercambiarnos en la pista directamente.
Preparé a Liberty con mi rutina habitual y decidí estrenar otro de los sudaderos de la casa.
Aunque los cuatro eran iguales, durante este mes había usado siempre el mismo para mantener los otros para ocasiones especiales.
Esta era una de ellas. El color granate le quedaba muy bien y nos hacía parecer más elegantes.
Le puse su brida de filete simple y me dirigí a la pista, preparada para afrontar una clase con Jack.
Nos teníamos que dar clase uno al otro e intentar sacar lo mejor del nuevo binomio para después presentarlo en el examen y que se puntuará tanto al jinete como al entrenador.
En Blackwood Stables descubrí que dar clases era una de mis cosas favoritas.
Me encantaba compartir lo que sabía, ver cómo los alumnos mejoraban y disfrutar juntos del proceso.
—Está extremadamente detrás de la pierna —dijo Jack después de haber dado solo una vuelta en la pista.
—Es un caballo de doma, no tiene que salir volando cada vez que le tocas con las espuelas. Debe reaccionar, pero no ponerse en modo dragón. Aún no lo conoces, dale un tiempo. Es un caballo que necesita…
—Tenemos dos meses —me dijo cortándome la frase, aunque sabía que me había escuchado todos los consejos que le había dado.
Me sorprendió cómo Jack montó a Liberty.
Después de decirle que necesitaba tiempo, parece que se relajó y empezó a montar de manera más fluida.
Yo era partidaria de corregir en positivo, era algo que había aprendido a hacer con los niños y me funcionaba.
No iba a dejar de hacerlo por ser un jinete internacional.
Montamos unos treinta minutos. Se notaba que Jack había dado clases de doma.
Aunque su posición no era la más buena del mundo y debíamos aprender a abrir los hombros, estirar las piernas y juntar los codos, tenía una base con la que podíamos trabajar.
Además, parecía que había hecho buenas migas con Liberty, ya que este se había mostrado trabajador y dispuesto en todos los ejercicios que habíamos realizado.
Estaba contenta con mi clase y cómo había podido transmitir los conocimientos desde la calma.
Me fui a preparar a Liberty mientras Jack se iba a preparar a Phoenix. No me dijo una palabra, se limitó a bajarse y darme las riendas.
—De nada —dije mientras me ignoraba.
—Te veo en veinte minutos en la pista de salto —contestó a lo lejos.
Le di a Liberty unos pocos mimos, aunque no me podía entretener mucho, ducha rápida, una manzana y directa a la pista de salto, donde ya me estaban esperando. Puse un pie en el estribo:
—Creo que deberías alargarme dos puntos los estribos —le dije a Jack.
—¿Vas a hacer doma? —contestó con cara de incrédulo
—No…
—Pues entonces… tendrás que llevar las piernas aquí.
Empecé a calentar con Phoenix un poco al paso y trote, notaba caballo por todos lados. En doma, los caballos son muy compactos y aquí veía un kilómetro de cuello, y por detrás otros tantos de grupa. Sentía un poco de descontrol.
—Galopa en dos tiempos y ponlo más tranquilo, que estás calentando —dijo Jack.
—¿Qué es eso? —pregunté, sabiendo que estaba agotando su paciencia, pero quería hacerlo bien.
—Te levantas y te sientas en la montura mientras vas galopando, marcándole el ritmo —dijo, mientras Phoenix no dejaba de correr por toda la pista—.
¿La media parada te la sabes? —comentó con tono desesperado, mientras yo intentaba bajarle revoluciones a Phoenix, que no dejaba de engancharse en el hierro e ir cada vez más rápido.
—¡Al paso, ya! —gritó Jack.
Una vuelta después conseguí pararlo y ponerlo al paso. Jack se acercó a nosotros y lo cogió de las riendas.
—Baja, cinco flexiones al suelo ya —continuó
—¿Qué? No eres…
—Sí, soy tu entrenador, y si tienes alguna queja, ya puedes ir al coordinador —dijo, sabiendo que eso no iba a pasar —. Cinco flexiones, no tienes fuerza, y para montar a estos caballos necesitas que el tren superior de tu cuerpo esté fuerte.
Hice las cinco flexiones.
—No vamos a pasar del trote por hoy. Ni se te pase por la cabeza volver a galopar con este descontrol.
Volví a montarme y troté. En mi cabeza ya todo era negativo y me estaba costando encontrar una buena dinámica para seguir montando.
Unos minutos después, Jack, colocó una cruzada en un sitio apartado de la pista para no molestar a nadie. No estaría a más de cincuenta centímetros. Me acerqué a él mientras la colocaba.
—Mmm, ¿cómo tengo que hacerlo?
—Entras recto, con las manos bajitas, y pasas la cruzada al trote. Después, vas parándolo poco a poco hasta que llegues al final de la valla.
Mi cara era un poema, y creo que Jack, por una vez en la vida, lo supo interpretar.
—¿No has saltado en la vida?, ¿no? —dijo Jack mirando con cara de desesperación—. ¿En qué momento viniste a esta academia? Vas a ser mi ruina y mi mayor suspenso.
—Perdón, yo no vine. Me llegó una carta y no, no he tenido la suerte de formarme con los mejores jinetes del mundo.
Yo he ido a una hípica de pueblo, pequeña, con pocos caballos y enfocada a la doma, hasta que llegó esa maldita carta que me hizo venir a esta academia y ver lo maravilloso que monta todo el mundo, menos yo —dije al borde del llanto y con desesperación.
—¡A la cruzada ya! Si estás aquí es por algo, no me vengas con cuentos, Rompenormas.
Me giré para ir hacia la cruzada con necesidad de llorar, pero sabía que no era el momento; además, no quería dejarle ver esa parte de mí a Jack.
—La semana que viene seguiremos al trote y con cruzadas hasta que lo tengas. Y empieza a hacer brazos en el gimnasio. ¡Ah!, antes de irte, haz cinco flexiones más por no haber visto ni una distancia entrando a una cruzada al trote —dijo Jack.
—Pero si no sé ni lo que es una distancia —contesté.
Su mirada casi me deja fulminada en el suelo.
Mi primera experiencia no había sido del todo buena.