CAPÍTULO 7
Mi cabeza no paraba de dar vueltas, tenía ganas de ver la academia y conocer a más estudiantes, a las cinco y media de la mañana me levanté de la cama.
Lo de dormir poco era algo normal en mí.
Decidí vestirme y salir a ver cómo había pasado la noche Liberty.
Lo encontré tumbado, descansando tranquilamente.
Hasta las ocho no teníamos que ir al edificio central de la academia para empezar un tour por las instalaciones, así que, aunque aún era bastante oscuro, decidí pasear a Liberty de la mano para enseñarle un poco todo aquello.
Le puse su cabezada de cuero y decidimos salir a pasear.
Empezamos a caminar entre los caminos de robles, y cuando pasamos todos los paddocks de la casa de doma y seguimos por el camino, escuché un ruido entre los árboles seguido de un:
—¡Alumna!, no se puede salir de la residencia hasta las seis y media de la mañana, a no ser que tengas concurso, que no va a ser el caso, y los caballos no se pueden mover hasta treinta minutos después del desayuno.
Deberé informar al coordinador —dijo un chico saliendo de entre los árboles.
Era moreno, de piel blanca, alto y parecía fuerte, con buena planta, pero con cara de serio.
Y aunque solo nos iluminaba una pequeña farola del camino junto con la luz de la luna, podía afirmar que era extremadamente atractivo.
—Mmmm, perdón, llegué ayer, no podía dormir y decidí darle un paseo a mi caballo de la mano.
—¿A qué casa pertenece, rider ?
—A la de doma —dije con un hilo de voz.
—Segunda norma rota, no se puede traspasar de una casa a otra, a no ser que se autorice para una clase o entrenamiento.
Esto es terreno de la casa salto. —¿Se sabía el código de memoria?
, pensé para mis adentros. Dos normas rotas en menos de veinticuatro horas.
Y rectifico, extremadamente guapo, creído y borde.
—Ve a dejar a tu caballo al paddock y vuelve a tu residencia antes de que alguien más te vea, Rompenormas.
—Me llamo Olivia —contesté toda indignada.
—Rompenormas por el momento me gusta más, has hecho el récord de normas rotas de los alumnos de primer año.
Volví a mi habitación y no podía parar de dar vueltas a lo que había pasado. Menudo sitio, no estaba acostumbrada a normas estrictas ni a chicos prepotentes y guapos. Aún no sabía ni su nombre, pero estaba convencida de que este año lo iba a ver mucho.
Me tumbé en la cama, pero no fui capaz de volver a dormirme.
En mi cabeza tenía un conjunto de emociones de miedo y curiosidad por saber lo que nos deparaba esta semana de introducción.
Así que mi método infalible para dejar de dar vueltas a las cosas y relajar mi mente era leer.
Durante este verano había devorado ya cuatro libros.
Sí, me encanta leer. No me iban las novelas románticas, pero cualquier cosa con acción y fantasía me hacía no parar.
Alas de Sangre era el libro que había traído a la academia y, por suerte, conseguí evadirme un poco y perderme en su mundo de dragones, magia y poderes.
A las ocho de la mañana nos encontramos todos en la entrada del edificio principal de la academia.
Si los otros edificios imponían, este los superaba todos.
Parecía un castillo de la época victoriana, construido a principios del siglo XX, tenía cuatro grandes torres con banderas bailando con elegancia al ritmo del viento, una cúpula en el centro y una torre central con un enorme reloj.
Combinaba algunos elementos góticos y renacentistas, construido con piedra.
La parte superior estaba adornada con gárgolas de cabezas de caballos.
Tenía un aire de castillo encantado, con ventanas grandes y alargadas, en las que en su momento habían tenido vidrieras de colores, y ahora se habían sustituido por grandes cristales que seguramente le daban mucha luz al interior.
Aquí era donde iban a transcurrir nuestras clases.
No estaba lejos de nuestra residencia. Cada punta del campus correspondía a una casa, y era la primera vez que veía a todos los alumnos de primer año juntos en un mismo sitio. Deberíamos ser unos treinta, haciendo cálculos rápidos, y entraríamos unos diez alumnos nuevos en cada casa, al año.
Brooke y Emily no tardaron mucho en aparecer.
Aún no había tenido ocasión de hablar mucho con Emily, pero Brooke ya se había encargado de ponerme al tanto.
A ella lo de montar a caballo no le apasionaba.
Su familia tenía caballos y mucho dinero, había realizado una donación muy grande para que entrara en la academia.
Tenía un caballo, que, según Brooke, era increíble.
Se llamaba Kingsman, era de capa alazana sin ninguna marca, estaba entero, por lo que tenía ese brillo especial que tienen los sementales, aunque se portaba muy bien con otros caballos y no tenía problema de estar rodeado de otras yeguas.
Tenía nivel san Jorge, pero controlaba varios ejercicios de gran premio a su corta edad de ocho años, era un hannoveriano que mediría más de un metro con setenta y cinco centímetros.
Emily era muy alta, piel clarita, ojos marrón oscuro, con pelo largo, liso y negro como el carbón y con una silueta perfecta, era lo que llamábamos nosotros «una natural», de esas personas que caen perfectamente encima del caballo.
Pero su actitud, por lo que había podido comprobar hasta ahora, era más bien pasota.
Su familia tenía la esperanza de que la academia la motivará para convertirse en una gran amazona.
Justo delante de la entrada principal había un atril con un micrófono.
A las ocho en punto subió al atril el que parecía ser el director de la academia.
Iba muy elegante con un traje azul marino, corbata y un pin con la insignia de la escuela.
Su discurso fue inspirador y dejó claro que estábamos allí para convertirnos en los mejores, pero también que el camino no sería fácil.
—Bienvenidos a la Academia Rider, y enhorabuena a todos, una vez más, por haber sido seleccionados entre miles de candidatos para formar parte de estos tres años de enseñanzas del mundo del caballo.
Soy Mr. Charles, director de la academia.
—De golpe, todo el mundo explotó de felicidad aplaudiendo de manera efusiva.
—Está bien, está bien —continuó Mr. Charles—.
Como todos sabéis, esto es un centro y colegio de alto rendimiento.
Se espera que deis el 300 % con vuestros caballos y que representéis a la academia al más alto nivel.
Los alumnos de segundo serán vuestros guías y les podéis hacer cualquier pregunta.
Os presento al representante del alumnado: Jack Hawthorne.
Jack subió al escenario sacando pecho y con una sonrisa de oreja a oreja.
—Mmm… ¡Uf! ¿él es nuestro representante? —le dije a Brooke, mirando en dirección contraria a Jack.
—¿Es que acaso lo conoces?
—Digamos que esta mañana nos hemos encontrado.
—Todas las chicas van locas por él. Es su segundo año y roza la perfección en todo. Es uno de los mejores jinetes de salto del país, y la Federación Internacional no lo pierde de vista —comentó Brooke emocionada y con cara de enamorada, sin quitarle los ojos de encima.
Jack empezó su discurso, que traía bien estudiado.
—Alumnos, como representante de los jinetes y amazonas, espero poder ayudaros en todo y asegurarme de que cumpláis todas las normas y horarios —en ese momento, nuestra mirada se cruzó, antes de que yo la apartara.
Obviamente, este comentario iba dirigido a nuestro pequeño incidente de esta mañana—.
Es de suma importancia que todos demos el 100% de nosotros para el buen funcionamiento de la academia y para poder mantener su nombre al más alto nivel —siguió Jack.
Miré hacia arriba, y encima de la puerta de arco ojival, se encontraban los tres escudos de las casas. El de doma ya lo había visto en mi residencia. El de salto y completo me parecían espectaculares. Cada uno representaba a la perfección la disciplina.
Ya no quería escuchar más y, por suerte, Jack no tenía mucho más que añadir, así que pronto nos dejó con Mr. Matthew, un señor que se presentó a sí mismo como el coordinador de las instalaciones de la academia y que nos iba a guiar por un tour de nada menos que cuatro horas para enseñarnos todos los rincones.
Menos mal que había desayunado fuerte para aguantar un total de quince km por la academia.