Bienvenidos a la Academia Rider (Academia Rider 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Me costó horrores convencer a mis padres para quedárnosla, ya que en la perrera no iba a estar como en nuestra casa.

Mis padres no eran muy de perros y no querían más trabajo del que ya tenían, así que de primeras no lo conseguí, aunque nos la quedamos en casa en modo acogida hasta que encontrara una familia.

En esos meses, tracé un plan con mi ingenio para convertirla en la perrita perfecta que todo el mundo querría, eso hizo que mis padres se enamoraran de ella y ya no pudieran renunciar, y finalmente la adoptamos.

La mejor guerra que he ganado con estrategia y sabiduría, y ahora sabía que les haría compañía a mis padres.

Tenía estudiada la ruta más rápida para llegar a la academia.

Había que cruzar la mitad del país por la autopista costera que nos llevaría directos a la academia.

Mi hermano se había levantado pronto y me había ayudado a terminar de subir todas las maletas en la furgoneta.

Tyler era el hermano perfecto; siempre intentábamos ayudarnos.

Nos llevábamos casi cuatro años de diferencia; él cumpliría veinte en unos meses, e iba a empezar tercer año en la Universidad de Stafford, Ingeniería en Diseño Industrial.

Allí, aprendían a diseñar objetos que la gente usa, desde muebles y electrodomésticos hasta dispositivos tecnológicos, pensando en cómo hacerlos más cómodos, sostenibles y eficientes.

No sabía mucho de caballos, pero siempre había mostrado interés en mi pasión y había venido a verme entrenar algunas veces cuando estaba en casa.

—Ve a preparar a Liberty y nos vamos —dijo Tyler mientras terminaba de esparcir la viruta por la furgoneta.

—Sí, necesito diez minutos con mi caballo antes de cargar.

—De acuerdo, yo voy terminando esto.

Me dirigí a la cuadra de Liberty y lo encontré tumbado, para variar un poco.

Siempre que venía pronto por la mañana, estaba así, lo mejor es que podía estirarme con él, montarme y darle masajitos detrás de las orejas, e incluso dormir una pequeña siesta encima de él, porque sabía que no se iba a mover.

Me senté a su lado y empecé a recordar nuestra historia.

—¿Recuerdas, Liberty, cuando llegaste aquí? —le dije mientras sonreía—. Eras el potrito más pequeño que había descargado. Tenías tres añitos y solo habías vivido en los campos de Holanda corriendo arriba y abajo con tus amigos. Fue un gran cambio para ti, y hoy va a ser un gran cambio para los dos.

Mi historia con Liberty no tenía mucho misterio.

Llegó con tres años a la hípica, y cuando iba a cumplir cuatro, Emma iba a venderlo porque era pequeño para la doma y tampoco tenía unos movimientos espectaculares.

Era KWPN (raza de caballo holandés), y Emma pensaba que era demasiado fuerte para ponerlo como caballo de escuela, con toda la inversión en tiempo de doma y dinero antes de que algún niño se pudiera montar.

Fue el verano anterior justo cuando Liberty tenía cuatro años, cuando Emma me dijo por primera vez que empezara a moverlo un poco para que no estuviera siempre en la cuadra.

Me advirtió que no había visto muchos humanos y que fuera con cuidado, ya que de los tres a los cuatro, había estado en un campo del vecino donde soltábamos a la manada.

Entré en su cuadra con Emma y, cuando la vio, se arrinconó contra un lado de la pared.

Yo fui con cuidado, acercó su hocico y me rodeó con su cabeza y cuello. En ese momento, supe que era especial.

Decidí hacerle una oferta a Emma por Liberty.

Ella no se dedicaba mucho a la compraventa de caballos y no le había salido muy caro.

Recogí todos mis ahorros de ese año trabajando en la hípica y se los di; la parte restante la iba a pagar a plazos durante el año.

Emma accedió, aunque desde el primer momento me advirtió que el camino no iba a ser fácil.

Liberty tenía mucha energía, nunca nadie se había montado en él y debíamos trabajar desde cero.

La primera vez que le puse el peso encima, mi mundo se paró.

Para mí era el momento más esperado y perfecto; para Liberty, seguramente era el momento en el que le robaba parte de su libertad.

Durante los primeros meses, todo fue muy fácil; lo montaba dos o tres veces a la semana, en el redondo y durante diez minutos donde solo practicábamos paradas e ir hacia adelante en los tres aires (paso, trote y galope).

Cuando fuimos a la pista grande se nos complicó un poco todo.

Aprender a girar no era algo fácil, yo tampoco había domado nunca un potro, así que el esfuerzo era doble, ya que debía aprender sobre la marcha y enseñárselo a Liberty.

Una vez superada la racha de girar, todo fue a mejor.

Pudimos hacer la reprise de cuatro años en el concurso desastroso de Rosewood, que era la hípica del lado.

Ahí ya era consciente de que siempre íbamos más tarde que el resto de caballos, que ya estaban muy confirmados en su edad.

Unos meses antes, el 29 de marzo, Liberty había cumplido los cinco años.

Era la edad rebelde, se había dado cuenta de la fuerza que tenía y era consciente de la poca que tenía yo, no hacíamos muy buen equipo de primeras.

Los galopes trocados nos costaban. Intentaba muscular a Liberty saliendo al campo una vez por semana y haciendo subidas y bajadas para ver si conseguía muscularlo por igual, pero había veces que la liaba un poco y solo pensaba en correr.

El progreso era muy lento. Las transiciones paso-galope y galope-paso tampoco eran nuestro punto fuerte.

Aunque yo sabía que Liberty era muy listo; nos costaba llegar al ejercicio, pero una vez que lo teníamos, lo integraba de manera superrápida y ya siempre lo hacíamos bien.

Me detuve por un momento, cerré los ojos y respiré profundamente. Este sería mi último momento en Blackwood, al menos por un tiempo, y me prometí disfrutar de cada instante de la siguiente gran aventura.

Le puse sus protectores de transporte y salí de la nave de boxes.

Toda mi familia estaba allí. Cargamos a Liberty y me despedí uno por uno.

Iban a ser cuatro meses al menos sin verlos, ya que hasta las vacaciones de Navidad no sabía si iba a poder volver a casa.

Las despedidas siempre son complicadas, pero esa se me hizo un mundo, y creo que fue lo más duro que había hecho, nunca me había separado de mi familia por tanto tiempo.

Llevábamos unas horas conduciendo cuando pasábamos cerca de la costa este. Las playas eran preciosas y había kilómetros y kilómetros de arena sin pisar.

—Ojalá pudiera correr algún día por la playa con Liberty —dije mirando por la ventana los kilómetros de playa que íbamos pasando.

—¿Y por qué no nos tomamos los tres un descanso? —sugirió Tyler.

—¿Tú crees que podemos correr por la playa? —dije mientras se me iluminaban los ojos.

—No lo sé, habrá que descubrirlo —dijo, cogiendo el desvío que nos llevaba hacia uno de los tantos aparcamientos vacíos que habíamos pasado.

Aunque fuera verano, en Inglaterra no era un plan muy común ir a la playa, ya que había pocos días de sol y, en la mayoría de ellos, el cielo amenazaba lluvia. Hoy no era una excepción.

Me encantaba esto de mi hermano, siempre dispuesto a ayudarme y hacerme feliz, aunque eso conllevara romper algunas normas.

Yo tenía entendido que en verano estaba prohibido correr con los caballos, exceptuando alguna ocasión en alguna playa específica en la que dejaban hacerlo.

La playa estaba desértica, así que tampoco me preocupé mucho por que me arrestasen y pasar mi primer día de la academia en la comisaria.

Descargué a Liberty y le puse los primeros protectores que encontré.

Maldito el momento en que dejé todo superordenado por cajas y cajitas.

Puse la montura, la brida, y mi hermano me dio el pie para ayudarme a subir.

—No te vayas muy lejos —me advirtió.

—Tranquilo, solo vamos a dar una vuelta y volvemos —dije mientras ponía rumbo a la orilla.

Caminé un poco, dándome cuenta de que era la chica más feliz del mundo en ese momento.

Anduve cerca de la furgoneta unos diez minutos y empecé a trotar para calentar, llevé a Liberty a la orilla para que descubriera las olas.

Liberty era valiente y siempre le encantaba descubrir cosas nuevas.

Con mi ayuda, le di el coraje suficiente para entrar y nadar un poco.

No lo quería llevar mar adentro, así que nos quedamos donde el agua nos cubría hasta las rodillas, y ahí trotamos un poco y andamos.

Era como un spa para caballos, ideal para fortalecer el dorso de Liberty, el cual yo tenía muy en cuenta cada semana, cuando preparaba sus sesiones de trabajo.

Sin darnos cuenta, nos habíamos alejado bastante de mi hermano y la furgoneta, así que decidí galopar para volver.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero ¡qué momento más mágico!

Empecé a galopar y Liberty estaba superemocionado.

Por suerte, no se había puesto a llover y la temperatura y la brisa eran perfectas.

Cada vez galopábamos más rápido y dejaba a Liberty correr más, pero no me preocupaba, porque me sentía en el sitio más seguro del mundo.

Me coloqué un poco en suspensión para liberar su dorso, solté rienda y abrí las manos.

—Soy la chica más feliz del mundo ahora mismo —le dije a Liberty—. Ojalá pudieras hablar y decirme qué es lo que más te apetece hacer en este mundo para poder llevarte a hacerlo.

La adrenalina corría por mis venas mientras íbamos aminorando el ritmo a medida que llegábamos a la furgoneta.

Paseamos a Liberty, lo secamos bien con una toalla y lo volvimos a cargar para continuar con nuestro viaje.

Tenía una sonrisa que no se me quitaba de la cara.

Habíamos perdido un par de horas e íbamos a llegar más tarde, pero lo habíamos disfrutado al máximo.

Este momento con mi caballo era lo mejor.