Bienvenidos a la Academia Rider (Academia Rider 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Al día siguiente fui corriendo a la hípica, emocionada con la decisión que había tomado.

Contárselo a Emma iba a ser lo más emocionante del día, porque después me tocaba empezar a organizar todos los cabos sueltos de esta aventura.

¿Qué maletas me iba a llevar? ¿Quién me iba a acompañar? ¿Cómo iba a llegar hasta allí?

Eran las siete de la mañana y se respiraba paz en Blackwood. Emma aún no había llegado y el mozo justo empezaba a dar los desayunos. Me dirigí a la cuadra de Liberty, que estaba comiendo heno tranquilamente. Entré en su box respirando profundamente.

—¿Sabes qué, Liberty? Nos vamos a descubrir el mundo y a vivir aventuras —le dije acariciando sus orejitas mientras él me daba un empujoncito.

Ahí me quedé sentada observando. Me encantaba tener estos momentos con él.

Cada día, antes de que el mogollón de niños convirtiera la hípica en una olla de grillos, me paraba a soñar despierta con lo que un día podríamos llegar a ser.

Nuestro primer cambio de pie, nuestra primera san Jorge y, ¿por qué no?

, nuestro primer gran premio. ¿Qué jinete de doma no sueña con los quince cambios al tranco y las transiciones piaffe-passage ?

No sé por qué, pero intuía que esta nueva aventura nos iba a deparar un montón de primeras veces.

Escuché a Emma entrar en la nave de cuadras, y me levanté corriendo para ir a recibirla:

—¡¡¡Buenos días, Emma!!! —dije súper emocionada.

—Buenos días, Olivia. Veo que te has levantado de buen humor. Tenemos mucho trabajo hoy, ven a la oficina para organizar las clases y los caballos del día.

—De acuerdo, tenemos muchas cosas de las que hablar —dije mientras nos dirigíamos a la oficina.

—Dime, Olivia, ¿ya has hablado con tus padres?

—¡Sííííí! ¡Me voy a la Academia Rider! Tengo mil preguntas y cosas que organizar, no sé ni cómo vamos a llegar allí. He visto que tenemos unas siete horas si cogemos la ruta de la costa.

—Qué feliz estoy por ti, creo que os va a venir muy bien —contestó orgullosa—.

Yo tengo la happy van , no la voy a usar hasta marzo.

Puedes llevártela si quieres y ya me la devolverás en las vacaciones de Navidad o a principios de año.

Si alguien te acompaña, te saldrá más barato que contratar un transportista.

—¿De verdad? —contesté emocionada, pensando que el primer gran problema estaba solucionado, añadiendo seguidamente un segundo dilema que era quién la iba a conducir hasta ahí.

La happy van , que la llamábamos así, era una furgoneta en la que cabían dos caballos y no se necesitaba de un carnet especial para poder conducirla, sino que con el carnet de coche la podías llevar.

—Sí, hace unas semanas que no la muevo, pero en principio debería ir bien —respondió.

—¡Genial! ¡Pues una cosa menos!

—¿Y cómo lo afrontas?

—Tengo mil ganas. Ya sabes que deseos de aprender no me faltan y, además, seguro que ahí tengo mil oportunidades con Liberty.

—No lo dudo. Recuerda siempre que Liberty es lo primero. —Emma me miró con seriedad—. Y que, aunque habrá grandes caballos allí, vosotros tenéis algo especial. Hazme caso.

—Sí, desde ayer tengo sentimientos raros, a veces emoción, a veces miedo, a veces tristeza. Es como una montaña rusa. Pero estoy muy emocionada.

—Es normal. Vas a dar un gran paso en tu vida y en tu formación. Con dieciséis años no es fácil dar estos pasos. Pero no te preocupes, todos estaremos aquí para apoyarte.

Organizamos las clases del día y, como estaba tan contenta, se me pasaron volando todas las clases.

Aún no les había contado nada a los niños, al final, ahora era verano y muchos de ellos solo iban a venir para este campus.

Además, debería escribir a los padres de mis alumnos por WhatsApp, porque me quedaban diez días de campus de verano, e iba a trabajar hasta el último día, pero cuando empezarán las clases del curso ya no iba a estar ahí.

Al llegar a casa y contarle a mi familia cómo Emma me había prestado la happy van para ir a la Academia Rider, Tyler no dudó ni un segundo en ofrecerse a llevarme.

Él conduciría y me acompañaría. Por suerte, su universidad estaba a solo una hora de la academia, y unos amigos suyos lo recogerían ese mismo día para llevarlo a la residencia donde estudiaba ya que la happy van se quedaría en la academia y no tendría manera de llegar hasta ahí.

El siguiente paso era empezar a preparar las maletas.

Mi familia no viajaba mucho; yo solo tenía un pequeño maletín donde no cabía mucho más que la ropa para un fin de semana.

En el altillo de casa encontramos dos maletas grandes de la luna de miel de mis padres.

Debía meter toda mi ropa para meses en esas dos maletas, así que tenía que seleccionar bien lo que me quería llevar.

No es que tuviera un gran armario; aprovechaba la ropa al máximo. Mis caprichos de ropa de equitación eran las ofertazas que encontraba en Vinted, y tenía claro que mis maletas iban a estar llenas casi exclusivamente de ropa de montar.

Volví a mirar la carta para ver que en la lista de material ponía ropa de competición que no tenía:

—¡Mamá! No tengo ropa de competición para ninguna de estas disciplinas.

—¿De doma no tenías los pantalones blancos?

—Sí, pero están sucios y la chaqueta me la dejó Emma. Me estoy agobiando. Voy a mirar en Vinted a ver si encuentro alguna cosa decente, y así no tener que comprarlos nuevos.

—De acuerdo, mira algún color diferente. Siempre vais en negro, azul o gris. Estará bien que destaques un poco con un color diferente.

Me dispuse a buscar chaquetas de competición, y la primera que encontré que me gustó era una naranja fosforito.

Mi madre la descartó al instante, decía que íbamos a parecer un cono o una bombona de butano.

Yo pensaba que, combinándola bien, no tenía por qué quedar mal.

Mi búsqueda siguió hasta que di con una americana color berenjena Equiline preciosa.

Su precio era asequible. Los ahorros del verano, ahora que no iba a tener que mantener a Liberty durante los próximos meses, podrían destinarse a material.

Seguí buscando y encontré una granate y otra verde.

Las tres americanas me salieron por menos de cien euros; yo misma me había coronado como la reina de Vinted, no había prenda que se me resistiera.

—¡Mamá! Ya tengo las americanas. El plastrón y los guantes blancos creo que los tengo en el cajón, y la aguja tengo que buscarla.

—Libby, toma, lo guardaba para el próximo concurso. Te has estado esforzando mucho en trabajar y quería dártelo allí, pero creo que es el momento perfecto —me dijo, sujetando una cajita—. Toma, ábrela.

—¡Ay, mamá! No hacía falta —dije abriendo la cajita que guardaba un broche plateado—. ¡Guau, es precioso!

—Este broche es de tu abuela, ella me lo dio a mí hace unos años, y ahora es tuyo. Tiene forma de alas para que así te ayude a volar alto y conseguir todos tus objetivos.

—Gracias, mamá. Será perfecto para nuestro plastrón de doma.

—Estoy muy orgullosa de ti. Seguro que en esta academia aprendes todo lo que siempre has soñado.

En los siguientes días seguí preparando la maleta.

La ropa de deporte y la de calle no eran problema; no sabía cómo iba a ir allí la gente vestida, pero cogí cuatro modelos de cada, los más cómodos que tenía, ya que no quería ocupar mucho espacio en eso.

La ropa de montar la coloqué toda como pude.

Tenía cinco pantalones de montar, todos muy normales.

La tienda de equitación más cercana a mi pueblo estaba a casi una hora, así que no íbamos a comprar mucho por allí.

Había ido acumulando los pantalones en regalos de cumpleaños y un par que había comprado en Vinted. Eran de algodón, bastante cómodos, aunque me moría por llevar unas mallas con full grip para esta época de verano, para que no se me cocieran las piernas.

Solo quedaban los últimos detalles: neceser, papeles, libretas y estuche para las clases, terminar la maleta de Liberty y ¡empezar la aventura!