Bienvenidos a Cíes Epílogo #2
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Epílogo #2

—Sí, lo está. Parece ser que su novio y unos amigos, que fondeaban en una cala cercana, lo salvaron cuando cayó al agua.

Según tengo entendido, llevaba puesto un chaleco salvavidas y todo.

Como dicen ustedes, más vale prevenir que curar.

Nosotros somos más de disparar primero y preguntar después, si me permite la expresión.

Lo recogieron a él ya otra chica que lo acompañaba, que no paraba de repetir que ella no era la responsable del camping .

Marga se enjuga las lágrimas en las mangas del pijama. Por primera vez en días siente algo en su interior.

—Bueno, ¿qué le parece el report ? —pregunta el comandante retomando el asunto.

—Si Pedrito está ya trabajando, supongo que es porque hemos superado el periodo de aislamiento. ¿Es eso correcto? ¿Me dejarán salir entonces?

—Yo le he preguntado primero —contesta el comandante, mostrando sus dotes para la diplomacia—. Dígame qué le parece el informe.

—Si lo ha hecho Pedrito, doy fe de que está muy bien —responde Marga con orgullo vicario por su pupilo—. Si hay algo que quiera saber en concreto, puede preguntármelo directamente, aunque ya le he contado todo a sus subalternos. Y le aseguro que en estos días nos ha dado para conocernos a fondo.

El comandante sonríe. Marga le está cayendo bien, pero él no tiene piedad ni con su madre.

—Doctora Erauso, usted me ha preguntado si ha terminado su periodo de aislamiento.

La respuesta es sí. Sin embargo, tengo poder para mantenerla aquí durante mucho tiempo más si fuera necesario.

Según me han dicho, un parásito puede permanecer cierto tiempo acantonado en el interior de su huésped.

Aunque eso podría decírmelo mejor usted.

—Si lo que quiere es hablar de microbiología puedo recomendarle a un par de expertos que…

—¡Basta de perífrasis, doctora! —interrumpe el comandante.

Apenas ha dormido en los últimos días y, por muy en gracia que le caiga la susodicha, su paciencia está en mínimos históricos.

Empieza a pensar que esos contagiados no se han comido a epidemióloga por miedo a su cháchara interminable.

El párpado de su ojo izquierdo empieza a temblar espasmódicamente.

Tiene que recobrar la compostura. Sonríe en un rictus forzado—.

Tenemos una misión importante entre manos y necesito que se centre.

—¡Discúlpeme! Llevo no sé cuánto tiempo aquí encerrada y a mí me gusta mucho conversar.

—A Marga no le gusta cómo le habla el comandante [ BIIIP ], pero sabe que, en esta situación, tiene todas las de perder.

Sin mirarlo, alza la mano en su dirección, mostrándole la palma abierta, con aparente desgana—.

¿No tendrá por ahí un bolígrafo, comandante?

El militar introduce su mano en la pechera y extrae, de un bolsillo interno, un bolígrafo.

De esos de los caros, piensa Marga, de esos que pesan.

No de esos de publicidad de Funerarias Falperra que usa ella.

Con el bolígrafo en la mano y el informe sobre la mesa, los morritos de pato regresan a la boquita de piñón de Marga.

El patito pensador toma control y el bolígrafo danza sobre el papel, saltando de una línea a otra, dibujando anotaciones aquí y allá.

El patito Marga masculla, ríe, grazna y, sobre todo, tacha, apunta, corrige.

El comandante observa el espectáculo sin saber bien qué pensar.

Quizás nos hemos pasado con tanta medicación, se le ocurre.

—Aquí tiene su informe —resuelve Marga tras unos pocos minutos—.

He añadido algunas cuestiones que creo que pueden ser relevantes para completar el relato.

Quizá sean detalles sin importancia, pero cuando me enviaron a la isla, me pidieron que fuera exhaustiva —sonríe Marga siempre orgullosa de un trabajo bien hecho—.

Veo el nivel de alarma un poco bajo, aunque me imagino que esa es su intención, no alertar demasiado a la opinión pública.

—¡Ya nos gustaría! —ríe el comandante y por primera vez Marga percibe un primer signo de sinceridad en su interlocutor—.

Cuando las telecomunicaciones se restablecieron un vídeo en directo de una influencer se hizo viral en una de esas redes sociales.

Cuando conseguimos bloquearlo, ya lo habían visto millones de personas.

—El comandante se encoge de hombros. De su maletín extrae una tableta electrónica y se la pasa a Marga—. ¿La reconoce?

Marga desplaza sus rechonchos dedos sobre la pantalla arriba y abajo. Mira el perfil e inspecciona las últimas publicaciones.

—Este vídeo se publicó varios días después —apunta el comandante mientras pulsa en la pantalla para que inicie la reproducción—.

Una retransmisión en directo. Si hasta se la ve a usted.

Mire, aquí está. —No se acerquen a los enfermos, se la escucha gritar.

Marga aparta la mirada—. Qué ironía. Al final la influencer consiguió hacerse famosa.

—El comandante guarda la tableta—. Devuélvame el informe, si me hace el favor.

Marga asiente, cierra la carpetilla y se la devuelve, deslizándola de vuelta al otro lado de la mesa.

Sin dejar de mirarla, el comandante toma la carpetilla entre sus manos.

La abre y ojea las anotaciones al margen escritas por la epidemióloga que, a pesar de sus años de oficina, conserva la críptica caligrafía característica de los médicos.

Por suerte, el comandante ha tenido a su cargo a suficientes afectados por el síndrome de estrés postraumático ese, que no pueden ni sujetar una taza de café sin que se les desparrame por los pantalones, como para no entender una letra un poco movida.

Camina por la sala. Marga no lo pierde de vista.

Es el mayor entretenimiento que ha tenido en días y lo está disfrutando. Qué buenas son estas pastillas, piensa.

—¿Comportamiento gregario? —pregunta el militar.

—Sí, eso me pareció. Creo que las personas contagiadas actúan en grupo y con, ¿cómo se dice?, sí: mentalidad de colmena. ¿No se habían dado cuenta?

—¿Anulación… de la voluntad? —consigue leer interrogativamente el comandante.