Capítulo VI #14
Una contagiada, una jubilada del grupo del IMSERSO , se acerca renqueante a Marga, que la evita arreándole un experto bolsazo.
Más adelante, una madre empuja un carrito de bebé va cío.
Marga consigue reducirla sobre el carrito y la impulsa por el camino cuesta abajo.
El carrito y la madre pasan rodando cerca de Eusebio, que sigue a Marga unos metros por detrás.
Eusebio se gira siguiendo el carrito con la vista camino abajo.
Es entonces cuando puede ver un numerosísimo grupo de contagiados subiendo por la calzada. Si siguen así, pronto les darán caza.
—Vamos, Marga, ahí vienen. Apuremos el paso —dice Eusebio, queriendo animarse a sí mismo más que a Marga, que en estos momentos parece vivir una segunda juventud. Ella lo agarra y tira de él.
Continúan y alcanzan el último tramo, un estrecho zigzag que asciende para salvar la última pendiente. Un esfuerzo más y estarán a salvo.
Eusebio está cada vez más cansado. Siente que las fuerzas lo abandonan. Que su vida está siendo sustituida por otra dentro de sí. Que una oscuridad inunda su cabeza de fuera hacia adentro. Siente una llamada.
Cada vez más torpe, avanza detrás de Marga, a punto de caer.
Ella tira de él, pero sabe que no puede seguirla.
Los contagiados están cada vez más cerca.
Uno de los más adelantados está ya a pocos metros de ellos, en el zig anterior a su zag.
Ellos caminan hacia la izquierda y el contagiado camina hacia la derecha un nivel más abajo y viceversa.
Suben al siguiente zig y caminan hacia la derecha, y el contagiado accede al siguiente zag, caminando hacia la izquierda.
Al cruzarse, Marga y Eusebio, un nivel más arriba, tienen que evitar los zarpazos del avezado contagiado.
Marga aparta sus garras de una patada y sigue subiendo por el zigzagueante camino, tirando de Eusebio en un último esfuerzo.
Llegan al final de uno de los tramos, solo les queda un par más y ya estarán en la cima. Exhausto, Eusebio agarra el brazo de Marga y tira de él. La mira a los ojos.
—Marga, mi camino termina aquí.
—Vamos, no digas tonterías.
Eusebio se remanga la camisa. Sobre su piel, morena y curtida por el sol y el agua del mar, de una herida con forma de mordedura una sangre oscura y espesa brota.
—¡Eusebio!
—Me mordieron cuando fui a buscar a Fátima. Fui un idiota, pero ha valido la pena. Quizá no habríamos llegado hasta aquí si no lo hubiera hecho.
—Eusebio…
Se miran sin decirse nada y diciéndoselo todo.
Algo se resquebraja en el corazón de ambos.
Algo que apenas había empezado a formarse.
El contagiado se acerca y Marga le arrea un nuevo bolsazo que le hace caer por el terraplén al nivel inferior del zigzag.
Siguen mirándose por un instante más. Detrás de Marga, un quitamiedos separa el camino de un acantilado, pero un hueco entre este y la roca deja un espacio en el que, como una señal del destino, sobresale una cruz de madera.
Eusebio piensa, irónico, ya tengo mi tumba hecha.
—Siempre quise vivir aquí. Siempre quise que me enterrasen aquí. Y puede que así tengas algo más de tiempo para llegar hasta el Faro. Sigue subiendo, Marga, yo me ocupo de estos malnacidos.
El contagiado vuelve a la carga. Marga le arrea otra vez con el bolso, ahora con más fuerza, con más ganas y cae de nuevo por el terraplén.
Marga clava su pupila en la pupila miel de Eusebio. Con los dedos de su mano izquierda, acaricia la mejilla derecha del guarda forestal. Su guarda forestal. Y con una última mirada, se despide. Aprieta el bolso contra su cuerpo, coge carrerilla y continúa camino arriba.
Eusebio se da la vuelta. Con los brazos abiertos, da la bienvenida a los contagiados que suben como una horda por el camino. Los primeros se abalanzan sobre el guardabosques. Eusebio permite que le muerdan mientras retrocede hacia el acantilado.
Siente cómo los dientes penetran en su carne.
El dolor es insoportable. Nuevos contagiados se apilan sobre él, sumando sus fauces al festín de su cuerpo.
Pero aun así, con el único pensamiento de ganar más tiempo para Marga, Eusebio sigue retrocediendo.
Se planta al borde del precipicio. Sonríe por última vez.
— Irnos dar un paseo, fillos de puta —y echándose hacia atrás, se deja caer por el abismo del acantilado, llevándose consigo a toda una horda de contagiados.
Al filo del amanecer, Marga llega por fin al faro casi sin respiración. El helicóptero aparece sobrevolando la plazoleta de la terraza superior. Marga está a punto de acceder a ella cuando… No puede ser. Allí, un contagiado ronda bajo el helicóptero e intenta alcanzarlo lanzando zarpazos al aire.
Marga se esconde tras un murete y solloza derrotada.
No puede más. Introduce su mano dentro del bolso y hurga con sus rechonchos dedos hasta toparse con lo que está buscando.
«Aquí estás». Lo saca lentamente. «Ay, Marcelino», suspira al retrato, que le devuelve su impasible pero tierna mirada.
«¿Qué hago ahora, Marcelino? Estoy tan cansada, tengo sueño, tengo hambre y no tengo más energías, de verdad…
Me he quedado sola, Marcelino. Sí, ya sé que te tengo a ti.
Siempre me tendrás», fueron tus últimas palabras, pero…
Tienes razón: no hemos llegado hasta aquí para rendirnos en el último momento.
Gracias, Marcelino. «Te tengo a ti, te tengo a ti», repite.
Vuelve la vista sobre el murete. El enfermo sigue ahí, a la sombra de las luces del faro.
Apenas se le reconoce, pero es Xan, el camarero.
«Es ahora o nunca, Margarita», se dice a sí misma.
Y sale corriendo hacia el contagiado. Sus pies pisan el suelo con firmeza, su brazo izquierdo aprieta el bolso bajo su axila, su brazo derecho se extiende en lo alto, con el retrato de Marcelino en la mano, que estalla contra la cabeza de Xan sin que tenga tiempo a reaccionar.
Sigue corriendo sin mirar atrás. Un militar desciende en una cuerda mecanizada.
Marga se lanza a sus brazos. Este abraza a Marga con fuerza, la asegura con el arnés y envía una señal a sus compañeros, que levantan el vuelo del helicóptero justo en el momento en el que la horda de contagiados alcanza la cima del faro.
Marga echa un último vistazo mientras el helicóptero sobrevuela las islas de los dioses, devoradas por las llamas.