Capítulo VI #13
Eusebio reduce la velocidad y Fátima traquetea por el camino de bajada al embarcadero secundario, un muelle de piedra y hormigón de unos quince metros que se adentra en el mar en dirección sur hacia la isla de San Martiño, tan solo a media milla náutica.
Al llegar a la parte baja, Eusebio hace que Fátima se detenga y apaga las luces y el motor.
A su derecha, una docena de contenedores verdes y cuadrados para la basura descansan como una manada de vacas pastando en el campo.
Por este muelle entran ciertas provisiones y salen los residuos generados por el propio camping y sus instalaciones.
Todavía es de noche aunque, según los cálculos de Pedrito, no falta mucho para que empiece a clarear el día.
De cualquier modo, el incendio continúa extendiéndose sobre la isla, iluminando el cielo de un púrpura brillante e intenso.
Pedrito abre la puerta y baja del tractor.
Da la vuelta por la parte de atrás y por poco se cae al resbalar con la sangre y otros restos biológicos que arrastra Fátima tras de sí.
Pedrito avanza por el muelle a grandes zancadas apuntando en una nota mental, incinerar estos zapatos en cuanto pueda.
Al llegar a la punta, se detiene y pone las manos en jarras.
Está oscuro, pero cree divisar el Ruliña, el velero de Marina, la amiga de Fiz.
Fondeado a un kilómetro escaso, la luz blanca de la punta del mástil se mece sutilmente al suave vaivén de un mar en calma.
Pedrito saca la linterna de la mochila. La enciende y la apaga intentando enviar una señal en dirección al Ruliña.
Larga, larga, larga. Corta, corta, corta.
Larga, Larga, Larga. ¿O era corta, corta, corta, larga, larga, larga, corta, corta, corta?
Raya, punto, raya. Ay, qué lío. Extiende el brazo y dibuja un semicírculo en el aire.
No hay respuesta. Deben de estar dormidos.
Berta llega junto a él.
—Aquí, aquí, ayuda. ¿Es que nadie va a venir a por nosotros? ¿Dónde está todo el mundo?
—No pueden oírte, Berta. Así solo vas a conseguir llamar la atención de los contagiados. Saca tu linterna, tu móvil, hagamos señales para que nos vean, pero no grites, por lo que más quieras.
Desde el tractor, Eusebio y Marga esperan en silencio, recuperando algo de energía.
Eusebio parece cansado. Marga desde luego que lo está.
Pero no piensa quedarse traspuesta ni una vez más.
Que ni así descansa. De repente, algo empieza a vibrar en su regazo.
Un politono emerge desde las profundidades de su bolso con un tirorirorí-tirororí-tirorirorirorirorirorí-tititiri-tititi-ri-tititiri-titití…
Marga busca y rebusca en el bolso. ¿Dónde está?
¿Dónde lo ha puesto? Eusebio se pone nervioso pensando en lo penetrante del sonido.
Aquí está. Marga saca el teléfono que sigue sonando.
Número desconocido. Marga mira a Eusebio, sorprendida. Se vuelve al móvil.
—¿Diga?
—¿Hablo con la doctora Erauso? —pregunta una voz de mujer.
—Sí, con la misma. Estamos atrapados en las islas Cíes. Todo está en llamas y hay un brote descontrolado de…
—¿La han mordido o arañado? ¿Tiene algún síntoma?
—No, estoy bien, bueno algo cansada…
—¡Escuche con atención! Hemos enviado un helicóptero militar para recogerla. Debe estar en el Faro Principal al amanecer. Buena suerte y no la cague —dice la mujer, y cuelga.
Marga se queda mirando al teléfono y vuelve a guardarlo en el bolso.
—Pensé que no iban las comunicaciones —expone Eusebio con recelo.
—Parecían militares o habrán conseguido restablecerlas o yo qué sé. Hay que avisar a Berta y a Pedrito y salir echando virutas. Un helicóptero nos recogerá en la cima del Faro Principal. Apenas tendremos una hora para llegar allí antes del amanecer.
Marga intenta salir del tractor, pero algo bloquea la puerta.
Es un infectado y no es el único. El penetrante politono del teléfono los ha atraído.
Los contenedores de basura se han ido abriendo, escupiendo uno a uno a los infectados que se escondían en su interior, lejos de la luz diurna.
En un instante, una horda rodea a Fátima, aporreando la carrocería y hasta trepando por sus enormes ruedas.
—¡Hasta aquí podíamos llegar! —exclama Eusebio consternado ante tal falta de decoro y poniendo en marcha el motor de Fátima.
El tractor ruge y hace brillar sus intensos faros, lista para exprimir un nuevo zumo de contagiados.
Algunos infectados caen, paralizados, al suelo.
Otros intensifican su violencia contra el vehículo.
Otros salen caminando hacia el muelle, habiendo percibido la presencia de Berta y Pedrito al final del mismo.
Eusebio mete la primera marcha y aprieta el acelerador.
Las ruedas rechinan sobre sí mismas por un instante y empiezan a moverse.
Los infectados que se habían subido y agarrado a las ruedas son centrifugados al aire, estampados contra el suelo o absorbidos por las llantas y el eje de transmisión.
Todos sucumben ante la potente rodadura de Fátima.
Aplastados por el peso del tractor, sus cráneos estallan contra el suelo en un crujido y sus abdómenes explotan expulsando vísceras en todas direcciones.
Fátima avanza ahora cuesta arriba, saliendo del embarcadero. Pero parece costarle. Sube poco a poco. Eusebio tiene que acelerar a tope. Fátima sube unos cuantos metros, pero a mitad de la cuesta desiste.
—¡Vamos, Fátima, no me falles ahora! Algo debe de estar atascando las ruedas —protesta Eusebio. Un humo negro comienza a salir del motor y en pocos segundos, una llama se apodera de la parte delantera del tractor—. Marga, prepárate, vamos a tener que saltar. ¡A la de tres!
—Pero ¿un, dos, tres y salto o…? —Es ahora Marga la que duda. No hay tiempo.
—¡Tres!
Marga abre la puerta y abandona la cabina del tractor.
Antes de hacerlo él también, Eusebio pone la palanca en punto muerto y deja que Fátima caiga marcha atrás por su propio peso.
El tractor retrocede por la pendiente, aplastando al grupo de infectados que los perseguía.
En el desnivelado camino que ha dejado la pila de cadáveres, Fátima pierde el equilibrio y vuelca.
Las llamas se extienden a los contenedores contiguos, devorándolo todo, incluyendo a Fátima, que estalla en una potente explosión.
—Párate un momento, necesito descansar —dice Marga dejándose caer de culo en el suelo.
Llevan no sabe cuánto tiempo subiendo la ladera del monte.
Suben por un sendero de tierra y rocas que, según Eusebio, ataja pendiente arriba hacia el faro.
Permaneciendo fuera del camino principal, podrían evitar a algunos de los contagiados, ha propuesto.
Pero Marga necesita un minuto, necesita parar y pensar.
En Berta y, sobre todo, en Pedrito. Su compañero había venido a la isla a ayudarla con el brote, y ahora, ¿qué ha sido de él?
Ni siquiera lo sabe a ciencia cierta. Todo ha sucedido tan rápido.
Tras la explosión, Marga ha mirado ansiosa a la punta del muelle y al mar, buscando los desaparecidos cuerpos de Pedrito y Berta, quizás empujados al agua por la onda expansiva, junto con otros cuantos contagiados.
Ha esperado verlo salir a flote, con vida, sano y salvo.
Necesitaba verlo. Pero otro grupo de contagiados empezaba a acercarse desde el camino del camping .
Eusebio ha tenido que tirar de ella y obligarla a levantarse para terminar de subir la cuesta a trompicones.
Pedrito ha estado bajo su tutela desde que rotó con ella en el Servicio de Epidemiología.
Aunque aún tenía muchas lecciones que darle, Marga le había enseñado muchas cosas.
Lo había invitado a sus restaurantes favoritos, habían compartido recomendaciones de viajes y lo había animado a seguir formándose en todo aquello que su sana curiosidad pusiera el ojo…
Y todo había explotado en un instante. Un instante en el que Pedrito ni siquiera tenía que haber estado ahí.
Y si estaba, era solo por ella. Por una vieja estúpida y arrogante que no había visto estallar un brote en sus narices.
Las lágrimas resbalan por la cara de Marga, enrojecida por la rabia y el dolor.
Golpea la tierra con el bolso. El sufrimiento le lleva al odio, el odio a la ira, la ira al miedo, y ya estaba hasta el coño de tener miedo.
Eso tiene que cambiar. Ya. Eusebio llora también a su lado.
—Tenemos que salir de aquí. Tenemos que hacerlo por ellos. Si no, todo habrá sido en vano. Vamos, arriba, Eusebio.
Una fuerza surge de dentro de Marga inundando su maltrecho cuerpo como un torrente.
No sabe de dónde, pero ahí está. Sube y sube por la pendiente.
A Eusebio le cuesta seguirle el paso. Pocos minutos después, llegan a la incorporación al camino principal que se dirige al faro.
No parece haber ningún contagiado cerca, pero Marga no duda de que llegarán. Vaya si llegarán.
Más arriba, la linterna del faro gira y gira sobre sí misma.
Al otro lado de la ría, el sol naciente recorta la silueta de las montañas que descansan tras la ciudad de Vigo.
Falta menos de media hora para el amanecer.
Deben darse prisa si quieren llegar antes de que el helicóptero los dé por perdidos.
Marga tiende la mano a Eusebio y lo ayuda a incorporarse a la calzada.
El hombre está visiblemente afectado. Su expresión de desasosiego aumenta el valor de la epidemióloga.
Aunque ella ya lo ha adivinado, Eusebio señala hacia la izquierda confirmando la dirección a seguir.
El camino llanea por la ladera este del monte del faro.
Marga apoya las manos en las rodillas y respira hasta llenar el último alveolo de sus extenuados pulmones. Se terminó el descanso.