Capítulo VI #12
Pedrito empuja sin misericordia las gruesas puertas del convento.
Lleva a Marga de la mano, que todavía no se ha recuperado del todo de su última carrerita.
Está segura de haber batido algún récord de velocidad, al menos en cripta cubierta.
Pero de poco le vale, porque una vez colgada la medalla, ya está en otra carrera por la supervivencia.
Berta llega por detrás. Ambos gritan, bengala, fuego, kayaks, Casimiro, infectados.
Marga no entiende nada. La situación transcurre demasiado rápido, demasiado cerca y lejos a la vez.
Su agitada respiración ocupa sus sentidos.
Solo oye sus pulmones y los latidos de su corazón, batiendo acelerada y violentamente.
Se apoya en el marco de la puerta. Las luces de Vigo parecen más brillantes que nunca.
Las sombras de los árboles se agitan fantasmagóricas.
No, no son las luces de Vigo. La luz, rojiza y amarillenta, proviene del campamento.
Está en llamas. El fuego está devorando todo a su paso.
Tiendas de campaña, mesas, sillas, el pinar entero, seco del calor de los últimos días, arden con la furia de un volcán en erupción.
El humo se eleva en una oscurísima columna que se disipa sobre la bóveda celeste, cubriéndolo de un manto plomizo en el que las llamas reflejan sus brillantes lenguas de fuego.
Las pavesas comienzan a caer sobre el camino como una nieve abrasadora.
Una nube cenicienta se extiende desde el camping por toda la isla formando una niebla opaca y asfixiante.
Tienen que moverse. Respirar vendrá después.
Así que salen a toda prisa del convento, Pedrito, Marga, Berta y Eusebio.
Quisieran echar a correr, pero a Marga y a Eusebio no les da la vida.
Desafortunadamente, la muerte les pisa los talones.
Están por todos lados. El fuego ha hecho que los infectados salgan de dondequiera que estuvieran, alejándose del camping .
Pueden ver a algunos subir a trompicones por la cuesta que queda a su izquierda.
La mejor opción es salir hacia la derecha, por el camino que conduce hacia al sur, hacia los faros que iluminan el estrecho con la isla de San Martiño.
Pero Eusebio da un quiebro y se lanza con decisión hacia la izquierda.
Parece evitar a varios infectados, mientras Marga, Pedrito y Berta corren en sentido contrario.
Marga quiere gritar a Eusebio, que vuelva, qué diablos hace, pero el aire apenas llega a sus pulmones y el poco que lo hace los insufla anegado de humo y dióxido de carbono.
Sin más remedio, Marga, Berta y Pedrito siguen el camino, que abandona el cielo abierto y se hunde en una senda pergolada por espesas copas, volviéndolo oscuro como la boca de un lobo.
Avanzan apresuradamente, sin importar lo que pueda haber delante de ellos.
Detrás, cada vez más infectados se agolpan en el camino.
Chocan. Se agarran de los brazos. Se caen, pero siguen avanzando los unos sobre los otros, formando una maraña de bocas que se abren y se cierran, que sueltan mordiscos y miembros que lanzan zarpazos en su dirección.
Delante de ellos surge un infectado y Marga le arrea con el bolso.
Aparece otro y Berta le pega un golpe de remo en la sien, cayendo a un lado del camino.
El chico del flotador aterriza rodando y arrolla a Pedrito.
Ambos giran durante unos cuantos metros.
El chico quiere morder a Pedrito, pero la distancia del flotador se lo impide.
Marga y Berta empujan el unicornio, y este sale rodando con su huésped camino abajo, como un dónut relleno de mermelada de entrañas, ira y microbios.
Ayudan a levantarse a Pedrito, que masculla ileso y agradecido, pero no hay tiempo para cortesías.
Esa masa de infectados se encuentra a pocos metros.
Llegan entonces a un cruce de caminos. ¿Subir, bajar?
¿Dónde estaba el embarcadero? ¿Qué dice la señal?
La marabunta está cada vez más cerca. Los infectados se acercan por los otros tres caminos, ¡están atrapadas!
La masa de contagiados enfurecidos está a punto de alcanzarlos.
Por los otros tres caminos de la encrucijada llegan también varios infectados con el rostro lleno de tinieblas.
Están rodeadas. Sus manos tenebrosas se alzan hacia Marga, Pedrito y Berta, intentando agarrarlos.
Marga se defiende con su bolso; Pedrito, con su mochila, y Berta blande el remo que no ha soltado desde que lo encontró apoyado en el pañol.
Cada uno se va zafando de las garras de los contagiados, pero saben que no pueden seguir así por mucho más tiempo.
Esa mole de infectados camina lenta e incesante, unos sobre otros, como una masa de cuerpos confusos aunque extrañamente coordinados.
Donde unos pisan, otros colocan las manos empujando hacia su objetivo.
Con las fauces abiertas, muestran los dientes que están a punto de desgarrar las tiernas carnes de Marga, Berta y Pedrito.
Un destello de luz estalla más allá de la masa, centellea tras de ella.
El rugido de un motor va instalándose detrás de la mole de contagiados.
La masa se detiene. No puede avanzar. Ríos de sangre comienzan a salir a chorros desde su retaguardia.
Desde atrás, algo la está triturando. Los infectados con los que Marga, Pedrito y Berta peleaban han quedado paralizados por la luz.
Se tapan el rostro con los brazos o se giran buscando la oscuridad.
Litros de sangre y carne humana caen como confeti sobre todos ellos.
La mole se retuerce, se descompone. Unas cuchillas giratorias atraviesan al grupo, en un crujir de huesos que se parten contra el metal de la segadora, que devora sus enmarañados cuerpos.
La masa de contagiados queda reducida a un conjunto de miembros cercenados flotando en una papilla de sangre y carne picada que cubre el suelo, los árboles y hasta las caras de Berta, Marga y Pedrito.
Un cuerpo se asoma desde la cabina de la segadora y saluda con la mano, indicándoles que se acerquen.
A Marga le ciegan las luces, pero adivina la silueta de Eusebio con sus anchos hombros y su panza incipiente.
Todavía apartándose la sangre y los restos de carne de la cara, Marga reúne a Berta y a Pedrito entorno a ella y los conduce hacia la segadora.
Pasan por al lado del tubo de cuchillas giratorias, donde amasijos de la cárnica cosecha cuelgan atascados aún entre el metal.
—¡No se os ocurra tocaros los ojos! —grita Marga repartiendo toallitas jabonosas.
Sorteando las enormes ruedas del tractor, se ponen a la altura de la cabina. Eusebio los saluda con una sonrisa de oreja a oreja. Es una sonrisa de pura satisfacción, de sentir, por un momento, que vuelven a tener el control de su destino.
—¡Venga, subid! El resto del camino lo haremos en esta preciosidad.
Radio El Olivo, todo sobre la ciudad de Vigo.
¡Oh, no! ¡Otra hamburguesa ultraprocesada!
¡Maldita sea, qué salchicha tan sosa! ¡Se acabó!
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Radio El… todo sobre… Conexión interrumpida.
Este es un mensaje del Ejército de España. Se ha declarado el Estado de Emergencia. Permanezcan en sus casas.
Este es un mensaje del Ejército de España. Se ha declarado el Estado de Emergencia. Permanezcan en sus casas.
Este es un mensaje…
A lomos de la metálica grupa de Fátima, el tractor favorito de Eusebio, el grupo continúa por el camino que conduce hacia el Faro da Porta, el más lejano al campamento, el que mira al estrecho que separa la isla del Faro de la isla de San Martiño.
—Le puse este nombre en homenaje a mi primer amor allá en Portugal. La que me trajo por primera vez a las Cíes. Era más bruta que un arado, pero podías confiar en ella. Era una buena mujer. Eso sí, esta Fátima me hace más caso que la otra —bromea Eusebio.
—No sé cómo puedes hacer chistes en esta situación —replica Berta—. Hemos estado a punto de que nos devoren nuestros propios campistas.
—¿De dónde has sacado esta segadora si se puede saber? —pregunta Marga sorprendida y maravillada a partes iguales.
—Llevamos muchos años trabajando en la reforestación de las islas.
Quitamos eucaliptos y acacias y plantamos pinos, carballos y madroños.
El aparcamiento estaba justo a la izquierda del antiguo convento.
Por eso me separé de vosotros. Algo me decía que la íbamos a necesitar —sentencia dando una palmada sobre el salpicadero.
—¿A dónde vamos? —pregunta Marga.
—¡Al embarcadero! —grita Pedrito, intentando hacerse oír por encima del sonido del motor de Fátima.
—Pero ¿eso no está en la otra dirección? —vuelve a preguntar Marga. Está absolutamente perdida.
—Ese no, ¡el embarcadero secundario! Fue por ahí por donde entré a la isla. Mi novio y sus amigos están fondeados un poco más allá, frente a la playa de San Martiño.
—Con un poco de suerte, el incendio los habrá despertado —especula Marga—. Ojalá puedan sacarnos de aquí.