Capítulo VI #11
Pero sobre todo, el tiempo corre a cámara lenta para Marga, que pone un pie tras otro, que corre hacia la salida de la cripta a todo lo que da su sexagenario atletismo.
Eusebio va tras ella, corriendo a pequeños pasitos, intentando no tropezarse, intentando no pensar en lo que se les viene encima.
Detrás de ellos, un estruendo de rocas escupe arena y polvo en su dirección.
Mientras corre, el guardabosques se vuelve y apunta con el foco hacia el fondo del pasadizo.
La puerta ha desaparecido, cubierta por una montaña de piedras y tierra que avanza a medida que el techo y las paredes se derrumban.
Toda la cripta está colapsando. Una lluvia de adoquines cae sobre sus cabezas.
Las cacerolas a modo de casco les protegen, pero no por mucho tiempo.
Continúan corriendo. Ya les queda menos.
Pasan frente a los esqueletos enterrados boca abajo.
Los nichos han empezado también a derrumbarse, y los huesos y las calaveras crujen como masticadas por una gigantesca boca de piedra.
Ahí están las escaleras. Ya pueden vislumbrar la blanquecina luz del trastero en obras al final del pasadizo.
Tratando de no atropellarse, suben primero un escalón y luego otro, sus gemelos se tensan, sus tendones de Aquiles los impulsan hacia la salida.
En el último momento, justo cuando el pasaje se derrumba por completo, Marga y Eusebio logran cruzar el umbral, una línea de meta marcada por la cinta negra y amarilla que reza «No pasar», los justos ganadores de una carrera por la vida.
Carmela sale del hospital al aparcamiento tan rápido como las piernas se lo permiten.
El palpitar acelerado del corazón martillea sus sienes cubiertas de sudor.
Sus conductos lacrimales están a punto de desbordarse.
Lleva un nudo en el estómago. Un nudo marinero.
Un as de guía uniendo el píloro con el cardias.
Un peso en el pecho le impide expandir los pulmones.
Empieza a sentir un pitido constante resonando en los conductos auditivos.
Todo su sistema nervioso ha quedado tocado tras el encuentro con Xiana.
Tiene que recuperarse. Tiene que tranquilizarse si quiere salir de allí de una pieza.
Agazapada entre dos camiones del ejército, saca su móvil de la bata, entra en su perfil de InstaPic y se mete en sus listas de vídeos guardados.
Pocas cosas la relajan más que ver cómo un gato tira una taza de porcelana, se mete en una pequeña caja de cartón como una saeta, usa las pequeñas garras peludas para hacer girar un volante o, simplemente, remolonea en una almohada.
En definitiva, cualquier vídeo o imagen que tenga un gato en ella.
Por unos segundos se traslada a ese lugar deseado, se divierte con la escena irreal, trata de pasar la mano por el elegante lomo de un esquivo Felis catus .
El ronroneo del felino se superpone al tinnitus .
La frecuencia cardíaca se va normalizando.
Se imagina los largos bigotes haciéndole cosquillas en el envés de la mano.
Se va sintiendo más como ella misma. Bloquea el móvil y se lo guarda en el bolsillo. Gracias, michi.
Mira hacia el horizonte y toma una bocanada de aire que esta vez logra expandir sus pulmones.
Ante ella se extienden las telas plásticas y otras estructuras del hospital de campaña a medio montar.
Un camión militar cubierto con una lona verde acaba de partir.
Algunos soldados se están subiendo a otro de los camiones aún aparcados.
Contrariada, Carmela se incorpora, sale de entre los vehículos y echa a caminar entre los militares buscando al comandante.
—Buenas noches, doctora Peleteiro —saluda el comandante.
—¿Qué está pasando? —pregunta señalando en derredor.
—Si quiere decirme algo, hágalo rápido que tenemos una misión y vamos a contrarreloj.
—¿Nos están abandonando? Necesitamos urgentemente su intervención ahí dentro. ¡El hospital se ha convertido en una auténtica pesadilla! —exclama Carmela señalando el edificio.
—Como le he dicho, tenemos una misión. Nuestro mando mayor ha activado una nueva operación, en la cual nuestro papel ya no incluye asistir a este hospital.
Vendrá otro equipo especial autorizado para intervenir en disputas civiles —responde el comandante—.
Agradézcaselo a su compañera, la subdirectora de Enfermería.
Si no fuera por ella, nos habríamos marchado sin más.
—Me temo que ya es tarde para Rosalía, comandante. Y para Martiño también. —Carmela saca el ojo de cristal del bolsillo de la bata y se lo muestra al militar. Este hace una mueca de asco y dedica una nueva mirada al hospital.
—Si eso es todo…
—Una última cosa, comandante [ BIIIP ]. Puede que ya sea tarde para este hospital, pero quizás no lo sea para las personas aisladas en las islas Cíes, desde donde fue trasladada la paciente cero y donde podría encontrarse la fuente original de la infección.
Si van a enviar un equipo especial, debería considerar el reconocimiento de esa zona.
Entre las personas que se encuentran en las islas está la doctora Margarita Erauso.
Ella sería una pieza clave para poder obtener más información sobre el origen y la propagación de la infección.
He intentado comunicarme con ella varias veces, pero no ha habido suerte.
Espero que la isla haya corrido mejor fortuna que este hospital y no sea demasiado tarde para contactar con ella.
—Eso déjelo de nuestra cuenta —responde el comandante frunciendo el ceño. No le gusta que le cambien los planes. Hace una pequeña pausa y añade—. Dígame una cosa, doctora Peleteiro, ¿a qué se dedica usted exactamente?
—Soy médica preventivista.
—¿Y eso qué demonios es? —pregunta intrigado el comandante.
—Me dedico a prevenir y controlar la propagación de infecciones, entre otras cosas.
El comandante mira hacia el edificio, hasta hace unas horas el máximo exponente de la tecnología y la pulcritud, ahora transformado en un reino de cristales rotos y luces parpadeantes.
—Vaya, me temo que no ha conseguido prevenir que una infección acabe con este hospital. Su hospital.
—¿Insinúa que todo es culpa mía?
—¡Escuche! El enemigo la ha pillado por sorpresa y le ha ganado esta batalla, pero la guerra aún está por librar. Todavía puede ayudar a que esta infección no acabe con nuestro país. Es posible que el Ejército necesite reclutar a profesionales de su perfil, doctora Peleteiro.
—¿A mí?
—¿No ha dicho usted que se dedica a prevenir la propagación de infecciones?
Algo me dice que a partir de ahora su especialidad va a tener mucha demanda.
Pero antes —al comandante le encantan las pausas dramáticas—, queremos algo de usted —más pausa dramática.
Ahora no tiene prisa—: necesitamos a alguien que nos traiga muestras de la paciente evacuada de las islas Cíes.
Y quién mejor que usted, que conoce este hospital al dedillo.
—¡¿Quiere que vuelva a entrar en el hospital?! —pregunta una atónita Carmela.
El comandante la mira a los ojos, pero es una mirada sin dureza. Un pensamiento atraviesa la mente de Carmela. Quizás ese militar tenga algo de razón. O quizás haya sabido meter el dedo en la llaga.
—Si no tiene más preguntas, doctora, debo hacerme cargo de la evacuación de la compañía.
—Sí, un momento, comandante, necesito preguntarle una última cosa.
—El comandante permanece imperturbable, dando a entender a Carmela que continúe—.
Ustedes ya sabían que se estaba produciendo un brote epidémico muy peligroso incluso antes que nosotros.
Ya estaba en la reunión con el director médico antes de que yo llegase.
¿Cómo pudieron enterarse tan rápido? —Se hace el silencio.
El comandante duda por un momento si contestar a la pregunta de Carmela—.
Si quieren que trabaje para ustedes, necesito saberlo.
—Hyge IA —responde. Carmela pone cara de no entender—.
Un prototipo de inteligencia artificial que nuestros cerebritos están desarrollando para la identificación de brotes a través de diferentes fuentes de información como redes sociales, historia clínica, cambios en los patrones conductuales, compras en las farmacias y esas cosas.
Hyge IA , ya sabe, la diosa griega de la salud.
Pero con IA mayúsculas, de Inteligencia Artificial.
—Carmela se queda dándole vueltas al tema—.
Dentro de ocho horas pasará alguien a buscarla por su casa.
Si quiere venir con nosotros, esté preparada y siga las indicaciones que le facilitará el soldado que irá a buscarla —añade el comandante.
—Un momento. ¿Cómo sabe dónde vivo? —replica Carmela.
—Somos el Ejército de España. Lo sabemos todo —contesta el comandante esbozando una leve sonrisa—. Si no viene con las muestras, no se moleste en aparecer. Y ahora, si me permite, tengo una compañía que evacuar. Buenas noches y buena suerte.
Marga intenta recuperar el aliento, sintiendo los pesados latidos de su corazón latino pegado a su piel.
Bajo la tenue luz de la pequeña bombilla del trastero en obras, la epidemióloga no puede evitar desplomarse sobre las rodillas y con las palmas apoyadas en el suelo, su cuerpo intenta vomitar, pero ni eso consigue.
Una nube de polvo invade el ambiente. Todavía sin poder respirar, la cara de Pedrito aparece en su campo de visión, haciéndole preguntas sobre su estado de salud, que qué le pasa, que si está bien.
Pues obviamente, está regular, Pedrito, pero no te puede contestar.
Tendrá que esperar un poco a que recupere el resuello y la cordura. Sobre todo, la cordura.
Pero Pedrito no puede esperar, grita como un poseso. Vamos, Marga, vamos, tenemos que salir de aquí. ¡Fuego! ¡Fuego!