Capítulo VI #10
Y hablando de manos, precisamente las manos que se juntan en un apretón, ese tan esperado y que no se ha producido horas antes, ocurre ahí mismo, tras atravesar el umbral, en la intimidad de un despacho.
—Serás cabrón, Álvaro. ¿Tanto te costaba? —le reprocha Fidalgo sin soltarle la mano.
—Lo siento, Caín. Me debo a mi partido.
—¡Y una mierda! Te debes a tu tierra. ¿Unos Juegos Olímpicos en Vigo, en Galicia? Para cuando se celebren puede que ni tú ni yo sigamos en nuestros cargos, pero podremos mirar atrás y pensar «esto está pasando gracias a mí». Nuestro legado, Álvaro. Lo has puesto en peligro.
—Bueno, estoy aquí, ¿no, Caín? Tienes mi apoyo, y lo sabes, pero también tengo que aguantar muchas tensiones internas en mi partido y hay voces de mucho peso que me están pidiendo que dé el salto a la política nacional. ¡Presidente del gobierno! ¿Te imaginas?
—Otro gallego al frente del Estado… Ten cuidado, Álvaro, eso no siempre acaba bien.
—¿Acaso te preocupa, Caín? ¿Te preocupa mi futuro? —pregunta Yáñez dejando escapar una risa y mostrando sus dientes recién blanqueados, mientras aprieta con su mano el hombro de Fidalgo en gesto de varonil camaradería.
—Bueno… —duda Fidalgo—. Negaré haberlo dicho, pero, entre tú y yo, te considero un digno rival, Álvaro. ¿Qué sería de un héroe como yo sin una archinémesis política como tú?
—Si tú lo dices, Caín —replica Yáñez clavando su pupila en la pupila azul de Fidalgo y apretando cada vez más el hombro de su adversario—. Parece que estás contracturado. Debes de haber estado muy estresado últimamente.
—A ti también se te ve un poco tenso, Álvaro. Te tiembla el pulso —responde Fidalgo apretando más la palma de Yáñez.
Con la mano que le queda libre, Fidalgo pulsa el interruptor de la luz.
A oscuras, ambos sienten con más agudeza la agitada respiración del otro, oler su fragancia seca y ácida.
En la penumbra, pueden verse incluso mejor que bajo los halógenos de la sala de juntas.
Allí están, frente a frente, por fin, Fidalgo y Yáñez-Santiso.
Solo que ya no son Fidalgo y Yáñez-Santiso.
Son tan solo Caín y Álvaro. Dos hombres que se odian.
Dos hombres que se admiran. Dos hombres que se desean en secreto.
Sus cuerpos se funden en un apasionado abrazo y sendas lenguas se entrelazan en un húmedo beso en la profunda cavidad de sus abiertas bocas.
Marga y Eusebio apuntan con los focos, que en haces de luz artificial disipan la oscuridad del entorno. Tres paredes y un techo. Se encuentran dentro de una pequeña estancia. En el centro de la misma, una gran tinaja de barro, como un gigantesco jarrón. Nada más. Nada ni nadie.
Suspiran de alivio y sienten cómo sus músculos se relajan por un momento.
En el suelo, una piedra plana y circular se apoya sobre el cuerpo de la tinaja.
Marga se acerca y la observa con atención.
Acto seguido, se vuelve hacia la tinaja y la inspecciona con la linterna, desde la base hasta su parte superior. Vuelve a valorar la piedra.
—Diría que es la tapa de la tinaja —concluye Marga valorando la piedra—. ¿Crees que fue la arqueóloga quien la abrió?
—Iría…
—Sí, Iría… Me imagino que encontraría esta cripta, esta celda, esta… tinaja, vasija gigante… Qué grande es, ¿no? Quizás la abrió para recoger muestras del interior.
—Abrir una tinaja antigua, un resto arqueológico, así como así, no es muy profesional. Para preservar el posible contenido, lo lógico hubiera sido que se hubiera esperado a transportar la tinaja entera para hacerle más pruebas.
Marga continúa pensando. Eusebio tiene razón.
—¿Y si la arqueóloga se infectó tratando de manipular la tinaja y, al ir a cenar a la cafetería, de alguna manera contagiase también al camarero, y este, a su vez, al resto de comensales?
Es la única cadena de transmisión que se me ocurre después de ver todo esto.
Si la arqueóloga abrió la tinaja por ignorancia o por ambición, o si la tinaja se abrió sola, eso no lo podemos saber en este momento.
—Marga saca unos guantes del bolso y Eusebio hace lo propio con los del trabajo.
Entonces, vuelven a oír esa especie de voz.
Proviene de la vasija. Esta vez están seguros de escucharla.
La tinaja tiembla, comienza a moverse desde la base hasta la parte superior.
La voz surge de su interior como un grito apagado.
La mano de Eusebio aferra el brazo de Marga y señala, con un foco tembloroso, la boca de la gran vasija.
Una garra emerge, posándose en el borde del tenebroso recipiente.
Es una garra llena de largas y afiladas uñas.
Le sigue una cabeza de orejas puntiagudas.
Dos ojos amarillos brillan, reflejando la luz de la linterna.
Marga se levanta y se aparta de la vasija, choca con su espalda sobre el mullido cuerpo de Eusebio, congelado de terror.
Otra garra sale de la vasija y ante el miedo de la epidemióloga y el guardabosques, la fiera salta desde el borde cayendo de pie sobre sus extremidades en el suelo de piedra.
Se lanza hacia Marga y se cuela entre sus piernas.
La mantícora ronronea entre los tobillos de la epidemióloga.
— Manda carallo! —exclama Eusebio con la mano sobre el corazón.
Marga se agacha y acaricia al gato.
—Así que eras tú quien nos llamaba, ¿eh, rufián? —El gato da un maullido por respuesta—. Ya es la segunda vez que me la juegas, micifuz. ¿Era esto lo que querías enseñarme? —pregunta Marga al felino intentando que Eusebio no la oiga. El gato se sienta y empieza a lamerse la entrepierna.
—Pero ¡¿qué hace aquí ese gato?! ¡No están permitidos los gatos en las Cíes! —protesta el alma de guardabosques de Eusebio.
Marga lo ignora y mira hacia la vasija, que se tambalea todavía debido al salto del gato. La tinaja se menea cada vez más hasta perder el equilibrio y, con estrépito, cae al suelo rompiéndose en pedazos.
—¡Tápate la boca! —ordena Marga haciendo lo propio.
Un polvo blanquecino se eleva jugueteando con la luz emitida por los focos.
Eusebio busca al gato, pero este, asustado por el estruendo, ha hecho mutis por el portón.
Marga no quiere acercarse, preocupada porque, sea lo que sea lo que contenga la tinaja, puede ser la fuente de la epidemia.
Desde una distancia prudencial, Marga intenta alumbrar los restos de la vasija.
—Mrg, tnms q rns —sabe que Eusebio tiene razón.
Antes de salir por la puerta, Marga ilumina la tinaja por última vez.
A través de la apertura producida por la caída de la tinaja, sobresale un cuerpo momificado.
Un colgante hecho de cuerda y conchas marinas adorna su cuello.
Marga reconoce el colgante, reconoce el cuerpo.
Las vacías cuencas de sus ojos inertes la miran desde el crepúsculo de los tiempos entre la vida y la muerte.
—Ayúdame a cerrar bien esta puerta. Está atascada.
Me da igual que esté al fondo de un pasadizo subterráneo.
Esto no puede quedar abierto para que venga cualquiera a pasearse por aquí.
Cuanto más sellado quede, mejor. Venga hombre, empuja.
Por los clavos de Cristo que no puede ser tan difícil.
Cuidado, que te vas a hacer daño. Ya cede.
Vamos, empuja, así, así, más, más, más fuerte, hasta el fondo, sí, sí, muy bien, sigue, sigue, qué duro está esto. Un poco más. ¡Sí!
El portón cede y cierra, dando un golpe contra el marco que retumba por todo el pasadizo.
Al instante, Marga y Eusebio sienten que algo no va bien.
La piedra cruje sobre sus cabezas. Las paredes del angosto pasillo gimen, se quejan, se retuercen sobre sí mismas.
Una fina cortina de polvo empieza a caer desde el techo.
Ambos se miran a través del haz de luz y las partículas en suspensión.
Parece que el riesgo de derrumbamiento no era moco de pavo. Todo está a punto de colapsar.
A veces ocurre que cuanto más rápido van las cosas más lento parece transcurrir el tiempo. Los segundos se estiran en un relativo infinitesimal.
Así lo siente Berta, que no puede creer cómo el fuego se extiende sin control, de árbol en árbol y de tienda en tienda, arrasando el camping más importante de la Costa Atlántica.
Así lo siente Pedrito, corriendo a cámara lenta camino arriba en dirección al convento, mientras una horda de contagiados lo persigue, intentando devorarlo.
Así lo siente Casimiro que, flotando en un kayak sobre la ría de Vigo, no puede apartar su vista del diario que acaba de encontrar dentro de la mochila robada de la tienda de Marga.
Así lo siente Carmela Peleteiro, buscando la salida de un hospital envuelto en gritos y paredes embadurnadas de chorretones de sangre.
Así lo sienten Vidal y Prado, mientras brindan por una crisis política y sanitaria bien resuelta para todas las partes.
Y así lo sienten también, como si no pasara el tiempo, Caín Fidalgo y Álvaro Yañez-Santiso, abrazados sobre la mesa de reuniones, fumando un cigarrillo a oscuras en la sala de juntas del Concello de Vigo.