Bienvenidos a Cíes Capítulo VI #9
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Capítulo VI #9

Las tenues luces de emergencia alumbran la entrada y la sala contigua, tiñendo la atmósfera de un verde espectral. Eusebio permanece impasible junto a Marga, pendiente de su siguiente movimiento, en una inquieta quietud.

—No me gusta nada este sitio, me pone los pelos como escarpias. Da mal rollo —dice Eusebio.

—Pues claro que pone los pelos de mal rollo. Por eso mismo estamos aquí, para descubrir cuál es el motivo de todo ello —le espeta Marga en un iracundo y confuso susurro—. ¿Me vas a enseñar dónde está ese agujero o no?

Eusebio asiente y conduce a Marga a través de la nave rectangular del edificio, atravesando una amplia puerta hacia la sala contigua.

A la izquierda, el escritorio del guía turístico, y más allá, en toda la extensión de la pequeña nave, una suerte de carteles desplegados explican la fauna y la flora de las islas, salpicada de piezas antiguas, de diferentes épocas, colocadas aquí y allá como en un trastero un tanto descuidado.

En medio de la sala, una zona excavada en la tierra y cubierta por un cristal expone una pequeña fosa. Marga mira a Eusebio, interrogativa.

—No, no. Esta tumba está siempre expuesta. ¡Es por allí! —señala Eusebio a la vez que toma a Marga de la mano. Al hacerlo, Eusebio siente un calor que le sube desde las puntas de los dedos hacia sus mejillas.

Con el estómago alborotado de mariposas, la conduce al fondo de la nave.

Un expositor informativo oculta un par de puertas de contrachapado blanco.

Marga enciende la linterna del móvil y apunta mientras baja el picaporte.

La puerta da a un pequeño almacén. Nada parece moverse en su interior.

Entran. Eusebio alza el brazo y tira de una cadenita.

Una bombilla se enciende e inunda el cuartucho con una luz débil y blanquecina.

Señala, en la pared enfrentada a la puerta, una cortina de plástico blanco rodeada de escombros.

A su lado, descansan varios focos de obra.

Marga agarra uno, lo enciende y cruza una última mirada con Eusebio.

Con fingida decisión, Marga siente ganas de quitarse esa tonta cacerola de la cabeza.

Seguro que el riesgo de derrumbamiento tampoco es para tanto.

¡Mejor prevenir, Marga!, dice la voz de Pedrito en su cabeza.

Con la mano que le queda libre arranca la cortina.

Ante ella, un gran boquete en la pared la invita a entrar.

Sobre el fondo oscuro del agujero, una cinta amarilla y negra interrumpe el camino con su «No pasar».

Marga agarra la cinta, se agacha quejosa, y pasa su hastiado cuerpo por debajo, penetrando en el hueco de la pared.

Una vez al otro lado, y al apuntar con el foco, puede ver entre las tinieblas una especie de escalinata de piedra, o lo que queda de ella, que desciende hacia la negrura.

Mira hacia atrás y se encuentra con los ojos suplicantes de Eusebio, a muy pocos centímetros de la suya, rogándole en silencio que den la vuelta.

Marga también tiene miedo, pero sabe que lo mejor es ignorarlo.

Al miedo también. Así que vuelve su cabeza hacia la oscuridad y empieza a bajar los pedregosos peldaños de la escalera. Ya no hay vuelta atrás.

Nadie en su sano juicio entraría en ese lugar, oscuro y pedrizo.

Pero Marga no está pensando. Simplemente se deja llevar por una fuerza más poderosa que ella misma.

Llámalo curiosidad. Ella necesita saber.

Necesita respuestas. Escalón a escalón, pie tras pie, Marga desciende y tiembla ante ese temor a lo invisible, pero, al mismo tiempo, no puede detenerse.

Bajadas las escaleras, se encuentran en un angosto pasillo subterráneo.

Vuelve la mirada hacia atrás y hacia arriba.

El cuerpo le pide a gritos que dé la vuelta, que suba y salga de ahí.

Al fondo del largo pasillo, algo parece moverse.

Marga gira la cabeza, pero solo acierta a ver una sombra entornando la esquina.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Eusebio en un susurro. Marga posa un dedo entre sus labios por respuesta.

Continúan. Avanzan, apenas iluminados por la escasa luz del foco. El pasadizo se extiende inescrutable. Marga se apoya sobre las estrechas paredes del corredor. Eusebio la sigue tan de cerca que puede oler su aliento a bocadillo de chorizo. Ay, si tuviera un bocadillo en ese momento.

Avanzan en la penumbra y, tras varios metros, Marga emite un grito que apaga lo más rápido que puede colocando la palma de la mano sobre la boca. Eusebio no puede reprimir su espanto:

—¡Hostia puta!

El guardabosques, ahora también guardaespaldas de Marga, apunta con el foco hacia ambos lados del pasadizo. Allí mismo, escarbados en las paredes, se despliegan múltiples esqueletos colocados en nichos horizontales. La epidemióloga los observa y no puede contener el espanto que le producen.

—Están enterrados boca abajo —apunta Eusebio—. ¿ Te diste de cuenta ? ¡Ay, a Virxe do Carme! ¡Atados por los tobillos! ¿Pero esto qué carallo es?

—¡Pero no grites que vas a despertar a los muertos! —riñe Marga y hace una pequeña pausa—. Me pregunto si serán algún tipo de advertencia.

—No sé, Marga, pero advertencia o no, creo que es mejor que volvamos. El riesgo de derrumbamiento es una cosa, pero esos esqueletos han terminado de quitarme todas las ganas, ho .

Marga pone morros de pato y piensa. Posa su mirada sobre el oscuro vacío del pasadizo. Está a punto de retomar la marcha cuando la mano de Eusebio la detiene. Marga se gira.

—Eusebio, estos esqueletos no me dicen nada. Tengo que continuar. Si no quieres venir, lo entiendo, pero déjame hacer mi trabajo.

Al principio, el guardaespaldas no se aparta. Resignado, acaba por ceder al imperativo de Marga.

—Y yo que pensaba que iba a ser un fin de semana tranquilo…

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Buenas noches, queridos oyentes de Radio El Olivo, siempre de la mano de la rabiosa actualidad. Detenemos nuestra retransmisión de Cultura para todos, la antropofagia en el siglo XXI para trasladarles una información de última hora.

En estos momentos se están produciendo altercados en diferentes puntos de Vigo y su área metropolitana.

Según las informaciones de las que disponemos hasta ahora, los disturbios se originaron en las inmediaciones del estadio deportivo de Balaídos, donde se ha celebrado el evento de candidatura de Vigo a sede de los Juegos Olímpicos.

Las protestas, que habían transcurrido de manera pacífica pidiendo una atención sanitaria de calidad, se convirtieron en violentos altercados con la policía y con asistentes que salían del evento.

Las revueltas parecen haberse extendido, afectando a otros lugares de la ciudad y zonas limítrofes.

La Policía recomienda permanecer en casa con las puertas y ventanas cerradas.

El Hospital Central de Vigo está colapsado y el Servicio Gallego de Salud solicita que, en caso de necesitar asistencia sanitaria, acudan a otros hospitales y ambulatorios.

En el ámbito deportivo, el Celta ha vuelto a perder y ocupa puestos de descenso a solo dos jornadas del final de La Liga…

Un nuevo sonido recorre el pasadizo rompiendo el silencio sepulcral de la cripta e interrumpe los tétricos pensamientos de Marga.

¿Es una voz lo que les llama a lo lejos?

Eusebio se acerca más a Marga, que urge a continuar.

Ambos se detienen en seco al percibir una presencia al final del corredor, pero al apuntar con la linterna no ven nada.

Paso a paso, y sin hacer caso, la luz de los focos les muestra el final del pasadizo.

En la distancia se dibuja un portón. El miedo y la curiosidad se funden en una emoción irrefrenable.

Continúan acercándose. Una voz, un quejido, vuelve a escucharse.

Proviene de dentro de la habitación. El portón está entreabierto.

Se acercan con sigilo. Antes de acceder, Marga indica a Eusebio hacer una pausa técnica al abrigo de la puerta.

Su madera, carcomida por la humedad y el paso del tiempo, no da mucha confianza a Eusebio.

—¿Oíste? Hay una voz, hay alguien… Puede ser una persona infectada —susurra.

Marga lo mira. Lo que menos piensa es en ponerse a debatir en este momento.

—Voy a entrar —lo ha decidido—. Si pasa algo, salimos corriendo, ¿vale? —Eusebio asiente. Marga sonríe—. ¿Vienes? A la de tres. ¿Estás listo?

—Sí, pero… una pregunta: ¿un-dos-tres y entramos o uno-dos y entramos? Es que no es lo mismo…

Marga suspira y, sin paciencia para esperar a que Eusebio se aclare, tira de la puerta.

La puerta se cierra tras ellos. No se han dirigido la palabra en todo el evento.

Han evitado hasta mirarse. Pero ahora están ahí, frente a frente, por fin, Fidalgo y Yáñez-Santiso.

Los halógenos parpadean en la sala de juntas del Concello de Vigo.

Nadie los ha visto llegar hasta allí, o eso les parece.

Ni siquiera sus jefes de gabinete, esos perrillos falderos que no los dejan ni a sol ni a sombra.

Con suerte, estarán emborrachándose a cargo de la administración o del partido, criticando a lengua suelta las manos que les dan de comer.