Bienvenidos a Cíes Capítulo VI #8
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Capítulo VI #8

—Aún tienen mucho que aprender esos seres del inframundo para poder degustar esta carne selecta con sello Galicia Calidade —presume Casimiro—.

Y ahora, si me permites, voy a seguir con mi plan maestro del que, por supuesto, no formáis parte ni tú, doctor Pedrito, ni el botijo que tienes por jefa.

¡Todo lo que ha ocurrido es culpa suya! Si esa elefantiásica beluga hubiera hecho su trabajo…

Quizás no pueda vengarme de ella, pero al menos te tengo a ti para ocupar su lugar.

¡Espero que sigáis riéndoos el bulldog francés y tú en el mismísimo infierno!

Casimiro lleva el remo hacia atrás, cogiendo carrerilla cuando…

—¡Quieto, tío! —grita Berta apuntando a Casimiro con la pistola de bengalas—. Aléjate de él o disparo.

—¡Berta! ¿Cuántas veces te he dicho que no me llames tío en el camping ni en ningún sitio? ¡Vas a hacer que nos despidan!

—¡¿Qué nos despidan de dónde?! —rezonga Berta exasperada, harta de esa inflexible política de su tío—.

¿No ves que ya no hay nada de donde nos puedan despedir?

La mitad de tus huéspedes han sido infectados por una enfermedad que los vuelve caníbales y la otra mitad es un bolo alimenticio en sus estómagos.

Nuestro futuro profesional no es algo que deba preocuparte ahora mismo.

—Tranquilízate, Bertita, cariño, estás muy nerviosa —replica Casimiro intentando mostrarse más conciliador—. Baja la pistolita, ¿okey? No queremos hacernos daño.

—¿Y qué ibas a hacerle a Pedrito entonces? —pregunta Berta empuñando la pistola en alto.

—Me he dejado llevar un poco. Estamos todos muy nerviosos. Así que baja la pistola. La necesitamos para pedir ayuda.

—¿Así que ese es tu plan? Dejarnos aquí tirados e irte en kayak a que te rescaten a ti solo. ¡Miserable! ¡Siento vergüenza de ser tu sobrina!

—¡Que no hables de nuestro parentesco te he dicho! —exclama Casimiro fuera de sí.

—¡Cállate! —grita Berta fuera de control.

Un fogonazo sale disparado de la boca de la pistola seguida de un proyectil luminoso que atraviesa el aire en dirección a Casimiro como el vómito de un pequeño dragón. Le pasa solo unos centímetros por encima de la cabeza, perdiéndose entre las tiendas de campaña.

—¿Me… me… me has disparado? —pregunta un atónito Casimiro.

—Ha… ha… ha sido sin querer, de verdad —responde Berta aún más atónita.

—¡Verás cuando se lo diga a tu madre! —protesta Casimiro, y asestando sendos golpes de remo a Pedrito en el pecho y en la cabeza, sale caminando con vehemencia hacia Berta.

Berta corre hacia Pedrito, pero Casimiro la intercepta, arrebatándole la pistola de bengalas.

—Berta, ven conmigo —dice agarrándola de la muñeca y susurra—, soy tu tiíto . No quiero dejarte aquí.

Ella clava su mirada iracunda sobre Casimiro y tras unos irreconciliables segundos, se deshace con violencia de su presa y acude a socorrer a Pedrito. En el último momento, se da la vuelta:

—¿Y sabes qué, tío? No puedes despedirme. ¡Dimito!

Casimiro gira, incrédulo, sobre sus talones y, remo en una mano y pistola en la otra, se dirige con dignidad al kayak apostado en la orilla.

Después de esa discusión, Berta ya no es responsabilidad suya.

¡Con lo que cuesta conseguir un trabajo decente hoy en día!

Ella verá, pero se va a arrepentir. Que le den a Bertita.

¡Que les den a todos! Toma aire y continúa decidido con su plan maestro.

Se sube al kayak y rema y rema por el lago en dirección a la mejor playa del mundo.

En el suelo, Pedrito yace inmóvil. Berta se acuclilla a su lado y lo agita. Pedrito parece volver en sí.

—¿Estás bien? —pregunta Berta, preocupada.

Pedrito sonríe y da una palmada sobre la cacerola, todavía cubriéndole la cabeza. Luego palmea, de igual modo, el chaleco salvavidas.

—¡Prevención ante todo! —exclama, y ambos ríen quedamente.

De repente, la cara de Pedrito muta de la sonrisa a la preocupación. Un olor atraviesa su nariz hasta clavarse en su pituitaria.

Pero esta vez no es el tufo nauseabundo que había olido cuando caían los últimos rayos de sol y la brisa de poniente traía el hedor de los infectados. No. Es algo mucho más familiar. Pedrito apunta hacia las tiendas de campaña y, alarmado, exclama:

—¡Fuego! ¡Fuego!

—Pues con estos maravillosos fuegos artificiales damos por finalizado este acto de presentación de la ciudad de Vigo como candidata a sede de los Juegos Olímpicos.

Toda una declaración de intenciones, una muestra de poderío gallego, sacando a relucir todo el arsenal, poniendo toda la carne en el asador.

Hay que admitir que ha sido un acto cargado de emoción y con momentos espectaculares.

Ánxela Pazos, ¿cuál ha sido tu momento favorito?

—Hemos vivido tantos momentos mágicos, que es difícil elegir.

Me ha encantado cómo los bailarines iban componiendo esas figuras megalíticas mientras bailaban muñeiras para luego pasar a simular unos castras celtas.

¡Y el momento de llegar a la romanización ha sido un puntazo!

Qué gran idea hacer desfilar al propio Caín Fidalgo haciendo del mismísimo Julio César, con su armadura romana, su corona de olivo…

que hay que recordar que es la que se les daba a los campeones de los Juegos Olímpicos.

—Y, además, ¡es el emblema de la ciudad de Vigo! El olivo, el árbol de la paz. Si es que se ha cuidado cada detalle.

—Hasta el último detalle, Armando. Y cómo han interpretado después el carácter indómito de Vigo rechazando las embosca das de los piratas ingleses y otomanos, Francis Drake incendiando el puerto de Vigo, ¿quién lo olvida?

Pero Vigo resurgiendo siempre de sus cenizas.

O el submarino Nautilus de Julio Verne en sus Veinte mil leguas de viaje submarino surcando la bahía de Vigo y expoliando las riquezas hundidas en sus aguas para sufragarse…

Y ya cuando ha aparecido el lema de la ciudad, «fiel, leal, valerosa y siempre benéfica» en honor al papel de Vigo en la Guerra de Independencia y en la Guerra de Cuba es que se me ha escapado una lagrimita…

Porque los vigueses y viguesas somos así, muy guerreros, muy luchadores.

—Ahora que lo mencionas, tenemos que comentar que guerreras y luchadoras se han puesto las personas que se manifestaban en contra del desmantelamiento de la sanidad pública gallega a las afueras del estadio.

—Efectivamente, los sindicatos sanitarios ya habían comunicado que llevarían a cabo una protesta.

Pero nos cuentan que ha habido mucha tensión y que, incluso, se han producido algunos altercados.

Las informaciones son todavía confusas, pero parece ser que algunos sanitarios se han puesto muy agresivos y han llegado a herir a miembros de las fuerzas policiales que intentaban mantener la seguridad del evento.

Supongo que podremos saber más en las próximas horas.

—Pero volviendo al espectáculo, Ánxela, a mí me ha emocionado el contratenor Christian Borrelli y su interpretación del himno gallego: una voz que nos ha llegado al alma y nos ha puesto la carne de puntilla.

—Sin duda. ¿Y qué decir de la actuación de las Chuchungueiras?

Me ha encantado y cómo, en el momento final, se ponía en marcha toda la maquinaria pirotécnica para ofrecernos unos fastuosos fuegos artificiales.

Vamos, yo me he quedado muerta. Una noche de morirse.

Una noche que muchas personas no olvidarán nunca, me parece a mí.

—Totalmente de acuerdo, Ánxela. Cerramos así nuestra retransmisión especial de este acto de candidatura de Vigo a sede de los Juegos Olímpicos.

Nos informan en directo de que las protestas a las afueras del estadio se están convirtiendo en violentos disturbios que esperamos no empañen el éxito cosechado en este evento, que sin duda pondrá a la ciudad en el mapa durante mucho tiempo.

Nos quedamos con tus palabras, Ánxela Pazos: una noche que marcará un antes y un después en la historia de la ciudad de Vigo.

Y recuerden que lo han visto aquí, en Galivisión, donde entretenerte es nuestra misión. Buenas noches, boas noites a todos.

El antiguo convento, hoy transformado en centro de información para visitantes, se erige frente a ellos.

Hasta hoy, Eusebio siempre lo había visto de una forma inofensiva, amistosa, incluso celebratoria.

Pero ahora, ante la presunción de que ese lugar de culto espiritual, ese emblema de la historia isleña, pueda albergar en su interior la fuente de todo mal, el origen de la infección de esta epidemia, el edificio ha pasado a tener un aspecto muy distinto.

Con sus gruesos y pesados muros de color gris levantándose contra la oscuridad de la noche, el convento se asemeja más a una cueva habitada por alimañas y abyectas criaturas.

Un escalofrío de repelús recorre el cuerpo de Eusebio, tiembla dentro de sus botas de montaña.

Se mantiene alerta, cubriendo las espaldas de Marga, mientras esta forcejea con la cerradura.

Después de varias blasfemias y resoplidos —ay, Marcelino—, la puerta cede y ambos traspasan el umbral del edificio, cerrando tras de sí.

En contraste con el caos del camping , el interior del convento se muestra inmaculado.

Sus puertas han permanecido cerradas desde que el propio Xacobe cayó presa del desmayo el día anterior.

A Eusebio se le antoja como una especie de cápsula del tiempo, un vívido recuerdo de los tranquilos días al sol, de las noches de brisa fresca.

Parece que hubiera pasado una eternidad desde todo aquello.

Ajeno al mundanal ruido, como todo convento de clausura que se precie, su hermetismo ante los acontecimientos del mundo exterior se ha mantenido intacto.

Sin embargo, una nube invisible, un olor rancio y viciado anega el ambiente.

Es imposible no percibirlo. Al olerlo, Eusebio empieza a ser consciente de que nada volverá a ser igual.