Bienvenidos a Cíes Capítulo VI #7
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Capítulo VI #7

El silbido de un líquido expulsado con esfinteriana propulsión y su impacto contra el plástico del retrete alcanza los oídos de Eusebio desde dentro de la caseta, seguido de un suspiro de profundo alivio.

En total oscuridad, Marga se recoloca la braga faja y se sube el pantalón de exploradora por encima de la mantelería enrollada a sus piernas.

Con la vejiga vacía y las endorfinas posmicción inundando su corriente sanguíneo, Marga vuelve a sentirse viva por un momento.

Qué placer es mear con ganas, piensa por un segundo.

Pero le dura poco. Pronto recuerda su precaria situación.

Decidida a continuar, abre la puerta del baño.

Shock . Eusebio se encuentra en medio del camino, forcejeando con algo.

No, ¡con alguien! Marga se acerca tan a prisa como puede, todavía con el pantalón a medio abotonar, dando pequeños pasos para que los pantalones no se deslicen piernas abajo.

Más cerca de Eusebio, Marga puede ver cómo una señora, una de aquellas jubiladas que paseaban tan contentas pocas horas atrás, intenta morder al guardabosques, mientras este la mantiene a una distancia prudencial sobre su cuerpo.

En una de esas agresivas dentelladas, la dentadura postiza de la jubilada cede y cae sobre el improvisado casco de Eusebio.

Repiquetea, abriéndose y cerrándose, como si tuviera vida propia, hasta que cae inerte al pavimento.

Marga se encuentra ya a pocos pasos. Con ambas manos, agarra la sartén por el mango, se coloca de lado, lleva los brazos hacia su cadera izquierda, adelanta la pierna derecha y suelta un revés digno de cualquier jugadora de tenis profesional que impacta en la cabeza de la jubilada, haciéndola saltar, con todo su cuerpo, hacia la linde del camino, rodando ladera abajo. ¡Chúpate esa Manolo Santana!

Eusebio aparta de un manotazo la dentadura postiza, que rueda haciendo castañuelas sobre el asfalto. Marga le tiende la mano, que él agarra todavía con miedo en el rostro, y lo ayuda a levantarse.

—Gracias —musita el guardabosques. Él ya no necesita orinar. El pis se le ha escapado por toda la entrepierna—. Vámonos de aquí.

Y hacen bien, porque el fragor de la batalla ha llamado la atención de más contagiados.

Marga y Eusebio no pueden verlos todavía, pero oyen sus pasos entre el bosque, y más atrás en el camino, sus gruñidos, sus respiraciones entrecortadas o el aire saliendo en profundas y apestosas bocanadas desde sus infectos pulmones.

Ponen pies en polvorosa, mirando a diestra y siniestra.

En pocos minutos dejan el bosque atrás, pasan por delante de la nave de madera donde descansa la maquinaria de trabajo forestal y la oficina del gerente del camping , con una de las ventanas rotas y las cortinas batiendo hacia el exterior, para alcanzar, por fin, su destino. El antiguo convento.

Primero un paso, luego otro. Si Fiz lo viese en ese momento, le caería una bronca monumental.

Haciéndose el valiente, metiéndose en la boca del lobo.

Pedrito sabe que no es ningún valiente, pero le puede la necesidad de ayudar a los demás.

En estos momentos, él solo quiere que Fiz le coma a besos.

Y ahora, lo más cerca que está de algo parecido es que alguno de los infectados a los que ha venido a ayudar le coma a mordiscos.

Ironías de la vida. Pedrito se concentra e intenta afinar el oído en la oscuridad, percibir algún sonido, alguna respiración que le indique si hay alguien más en el pañol.

Sus sospechas dan resultado. Sus oídos captan un ruido que proviene del fondo, un barullo de cosas siendo revueltas.

Pedrito decide esconderse detrás de una estructura metálica que hace las veces de estantería.

El interior del pañol está dividido por estos módulos, distribuidos por la estancia, creando un laberinto de pasillos que le permite, al menos, avanzar cubriendo sus flancos.

Las farolas del exterior ofrecen una tenue lucecilla amarillenta que se cuela por la puerta y por los ventanucos situados en lo alto de las paredes.

En una de las baldas, Pedrito encuentra varios chalecos salvavidas.

Agarra uno que parece de su talla, introduce sus brazos a través de los agujeros y se lo ajusta al torso.

Prevención ante todo. Su nuevo accesorio aumenta la confianza de Pedrito, que avanza un poco más rápido por el pasillo.

Rastrea con sigilo el origen de los ruidos, a la vez que busca un par de remos.

Berta le ha dicho que se encuentran al fondo del pañol, pero qué bueno sería encontrarse con unos sueltos, piensa Pedrito, apoyados contra una estantería de esas.

No hay suerte. Debe llegar hasta el final.

Desde allí puede ver a la persona que hace esos ruidos, removiendo trastos en un arcón.

Todavía no se sabe mucho sobre esta enfermedad, pero Pedrito juraría que no, que los infectados no utilizan linternas y la persona que ve de espaldas se ilumina con una.

Fuera, Berta arrastra el kayak que encontró apoyado contra la caseta y lo coloca pegado al otro, en la orilla.

El miedo la hace debatirse entre quedarse ahí, junto al kayak, con el cual podría salir a flote si apareciese algún infectado o volver al pañol y ayudar a Pedrito a encontrar los dichosos remos.

Espera y desespera, deseando verlo salir por la puerta zarandeando ambos remos de un momento a otro.

Los segundos se estiran en su percepción del tiempo.

Mira a izquierda y a derecha. Le parece que en cualquier instante algo va a salir de los arbustos para lanzarse sobre ella como había visto a otros infectados lanzarse encima de sus seres queridos.

«Intenta no pensar en eso, Berta», se dice a sí misma.

Aparta la vista de los árboles. Se vuelve hacia los botes y se da cuenta de que alguien ha dejado una mochila abandonada en el kayak que estaba en la orilla.

Quizás alguien lo estaba devolviendo justo cuando volvían los infectados, y entre la confusión y el pánico, debió de olvidar la mochila.

Pobre criatura. ¡Pobre Berta! Lo que le haya pasado a esa persona puede pasarle a ella en cualquier momento.

¡Que dejes de pensar así, tía!, se insta en un susurro, pero no puede.

Decide optar por meterse en uno de los kayak y estar lista por si algún infectado se le acerca.

Recoge la mochila, se sienta y la coloca sobre sus muslos.

Mira hacia el pañol, mira a la mochila. Mira a los arbustos, mira a la mochila.

La curiosidad se asoma entre los pensamientos de Berta.

La mochila: ¿y si tiene algo útil? Recorre la tela con la mano intentando dar con la apertura de la cremallera.

En el interior del pañol, Pedrito sigue observando a esa persona que rebusca dentro del arcón.

Duda. Seguramente no sea un enfermo, pero ¿y si le han mordido?

¿Y si está infectado? En cualquier caso, tiene que intentarlo.

Puede unirse a ellos, hay kayaks para todos.

Pedrito se acerca, aunque tampoco mucho.

No quiere asustarlo, así que decide hablarle desde distancia prudencial.

—Ey, oye… ¡Hola! —dice Pedrito.

La persona da un respingo saltando sobre sí misma, se da la vuelta y enfoca con su linterna hacia todos lados.

El haz de luz se posa sobre Pedrito y le ciega por un momento.

Pedrito intenta apartarse, mientras sus pupilas recalibran su diámetro.

Tan solo acierta a ver a alguien que se dirige hacia él con algo en la mano.

Pedrito decide que es el momento de salir por patas y preguntar después.

Retrocede de espaldas, intentando no perder de vista al hombre —ahora sí puede ver que es un hombre—, que camina en su dirección.

Lleva un remo en la mano. Lo blande de forma amenazadora.

Pedrito está cada vez más cerca de la puerta, pero antes de alcanzar el exterior, cae de culo.

Se arrastra, ayudándose con los muslos, pero sin poder levantarse.

Las piernas apenas le responden, atenazadas por el miedo.

De esta guisa atraviesa el quicio de la puerta del pañol y continúa retrocediendo.

Solo cuando ha arrastrado el culillo un metro y medio más allá del umbral, acierta por fin a ver el rostro de su agresor, saliendo de la oscuridad, iluminado por la farola.

Es un rostro desfigurado e inyectado en ira.

Pero no por ninguna infección, sino por su carácter, por un complejo de superioridad mezclado con un estúpido instinto de supervivencia.

Berta rebusca en la mochila. Es bastante voluminosa.

Hay algo de ropa, una cajita, un par de estuches de plástico, una braga faja, una libreta y un fajo de papeles encuadernados.

Dos de los estuches le resultan familiares.

Se parecen mucho a los que su tío Casimiro le ha mostrado alguna vez en el despacho y cuyo contenido, como responsable del camping , conoce a la perfección: un teléfono vía satélite y una pistola de bengalas.

Berta agarra los papeles. De la primera hoja, lee lo que parece un título, Diario de un hombre emprendedor…

Berta levanta la mirada hacia el pañol. ¡Tiene que avisar a Pedrito! La persona que está en el pañol es…

—¡Casimiro! Tranquilo, soy yo, Pedrito, el epidemiólogo —exclama.

El gerente se detiene en seco con el remo todavía en lo alto.

—¡Oh, no, otra vez tú! Pensaba que eras un apestado de esos. Por poco te estrello este remo en el cráneo. Por cierto, ¿qué narices llevas puesto? Es que de verdad que no estáis bien de la cabeza, eh.

—Es por protección, hombre.

—Un momento, ¿no te habrán mordido?

—No… ¿y a ti?