Capítulo VI #6
La esfera que ha hecho que Carmela se caiga en el último momento salvándole la vida rebota contra un carro de medicación y rueda hasta detenerse cerca de su cara.
Todavía algo confusa por la contusión, la preventivista mueve la cabeza, intentando volver en sí.
El golpe la ha pillado desprevenida. La esfera es un borrón en su espacio visual.
Fija su mirada sobre ella, haciendo un esfuerzo por enfocar, como un desesperado intento por volver en sí, por no abandonarse a la oscuridad, por seguir agarrada a la vida.
Carmela vuelve a fijar su intención en el objeto.
La esfera va tomando forma, cada vez más nítida.
Redondeada y con un dibujo, una esfera blanca con un punto negro, rodeado de un halo azul.
Carmela lo toma en su mano. Es un ojo. Un ojo de cristal.
¿Martiño, eres tú? Carmela da las gracias a su director médico.
A duras penas, se levanta y guarda el ojo de cristal en el bolsillo de la bata.
Martiño, por fin ha sido útil. Salgamos de aquí.
Eusebio regresa al comedor atravesando la puerta de la cocina.
—Xacobe no está. La puerta de atrás estaba abierta. Se ha largado —resuelve con gesto de preocupación. Todos guardan silencio.
—Está bien —dice Marga tomando la palabra, sin dejar tiempo a que decaigan los ánimos—, repasemos el plan una vez más —todos asienten—.
Berta y Pedrito: vosotros os acercaréis al pañol a recoger dos kayaks dobles y remaréis bordeando la costa hasta el embarcadero secundario.
Berta, tienes la llave. Eusebio y yo saldremos por la puerta de atrás de la cafetería, y utilizaremos el camino trasero para llegar hasta el convento.
Eusebio tiene la llave. Evaluaremos la situación y veremos qué se puede hacer con la fuente de infección.
Una vez terminemos allí, nos dirigiremos al embarcadero secundario, donde nos encontraremos, si todo va bien.
Y todo va a ir bien. ¿Alguna pregunta o sugerencia?
—Sí —responde Pedrito—. Vamos a salir ahí fuera, pero vamos a hacerlo al modo preventivista.
Suena una canción de rock . Un éxito de los ochenta.
Una canción de preparación para la batalla.
Unas manos cogen unos manteles. Otras manos, unas cacerolas.
Mientras suenan las primeras estrofas, unas tijeras cortan los manteles, y cubren los brazos de nuestros protagonistas.
Varias sartenes, cuchillos y espumaderas se presentan en un plano que se desplaza paralelamente sobre ellas.
Dispuestos en una fila, Marga, Eusebio, Berta y Pedrito se colocan unas cacerolas uno a uno sobre sus ahora protegidas cabezas.
Ya ha llegado el estribillo y se atan bien los cordones, prueban las sartenes contra el aire, guardan cuchillos en el bolso, por si acaso.
Ya están listos para la acción. Y ¡chán! Acorde final.
Con sumo cuidado, Pedrito abre la puerta de la cafetería.
Berta sale la primera, blandiendo una sartén en una mano y una espumadera en la otra.
La cacerola de la cabeza le dificulta la visión, pero prefiere tener el cráneo protegido.
Cuando empieza a descender la corta escalinata, Pedrito comienza a avanzar detrás de ella.
No hay infectados a la vista, pero deben intentar hacer el menor ruido posible para no llamar su atención.
Caminan lo más rápido que pueden dentro de la lentitud que requiere moverse con una olla en la cabeza y unos manteles enrollados en sus brazos y piernas e intentando mirar en todas direcciones.
Sienten cada pequeño sonido que produce su cuerpo, cada pisada sobre el camino de tierra, cada tintineo de sus improvisadas armaduras.
En silencio, con la espumadera, Berta señala a Pedrito la caseta a la que se dirigen.
Pedrito, a su vez, le responde con una señal para que se adelante, siguiendo el plan de cubrir sus espaldas por si algún enfermo aparece.
Berta apura el paso. Ella tiene la tarea de abrir la puerta del pañol.
Ya está llegando y preparando la llave cuando, sorprendida, se da cuenta de que la puerta del pañol ya está abierta.
Berta observa a su alrededor y se percata de que hay un kayak apoyado contra la pared del pañol y otro apostado en la orilla, casi preparado para salir. Es posible que con todo el jaleo, algunos kayaks hubieran quedado a medio guardar. Pero les faltan los remos. Pedrito se acerca por detrás.
—Ya hay un kayak aquí y otro en la orilla, pero necesitamos remos —dice Berta por lo bajini.
—Está bien, ¿están en el pañol? —susurra Pedrito.
—Sí, pero hay un problema. La puerta ya estaba abierta. Podría haber algún infectado dentro.
A pesar del calor nocturno, Pedrito y Berta se quedan congelados ante la idea de encontrarse con un contagiado en ese sitio tan oscuro. Dudan por unos segundos.
—Tenemos que entrar. Marga y Eusebio cuentan con nosotros —dice Pedrito—. Sin los remos, no llegaremos muy lejos. Voy a entrar —Pedrito deja la espumadera en el suelo y saca la linterna del bolsillo, empuñando todavía una sartén antiadherente, no se le vaya a quedar ningún germen pegado.
—De acuerdo. Yo acercaré este kayak a la orilla y así podremos zarpar en cuanto salgas.
Pedrito le muestra el pulgar a modo de aprobación y se sumerge, muerto de miedo, en la oscuridad del pañol.
Radio El Olivo, todo sobre la ciudad de Vigo.
—Guau, Vicenta, menudos dientes que te has puesto, ¡pareces una burra cartujana! Con esa dentadura postiza habrás vuelto a comer lo que más te gusta.
—Pues sí, Antonia, con estos dientes, me atrevo con todo.
¡ SUPERDENT ! Con nuestras nuevas dentaduras podrás comer hasta las comidas más duras. ¿Carnes correosas? Te parecerán las más sabrosas. ¿El corrusco del pan? ¡Bang, bang, bang! ¡Date prisa! ¡Ven y presume de sonrisa!
—Dientes, dientes, que es lo que les jode.
— ¡Vicenta!
Marga asoma la cabeza por la puerta de la cocina y mira a ambos lados. No hay rastro de Xacobe.
—Cariño, ¿dónde estás? ¿Cómo te encuentras? —pregunta sin recibir respuesta—. Eusebio y yo vamos a entrar en la cocina. No te asustes —la que está asustada es ella.
—Ya te dije que Xacobe no está —señala Eusebio indicando la puerta trasera, abierta de par en par.
—¡Por si acaso! Podía haber vuelto desde que tú miraste, ¿o no? Pues entonces…
Marga mira a Eusebio y menea la cabeza hacia los lados en señal de desaprobación.
La epidemióloga deja al guardabosques con sus dudas y entra en la cocina.
Con cautela, avanza hacia el fondo y agarra con firmeza el pomo de la puerta.
Eusebio la sigue, y mientras Marga sujeta la puerta, él atraviesa el umbral e inspecciona ambos lados de la salida.
Sin moros en la costa, la pareja de sexagenarios, con una cacerola a modo de casco y sartenes en ristre, se enfrentan al primer escollo: un malvado muro.
Para llegar al camino trasero que transita por encima del campamento hasta el convento, deben escalar un murete que separa la cafetería de la ladera, campo arriba.
Así que ahí van, de nuevo, la Quijota con su Sancho.
Este junta ambas manos mientras que la primera coloca el pie derecho sobre ellas y se impulsa con la pierna izquierda hasta alcanzar la parte alta del muro.
Eusebio empuja a Marga desde las plantas de los pies hacia arriba.
Con inusitada fuerza y agilidad, Marga rueda sobre el muro, ya en la ladera, y se queda ahí, boca abajo, como la experimentada militar que no es, agazapada entre los helechos, vigilando el sotobosque en la oscuridad de la noche.
Todo parece tranquilo hasta donde puede ver, que no es mucho.
Se gira y echa una mano a Eusebio, que ha colocado una caja de plástico para acercarse al tope del muro.
Con no poco esfuerzo, debido no solo a su edad y los kilitos de más, sino también a los manteles enrollados a sus extremidades que limitan su movimiento, Eusebio consigue subirse al muro y unirse a Marga en la parte baja de la ladera.
Cautelosamente suben, intentando no hacer ruido, hasta el camino, a unos veinte metros cuesta arriba.
Al incorporarse al asfaltado, se encuentran de bruces con una caseta de baños hecha de madera.
O un conglomerado que parece madera. Marga mira a Eusebio con unos ojos que solo pueden significar una cosa.
Se mea viva. Con todo el trajín una se olvida hasta de sus necesidades más básicas.
Pero con la caseta del baño a la vista, su vejiga vuelve a dar irrefutables señales de alarma.
Eusebio dedica a Marga un gesto de incredulidad, en primer término, y una coercitiva señal para continuar el camino en segundo.
Pero la mirada de Marga no deja lugar a dudas.
Cuando hay que mear, hay que mear, y no hay más que hablar.
Bien saben ambos que alguno de esos campistas puede estar ahí dentro, en la oscuridad de la cabina del baño, guareciéndose de la luz y esperando a propinarles una dentellada cuando menos se lo esperen.
Y, como es evidente, Marga no quiere que nadie le muerda el juju en plena faena miccional.
Así que Eusebio se acerca, silencioso como un capibara en plena caza, a la puerta del baño con una señal de un monigote vestido con una falda.
Habrá campistas queriendo comerse sus entrañas, pero no hay que perder las formas.
Con la sartén en lo alto de la mano derecha, Eusebio agarra el pomo de plástico del baño de señoras.
Marga, con las piernas cruzadas intentando no mearse, pero en guardia con una sartén en cada mano, se prepara para lo peor.
A su señal, Eusebio abre la puerta. Del interior del baño sale un olor a orines pero, por fortuna, parece vacío.
Marga se acerca lentamente y, confirmada la buena noticia, entra a toda prisa y cierra con sigilo el pestillo tras de sí.