Bienvenidos a Cíes Capítulo VI #5
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Capítulo VI #5

—No te pongas así. Le daré saludos a esa novia tuya, si la veo —ríe Casimiro con retranca. A grandes zancadas, vuelve a desaparecer en la senda, buscando el camino hacia la playa.

Xacobe continúa golpeando la puerta durante unos segundos.

Poco a poco, comienza a desistir. La sangre deja de brotar de sus heridas. Las luces se apagan en sus pupilas. Su respiración se vuelve densa y mecánica.

Fuera, vuelve a reinar el silencio de la noche. Silencio, hasta que Xacobe salta por la ventana partiéndola en mil pedazos, aterriza en el suelo del camino y lanza un aullido al que le siguen otras decenas de aullidos. Ha llegado la hora de conectar.

—No es un mal plan —admite Eusebio sopesando la propuesta de Pedrito—. Coger los kayaks y remar hasta el barco de tus amigos. El único problema sería llegar de aquí hasta el pañol sin que nos vean.

—¿Está muy lejos? —pregunta Pedrito.

—¡Qué va, está ahí en frente! Mira —responde Berta, sacando un mapa del camping que siempre lleva en el bolsillo del chaleco por si algún campista extraviado le pregunta cómo llegar de un punto a otro—: está justo frente a donde nos encontramos ahora mismo, cruzando el camino principal.

El pañol da al lago que une ambas playas, la de la isla Norte y la isla del Medio, en la que estamos nosotros.

Quizás desde ahí tengamos más oportunidades de mantenernos alejados de esas… personas.

—¿Y está abierto?

—Para mí sí —dice Berta guiñando un ojo y mostrando un manojo de llaves con un llavero en el que pone Starlight con letras plateadas—. Es lo bueno que tiene ser una simple recepcionista.

Su esperanzadora sonrisa contagia a Pedrito y Eusebio. No solo las cosas malas se contagian.

No es un plan perfecto, pero es lo mejor que tienen. Eusebio se gira hacia Marga, que ha permanecido en silencio durante demasiado tiempo. Algo impropio de ella, a no ser que haya vuelto a quedarse traspuesta.

Marga vuelve la cabeza hacia Eusebio y lo mira medio bizca.

—No he vuelto a quedarme traspuesta —se defiende—. Estoy pensando.

—¿En qué piensas? ¿No te gusta el plan? Yo creo que puedes remar un kayak sin ningún problema, también los hay dobles para ir de dos en dos, podemos ir juntos en uno y así yo…

—¡Pues claro que puedo remar un kayak yo sola! ¿Qué te has creído? No es eso.

—Perdona, yo solo quería decir…

—Llevo un rato dándole vueltas sobre el origen de todo esto y no paro de pensar en que no podemos irnos así sin más.

—¿A qué te refieres? Antes dijiste que teníamos que centrarnos en sobrevivir.

—Sí, lo sé, pero… —Marga se vuelve hacia Eusebio con énfasis—. Tenemos que ir al convento.

—¿El convento de San Estevo? —Eusebio cree no entender a Marga. Querrá rezar un padrenuestro.

—Sí, ese, ¿o es que acaso hay más conventos en la isla?

—No que yo sepa.

—Pues eso —replica Marga irritada. Eusebio sigue sin entender—. Antes de que los enfermos nos atacaran me di cuenta de que el nexo de unión entre los primeros casos no es la comida de la cafetería, sino la arqueóloga.

—Iría…

—Y quitando la cafetería del camping , el convento fue el último lugar que…

Iría visitó antes de caer enferma. Estuvo allí trabajando.

No he podido encontrar su diario. Supongo que estaría en la mochila que encontramos en el campo de trabajo, pero estoy casi segura de que ese botarate de Casimiro la robó de mi tienda, quizá pensando que era mía.

Maldito mameluco. Pero me juego mi puesto de funcionaría de carrera a que esa arqueóloga encontró algo en el convento.

Tal vez… —Marga hace una pausa queriendo decir algo sobre sus sueños, pero se detiene— esté relacionado con lo que está pasando ahora.

No sé. Entre el calor y el estrés, debo de estar volviéndome loca, Eusebio.

—No, de eso nada, Marga. Ya sé que eres una mujer de ciencia.

Pero hasta un paleto recoge-ramas puede ver que tienes una relación especial con esta isla.

Delirios o no, si tu intuición es correcta y eso que encontró Iria ha desatado todo esto, lo más cauto sería alejarnos del convento lo máximo posible, ¿no crees?

—Al contrario, Eusebio. Tenemos que ir y clausurar la fuente de infección.

Identificarla al menos. Si algo sale mal, si no conseguimos salir de aquí para contar lo que ha pasado y alguien regresa a la isla en los próximos días o en los próximos meses, podría infectarse de nuevo y todo esto no habrá servido para nada.

¿Para qué vine aquí, Eusebio? Tú lo dijiste, ¿recuerdas?

Eusebio permanece en silencio durante un instante hasta que su rostro se mueve del recuerdo a la resignación. Sabe que Marga está en lo cierto.

—Viniste del mar para ayudarnos, como las sirenas.

—Como las sirenas —repite Marga—. Nunca nadie me había comparado con una sirena y ahora no quiero que me retiren el título —bromea, y esboza una sonrisa que, aunque cansada, ilumina momentáneamente su rostro—.

Vine aquí para controlar un brote y jamás he huido de un reto en mis treinta y siete años de carrera profesional como epidemióloga.

Ni una vez. Y créeme, no pienso achantarme ahora.

Necesito saber qué hay ahí y, si es posible, dejarlo fuera del alcance de quien, más tarde o más temprano, venga a investigar qué ha pasado.

Como me llamo Margarita Erauso que voy a ir a ese convento —dice cruzando los brazos sobre su abultada y caída pechera.

No muy convencido, Eusebio se gira hacia Berta.

—Berta, ¿tienes llave del punto de información?

—Sí, aquí está, ¿por? —pregunta sorprendida.

—A ver qué os parece esta idea.

La luz de los halógenos tintinea, emitiendo inconstantes y breves destellos.

Las luces de emergencia iluminan vagamente los pasillos y salas del hospital.

El sistema de climatización ha dejado de funcionar.

La temperatura ha ido subiendo hasta volverse insoportable.

Carmela avanza inquieta hacia la salida de la puerta de Urgencias.

El ala maldita parece haber estallado, liberando a un séquito de carnívoros pacientes y sanitarios antropófagos, todos infectos de ira.

Durante el breve trayecto que separa los boxes de Urgencias de la salida del hospital, Carmela ve a una técnica del laboratorio de anatomía patológica darse un festín con el carro de muestras, como si fuese un menú degustación para caníbales con pequeñas delikatessen de cada órgano y tejido, sazonado con diversas enfermedades gourmet .

Un poco más allá, las puertas que conducen al bloque quirúrgico se abren de par en par, por donde sale el equipo de traumatología cubierto de sangre al grito de «A paciente que huye, puente de plata; a paciente que vuelve, serrucho de titanio» mientras se abren camino a serruchazo limpio entre el muro de infectados que se abalanza sobre ellos.

La puerta de Urgencias se abre y se cierra automáticamente sin que nadie entre o salga.

Parece tan desquiciada como cualquier otro habitante del edificio.

Carmela se concentra en su objetivo: salir por esa puerta y no volver la vista atrás.

Pero es demasiado tarde. Una enfermera, con su pijama azul cubierto de sangre, corre hacia ella cual velociraptor hambriento.

Su rostro desfigurado rezuma confusión. ¿Qué quiere?

¿Va a atacarla? Hasta ahora había conseguido esquivar todo encuentro frontal con personas contagiadas.

Carmela se queda congelada sin saber qué hacer, qué decir.

Está bloqueada. Corre, le dice una voz desde su interior.

La enfermera se abalanza sobre Carmela quien, gracias a un reflejo de supervivencia, consigue salir de su bloqueo y se mueve hacia un lado, esquivando el ataque de la infectada.

Esta cae al suelo del pasillo y choca contra una camilla apoyada contra la pared.

Carmela la sigue con la mirada, todavía algo sobrecogida.

El golpe parece haberla dejado inconsciente.

Carmela se acerca sin saber bien por qué.

Cree reconocerla. La enfermera vuelve en sí, emite un gruñido.

Tambaleándose, se pone en pie. Carmela se retira.

Aún con el rostro cubierto por el cabello pegado por la sangre, Carmela consigue ponerle nombre a su desfigurado semblante.

Sí, es Xiana… Esta la mira y despliega una macabra sonrisa.

La preventivista retrocede. La enfermera camina, coge carrerilla y vuelve a lanzarse sobre ella.

Carmela da un paso hacia atrás. Su pie se apoya sobre algo esférico que la hace resbalar.

Su cuerpo cae, mientras que el de Xiana pasa por encima de ella.

Una sobre la otra, desplazándose en líneas paralelas pero en direcciones opuestas, sus miradas se entrecruzan.

La cabeza de Carmela pega contra el suelo.

Xiana se estrella contra la ventana de un box.

Su cuerpo cae sobre el marco, atravesado por puntiagudos trozos del cristal roto.

Su sangre, oscura y espesa, chorrea cayendo lenta y pegajosa por la pared.