Capítulo VI #4
—Bueno, ¿quién tiene alguna idea? —Los ánimos vuelven a caer por los suelos—.
Vamos, venga, alguien tendrá alguna buena propuesta.
Berta, Eusebio, vosotros sois los que mejor conocéis las islas de entre los que estamos aquí.
Tendrá que haber alguna forma de volver a tierra ante una emergencia.
¿Un bote salvavidas? —Niegan con la cabeza—, ¿una lancha hinchable? —Niegan una vez más.
—Eh… yo…
—Espera Pedrito…
—Es que Marga…
—Ahora no, que estamos pensando…
—Pero es que yo…
—¡Calla un momento, Casas!
—¡Pero es que yo tengo una idea! —grita en un susurro Pedrito.
Marga se da la vuelta lentamente y Berta y Eusebio estiran sus cuellos hacia Pedrito. Todos lo miran.
Casimiro se cubre los ojos todavía. No ha recuperado el aliento, pero sabe que tampoco tendrá tiempo para ello.
Su cuerpo en tensión espera ya a ser mordido, masticado, eviscerado, desmembrado si cabe, morir en medio de los más horribles sufrimientos.
No está preparado para eso, pero ¿quién lo está?
Dispuesta está la carne para sentir los dientes penetrando su epidermis, perforando su peritoneo hasta dar con sus entrañas y ser devorado, pasto de la violencia de sus propios campistas.
Campistas por los que antes de ayer se desvivía y que ahora lo van a desvivir a él.
Éntrenme ya los colmillos como las astas al toreador.
Hay que ser torero. Poner el alma en el ruedo.
Pasan los segundos, no obstante, sin que nada de esto suceda.
Lentamente, un sentimiento de sorpresa, curiosidad y algo de coraje, le permite apartar poco a poco las manos de los ojos, milímetro a milímetro.
Al abrirlos, sin embargo, se encuentra sumido en la más absoluta oscuridad.
Aunque no puede ver nada en la oficina, sabe que alguien o algo comparte la estancia con él.
Sea lo que sea, no esconde su respiración, como si quisiera hacerle saber que está ahí.
Muy poco a poco, Casimiro levanta el brazo, buscando con la mano el interruptor de la luz que se encuentra al lado de la puerta. Una voz le detiene.
—No lo hagas. No la enciendas. Odian la luz. Por eso nos atacan. La luz les hace daño.
Casimiro quita la mano del interruptor y agudiza el oído.
—Xacobe, ¿eres tú?
—Sí —contesta la voz al otro lado de la habitación—.
Me escapé de la cocina por la puerta trasera.
Siempre estuvo abierta. Lo que pasa es que no quería irme.
No quería estar solo. Pero al ver que no me creíais, pensé que lo mejor sería buscar algún lugar más seguro.
Llegué hasta aquí. El pestillo no estaba echado.
Llevaba un rato escondido cuando oí que alguien intentaba abrir la puerta y, a través de la mirilla, vi que eras tú.
—Gracias por abrirme, de verdad. En cuanto pase todo esto, pienso nombrarte empleado del mes.
Me has salvado la vida. Y ahora yo voy a salvártela a ti.
Vamos a salir de esta isla juntos, tú y yo.
Nos necesitamos. Dentro del cajón de mi escritorio guardo un kit de emergencia, con una pistola de bengalas y un teléfono con conexión vía satélite.
Debemos buscar un punto lejano al camping , lejos de estas bestias.
Desde allí, podremos contactar con tierra y enviar una señal para que vengan a buscarnos.
—Suena bien, sí. Seguro que lo consigues.
—Vamos, Xacobe… yo también estoy cansado. Lo noto en tu voz. Pero no puedes darte por vencido. Todavía tengo mucho por vivir… quiero decir, tenemos.
—Siempre has sido un egoísta hijo de puta, Casimiro. Así es como has llegado hasta donde has llegado. Y estoy seguro de que esa actitud te llevará aún más lejos. Pero llegará el día en que, si no cambias, tu egoísmo será tu perdición. Te lo aseguro.
Casimiro aprieta los dientes. Se siente hablando con el fantasma de las navidades futuras.
—Si soy tan egoísta como dices, ¿por qué te ofrezco una vía de escape, eh? Vamos, no seas tan desagradecido. Puedes pudrirte en esta isla, Xacobe, si eso es lo que quieres. Si prefieres morir a venir conmigo, acepto tu elección.
—Los dos sabemos que solo quieres utilizarme. En cuanto puedas, me dejarás tirado o me usarás como escudo humano. Nadie te importa y por eso no le importas a nadie, Casimiro.
—Mira, ya basta de tanta cháchara. Voy a encender la luz, voy a sacar el teléfono vía satélite y la pistola de bengalas del cajón de mi escritorio y nos vamos a ir de aquí a toda mecha.
—Ni se te ocurra encender la luz. Sabrán que estamos aquí. Les atrae, ya te lo he dicho.
Casimiro acepta y se arrastra hacia donde debe de estar el escritorio.
Con una mano delante y otra en el suelo, avanza torpemente.
Por fin choca con la pata de la mesa, y la rodea hasta ponerse frente al cajón.
Xacobe no está sentado en la silla, como presuponía.
Estará acurrucado en una esquina, como el mindundi que es.
Con los dedos índice y corazón toquetea el cajón hasta encontrar su cerradura.
Se da cuenta de que no tiene las llaves.
Xacobe parece leer su mente y un llavero se desliza por el suelo hasta su pierna.
—Se te cayeron cuando te empujé dentro de la oficina.
—Gracias.
Busca la llave más pequeña y la introduce en la cerradura.
El cajón cede. La mano de Casimiro lo examina palpando su interior.
Encuentra los dos estuches de plástico que busca, uno con el teléfono y otro con la pistola de bengalas.
Extrae, además, una linterna. Su mano se topa, también, con algo igual o más importante que todo ello.
Su Diario de un hombre emprendedor, por C.
C. Cameiro . No puede dejarlo ahí. Su pie choca contra algo debajo del escritorio.
Es la bolsa con la mochila que se había llevado de la tienda de la epidemioloca .
La suerte sonríe a los valientes. Con la mano izquierda la recupera y la coloca sobre la mesa.
Saca la mochila de la bolsa y recorre su superficie y sus costuras, intentando encontrar la cremallera.
La abre e introduce ambos estuches dentro de la misma.
Antes de hacer lo mismo con el manuscrito, lo abraza, lo besa.
Cierra la mochila y se la echa al hombro.
—Ya lo tengo todo —dice mientras comprueba que no le falta nada—.
Salgamos de aquí. Lo mejor será llegar a la playa y, desde allí, avanzar hacia la isla Norte y el dique de abrigo.
La arena retrasará a esas cosas y con el mar detrás de nosotros podremos cubrirnos las espaldas.
Vamos, no perdamos más tiempo —apremia Casimiro.
—Espera un poco, estoy muy cansado. Necesito unos minutos más.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo, Xacobe? ¿O no quieres venir? —pregunta Casimiro, ansioso.
—¡Claro que quiero ir! Tengo que ir. Tengo que estar con ella. Es todo lo que veo cuando cierro los ojos.
—Muy bonito, Xacobe, eso es. Piensa en ella. Piensa en tu novia o en lo que sea que tengáis hoy en día los jóvenes. Cualquier cosa que te mantenga sobre los talones.
—No lo entiendes, Casimiro. Tengo que ir con ella. Me necesita.
Casimiro empuja el cajón para cerrarlo y toma de nuevo el llavero.
Esta vez, al tocarlo, percibe al tacto la sustancia que lo recubre que, en un principio, le recuerda a una espesa melaza.
Los sentidos de Casimiro se activan al instante.
No puede ver el llavero ni el viscoso líquido que la cubre, pero no le hace falta mucha imaginación para concluir que no puede ser otra cosa que la sangre del guía turístico.
Casimiro sujeta con fuerza la linterna con su mano derecha.
Coloca el dedo pulgar sobre el botón de encendido sin presionarlo y apunta hacia la esquina desde la que se deslizaron las llaves, mientras rodea la mesa hasta colocarse en el lado opuesto y más alejado a esa esquina. Xacobe continúa hablando…
—Cierro los ojos y la veo, en esa cama, atravesada de tubos, rodeada de espectros que la torturan. Nos duele. Suéltenla. ¿Por qué no la dejan ir en paz? Me necesita, necesita mi ayuda. Y yo la necesito. Ella nos llama. ¡No somos nada sin ella! —exclama Xacobe.
Casimiro aprieta el botón y enciende la linterna apuntando directamente a Xacobe, o lo que queda de él.
Desfigurado y cubierto de sangre, se cubre los ojos con los miembros superiores, en parte seccionados, una mano con dedos cercenados y un antebrazo amputado a la altura del codo.
Se arrodilla y se revuelve sobre sí mismo, buscando la esquina.
Llora. Casimiro retrocede hacia atrás presionando su cuerpo contra la pared pero sin dejar de apuntar a Xacobe con la linterna.
—Salí de la cafetería y me atacaron. Conseguí huir, pero me mordieron —gime—.
¡Aparta esa luz de mí, hijo de puta! No quiero hacerte daño.
Lo único que quiero es reunirme con ella.
Iré contigo. Haré lo que me pidas. Te ayudaré.
Necesito llegar hasta ella como tú necesitas volver a tierra. Si vas conmigo no te atacarán.
Casimiro se ha ido moviendo sigilosamente hasta la puerta.
Cambia la linterna de mano, y manipula el llavero hasta dar con la llave correcta.
No puede estar seguro de que los infectados no están al otro lado, pero tampoco puede quedarse ahí dentro con uno de ellos.
Pone la misma mano sobre el pomo y lo hace girar muy despacio.
—No me hubieras servido antes y mucho menos ahora. Lisiado y a punto de convertirte en uno de esos apestados. No es que te lo merezcas, pero tampoco me sorprende que termines así. Siempre fuiste un don nadie, Xacobe. ¡No me das pena!
Casimiro abre la puerta con rapidez y sale.
Xacobe se abalanza sobre él, pero Casimiro cierra tras de sí a tiempo para dejar a Xacobe dentro de la oficina.
Desde fuera, introduce la llave en la cerradura y hace girar el pestillo, mientras Xacobe forcejea al otro lado y lanza su cuerpo una y otra vez contra la puerta, que resiste sus embestidas.