Capítulo VI #3
Carmela abre la puerta con sigilo y musita el nombre de la subdirectora de enfermería.
Rosalía… No responde. Sigue trabajando sobre el paciente.
Un escalofrío le recorre la espina dorsal.
Tratando de calmarse, se dice para sí misma que Rosalía tal vez esté muy concentrada y no la haya oído.
Quiere susurrar Rosalía una vez más, pero un chorro de sangre sale disparado desde la camilla.
Carmela se detiene, se tapa la boca. Una cascada de intestinos se precipita desde el vientre del enfermo y se esparcen por el piso del box de Urgencias.
Rosalía se lanza sobre ellos y los devora con fruición, como solo las enfermeras saben devorar una caja de dulces en su habitación de descanso.
Carmela no puede evitar emitir un gemido de estupor.
Rosalía detiene el masticar y deja caer un trozo de epiplón de sus fauces.
Con la mirada velada y perdida, olisquea el ambiente, lanza un gruñido y gira en seco la cabeza hacia Carmela.
La preventivista cierra la puerta y corre por el pasillo sin rumbo, todavía con la visión de Rosalía en la cabeza: los ojos amarillos, la piel pálida y la boca, los dientes y las mejillas cubiertas de grasa intestinal, restos de comida a medio digerir y coágulos de sangre, mucha sangre chorreando desde su boca.
Ojalá fueran chorretones de mermelada de fresa de esas magdalenas que tanto le gustan, pero va a ser que no.
Hace ya rato que nadie dice nada. Todos guardan silencio, agazapados en el interior de la cafetería. Cuanto menos ruido hagan, menos llamarán la atención de los infectados. Lo malo es que ese vacío va siendo ocupado poco a poco por pensamientos que avivan el fuego de sus peores miedos.
Sentado en el suelo, Casimiro habla consigo mismo.
Si esos monstruos están sedientos de sesos, entonces yo soy a quien mayor peligro le espera entre todos nosotros.
En cuanto me vean, reconocerán mi inteligencia superior, la cual se huele a leguas.
Deben protegerme. Al igual que los vivos ansían mi éxito, estos enfermos ansían mi cerebro.
La mía es la única mente privilegiada entre nosotros, aquella que puede idear el plan magistral para sacarnos a todos de aquí.
Un largo mutismo sigue al discurso que Casimiro acaba de dar, sin querer, en voz alta.
Todos se miran entre ellos hasta que no pueden más.
Explota entonces una carcajada tras otra, que algunos intentan reprimir poniendo la mano sobre la boca, saliéndoles la risa por las narices y llevándose consigo una propulsión de mocos, aerosolizados en todas direcciones.
Berta cae sobre Pedrito; Pedrito se apoya en Marga, Marga se dobla contra la pared.
Se miran de nuevo y vuelven a reírse a carcajadas.
Casimiro los observa con repulsión, siente que la rabia inunda su cuerpo y aparta la mirada de tan bochornoso espectáculo.
Tomando fuerzas de no sabe dónde, Marga toma la palabra:
—Puede estar usted tranquilo, Casimiro. Si les atrae el cerebro, creo que está usted más que a salvo. Y si lo que buscan es carne humana, la suya les resultaría indigesta. Su mal es la antropofagia, no la zoofilia, ¡so burro!
Todos ríen de nuevo, con un ataque de risa todavía mayor que el anterior.
Casimiro no puede más. Vuelve su mirada al grupo, una mirada de auténtico odio.
Pausadamente, se pone en pie frente a los demás.
La luz de las farolas que entra por las ventanas recorta su figura en la oscuridad, haciéndole parecer gigantesco.
Las risas van apagándose. A Eusebio, en cambio, no le impresiona.
—No se enfade, Casimiro. Venga, siéntese antes de que le vean los de ahí fuera —sugiere Eusebio.
—Si creen que voy a dejar que me conviertan en el objeto de sus miserables burlas, están ustedes muy equivocados.
Pero mucho. Mírense: un paleto recoge-ramas, una simple recepcionista de un camping y dos médicos con un cursillo escondidos detrás de la barra de una cafetería, esperando a que alguien venga a salvarles el trasero.
Pero ¿saben qué? ¡Que nadie va a venir a salvar a cuatro inútiles pelagatos como ustedes!
—dice la silueta sin rostro de Casimiro.
—¿Y a ti, Casimiro? —replica Berta—. ¿Quién va a venir a salvarte a ti? —Casimiro se mantiene en silencio. Aprieta los labios. Aprieta los puños. Aprieta los ojos. Berta vuelve a apoyar su espalda contra la pared—. Ya entiendo.
—No, Berta, bonita —dice Casimiro, que empieza a moverse hacia la puerta—.
No entiendes nada. Precisamente en tu pregunta está la diferencia entre vosotros, petimetres, y yo.
Porque mientras vosotros pensáis en quién vendrá a salvaros, yo sé que nadie va a venir a salvarme, nadie más que yo mismo.
—Coloca una mano sobre el pomo de la puerta, la abre de par en par, y con medio cuerpo fuera, se da la vuelta y señala a Berta—.
Y por cierto: estás despedida. —Y sale corriendo, perdiéndose en la oscuridad del camping .
Casimiro corre, o más bien trota, por el camino del camping .
En su mente solo hay un objetivo: llegar a su oficina.
Allí podrá pensar con mayor claridad. Trazar un plan, el plan perfecto, para salvar su vida, su valiosa vida.
Está confiado, porque está seguro de que su destino no es sucumbir ante la muerte en un camping , aunque este sea el mejor camping de toda la costa atlántica.
Sería un final demasiado vulgar para él.
Pero debe ir con cautela. No hay que tentar a la suerte.
Así que avanza con rapidez, intentando no hacer ruido, mirando a un lado y a otro sin perder la atención del camino.
Avanza con una presión en el pecho, con un dolor en la sien.
La visión se le enturbia por un segundo y, al recuperarla, le parece ver a alguien al final de la senda.
Se frota los ojos, vuelve a mirar y la figura ha desaparecido.
Aprieta el paso. Las ramas crujen a su lado, la luz mortecina de la farola se cuela entre las copas de los árboles, las estrellas giran sobre su cabeza cada vez a mayor velocidad.
Presa de la ansiedad, Casimiro puede sentir el aliento de esos monstruos sobre su cogote.
Llega, no sabe cómo, a la puerta de su oficina.
Busca las llaves en los bolsillos del pantalón, con ambas manos, delante, detrás, a un lado, al otro, aquí están, aquí están ellos también, varios infectados salen de entre los arbustos, caminan hacia él, le tiemblan las manos, las llaves se le caen, se acercan, recoge las llaves, no quieren entrar en la cerradura, los tiene cada vez más cerca, quiere abrir la puerta, pero su instinto le dice que se dé la vuelta para protegerse, la espalda contra la puerta, las manos delante de él, no quiere ni verlos, los contagiados le rodean, la madera cruje, la cerradura chasquea, la puerta se abre a sus espaldas y unos brazos arrastran a Casimiro dentro de la oficina, que se cierra de un portazo.
—Cerrad esa puerta, ho —susurra Eusebio. Un susurro que parece un grito en medio del silencio.
Pedrito pega un salto y la cierra con cuidado de hacer el menor ruido posible. Pensativo, apoya su cuerpo contra la puerta.
—No pensaba que fuera a decir esto, pero quizá Casimiro tenga algo de razón. No en que seas un paleto recoge-ramas, ni tú una simple recepcionista y, por supuesto, yo no llamaría un cursillo a cuatro años de especialidad, un máster y casi un doctorado…
—¿A dónde quieres llegar, Pedrito? —pregunta Marga impaciente.
—Pues a que quizá tenga razón en eso de que nadie va a venir a salvarnos.
Aunque consigamos sobrevivir hasta mañana, ¿quién nos asegura que no nos dejarán aquí, en aislamiento, hasta que todo pase?
¿Hasta que no quede nadie susceptible de llevar la enfermedad a tierra?
Si quisieran salvar a alguien, ¿no creéis que ya habrían enviado a algún equipo especial?
La pregunta se queda flotando en el ambiente, como flota la humedad en una noche tórrida.
Mirándose los unos a los otros, empiezan a pensar que quizá Pedrito y, por ende, Casimiro estén en lo cierto.
Al fin y al cabo, es evidente que al haber cortado las comunicaciones con la isla, el proceso de aislamiento ya ha comenzado y la forma más eficaz para contener la propagación de la enfermedad es no dejar que nadie, absolutamente nadie, salga de la isla.
Este pensamiento ya ha pasado por la cabeza de Marga durante el día, pero no ha querido compartirlo, ni siquiera darle credibilidad para sí misma.
Sería perder toda esperanza. Pero a medida que han pasado las horas y no han recibido ninguna señal de tierra, esta idea ha ido ganando espacio en su mente. La estrategia tiene que cambiar.
Marga se pone de pie y limpia las manos contra los pantalones desmontables.
—Ya está bien de esperar —resuelve—. Necesitamos un plan mejor que quedarnos en esta cafetería mirándonos los unos a los otros, contando los minutos y las horas.
Si nadie va a venir a buscarnos, entonces tendremos que ser nosotros quienes salgamos de la isla por nuestros propios medios.
A partir de ahora, ya no estamos en las Cíes para contener un brote ni para salvar el culo de ningún director general.
Señoras y señores, a partir de ahora estamos aquí para sobrevivir a la que puede ser nuestra última noche.
Y por mi difunto Marcelino, ay, Marcelino, que yo pienso salir de esta isla vivita y coleando, aunque sea volando como una gaviota.
Emocionados, les gustaría aplaudir el discurso de Marga.
Pero no quieren hacer ruido, así que se limitan a agitar las manos como haría un grupo de sordomudos.
Se miran, pero sobre todo miran a Marga, esperando a que continúe, a que les haga partícipes de su plan maestro para salir de esta situación.