Capítulo VI #2
—Eso es. Un caso de ébola, sin embargo —continúa Pedrito—, infecta de media a dos personas.
Cada enfermedad tiene un número básico reproductivo diferente según su mecanismo de transmisión, el periodo de incubación, el tiempo que tarda un caso en dejar de ser contagioso, el número de personas susceptibles de contraer la enfermedad en la población o el número de posibles contactos. Un montón de factores.
—Por eso —interrumpe Marga— es tan difícil calcular este índice, Pedrito.
—¡Qué cálculo ni que piedra en el riñón! —replica Casimiro.
—¡Shhhhh! —contestan todos.
—Estaba pensando que la gripe de 1919 tuvo un número reproductivo básico de 2 y una tasa de ataque del 80 %.
—¿Y? —pregunta Berta.
—Pues que acabó con la vida de entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo —silencio en la sala.
—¡Eso eran otros tiempos! —Marga intenta quitarle hierro al asunto—. Ahora lo importante es esperar. A que vengan a rescatarnos o a que se les pasen los síntomas a estas personas.
—Personas… Querrá decir monstruos… — rosma Casimiro.
—¿Cómo dice? —pregunta Marga abriendo los ojos y buscando a Casimiro en la penumbra.
—Ya me ha oído. He visto suficientes películas como para no darme cuenta de lo que tenemos entre manos.
—¡No sea ridículo! ¿No ve que son personas enfermas?
—Sí… enfermos sedientos de carne humana, de tripas, de sesos. ¿Qué enfermedad produce eso, me lo puede explicar?
—¡Pues eso es lo que hay que investigar! Hay muchas enfermedades que pueden alterar el comportamiento de los animales y, por ende, de los seres humanos, ¿sabía? Y este calor… El calor intenso aumenta los episodios de violencia, señor listillo.
—Claro, y también me va a decir que hay casos de histeria colectiva…
—Exacto. Hay casos de histeria colectiva en los cuales los sujetos se imitan los unos a los otros sin saber por qué.
Esto, en medio de una ola de calor y un brote de una enfermedad desconocida en una cuarentena forzosa como en el que nos encontramos puede ser un cóctel difícil de digerir para algunas personas.
—Problemas de digestión es lo único que no tienen esos monstruos de ahí fuera. Esos…
—Ni se le ocurra terminar esa frase —lo interrumpe Marga—. Sé muy bien lo que está pensando. Pero ¿sabe lo que ocurre cuando ponemos una etiqueta a las personas que son diferentes? Que las deshumanizamos. ¿Es eso lo que quiere?
—Ellos quieren descuartizamos y a usted le preocupa que los deshumanicemos. ¡Ahora me dirá también que es vegana! —exclama Casimiro.
—Yo puede que me haga vegana después de esto —dice Berta para sí.
—Yo lo que le digo es que soy una mujer de ciencia. No me dejo llevar por películas ni cuentos para no dormir —sentencia Marga.
—La realidad supera a la ficción, doctora… Pero ¿sabe lo que no es un cuento? Que el más fuerte es el que sobrevive. Hay que salir ahí y plantar batalla al enemigo.
—Y tildarlos de monstruos es lo que legitima su deseo de abrirse paso a machetazos, ¿verdad, señor Carneiro? Si viviésemos en un país de esos donde cualquier loco puede comprar un arma, estoy segura de que ya se habría puesto a pegar tiros como un lunático.
—Se llama legítima defensa. Yo no sé vosotros —expone hablando para todo el grupo—, pero no pienso quedarme aquí a esperar a que esos monstruos, perdón, enfermos , entren por una ventana o por la misma puerta y nos devoren uno a uno.
Tenemos que salir a combatirlos, no podemos dejar que se queden con el mejor camping de la costa atlántica…
—¡Mirad! —interrumpe Berta, y señala por la ventana a un hombre que deambula entre los cadáveres devorados de los campistas—. Creo que es el abogado… ¿Qué hace? ¿Por qué no se esconde? Oh, no… Noela…
Las constelaciones se han caído del firmamento.
¿Dónde está la estrella polar señalando al norte?
¿A dónde se ha ido la Vía Láctea que antes salpicaba la bóveda celeste?
Nada. Un desierto cósmico se ha instalado sobre tu cabeza, sustituyendo a los astros que otrora te guiaban, dejándote perdida, sin rumbo.
Antes eras una guía Starlight surcando el espacio.
Y ahora, ¿qué eres ahora? El cielo es un opaco tapiz, un vacío que te succiona, un agujero negro que tracciona tu cuerpo y tu mente con su insoportable gravedad hacia un horizonte de sucesos del que nada puede escapar.
Desde el interior de la singularidad, una voz te llama, susurra tu nombre —Noela—.
El tiempo se ha vuelto infinito, insignificante.
Súbitamente, todo comienza a moverse, a girar a tu alrededor, al principio con calma, pero cada vez a mayor velocidad.
Y entonces, un gran estallido. Un Big Bang .
Empiezas a caer por un agujero de gusano, precipitándote en el interior de un caleidoscópico anillo, empujada por la única fuerza de esa voz que te reclama.
Mientras caes y caes, como Alicia en la madriguera, puedes adivinar, al otro lado del anillo, la figura de una mujer encadenada a una cama, iluminada por un haz de luz, atravesada por decenas, quizás cientos de tubos.
Es ella quien te llama —Noela—. El anillo por el que te precipitas refulge, cambia de dirección con violencia.
Te sientes subir, bajar, caer, ascender por un cilindro fulgurante.
Delante de ti, a lo lejos, pero cada vez más cerca, se abre un portal que te muestra un paisaje, unas islas, una playa, un camping .
Llegados a este límite, la velocidad se vuelve insoportable y el agujero de gusano te escupe, cayendo en tu propio cuerpo, rodeada de tiendas de campaña, pinos, una farola que amarillea el ambiente.
En este universo, ¿lo que antes era horizontal ahora es vertical?
No. Simplemente estás tirada en el suelo, sobre un charco de tu propia sangre.
Unos pies pasan a tu lado. Te levantas torpe, traste y testaruda, pero en silencio.
Es un hombre que camina, como tú lo hacías poco tiempo atrás, sin rumbo.
Pero ahora conoces tu misión: debes conectar.
Tienes que compartir tu misión con ese hombre que te da la espalda.
Tú le darás una sorpresa. Te acercas más y más a él y un recuerdo chisporrotea en tu cerebro.
Un hombre que con lascivia te había mirado, asumiendo que tú ibas a tirarte a su masculino cuello de un momento a otro.
Es el mismo hombre que ahora tienes delante.
En aquel momento habías sentido asco. Ahora, en cambio, puede que ese hombre tenga razón.
Ese cuello se ve tan apetecible… Sientes unas ganas irresistibles de pasar la lengua por el esternocleidomastoideo más apetitoso que jamás hayas visto.
Sientes un deseo irrefrenable de hacerle cosquillas con los dientes, de mordisquear su carótida, que oyes latir con fuerza, como una invitación a un bufet irrechazable.
Terminas de incorporarte y sales a su paso, dispuesta a conectar con él, a invitarlo a participar de esa nueva comunidad a la que acabas de unirte.
El sujeto en cuestión se vuelve sorprendido, levanta una mano y, soltando un alarido, clava una navaja multiusos sobre tu teta izquierda.
Tú te miras el pecho. Por suerte, en tu nuevo universo, ya no existe el dolor ante una cuchillada trapera.
Con una macabra sonrisa, te lanzas por fin sobre el cuello de ese hombre, que tanto lo había deseado, arrancándole el pescuezo de una dentellada.
Carmela ya no sabe quién está trabajando, quién está infectado y quién está hasta los ovarios.
A estas alturas, la tensión ha hecho mella hasta en quienes están aparentemente sanos y se comportan con marcada hostilidad.
A medida que el sol se oculta en el horizonte, los pacientes se han vuelto cada vez más agresivos y los sanitarios están cada vez más desbordados, sin forma humana de seguir el protocolo de sectorización, el de aislamiento o ninguna otra indicación.
La situación se ha vuelto tan compleja que ya nadie quiere acercarse al ala sectorizada, ni pacientes ni personal.
En muchos casos, los celadores y auxiliares ocultan que han sido agredidos, generando nuevas cadenas de transmisión en otras partes del hospital.
Por los pasillos retumban los gritos, golpes y portazos.
Los teléfonos no dejan de sonar, trasladando preocupaciones y problemas que ya no tienen solución.
Después de un día tan intenso y sofocante, Carmela necesita sentir el aire del exterior, una brizna de calma que le permita recapitular y serenarse.
Camina por los pasillos y galerías hasta llegar a las urgencias del hospital, desiertas debido al desvío de las ambulancias a otros hospitales.
Desde el control de enfermería, alcanza a ver las ventanas de varios boxes de aislamiento.
Ve a Rosalía en el interior de uno de ellos.
Le vendrá bien charlar con su compañera para seguir pensando juntas.
Sigue sin entender por qué no es capaz de encontrar la historia clínica de Iria Barreiro, la paciente evacuada de Cíes.
Es como si hubiera desaparecido del sistema informático del hospital.
Se acerca a la ventana. Rosalía parece concentrada realizando algún procedimiento al paciente al otro lado del cristal. Está a punto de tocar la ventana con los nudillos pero se detiene. La escena le resulta tétricamente familiar. Ya no más toc-toc-toc a través del metacrilato.