Capítulo VI
Capítulo VI
_Noche del segundo día
Queridos fíeles, ¡qué alegría tan grande siento!
No podéis imaginar el gozo que me produce veros aquí, a los parroquianos de siempre —¿cómo no?
— pero, especialmente, a tantas nuevas caras que hoy os congregáis en la casa del Señor, que es también vuestra casa.
Siempre seréis bienvenidos a vuestra Iglesia.
No penséis que me engaño. Bien sé que muchos de vosotros habéis venido aquí a resguardaros de las altísimas temperaturas que estamos soportando estos días.
La Iglesia es fresca y tiene aire acondicionado.
A quienes os habéis acercado con esta intención, voy a deciros una cosa: ¡habéis hecho muy bien!
No os avergoncéis por buscar refugio bajo el ala amantísima del Señor, porque para eso vivió, para eso murió, para eso resucitó volviendo de entre los muertos: para protegeros de todo mal.
Sé que otros habéis acudido, curiosos, a escuchar con gran atención a este siervo del Todopoderoso, temerosos y contrariados —lo comprendo— ante las revelaciones que estoy ofreciendo a los devotos feligreses de esta humilde congregación.
Algunos de vosotros venís de otras parroquias, de otras iglesias; algunos no sois creyentes —todavía—, pero mis palabras os impelen, ¿no es verdad?
Todo eso es irrelevante. Todos sois iguales a mis ojos, como todos somos iguales ante el omnisapiente ojo del Altísimo.
Todas vuestras almas son igual de valiosas para él.
Pero cuidadlas, porque igual de apreciadas o ¡incluso más!
Son vuestras almas para las impías manos de Satán.
Sí, me habéis oído bien ¡Satán he dicho!
¡Satán existe! Y sus codiciosas garras están sobre nosotros, acariciando con sus puntiagudas zarpas nuestras frágiles vidas.
El cielo está rojo como la sangre. El asfalto ebulle como la brea.
Y, sin embargo, este calor que experimentamos son tan solo las inflamadas pavesas que se elevan desde las demoníacas moradas.
Los esbirros de Lucifer están preparando las ascuas del Infierno para ser lanzadas sobre nuestras cabezas.
Arden las almas de los pecadores y tú, ¿quieres que tu alma arda también con ellas por toda la Eternidad?
El Juicio Final está cerca. Los Jinetes cabalgan ya sus monturas y pronto sonarán atronadoras las trompetas.
Y cuando ello suceda, los muertos andarán sobre la tierra.
Las señales están aquí, pero, corderos míos, no podéis verlas.
Yo puedo mostraros las señales. Yo puedo mostraros la senda.
Arrepentíos. Traed a vuestros amigos, a vuestras familias.
Traedlas al único camino: el camino de la salvación.
Dentro de la cafetería, todos permanecen estáticos, en silencio.
Berta presiona ambas palmas sobre la boca para ahogar los sollozos, que mueren en un seco gemido en su paladar blando.
De tanto sujetar unos grandes lagrimones, Berta siente en los ojos un penetrante dolor que le atraviesa la cabeza y baja por la nuca hasta la espalda.
Son lágrimas de desesperación y estupor.
Son lágrimas por sus compañeros de trabajo, por los campistas, por ella misma.
Eso, ¡¿qué va a ser de ella?! Los alaridos de la carnicería que han presenciado hace unos instantes resuenan todavía en su cabeza.
Cada poco tiempo, no sabría precisar cuánto, un nuevo grito se eleva en la distancia como un eco que le hace revivir la escena una y otra vez.
Totalmente en estado shock , Berta ha sido testigo de cómo Noela, la monitora de tiempo libre, su amiga Starlight , ha caído presa de los mordiscos de un adolescente embutido en un flotador con forma de unicornio.
En el suelo, el chico contagiado ha aplastado la cabeza de Noela contra una roca y Berta ha visto cómo sorbía sus sesos.
Acostado sobre ella, la testa ondulante del unicornio de plástico parecía lamer también su sangre.
Berta se ha quedado paralizada hasta que, como si hubiese olido su miedo, aquel violento púber ha dejado de comerse a su amiga, ha girado la cabeza para mirarla a ella con unos ojos amarillos llenos de furia y un sangriento apetito.
Entonces, y solo entonces, pudo salir de su parálisis y echar a correr hacia la cafetería, siguiendo las indicaciones de unas voces que parecía oír desde muy lejos.
La luz del crepúsculo ha dado paso a una insondable oscuridad.
Las tinieblas se han adueñado de las islas.
Unas pocas farolas arrojan una amarillenta iluminación sobre el camping .
Con las luces de la cafetería totalmente apagadas, las alargadas figuras de los contagiados se proyectan en su interior como sombras que deambulan a la espera de sus presas.
Todos guardan un silencio sepulcral. Tanto que les cuesta discernir si los ruidos que oyen provienen del exterior o de dentro de la propia cafetería, de tan cercanos y nítidos que se escuchan.
Entonces, un golpe seco les llega desde la cocina.
Las puertas metálicas tiemblan ante el empujón de un cuerpo detrás de ellas.
La sangre se les congela. La respiración se les corta.
Los músculos se les tensan. La adrenalina vuelve a recorrer sus cuerpos, preparándolos para lo que tenga que venir.
—¿Qué está pasando? —musita una voz que viene de la cocina.
Marga y Pedrito se miran.
—Xacobe… ¿sigues ahí? —pregunta Pedrito.
—Claro, me habéis encerrado, ¿adónde voy a ir? —responde Xacobe—. ¿Podéis abrirme la puerta, por favor?
—Eso depende. ¿Cómo te encuentras? —interroga Marga.
—Me encuentro mejor, por favor, dejadme entrar. ¿Qué está pasando? He oído muchos gritos, no quiero estar aquí solo —protesta Xacobe asustado.
Marga se mira con el resto del grupo.
—Xacobe… Esta infección está produciendo episodios de agresividad y violencia. Ahora mismo no podemos arriesgarnos a retirarte el aislamiento. Te pido que permanezcas ahí dentro durante unas horas más. Si no desarrollas otros síntomas, entonces podremos dejarte salir. ¿Te parece bien?
—¡Ni se le ocurra meternos aquí a uno de esos desgraciados! —masculla Casimiro.
—Usted cállese, que nadie le ha dado vela en este entierro.
Si se hubiera ocupado mejor de gestionar su camping no estaríamos en esta situación —resuelve Marga en contra del gerente, el cual se revuelve y retoma su postura de ovillo contra la barra del bar—.
Xacobe, es mejor para ti que te quedes en la cocina.
Tanto si estás infectado como si no, estarás más seguro ahí dentro, créeme.
Xacobe no responde, pero se oye cómo se retira de la puerta arrastrando los pies.
Marga se gira hacia Eusebio con gesto de alivio. Por fin, alguien que le hace un poco de caso.
La linterna de Pedrito alumbra su libreta.
Hojea las páginas adelante y atrás. Revisa anotaciones, pensamientos, ideas.
Revisita mentalmente el Manual de Control y Manejo de Enfermedades Infecciosas, pero no recuerda ningún patógeno que haga que la gente se vuelva así de rabiosa.
Va a tener que pedir que le devuelvan el dinero.
Repasa y repasa. Piensa y piensa. ¿Ante qué nos encontramos?
Le cuesta concentrarse y recupera un viejo truco de la carrera, recitar la lección en voz alta.
Pedrito empieza a recordar sus lecciones.
Tiempo, lugar y persona, con eso lo calculas casi todo, le decía su profesor de epidemiología.
Aunque también decía que la homosexualidad era una enfermedad. Será mejor que lo consulte con Marga.
—Marga, he estado repasando y pensando. Tengo una duda sobre cómo calcular el número básico reproductivo a partir de la tasa de ataque.
—Pedrito, creo que ahora eso no es importante —responde con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra la pared—. Ya harás un informe completo cuando vuelvas a tierra.
—Si es que vuelves a tierra —corrige Casimiro.
—Shhhhh —contestan todos.
—Creo que me ayudará a tranquilizarme un poco —dice Pedrito a Marga.
—A mí también me vendría bien pensar en otra cosa —secunda Berta, arrastrándose hasta los epidemiólogos.
—Está bien —acepta Marga todavía con los ojos cerrados—. ¿En qué has estado pensando, Pedrito?
—Verás: tenemos una primera generación de casos, es decir, los comensales del restaurante.
Yo me aventuraría a calcular que alrededor de nueve de cada diez de los comensales terminó enfermando.
Eso significa que la enfermedad tiene una tasa de ataque del noventa por ciento.
¡Ahí es nada! Vale, todavía no hemos podido conocer el agente infeccioso, ni las características exactas de la exposición ni los tiempos transcurridos entre la primera y las siguientes generaciones de casos, pero con la cantidad de infectados que hay, seguro que se han dado más cadenas de transmisión.
Si en apenas cuarenta y ocho horas se han dado múltiples cadenas de transmisión, eso nos dice que el periodo de incubación es realmente corto.
—Típico de los virus, ya te lo he dicho —dice Marga poco convencida. Por supuesto, sabe que hay virus con periodos de incubación largos.
—No sé, Marga… El caso es que, aunque la relación no sea directamente proporcional, recuerdo haber visto un diagrama en un manual de epidemiología avanzada que relacionaba la tasa de ataque y el número básico de reproducción.
—Pero ¿qué diablos es el número básico de reproducción? —pregunta Berta entre curiosa y confusa—. A mí eso no me lo explicaron en la facultad.
—Ni a mí tampoco —confiesa Pedrito—. El número básico reproductivo representa el número medio de personas a las que puede infectar un caso.
También se le llama erre cero. Por ejemplo, el sarampión tiene una erre cero de 15.
Eso significa que un caso de sarampión puede infectar de media a otras quince personas más o menos.
—Y esas quince a otras quince.