Bienvenidos a Cíes Capítulo V #12
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Capítulo V #12

Carmela golpea el ratón contra la mesa y se caga en la informática y hasta en Bill Gates.

Prefiere que la empujen al ala maldita antes que tener que llamar al infame Centro de Atención al Usuario.

La preventivista vuelve su rostro hacia la ventana y echa un vistazo al parking .

Estrábica de cansancio, solo acierta a ver el ondulante ballet de los plásticos del hospital de campaña, que, colgados de improvisados travesaños, apenas dejan entrever antropomórficas siluetas que flotan tras ellos, como sombras chinescas interpretando una danza macabra, iluminadas con el fulgor del atardecer.

Una de esas figuras es la de Rosalía que, con los brazos en jarra, se erige impasible junto a los plásticos del hospital de campaña.

En el exterior, el sol empieza a flaquear después de haber brillado con intensidad a lo largo de todo el día y emite ahora una luz anaranjada, cuyos destellos se entrelazan con la inminente oscuridad.

La presencia de Rosalía, como la del edificio del hospital, aunque seriamente tocada por los acontecimientos de las últimas horas, se mantiene aún sólida, en pie.

Cuando el comandante del batallón pasa frente a ella, a pesar de estar afanado en las tareas de montaje del hospital de campaña, no puede evitar sentir su imponente presencia.

Rosalía le sostiene la mirada. La tensión se palpa en el ambiente, como se podrían palpar las dilatadas venas de sus sienes humedecidas por el extenuante trabajo de un duro día.

Se miden con la mirada. Él lleva consigo la seguridad de ser quien dirige a una compañía de cien soldados; ella, la de ser quien manda sobre un batallón de mil quinientas enfermeras.

—¿Están cómodos? ¿Les traigo más café para que sigan aquí jugando con los plastiquitos? —le pregunta Rosalía con ironía.

—Nuestros hombres trabajan lo más rápido que pueden, subdirectora. Nuestro mando ya ha transmitido al suyo que necesitaremos al menos seis horas para desplegar el operativo.

—En seis horas, querido comandante, no quedará en pie ninguna de mis chicas.

A estas alturas «mi mando» es lo último que me preocupa.

Creo que está al tanto de la situación. Si no, le invito a que me acompañe al «ala maldita» y, de un rápido vistazo, comprenderá lo que estamos viviendo ahí dentro —dice Rosalía señalando al edificio del hospital.

El comandante lleva el uniforme impecable. Sus botas recién lustradas resplandecen con un siniestro color cobrizo bajo la luz crepuscular. Tras unos segundos de silencio, el comandante responde:

—Subdirectora, entiendo su preocupación…

—No necesito que lo entienda —lo interrumpe Rosalía con sequedad—.

Necesito que la comparta y me ayude. No podemos seguir así.

Nuestros celadores se están negando a llevar a los pacientes al área sectorizada, no nos quedan cintas de contención ni habitaciones individuales, nuestros profesionales están dejando de atender a las personas contagiadas por miedo a ser agredidos o infectados. La situación es insostenible.

El comandante no parece estar acostumbrado a que lo interrumpan. Dilatando las aletas de sus fosas nasales continúa con su discurso.

—Estaba diciendo que entiendo su preocupación, pero no tengo autorización para intervenir en disputas civiles. No puedo desplegar a mis hombres sin una orden directa desde Madrid.

Madrid, Madrid, piensa Rosalía, que no se deja amedrentar y continúa argumentando.

—Ojalá, comandante, esto fuese una disputa civil.

El hospital puede colapsar si no hacemos nada.

—Respira de forma tranquila y pesada, como intentando arrastrar al comandante a las profundidades de la preocupación por el bienestar de profesionales y pacientes—.

No podemos trabajar en estas condiciones.

Hay un goteo incesante de personas que desarrollan un síndrome infeccioso agresivo y usted tiene en su mano la llave para detener todo esto: un pelotón de hombres y mujeres armados hasta los dientes y con el entrenamiento necesario para pacificar situaciones de conflicto.

El comandante reflexiona por un momento.

A pesar de sus diferencias, puede percibir muchas cosas en común con su interlocutora.

Ante todo, esa enfermera que tiene delante es una persona entregada a su trabajo y a los demás, y eso se intuye solo con escucharla.

Mira al hospital. Suspira profundamente.

—Rosalía, entiendo la gravedad de la situación. Voy a comunicarme con mis superiores y ver qué podemos hacer. No puedo prometer nada, pero haré lo que esté a mi alcance para ayudar en esta crisis.

Rosalía asiente sin retirar la mirada de los ojos del comandante.

En su dilatada carrera como gestora se ha topado con distintos tipos de «no puedo prometer nada».

Algunos que se convertían en soluciones reales, y otros, en un proyecto olvidado en un cajón para el resto de la eternidad.

Al menos ha logrado llamar la atención del comandante sobre la urgencia del momento.

—Gracias, Comandante [ BIIIP ]. No olvide que cada minuto cuenta. Espero que podamos encontrar una solución antes de que esta situación llegue a un punto de no retorno.

El comandante asiente y continúa con sus labores.

Rosalía se da media vuelta y camina con paso firme hacia la puerta del hospital.

Su hospital. Entra en el edificio con el último rayo de sol que cae sobre la ciudad de Vigo.

Se calza una mascarilla, una bata desechable y unos guantes y se dirige a la primera línea de una crisis que parece estar fuera de control.