Capítulo V #11
Sobre la mesa del despacho de Carmela se extiende el plano del hospital.
Incontables rayas de distintos colores señalan las habitaciones que se están utilizando para mantener aisladas a las personas infectadas y en cuarentena a los casos sospechosos, respectivamente.
Su número no para de aumentar. No ha terminado de redactar el protocolo, que ya ha saltado por los aires.
No se encuentran ni los restos. Según este documento, cada nueva persona afectada debía ser acompañada —por no decir escoltada— a una habitación individual del ala de aislamiento.
No obstante, las personas infectadas se han ido volviendo cada vez más y más agresivas.
En medio de esta situación, mantener las precauciones de aislamiento de contacto se ha vuelto misión imposible.
Por ello, se ha optado por someter a las personas infectadas a una contención de tres o cinco puntos, según el nivel de agresividad y las características físicas.
Esto ha funcionado durante la primera media hora.
Porque a partir de la cuarta agresión, los celadores han empezado a negarse a acompañar a los nuevos casos.
Cada nueva agresión ha obligado a Carmela a expandir el sector dedicado al aislamiento.
Mareada de tanto sectorizar, destapa un rotulador de punta gorda y dibuja otra raya, de color rojo intenso, un rojo definitivo, para atravesar, como una estocada final, la vertical del edificio.
El director médico del hospital, que algo tiene que hacer, ha dado la orden de bloquear las puertas intermedias, dejando solo una entrada practicable en cada planta, con una puerta que únicamente puede abrirse desde fuera.
Así, se ha segregado el hospital en dos alas: para las personas no afectadas, el ala este, y para los casos sospechosos o confirmados, el ala oeste o, como la ha bautizado el propio personal de mantenimiento al ir clausurando sus puertas, el ala maldita .
Allí, las personas infectadas y sospechosas de estarlo se agolpan en las habitaciones y pasillos.
Además, gracias a la ayuda del destacamento militar desplegado, se han establecido controles muy estrictos para entrar y salir del complejo hospitalario.
A pesar de todo, el protocolo que se había diseñado, y que en teoría debería facilitar el manejo de las personas infectadas y minimizar el riesgo de transmisión de la infección, en la práctica se ha reducido a «sospechar y empujar».
Por los pasillos se habla ya de una enfermera que desarrolló síntomas después de almorzar con otras siete compañeras.
Se cuenta que sus propios colegas las empujaron a todas, almuerzo incluido, hacia la temida ala maldita.
Por suerte, no toda esperanza está perdida.
El servicio de salud laboral se ha propuesto crear una comisión de expertos para estudiar si algún tipo de vestuario de trabajo o alguna bolsa de basura extrafuerte y perfumada podría ayudar a proteger de la infección al personal sanitario.
Su lema será « Frente a la mordedura, ¡ponte armadura!
». También han exigido que la semana que viene o, a más tardar, la siguiente de la siguiente, se instalen dispensadores de solución hidroalcohólica en todos los pasillos del hospital, así como impulsar una compra centralizada de mascarillas protectoras y guantes de látex, aunque todavía no se haya determinado el mecanismo de transmisión de la enfermedad.
Ya trabajan en la campaña «Frente a los no humanos, ¡higiene de manos! ».
Por su lado, la Gerencia del hospital y la Consellería de Saúde se están empleando a fondo en preparar una nota conjunta para difundirla a los correos electrónicos institucionales, esos que nadie lee, con el lema «Objetivo: cero contagios», para que los relevos de cambio de turno y cambios de guardia no acudan al Hospital Central de Vigo y se distribuyan entre otros hospitales de la zona.
En este sentido, desde los servicios de emergencias han dado indicaciones para que las ambulancias dejen de descargar más pacientes en las Urgencias de este centro.
Si esa es la situación en el hospital, Carmela no quiere ni pensar qué estará pasando con Marga y con los campistas de las Cíes o qué harán con ellos cuando regresen a tierra.
Toma el teléfono e intenta contactar una vez más con la epidemióloga.
Su móvil vuelve a estar fuera de cobertura en estos momentos.
Si al menos pudiera hablar con ella y saber algo más sobre la enfermedad.
Carmela se gira hacia el ordenador y lo desbloquea.
De tanto mirar la pantalla se le van a quedar los ojos como a Santa Lucía.
Entra en la intranet del hospital y abre sesión.
Le cuesta un poco recordar su nombre de usuario y contraseña.
El estrés y el cansancio acumulado hacen mella en la preventivista.
Entra en la aplicación de Laboratorio. A estas alturas, los resultados microbiológicos de la paciente trasladada de las Cíes ya deberían haber salido.
Introduce el nombre, Iría Barreiro, y el número de historia clínica.
Paciente no encontrado/a.
Qué extraño. Carmela vuelve a introducir tecleando más despacio, fijándose en cada letra del nombre, Iria Barreiro, y el número de historia clínica en la aplicación y pulsa el botón de intro.
Paciente no encontrado/a.
No entiende. Sin cerrar la aplicación de laboratorio abre la aplicación de documentación clínica y repite el proceso: nombre de la paciente, Iria Barreiro, número de historia clínica, intro.
El número de historia no existe.
Introduzca un número válido.
Cada vez más nerviosa, Carmela revisa los datos y vuelve a realizar la consulta a la aplicación. Pero todas las veces la pantalla le devuelve el mismo resultado.
El número de historia no existe.
Introduzca un número válido.