Capítulo V #10
—Uy, agárrate el peluquín, que vienen curvas.
La organización del evento, el Concello de Vigo, no ha escatimado en gas tos para demostrar que nuestra ciudad es una urbe moderna y, sobre todo, con un capital deportivo, social y económico que la hacen tan digna o más que cualquier otra sede que hayan acogido los Juegos Olímpicos.
Londres, París, Los Ángeles. ¡Que se aparten que llega Vigo!
Mira, tendremos un espectáculo de baile, música y luces, que tanto le gustan a nuestro alcalde, que nos relatará la historia de nuestra ciudad desde sus inicios prehistóricos hasta la actualidad.
Tendremos un discurso del propio Caín Fidalgo, principal impulsor de esta iniciativa olímpica.
Habrá, por supuesto, un desfile de deportistas gallegos de las principales disciplinas olímpicas.
Tendremos a la Orquesta Filarmónica de Galicia acompañando al aclamado contratenor Christian Borrelli en su interpretación del himno gallego, para dar paso finalmente a una esperadísima actuación de nuestras próximas representantes en el Festival de Eurovisión, nuestras queridas Chuchungueiras.
Como apoteosis final, el evento será clausurado por unos fastuosos fuegos artificiales que iluminarán la ría de Vigo como nunca antes se haya visto.
—Pues menuda programación de alto voltaje nos espera.
—Ya te digo, Armando. ¡Nos va a dejar muertos!
—El estadio de fútbol de Balaídos está hasta la bandera.
Casi veinticinco mil espectadores que han venido a disfrutar de este evento único y tomar un poco el aire.
Después del calorazo que nos ha tenido asfixiados durante todo el día, obligándonos a estar resguardados en casa, ahora por fin podemos salir a tomar la fresca, ¿no es así, Ánxela?
— Abofé que sí , Armando. Veinticinco mil quinientas personas, entre espectadores que han conseguido entradas para presenciarlo todo en directo, pero también muchas celebrities y personalidades que han sido invitadas al evento: artistas, deportistas, políticos, autoridades…
—Yo la verdad es que tengo curiosidad por ver cómo discurre esa telenovela que nos tiene en vilo desde hace días, entre el alcalde de la ciudad, Caín Fidalgo, y el presidente de la Xunta, Álvaro Yáñez-Santiso.
Este último todavía no ha confirmado su presencia en el acto, pero fuentes cercanas nos han dicho que es muy posible que finalmente acuda.
—Eso se dice, se cuenta, se rumorea. Habrá que ver si es cierto. Que si viene, que si no viene, que si da su apoyo a esta iniciativa… Porque los ánimos están un poco caldeados y vendría bien un poco de paz, creo yo.
—Desde luego. Hay que recordar también que, además de esos dimes y diretes que hemos presenciado estos días entre ambos mandatarios, Caín Fidalgo, en gesto no exento de polémica, ha invitado al evento a los turistas damnificados por ese bloqueo marítimo hacia las islas Cíes del que hemos estado también muy pendientes y que a estas horas parece que todavía continúa…
Algo que los analistas políticos han interpretado como una auténtica provocación por parte del alcalde de la Ciudad Olívica.
—Pues atento, Armando, que ahí llega Caín Fidalgo al palco de autoridades.
Lo vemos saludar a los espectadores y a otras personalidades del palco.
Llega también, ahora sí, lo vemos, se confirma su presencia, Álvaro Yáñez-Santiso, presidente de la Xunta.
Camina, sí, parece que va a acercarse al alcalde de Vigo…
No, se da la vuelta. Se ha sentado. Pues no ha habido saludo entre ambos.
No se han dado la mano. Gesto significativo.
—Totalmente.
—Ha acudido al evento pero no ha habido saludo. Digamos que se mantiene una fría cordialidad entre ambos.
—Aunque es un acercamiento.
—Todas las luces se apagan. Parece que va a dar comienzo el espectáculo. Silencio en el estadio. Ya empieza.
I NSTAPIC
Cayetana Polo
@petateypalacaye
[Vídeo en directo]
¡Qué maravilla, los enfermos han aparecido!
Están volviendo al camping . No sé si lo podéis ver.
Si no, cuando se suba el vídeo. ¡Qué ilusión!
Los reencuentros con la familia y los amigos son lo mejor.
Cari, enfoca, enfoca bien. ¿Qué pasa? ¿Por qué no apuntas?
Mirad cómo se abrazan, qué riquiños. No solo los cuentos de Disney acaban bien.
¡No se acerquen a los enfermos!, se oye gritar a una señora.
¡Todo el mundo a la cafetería!, grita un chico a su lado.
Cara de confusión. Se le borra la sonrisa.
Mira fijamente a cámara, está pasando algo raro.
No sé qué sucede, voy a preguntar. Hola, disculpa, soy Caye…
La imagen se emborrona. La cámara ha caído al suelo.
Una hebra de hierba aparece en primer plano.
Se oyen gritos cada vez más altos. Piernas corriendo.
La cabeza de @petateypalacaye produce un golpe seco al caer sobre el césped.
Le falta una oreja y parte de la mandíbula.
De una herida en el cuello, un líquido rojo y espeso brota a borbotones.
Su mirada inerte apunta a la cámara. Sus pupilas se van dilatando.
Su piel, palideciendo. A los pocos minutos, Cayetana se levanta y se marcha, dejando el móvil en el suelo, emitiendo para todos sus seguidores.
Un chorro de sangre salpica la cámara. Fundido a rojo.
Error en la subida
Post no publicado
¡No se acerquen a los enfermos!, grita Marga.
¡Todo el mundo a la cafetería!, exclama Pedrito.
¡Cerrad las puertas, que no entren!, berrea Casimiro.
La escena sucede así, muy deprisa, entre gritos, entre movimientos confusos de quienes escapan.
Los que se esconden, aquellos que huyen buscando refugio en sus tiendas y quienes salen al encuentro de sus allegados antes desaparecidos.
Estos últimos son los primeros en sucumbir.
Creyendo que los enfermos caerían en sus brazos, exhaustos y agradecidos, entre lágrimas de un emocionante reencuentro al filo del crepúsculo, caen, sí.
Pero caen sobre ellos, convertidos en una jauría armada de garras y fauces, hambrientas y furiosas, entre alaridos de dolor, estupefactos a la reacción de sus seres queridos.
Una mujer es devorada por su marido aún sin ser consciente de lo que ocurre.
Un padre intenta deshacerse de sus hijas.
Una le muerde el cuello mientras la otra se abre paso a través de su vientre, masticándole las tripas.
Otros campistas intentan separar a las personas infectadas de sus presas.
Estos son los segundos en el menú. Nuevos infectados aparecen, como una segunda oleada, tomando por sorpresa a quienes todavía se encuentran en el campo de batalla ejerciendo de buenos samaritanos.
Aún sin saber lo que está pasando, los dientes de un auténtico desconocido, quizás de una señora con la que se había cruzado en el baño o del chaval que caminaba delante en la cola de la cafetería, se hunden en sus carnes con sabor a arena y a crema de protección solar factor cincuenta.
Aquellos que se han refugiado en sus tiendas, sirven de postre para los infectados que, todavía con hambre, todavía con sed, buscan saciar su antropófago instinto.
Desde la terraza cubierta de la cafetería, totalmente acristalada, Marga y Pedrito observan cómo las tiendas se agitan, fruto de las luchas que se están librando en su interior.
Oyen los gritos de las víctimas. Gritos que se van ahogando en su propia sangre al colmar sus gargantas o que se apagan ante un dolor insoportable.
Intentan llamar la atención de quienes aún no han caído bajo la furia de los infectados para que se refugien en la cafetería.
Pero es demasiado tarde. El caos y el pánico se han apoderado del camping .
Una mujer corre con un bebé sobre sus brazos y desaparece entre las tiendas del sector B.
Varias jubiladas aporrean con sus bastones de marcha nórdica a un infectado.
Durante un momento, parece que ganan la batalla, pero un ejército de las tinieblas llega por detrás de ellas, ganándoles la guerra.
Un hombre se defiende lanzando las sillas y hasta las mesas de la terraza del bar contra todo aquel que se le acerca.
Pero cuando ya no puede más, fruto del esfuerzo, se rinde al holocausto caníbal de sus captores.
Vamos dentro, exclama Eusebio, no os quedéis en la terraza.
Tardan unos segundos en procesar esta información, helados sus miembros, arreactivos ante el estupor de la carnicería que están presenciando.
En instantes que parecen eternos, van saliendo de su atenazamiento, de su incredulidad, y se abalanzan torpemente hacia el interior de la cafetería, todavía con las morbosas imágenes invadiendo sus mentes.
Temerosos, intentando contener el pánico, aseguran puertas y ventanas, y se agazapan tras los muros de las ventanas, queriendo ver, pero sin atreverse a hacerlo, recuperando la respiración, mirándose los unos a los otros, reconociéndose entre sí.
Pedrito, Eusebio, Berta, Marga, Casimiro.
Quizás quede alguien más ahí afuera. Algún superviviente.
No lo saben. Lo único que saben es que la sangre y las vísceras inundan lentamente, como las sombras de la noche, el campamento más importante de la costa atlántica.
La desconfianza se ha apoderado del hospital. Los rumores circulan por todo el recinto. La información es confusa y nadie sabe exactamente lo que está sucediendo, cuántos casos hay, quién está sano y quién es sospechoso de estar enfermo.