Bienvenidos a Cíes Capítulo V #9
66%

Capítulo V #9

Carmela ha acudido nerviosa a la reunión.

Se esperaba que estuviera allí toda la cúpula del hospital.

La situación no era para menos. En apenas unas horas desde el episodio de agresividad de Xiana, el saldo de personas afectadas por la nueva infección se ha elevado a casi una decena.

Los dos facultativos de cuidados intensivos que entraron a atenderla acabaron mal parados, con los equipos de protección desgarrados, fruto de las mordeduras y arañazos propinados por la propia paciente.

Ante lo extremo de la situación, dos miembros de la seguridad del hospital corrieron la misma suerte, viéndose como condimentos en mitad de una ensalada de violencia, a pesar de realizar varias descargas a la paciente con dispositivos de electrochoque.

La situación no se calmó hasta que un celador entró en la habitación de aislamiento y, acercándose sigilosamente a Xiana, le inyectó una jeringuilla cargada con una dosis de propofol capaz de inducir un coma profundo a un elefante puesto hasta la trompa de anfetaminas.

Tenían un bonito problema entre manos porque el hospital no está lo suficientemente equipado como para mantener a tantos casos y contactos de una enfermedad infecciosa de alta patogenicidad.

Así que sí, Carmela ha dado por hecho que a esa reunión acudiría todo chichirimundi : el gerente con la responsable de sistemas de información y calidad; los responsables de atención primaria, atención hospitalaria, de procesos asistenciales y enfermería; del área de gestión, las responsables de recursos económicos y de recursos humanos, así como las personas encargadas de comunicación del hospital y otras invitadas, como las jefaturas de servicio de medicina preventiva —es decir, ella misma—, salud laboral, urgencias, medicina interna, cuidados intensivos, enfermedades infecciosas y microbiología clínica. Carmela no podía estar más equivocada.

Al abrir la puerta de la sala de reuniones, se ha encontrado tan solo al propio director médico que la había citado a ella, a Rosalía —cómo no— que la recibió con una mirada de érarnos pocos y parió la abuela, y a un hombre de elevada estatura vestido con un traje verde caqui y muchos galones colgados de la pechera.

De las demás personas que a su juicio deberían haber estado allí, ni rastro.

—¿Qué esperabas, alma de cántaro? —le dice Rosalía después, sacándose un café de la máquina, de esas que solo se revisa una vez cada cuatro años, cuando hay un cambio de contrato de los proveedores de las máquinas de vending —.

Si es sábado por la tarde. A mí porque me pilla de guardia, y tú porque sin hacer guardias, metes más horas en el hospital que un espantapájaros en un campo de maíz.

Y yo pensando que con el calor que hace ahí fuera iba a estar aquí mejor que en ningún otro sitio.

Pues se ha puesto la cosa calentita. —Olisquea el brebaje resultante de pasar agua caliente por latiguillos revestidos de restos de cal y torrefacto revenido—. ¿Cortado o con leche?

—Con leche, por favor —responde Carmela, dado que es la única forma de tomarlo sin que salga como entra—.

No he podido parar de mirar al ojo de cristal durante la reunión.

Se lo ha cambiado, ¿verdad? Es como mucho más grande que el otro ojo, ¿no?

Yo es que no sabía a dónde mirar. —Carmela coge su café, y se dirigen al despacho de Medicina Preventiva mientras parlotean por el pasillo.

—Y con esos ojos azules que tiene, o ese ojo azul, ya no sé cómo decirlo. Debe de ser un ojo nuevo. Ha sido una reunión complicada, desde luego. Digamos que le ha faltado altura de miras.

En ellas ha recaído la responsabilidad de elaborar las instrucciones que el personal del hospital debe cumplir durante las próximas horas para conseguir cortar la transmisión, ha sentenciado el director médico al empezar la reunión.

Después de despachar por teléfono con la subdirectora de Atención Primaria y con el subdirector asistencial, le indicaron que deben tener las instrucciones de prevención y control de la infección listas cuanto antes.

La Comisión de Dirección del Hospital quiere un borrador encima de la mesa sobre el que entrar a trabajar y que podría estar aprobado el lunes por la tarde o el martes por la mañana.

En este punto, el comandante [ BIIIIP ] ha lanzado una mirada de sorpresa hacia el director médico.

Pero si algo pasó por su cabeza, se lo ahorró, porque había permanecido en silencio castrense durante toda la reunión.

—¿Qué hacía allí aquel militar? —dice Carmela rompiendo el silencio.

—La verdad es que no tengo ni idea —responde Rosalía—. Justo antes de que llegaras, Martirio me contó que era comandante del Ejército de Tierra destacado en Galicia, y que lo han enviado para coordinar las tareas de apoyo al hospital. Qué quiso decir con eso, lo desconozco.

—Me figuro que se refiere a levantar un hospital de campaña. Yo entiendo que una fiebre hemorrágica de origen desconocido puede dar miedo, sí. Pero ¿tan mal estamos? —se pregunta Carmela que todavía no sale de su asombro al pensar en cómo se han sucedido las cosas en tan pocas horas.

—No estamos mal, Carmela, estamos peor. Igual tú no lo notas, pero yo ya oigo un runrún que se extiende por el hospital. Hay gente que piensa que van a evacuar a todos los pacientes.

—Pero eso no tiene sentido… —replica Carmela—.

¿Qué narices vamos a hacer con la cantidad de pacientes que tenemos que atender, ya sean ingresados, en consultas externas o a domicilio?

¿Nos los comemos con patatas? Madre mía, lo que hay que oír, ¡evacuar todo el hospital!

La mera idea es como para indignarse —añade indignada—.

¿Crees que por eso han llamado al Ejército, para pedir ayuda?

—¿El director médico pidiendo ayuda? ¡Sobre su frío y tieso cadáver!

Sería como reconocer un fracaso. Por eso cuesta tanto mejorar las cosas en nuestro sector, Carmeliña, porque implica reconocer que están jodidas —sentencia Rosalía—.

No, no tiene sentido plantear evacuar todo el hospital, pero la gente se está poniendo muy nerviosita.

Y por si fuéramos pocos, los sindicatos están aprovechando para espolear al personal y hacer que acudan en masa a la manifestación que han convocado a las afueras del estadio de fútbol donde se va a celebrar el evento ese de las Olimpiadas, y hay unos cuantos que ya se han ido para allí.

Aunque también te digo que alguien tiene que protestar por la situación que tenemos en los servicios públicos gallegos.

Yo porque estamos en esta situación, que si no también me iba para allí a dar guerra.

Resumiendo, que una presencia autoritaria quizá no nos venga tan mal, Carmela.

Hazme caso, que de imponer autoridad tengo el culo pelado —asegura Rosalía sin una pizca de orgullo.

—Creo que al menos estamos en un escenario sensato, o al menos lo más sensato que puede ser dadas las circunstancias —concluye Carmela—.

Eso sí, nos hemos quedado con una tarea que nos va a absorber completamente.

Seguimos pendientes de lo que nos digan desde los servicios de medicina interna y de microbiología clínica para caracterizar mejor el agente etiológico, así que por el momento tendremos que sectorizar todo el hospital aplicando medidas de forma empírica. No va a ser nada fácil.

—Bueno, en peores plazas hemos toreado. Mis enfermeras están preparadas para cualquier eventualidad.

Tú ponles una situación difícil que ellas la superan con nota.

Pongámonos en marcha. Yo me encargo de los de mantenimiento y de los de personal.

Creo que vamos a necesitar levantar algún tabique de pladur y reforzar la plantilla, que tiren de la bolsa de trabajo —añade la subdirectora de enfermería, como siempre, dispuesta a echarse al hombro los proyectos más complejos y a sacarlos adelante.

—De acuerdo. Yo me encargo de los planos, de establecer los flujos de circulación de personas, de evacuación de residuos y de tener todo lo necesario para las precauciones de aislamiento —responde Carmela, a lo cual añade—: ¿Y qué pasa con el hospital de campaña?

Supongo que quien venga a montarlo tendrá que aplicar nuestros protocolos.

Al fin y al cabo, los pacientes que van a tratar son los que tiene asignado nuestro hospital.

Que… a todo esto, ¿cuándo empezarán a montar el hospital de campaña?

Algo cansadas y confusas y, lo que es peor, sintiendo los primeros estímulos del café de la máquina en sus vacíos estómagos, las sanitarias vuelven a quedarse en silencio.

Ambas tienen mucho trabajo que hacer, pero quieren aprovechar hasta el último resquicio de esta tormentosa calma para respirar antes de adentrarse en la parte más intensa del huracán.

Rosalía mira por la ventana del despacho.

Ahí tienes tu respuesta, comenta señalando al exterior.

Al otro lado de la ventana, una hilera de camiones de color verde oscuro se estaciona en orden marcial.

Sus puertas, marcadas con un círculo blanco y una cruz roja en el medio, indican que el desfile está a punto de comenzar.

Galivisión. Entretenerte es nuestra misión.

— ¡Boas noites! Benvindas e benvindos , queridos televidentes, a esta retransmisión especial del que es ya un acto histórico: la candidatura de la ciudad de Vigo a sede de los Juegos Olímpicos. Esta noche nos acompaña nuestra compañera, la periodista Ánxela Pazos, ¿qué nos cuentas, Ánxela?

—Buenas noches, Armando. Está todo preparado para vivir una gran noche que, como decimos, es ya histórica para la ciudad de Vigo, para Galicia, para España y puede que en unos años, para el mundo, si es que Vigo llega a ser elegida como sede de unos futuros Juegos Olímpicos, que no tenemos ninguna duda de que lo será muy pronto.

—¡Esa es la actitud! Cuéntanos, Ánxela, ¿qué vamos a ver esta noche los que disfrutamos del evento desde nuestras casa?