Bienvenidos a Cíes Capítulo V #8
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Capítulo V #8

—Entiendo tu frustración, Xiana —Carmela, ofuscada, hace de tripas corazón reprimiendo la idea de mandarla a la mierda y tratando de sacar su lado más amable pero con contundencia—.

Aunque un contagio de una profesional con experiencia era posible, también era muy poco probable.

Ya sabes a lo que nos exponemos cuando entramos en contacto con pacientes que tienen enfermedades contagiosas.

En estos casos los protocolos son inflexibles.

Sabes que, entre otras cosas, sospechamos de una enfermedad infecciosa de alta patogenicidad.

Si no, no estaríamos montando este operativo.

Ten paciencia, Xiana, haremos todo lo posible para que estés bien atendida y esto acabe cuanto antes.

Mientras, lo siento mucho, pero debes continuar en aislamiento.

No contestas. Te llegan palabras sueltas.

Frustración, sí, estás frustrada, bastante.

Inflexible, y una mierda, bien que se saltan los protocolos cuando quieren.

¿Continuar en aislamiento? Sientes cómo la furia te sube desde las entrañas a tu cuello, no puedes evitar emitir un gruñido.

Tienes que salir de ahí, como sea. Te giras y con los ojos amarillentos y la cara rojiza comienzas a gritar:

—¡Escucha, doctora de pacotilla, voy a salir de aquí con o sin tu consentimiento!

Este es un trato que nadie se merece —te acercas a paso firme—.

Tengo que salir de aquí cuanto antes. Tú no puedes parar lo que me está pasando…

—Te detienes de pie frente al cristal y apoyas las dos manos sobre la ventana.

Gritas—. ¡No puede parar lo que le está pasando al mundo!

—Coges impulso hacia atrás y golpeas con la cabeza el cristal, justo delante de Carmela.

Una brecha rojiza aflora sobre tu frente, caes al suelo y comienzas a convulsionar.

La luz del box pasa de azul a roja. Suena un pitido estridente.

El personal médico comienza a ponerse los equipos de protección individual a toda velocidad.

Tu cuerpo convulsiona violentamente en el suelo mientras la sangre brota de tu frente marchita.

Pedrito sale de su tienda de campaña. Por fin ha podido descansar un segundo, arreglar un poco sus cosas y, lo más importante, ponerse las perneras del pantalón desmontable.

Fiz, su novio, odia esa prenda. Pero por muy poco estética que le parezca, tiene que reconocer su irrebatible utilidad: ¿que hace calor?

, se convierte en un pantalón corto; ¿que hace frío?

, tiene un pantalón largo. Pedrito, por su parte, tiene que admitir que las perneras, al usarlas menos, conservan mejor el color original de la prenda, así que cuando se las pone, el pantalón tiene un aspecto bicolor, más clarito por encima de la rodilla y más oscuro de la cremallera para abajo.

A Pedrito, la verdad, le resulta la mar de gracioso.

Irremediablemente, Fiz ha acabado por acostumbrarse.

En este caso, además, no se ha puesto las perneras de su pantalón desmontable porque tenga frío —hace todavía unos treinta grados y son casi las diez de la noche— sino por algo mucho más relevante.

A estas horas, a principios de verano, el sol aún está cayendo y es el momento favorito de los animales más mortíferos del mundo, es decir, los mosquitos, para cebarse sobre las pobres piernas de Pedrito.

Esos dulces y fornidos muslos de montañero consumado que siempre se llenan de picaduras en verano.

Hace mucho que ha aprendido que entre la integridad de su blanquecina piel y la estética, lo más inteligente es escoger la primera.

Con la mochila al hombro, emprende el camino de vuelta hacia la zona común con la intención de reencontrarse con Marga.

Toca cenar, y aunque la cafetería esté inoperativa, Pedrito se ha traído del velero unas deliciosas latas de mejillones en escabeche, sardinillas en aceite y agujas en salsa de vieiras.

Pedrito sucumbe ante la exquisita oferta de la industria conservera gallega.

El hambre le nubla el juicio, le produce jaqueca y mal humor.

Siempre se piensa mejor con el estómago saciado, en su opinión.

Después de cenar, podrán evaluar las nuevas medidas a tomar ante los últimos acontecimientos.

Este brote está resultando de lo más entretenido y pedagógico.

No obstante, un sentimiento de inseguridad empieza a aflorar en su fuero interno.

Algo no va bien. Decide, sin embargo, no preocuparse en exceso.

Marga siempre tiene un roto para un descosido y la gente está cooperando un montón, algo que no es nada fácil de conseguir.

Con eso, ya tienes muchísimo ganado. Lo dicen todos los manuales de epidemiología.

Hay que involucrar a la comunidad en las intervenciones planteadas.

La participación es la clave de todo. ¿Ves?

¡Ahí están! Pedrito puede ver a los campistas alrededor de Marga y la oye hablar.

Aunque no acierta a escuchar lo que dice a esta distancia, es innegable que todo el mundo la mira con gran atención.

Seguro que está tranquilizando al personal, ganándose su confianza. Tan campechana ella, no hay otra igual.

Antes de dirigirse hacia allí, Pedrito echa la vista atrás, atraído por los últimos rayos de luz que se proyectan paralelamente desde el horizonte.

Oh, es la hora dorada. Pedrito toma su cámara, apunta a poniente y dispara una foto.

Lentamente, baja la cámara, para observar un bulto al final del camino.

A lo lejos, donde la senda termina, empiezan a proyectarse dos o tres sombras muy alargadas, avanzando hacia el campamento.

¡Por supuesto! ¡Más buenas noticias! Tienen que ser los enfermos que vuelven al camping .

¡Por fin! Pero espera. Pedrito mira hacia el horizonte.

El sol ciega sus ojos por un momento. No puede ver bien.

No puede ser. Con una mano, tapa la luz que le viene directa sobre los ojos y divisa por fin a los enfermos, caminando apresurados en su dirección, cubiertos de una sustancia viscosa, roja, amarilla, marrón, que parecen vómitos, sangre y heces.

Sí. La brisa, cargada con su olor putrefacto, lo confirma.

Pero lo más preocupante es su actitud de muy pocos amigos.

Algo en Pedrito se mueve, erizándole hasta el último de los pelillos, y eso que tiene muchos repartidos por todo el cuerpo.

Su corazón le dice, ¡necesitan ayuda, atiéndelos!

Pero su mente le dice, ¡corre, insensato!

Y sale disparado hacia el grupo, hacia Marga, pegando alaridos.

¡Están aquí! ¡Han vuelto! ¡Están aquí! ¡A la cafetería!

—¡Suélteme, le he dicho! ¿Será posible? —Intenta decir Marga mientras forcejea con Casimiro.

—¡Suelte usted la moneda, gorgona! —refunfuña Casimiro apretando los dientes.

—Vamos, dejen de pelearse, por favor, van a acabar haciéndose daño —intercede Eusebio, que apenas puede separarlos. De dónde sacan tanta fuerza estos dos, se pregunta.

Escuchan entonces los gritos de Pedrito.

¡Están aquí! ¡Han vuelto! Marga y Casimiro se vuelven hacia el origen de tales alaridos, lo que Eusebio aprovecha para separar a ambos contrincantes e interponerse entre ellos.

Marga mira, sin entender, a Pedrito, que corre en su dirección como alma que lleva el diablo, extendiendo los brazos en todas direcciones.

Forzando la vista, observa más allá, hacia el final del camino.

Una procesión de figuras comienza a aparecer, caminando apresuradamente hacia donde ellos se encuentran.

Son sin duda los enfermos. Marga está a punto de exhalar un suspiro de alivio, pero antes de hacerlo, su garganta contiene el aliento.

Ella ha visto esa forma de moverse, esa forma de caminar.

Aunque están a cierta distancia, Marga recuerda con claridad su altercado con Xan el día anterior e identifica, en los enfermos que regresan al camping , la misma actitud, la misma disposición violenta y confusa que en el camarero.

Da un paso atrás alejándose de Casimiro y mira a Eusebio.

Este siente la intensidad de la mirada de Marga.

—Hay que meter a todo el mundo en la cafetería, ¡ahora! —indica la epidemióloga.

Eusebio asiente.

—¡Todo el mundo a la cafetería! No se acerquen a los enfermos, ¡vamos! —grita Marga.

Pedrito llega corriendo, casi sin resuello. Intenta recuperar el aliento por un segundo, pero no es necesario. Una única mirada basta para entenderse. Simultáneamente y sin tiempo que perder, se vuelven hacia el resto de los campistas:

—¡Vamos, a la cafetería! ¡Por favor, hágannos caso!

Algunos campistas se muestran extrañados, sin entender.

Acaban de aparecer sus maridos, hijas, novios, amigas, ¿y estos dos les piden que no se acerquen a ellos?

¿En esa situación? ¡Están locos! Muchos salen al encuentro de sus esposas, hijos, novias y amigos.

Otros se mantienen en sus posiciones, paralizados, confundidos, sin prever lo que está a punto de ocurrir.

El teléfono de Carmela, ese perverso instrumento de tortura, había sonado media hora antes.

Ha sido Martiño Míguez, el director médico del hospital, que por fin se dignaba a pasarse por el hospital y que la citaba para una reunión de emergencia.

Bueno, él no había dicho de emergencia. Había dicho urgente, pero Carmela lo ha notado más alterado de lo habitual, que ya es decir.