Capítulo V #7
La subdirectora levanta la vista, hace una señal a alguien y echa a andar rápidamente.
Carmela respira, con una sensación más ligera y el ánimo renovado, y continúa su camino.
Rosalía tiene razón. Ella, al igual que muchas de sus compañeras, tiene que visitar a pacientes infectados de tuberculosis pulmonar, de varicela, de meningitis meningocócica o de alguna otra enfermedad transmisible.
Ella, al igual que sus compañeras, sabe a lo que se expone cada vez que lo hace.
Además, en su caso, esas visitas constituyen una labor indispensable, aunque insuficientemente valorada, para asegurarse de que se ponen en práctica las medidas de prevención y control de la transmisión de las enfermedades.
¿Es un riesgo? Sí, sin duda, pero gracias a esas indicaciones que traslada con frecuencia tanto a pacientes como a profesionales, cientos —si es que no miles— de personas evitan males mayores.
Y ella tiene el privilegio de formar parte del virtuoso círculo de la prevención.
Si es que, pensándolo bien, la medicina preventiva es lo más.
Con esto en la cabeza, Carmela llega a la unidad de aislamiento, saluda a las enfermeras del control y al personal facultativo.
Se asoma al cristal del primer box de aislamiento.
Olalla, la segunda infectada, está recostada, parece dormida.
Avanza hacia el siguiente box, Xiana, la enfermera presuntamente infectada tras tomar muestras de la paciente evacuada de las Cíes, está mirando por la ventana.
Parece abstraída. Carmela golpea con los nudillos en el cristal queriendo llamar su atención, toc-toc-toc.
Con la mirada perdida, Xiana parece no reaccionar.
Mar en calma en un atardecer… El sol ha iniciado ya su último descenso.
El calor empieza a dar un pequeño alivio.
Las chicharras van amainando en su cacofónico coro, que pronto será sustituido por el cantar de los grillos.
La tarde llega a su fin dando paso paulatino al oscuro manto de la noche estival, que empieza a extenderse desde el este crepuscular.
Una leve brisa marina trae consigo su consabido olor a mar, a algas y sal.
Pero esta vez hay algo más en su aroma. Más que un aroma, es un hedor, un hedor que resulta insoportable.
Amargo, rancio, podrido, viaja en el espacio transportado por esta ventolina de poniente.
Flota en el éter atravesando el campamento, sorteando cada obstáculo e infiltrándose por debajo de la puerta de la oficina del gerente del camping .
Casimiro se encuentra todavía en su interior.
Ha aprovechado este tiempo de reclusión para hacer anotaciones en el manuscrito de sus memorias: Diario de un hombre emprendedor , por C.
C. Carneiro. Una obra maestra rechazada por algunas editoriales que no han sabido entender la clarividencia de sus dogmas, pero que a buen seguro verá la luz muy pronto.
Con su pluma estilográfica Pestian Zamarelli, Casimiro garrapatea nuevas ideas aquí y allá.
Sin quererlo, sus narinas se expanden, se elevan pizpiretas olisqueando un nuevo olor.
¿Qué es eso?, se pregunta. Acerca su nariz hacia su sobaco.
No, por supuesto que no es él, pero por si acaso.
Es otra cosa. Una cosa apestosa, no hay duda.
No lo quiere ni pensar, pero a su mente se asoma la hipótesis de una avería en los sistemas de saneamiento de la isla.
Los campistas se van a poner como una moto, y con razón, si descubren que este año Casimiro ha desviado los fondos previstos para preparar las alcantarillas para la nueva temporada en acondicionar su oficina, poner un aparato climatizador —que le está viniendo de perlas estos días, todo hay que decirlo—, cambiar aquella silla tan incómoda por la que tiene ahora, más ergonómica, y mejorar la decoración, una cosita aquí, un detallito allá, algo tan importante, por otra parte, como es favorecer un buen ambiente laboral.
El suyo, concretamente. Quien dice desviar, dice priorizar.
No le queda más remedio que guardar el manuscrito de sus memorias en el cajón de la mesilla y acercarse, sigilosa pero elegantemente, hacia la zona de aseos comunitarios y poner a prueba su hipótesis con la esperanza de equivocarse.
Casimiro cruza los dedos para no llevar la razón, solo por esta vez, aunque es algo que, a su juicio, no ocurre con frecuencia.
Así que avanza, como quien no quiere la cosa, mirando hacia ninguna parte en especial, ¡qué va!
Agudiza sus receptores olfativos a medida que se va acercando a los baños; el olor no parece provenir de sus instalaciones.
—¡Señor Carneiro! —grita esa agónica gárgola por sus gargantas.
—¿Qué quiere ahora? ¡No ve que estoy ocupado!
Quizás los funcionarios como usted dejen caer el bolígrafo cuando sus caprichosas y cebadas tripas les exigen el aperitivo de las dos de la tarde, pero yo me dedico en cuerpo y alma a este camping , el más importante de la toda la costa atlántica, desde que me levanto hasta que me tapo con las sábanas de la noche.
—Yo también estoy trabajando, Casimiro —ladra Marga de muy mal humor—, y sin duda podría hacerlo mejor si no tuviese sus zarpas hurgando entre mis cosas.
—¡Qué maneras! ¡Ni se le ocurra señalarme con ese dedo suyo, que a saber en qué lugares ha estado! ¡Muestre un poco de educación, si es que sabe lo que es eso! Y esas acusaciones que lanza… no debería hacerlas sin ninguna prueba que las soporte, doctora Erauso.
Con el follón, algunos campistas empiezan a arremolinarse en torno a Marga y a Casimiro. Berta y Eusebio se acercan también. Huele a movida.
—Ha desaparecido una mochila de mi tienda y no se me ocurre otra persona más que usted para habérsela llevado. Y créame que tengo pruebas.
—Por favor —ríe Casimiro—, admítalo. Su credibilidad pasa por sus momentos más bajos. Nadie la tiene en cuenta aquí. Bueno, quizás su secretario, ese perrillo faldero suyo de las gafitas. Me acusa usted de ladrón, ladrón, ladrón sin ser yo nada de eso.
—¿Ah, sí? Y entonces, ¿qué hacía esto en mi tienda? —replica Marga mostrando una moneda, y no una moneda cualquiera, sino la moneda de Casimiro.
El rostro del gerente se descompone por un momento debido a su numismática negligencia. ¿Cómo podía haber sido tan descuidado y haber dejado su moneda en la escena del crimen? Sin duda, aquella mujer es gafe. ¡Reacciona, Casimiro!
—¡Devuélvame eso! —Lanza la mano, intentando agarrar la moneda—.
¿De dónde la ha sacado? Ya sé. Con toda seguridad, me la ha hurtado para poder incriminarme.
Está intentando destruir mi reputación para meter aquí a su amigo, pero no lo va a conseguir, se lo aseguro, no lo va a conseguir, ¡a Dios pongo por testigo!
—¿Pero de qué está hablando? ¿Qué amigo? ¡Usted delira! ¡Suélteme la mano ahora mismo, botarate! ¡No le pienso devolver su moneda hasta que me devuelva la mochila que ha sustraído de mi tienda! ¡Entre en razón, señor Carneiro, se lo pido!
—Pero ¿qué están haciendo? —interviene Eusebio.
Marga y Casimiro forcejean, mientras Eusebio intenta mediar y separar a ambas fieras, ajenas a lo que se les viene encima.
Toc-toc-toc. Los nudillos de Carmela golpean de nuevo el cristal del box de aislamiento. Escuchas, desde lejos, el sonido de tu nombre. ¡Xiana!
Desde hace un rato, has empezado a no sentirte tú misma.
Los sonidos y las imágenes llegan a tu cabeza con un retardo cada vez mayor.
Llegan difuminadas, como si se proyectase una película al otro lado de una fina cascada de agua.
La doctora Peleteiro está ahí, al otro lado de esa catarata.
Esa maldita doctora que ha ordenado que te encierren en contra de tu voluntad.
«Aislada», por decirlo de una manera que suene más legal.
No todo es negativo. Te sientes lejos de todo, sí.
Pero también lejos del dolor. El hospital está lleno de pacientes y de muchos profesionales que podrían sacar partido de empezar a vivir como tú lo estás haciendo, lejos de una realidad dolorosa.
Algo dentro de ti está creciendo, algo que te impele a conectar con otras personas y compartir esa nueva perspectiva de un mundo sin dolor ni sufrimiento.
Consigues articular algunas palabras y respondes a la llamada de la doctora.
Pero hay otra llamada que se oye más allá.
¿Quién será esa mujer? Sientes que te necesita, que tienes que salir de ahí y acercarte a ella.
Protegerla de lo que se avecina. Ahí está otra vez esa tirana que te tiene atrapada, haciendo un ruido de lo más desagradable.
Carmela repite el gesto otra vez con más intensidad. Toc-toc-toc. Carmela se pregunta si la infección no te estará afectando a la audición. Lo repite una tercera vez, un poco más fuerte. TOC-TOC-TOC .
—Doctora Peleteiro, no me esperaba su visita —dices todavía con la vista perdida en la ventana—. ¿Qué quiere de mí?
—Hola, Xiana. Solo… solo quería saber cómo estabas.
Guardas silencio. Tras unos segundos, inspiras profundamente. Te cuesta centrarte, te cuesta elegir las palabras.
—¿Pues no lo ves? A la perfección. De vacaciones en una habitación de trece metros cuadrados, con un enorme cristal con vistas a la unidad de cuidados intensivos por el que todo el mundo me mira como a un bicho raro y sin poder tocar a nadie, ¡a nadie!
Ni siquiera a mi propia madre, hasta que lo indique la doctora Peleteiro.
Sáqueme de aquí, doctora, todo esto no es necesario.