Capítulo V #6
A pesar de todo, de sus heroicas y justificadas razones, no puede decir que haya disfrutado de ello.
No ha disfrutado de entrar en la tienda de la epidemióloga, o como a él le gusta llamarla, la epidemioloca .
No ha disfrutado al sentarse en la cama, todavía deshecha, de esa señora, mitad mujer, mitad monstruo marino.
No ha disfrutado de hurgar entre sus cosas, de meter la mano en su maleta y juguetear con los dedos entre la ropa interior de Marga.
No ha disfrutado al pasar las anchas bragas de esa hembra por sus narices, inhalando cada partícula, cada aroma entrelazado a las hebras del textil.
No ha disfrutado mordiendo las costuras y restregando la prenda primero contra su pecho, bajando hacia su vientre y frotándola, finalmente, contra su pubis, abultado y férreo como el mástil de un barco a punto de surcar los mares de la pasión.
Ha tenido que guardarse aquella braga-faja en el bolsillo del pantalón para no dejar pruebas de su necesaria pesquisa.
Todo ello lo ha hecho sin más motivo que la pura devoción hacia su trabajo. Exigencias del guion.
Y es que cuando vio la bolsa lo supo. ¿Acaso ha pensado ese bulldog afrancesado que puede engañar a Casimiro con un truco tan burdo?
Ese ardid de esconder lo más valioso dentro de un objeto en apariencia irrelevante como es una bolsa de plástico, de esas que se adquieren en un supermercado y que a veces Casimiro utiliza para proteger su peinado.
Como quien guarda un anillo de brillantes dentro de un osito de peluche, esa hidra de Lema ha querido esconder sus tesoros a la luz del día.
¡Qué osado retar a la inteligencia superior de Casimiro!
Solo ha necesitado un rápido vistazo a su interior para saber que estaba en lo cierto.
Dentro de la bolsa, una mochila. Y dentro de la mochila, ¡voilà!
Una libreta forrada con una tela de ante color damasco titulada «diario de campo» y una caja de cuero con una cinta de papel pegada sobre la que se había escrito las palabras «caja de muestras» han confirmado sus sospechas.
Información y evidencias que ahora obran en su poder.
Lo único que tiene que decidir es en cuál de todos los acantilados que circundan la isla debe perderse todo ello.
Qué lección para Margarita Erauso, qué lección.
Pero sí, mejor será que la esconda. Si su perspicaz oído no lo engaña, ya está escuchando las voces de los campistas que han vuelto de esa absurda cruzada en busca de personas infectadas.
Si esa gente quiere tomar el aire por la isla, ¿quiénes son esos de Salud Pública para coartar su libertad?
Menos mal que está Casimiro para defender sus derechos. Menos mal.
De vuelta en el hospital, Carmela ha perdido la cuenta de los cafés que lleva encima.
Tiene el estómago cerrado. Le pesan los párpados, está cansada y de mal humor, pero la adrenalina que corre por sus venas la mantiene con una lucidez que no siente desde hace tiempo.
Lo único que ha comido son tres bombones de una caja que le regaló un residente al terminar la rotación, ya no sabe ni cuándo.
Empieza a preparar un correo electrónico con la notificación del evento, describiendo las características de las diecisiete personas en seguimiento por salud laboral, entre las que se encuentran personal de medicina, enfermería, auxiliares, limpieza y retirada de residuos, laboratorio y transporte sanitario.
Le extraña ver que no hay familiares en seguimiento.
¿No se ha avisado a los parientes de la paciente?
Incluye esta pregunta en el correo para saber si desde Salud Pública han hablado con ellos.
El contacto de la enferma trasladada desde las Cíes, la enfermera que la atendió y que refiere una fiebre de treinta y siete coma seis grados de temperatura mediante autotoma, continúa en seguimiento por salud laboral y no ha manifestado ningún síntoma hasta el momento.
Carmela incluye una consideración de cosecha propia: le parece un periodo de incubación demasiado corto, poco probable pero no imposible.
Borra fiebre y pone febrícula. Suena el teléfono, otra vez.
Es de salud laboral, otra vez. Les ha llamado una enfermera, otra vez.
No, no es la misma. No, esta no tiene fiebre ni febrícula, pero tiene vómitos y diarrea.
No, no ha atendido a la paciente, pero cenó con la que tiene febrícula.
Por indicación suya, ambas profesionales se encuentran en cuarentena en sendas habitaciones de la Unidad de Alto Aislamiento.
Carmela revisa por cuarta vez la historia clínica del caso primario y de los casos secundarios, la enfermera que la trató y la que cenó con ella.
Repasa las valoraciones de salud laboral, las pruebas de laboratorio, los comentarios de microbiología, de medicina interna…
Se esfuerza por recordar la conversación con Marga y las noticias que han ido apareciendo en los medios de comunicación.
Intenta buscar una coherencia en todo lo que está pasando, pero cada vez que se acerca a una idea tiene la sensación de que esta escapa a su comprensión.
Llama a Marga sin muchas esperanzas y salta de nuevo el buzón de voz.
Se sirve otro café y da una quinta vuelta a todas las piezas de este extraño puzle, mirando de reojo a la caja de bombones ya vacía, tirada en el cubo de la basura.
Se pasa la mano por la cara. Decide que es hora de levantarse y acercarse a ver a las enfermeras confinadas. Quiere hacerlo ella misma.
No sabe bien por qué, pero un sentimiento de culpa la corroe.
Si hubiese esperado a que la dirección médica le hubiese dicho algo, o si hubiese esperado a que le diesen indicaciones concretas desde la Consellería o si no hubiese presionado para tener preparada la unidad de alto aislamiento lo antes posible, tal vez las enfermeras no se hubiesen infectado.
O tal vez sí, pero al menos ella no tendría tanta responsabilidad en el asunto.
Mientras recorre el pasillo, Carmela ve a la subdirectora de enfermería acercarse por el fondo con cara de preocupación. Le entran ganas de esconderse.
—¡Carmela, contigo quería yo hablar! —La preventivista se teme lo peor—. ¿Ya sabemos si ha crecido algo en los cultivos? —pregunta Rosalía con una autoridad que estremece a Carmela.
—Aún no, todavía hay varias de las pruebas pendientes de resultado. Esperemos que puedan arrojarnos algo de luz lo antes posible.
—Entonces aún no sabemos lo que les pasa a mis chicas… —replica Rosalía resoplando de impaciencia. Entre sus manos, sujeta una caja de cartón—. ¿Pero les han sacado las muestras para el protocolo de accidente biológico o no?
—Los de salud laboral se las sacaron en cuanto empezaron con síntomas.
Los de cuidados intensivos nos han adelantado que ya le hicieron las pruebas a la paciente y ha sido negativa para todo lo que recoge el protocolo, así que quedarían descartados tanto el VIH como la hepatitis B y la hepatitis C —responde Carmela.
—Bueno, esos de microbiología estarán muy ocupados escribiendo ya un artículo científico con todo esto. ¿Y qué dicen los de interna? No, no me lo digas, estarán dándole vueltas a los diagnósticos diferenciales más raros que se les ocurran —se queja Rosalía con las manos estrujando la caja.
—Desde interna aún no saben qué puede ser.
Están esperando a ver si los cultivos o las analíticas apuntan hacia alguna afección concreta.
Por el momento solo tienen los marcadores de infección elevados y algún síntoma general y eso puede ser compatible con un millón de cosas —responde Carmela.
Se hace un silencio entre las dos profesionales.
Rosalía se queda mirando fríamente a Carmela, como buscando una respuesta.
Carmela la mira directamente a los ojos—.
Rosalía… yo… lo lamento, siento mucho que nuestras compañeras se hayan infectado. Si hubiese actuado de otra manera…
—¿De otra manera? No, Carmela. Los equipos de protección estaban en su sitio, los protocolos revisados y actualizados y que no te quepa duda de que mis chicas son las más preparadas.
Como profesionales sanitarios sabemos mejor que nadie a lo que nos enfrentamos en el día a día.
Nosotras solo hemos hecho lo que es nuestro trabajo: prestar una atención de la mejor calidad a quien lo necesite y evitar en la medida de lo posible los riesgos asociados a la atención sanitaria, tanto para pacientes como para profesionales.
No cargues con esta losa. No es tuya. Ve a ver a mis chicas y diles que la Rosalía les manda que se recuperen cuanto antes.
Yo me voy a llevarles estas magdalenas a las enfermeras de la Urgencia —indica la subdirectora blandiendo la caja de cartón—.
Si no les llevo algo dulce a media tarde, se ponen como gremlins .
Son magdalenas que hacen unas monjitas de clausura, resurreccionistas creo que son.
Ora et labora . Están rellenas de una mermelada de fresas riquísima, una receta secreta, cuidao .
Y vienen cargadas, eh, te chorrea la boca de mermelada.