Bienvenidos a Cíes Capítulo V #5
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Capítulo V #5

Marga se lleva las manos a las sienes, se sienta en una silla y deja caer la cabeza sobre la mesa.

Cierra los ojos y choca la frente con la superficie de madera, con pequeños y repetitivos golpecitos.

Pedrito se acerca a ella, despacio, muy despacio.

Si no fuera porque la conoce bien, pensaría que Marga podría estar infectada.

Ese pensamiento pasa por su preventivescamente, pero lo desecha con igual rapidez.

Hay un motivo más sencillo que ese y ya se sabe que la explicación más sencilla suele ser la más probable.

Lo leyó hace poco en un sobre de azúcar.

—Marga —susurra Pedrito sentándose a su lado y poniendo una mano sobre su hombro—, es normal estresarse y perder los nervios en esta situación. Y también es normal tener pesadillas en coyunturas como esta. Le puede pasar hasta a la más experimentada, como tú.

—¿Me estás llamando vieja? —contesta todavía con el rostro apoyado contra la mesa.

—Lo que digo es: si nosotros perdemos el control, ¿qué será de esta gente?

Marga se incorpora despacio y se vuelve hacia Pedrito con el gesto torcido de contagiada resignación.

Es su forma de darle la razón. Que no le pida más.

Está a punto de decirle algo cuando un estruendo metálico los abduce de su momento de corporativa intimidad.

Un estrépito de cazos y sartenes que proviene de la cocina de la cafetería.

Ese inconfundible ruido de cacharros que caen y chocan los unos contra los otros.

Marga salta como un resorte. Los ojos se le abren como platos.

Pedrito tiene todos los pelos de punta. Se levantan de la silla con sigilo.

Pedrito agarra a Marga por el brazo, intentando llevarla hacia la salida, pero esta se resiste y le hace un gesto señalando la puerta de la cocina.

Vamos a ver qué pasa, le dice con la mirada.

Puede ser un enfermo, le contesta Pedrito con las cejas.

Si es una persona enferma, es nuestro deber ayudarla, insiste Marga ocularmente.

Pedrito se rinde ante el telepático argumento.

Como si caminaran sobre un alambre, se acercan a la puerta de la cocina.

En su interior continúan los ruidos, un cuenco aquí, un plato allá.

Pegadas sus cabezas la una a otra, se asoman a través del grueso cristal de ojo de buey, pero no alcanzan a ver al culpable de tal bullicio.

Algo parece acercarse, así que se agachan súbitamente.

Marga muestra su intención de abrir un poco la puerta.

Pedrito la mira, nervioso, pidiéndole precaución.

¿No será mejor ir a pedir ayuda? Marga entreabre la puerta con cuidado.

Sobre una mesa metálica, lo ve, un hombre clava sus dientes y devora a manos llenas algo que no alcanza a distinguir.

Es Xacobe, el guía del punto de información, el que se había desmayado el día anterior en esta misma cafetería.

Marga deja que la puerta se cierre y, valiéndose del palo de una escoba situada a su derecha, bloquea la puerta pasándolo por las asas de la misma.

Xacobe parece oírlos y corre hacia ellos.

Tiene la boca y las manos teñidas de púrpura, y Pedrito y Marga emiten un grito de horror al verlo aparecer tras el ojo de buey.

—¡Hola! Por fin alguien —saluda Xacobe—. ¿Dónde estabais todos?

Marga y Pedrito se miran atónitos. Xacobe intenta abrir la puerta, pero en ese momento se da cuenta de que está bloquea da por el otro lado.

—Eh, ¿qué hacéis? —pregunta con un tinte de sorpresa y miedo en su voz—. ¡Abrid la puerta, ho!

Marga mira a Pedrito una vez más antes de dirigirse al guía:

—Xacobe, ¿verdad? ¿Cómo te encuentras?

—Estoy mejor… ¿Es usted la doctora, no es así?

Me desperté hace un par de horas y tenía un hambre atroz.

Me comería una vaca cruda, se lo aseguro.

El camping estaba desierto, así que me he venido a la cafetería a comer alguna cosa.

No me he cocinado nada, de verdad. Ya he visto que han cerrado la cocina, por lo de la intoxicación, ¿no?

Yo creo que lo mío ha tenido que ser un golpe de calor.

Soy de tener la tensión baja, como mi madre —ríe nervioso Xacobe.

—Tienes la cara llena de sangre o…

—¿Sangre? Ah, no. He encontrado unas cerezas en la despensa. Están de temporada, riquísimas, del Bierzo…

Aliviado, Pedrito, que del susto había caído al suelo de culo, se levanta dispuesto a liberar a Xacobe de su culinaria reclusión, pero Marga se interpone. Ya está hasta el moño de tanto despiporre.

—Lo sentimos, Xacobe, pero estamos ante una situación muy difícil y no podemos asegurar que tus síntomas, aunque compatibles con un golpe de calor como bien dices, no se deban a la infección que está asolando el camping y, en concreto, esta cafetería en la que te hemos encontrado varias veces.

—Pero ¡dejadme salir! —protesta Xacobe—. No podéis tratarnos así, ¡ni que tuviéramos la peste! Esto no me parece profesional.

—La verdad es que a mí tampoco —confiesa Pedrito a Marga por lo bajo.

—Lo hacemos por tu propio bien, Xacobe. Todos los enfermos han desaparecido y no me gustaría que te convirtieras en un desaparecido más.

Así que, cariño, te vas a quedar aquí quietecito comiendo lo que quieras.

Tienes baño ahí atrás, si no me equivoco, y si necesitas alguna cosa, no dudes en decírnoslo y te la traeremos encantados, ¿okey?

Pero tú no sales de aquí, por ahora. ¿Se me entiende?

—¡Somos derechos y tenemos personas! No somos números ni apestados, tenemos nombres y apellidos: Xan, Bieito… Iria… ¿Qué ha sido de ella? No la he vuelto a ver desde que salió del punto de información.

—Iria está en buenas manos, está en el hospital bien atendida… —tranquiliza Marga a Xacobe. Al punto, se detiene—. Un momento, un momento ¿qué quieres decir con que no la volviste a ver desde que salió del punto de información? ¿No cenaste aquí esa noche?

—No, las cenas de aquí son un poco grasientas y me resultan pesadas, la verdad. Además, con estas temperaturas apetece algo más ligero…

Los morritos de pato regresan al rostro de Marga.

Cuando eso pasa, Pedrito sabe que tiene que dejarla pensar.

Piensa, patito, piensa. ¿Y si…? ¿Y si la cafetería no fuese la fuente de infección?

¿Y si no fuese solamente una intoxicación alimentaria como se había sospechado desde el principio?

Es decir: ¿y si la fuente primaria de contagio no fuese alimentaria?

Por eso los cálculos no han relacionado ningún alimento concreto con los casos de infección.

Sí, a veces ocurre. Pero a veces también se pasan cosas por alto.

Maldita sea, farfulla Marga. Mete la mano en el bolso y saca su libreta, abriéndola con renovado enfado.

Extiende la palma hacia Pedrito para que le pase el bolígrafo y empieza a calcular a mano alzada, como a ella le gusta.

Suma, multiplica, se lleva una. Hace más números que Pitágoras.

Está claro, ahora sí. Todos los casos primarios tienen una cosa en común, y no es la comida. Es ella. Es Iria.

Marga sale de la cafetería escopeteada en dirección a su tienda.

Su pie choca contra la raíz de un árbol, que la hace trastabillar hasta el punto de casi caerse de bruces.

La rabia que lleva encima es la peor de todas: la que tiene contra sí misma.

¿Cómo había podido ser tan tonta? Una vieja estúpida, se dice.

Una ciega, una primeriza, una médica con un cursillo lo habría hecho mejor que ella, una experimentada epidemióloga con más años de carrera de los que le gusta admitir.

Y así y todo, ha caído en el error que se aprende en la primera lección del manual de epidemiología.

Lo común, lo habitual, la había llevado simplemente a ver los riesgos más comunes y habituales.

Su ojo crítico tenía conjuntivitis crítica.

Necesita revisar con urgencia la mochila de la arqueóloga que tiene en su tienda.

Quizás, con suerte, contenga alguna libreta con anotaciones sobre dónde ha estado, algún viaje reciente, o algo que haya estado manipulando. Esa información puede ser la clave.

Entre inútiles lamentos y posibles esperanzas, Marga llega al avance de su tienda y se detiene en seco. El cierre no está echado, como ella lo había dejado. Quieta, muy quieta, acerca la oreja a la tela de la entrada. No quiere ni respirar. ¿Hay alguien ahí dentro?

Así aprenderá esa metomentodo a no ir haciéndole cosquillas a quien no debe. Bien mirado, le está haciendo un favor a ese capibara de circo dándole una lección que nunca olvidará. No te metas con Casimiro es la moraleja de su historia y de su estancia en el camping . Su camping .

Casimiro sonríe orgulloso ante su hazaña.

Todavía sujeta la bolsa, apoyada sobre la mesa de su oficina.

Mejor será que no la deje ahí, que la ponga detrás de la silla, no vaya a ser que alguien la vea.

Si se quedará con ella o si se la devolverá al día siguiente, todavía no lo ha decidido.

Sobre la marcha. Hay que saborear estos momentos, se dice a sí mismo.

Un nuevo éxito de su gestión. Una maniobra de reducción de daños.

En esa bolsa se hallan, sin género de dudas, las pruebas que ese batracio de escritorio pretende usar en su contra.

Casimiro no se está defendiéndose, eso sería mezquino, egoísta.

Está defendiendo algo más importante, algo más relevante, algo tan esencial como son las islas Cíes.

El honor de todo el turismo gallego está en sus manos, pesa sobre sus hombros.

Es un David luchando contra el Goliat de la inspección pública y la burocracia.

Es un adalid, ni más ni menos, de la libertad.

Pronto compondrán la epopeya Casimiro para que los gallegos le recuerden como es debido.