Capítulo V #4
Como epidemióloga siempre le han enseñado que su vista es como la de un pájaro, como un ave que sobrevuela la ciudad y contempla a la población en su conjunto, una médica que, en lugar de tratar a un paciente de forma individualizada, trata a muchas personas de manera comunitaria e incluso social.
Pero desde ahí no ve un carajo, y es que a veces hay que mirar más de cerca para poder discernir algo.
Marga aparta la vista de la inmensidad. Busca a Eusebio.
Lo encuentra agachado entre unos arbustos, unos metros más abajo.
Marga se levanta, se aleja del acantilado y se acerca al guardabosques.
Al notar su presencia, este se vuelve hacia ella con cara de preocupación.
Con el dedo índice de la mano derecha sobre los labios indica a Marga que guarde silencio.
Con la otra mano señala algo en el suelo, se levanta y ojea unos metros más abajo, vigilante.
Marga sigue las indicaciones de Eusebio y tiene que llevarse ambas manos a la boca para mitigar un pequeño grito que se escapa, sin querer, desde lo más profundo de sus pulmones.
Un charco de sangre roja, fresca, sin coagular, brillando a la luz de la tarde, y restos de alimentos sin digerir cubren un área de varios metros.
Marga se teme lo peor. Alguien debe de estar desangrándose en una profusa diarrea sanguinolenta.
O quizás sea una hematemesis, alguien vomitando sangre.
En cualquier caso, Marga se vuelve hacia Eusebio intentando transmitirle urgencia.
Pero Eusebio no parece compartir su preocupación.
Avanza por el camino de bajada, manteniendo su mano izquierda en alto en señal de stop para Marga.
La epidemióloga está azorada, ansiosa, da pequeños pasos hacia Eusebio.
—Alguien se está desangrando, tenemos que encontrarlo. Toda esa sangre…
—Esa sangre no es humana —contesta Eusebio en voz baja.
Marga se echa hacia atrás con los ojos tan abiertos como puede.
—Tienes que mirar más de cerca. Y escuchar. Cierra los ojos.
—No estamos para juegos de kung-fu, Eusebio —protesta Marga.
—Cierra los ojos y escucha —insiste Eusebio.
Marga opta por no discutir y cierra los ojos con una mezcla de prisa e indignación.
Y escucha. Escucha las olas del océano Atlántico, azotando con inclemencia las rocas de la vertiente occidental de la isla.
Escucha la espuma alzarse con violencia y caer, de nuevo, sobre la piedra de los acantilados.
Escucha la brisa marina que sopla desde el sur, húmeda y caliente, lamiendo las cimas de los riscos, descendiendo hasta perderse entre los pinos, eucaliptos y robles bosque abajo.
Escucha el monótono estridular de las cigarras en el intenso calor de la tarde.
Poco a poco, su mente se abstrae de todo ello, quedando tan solo el silencio.
Marga abre los ojos y la boca con asombro.
—Las gaviotas. No se escuchan las gaviotas.
—Llevamos horas dando vueltas y no hemos visto ni una triste gaviota.
Están en su época de cría. Deberíamos encontrarnos con ellas cada dos pasos.
Ponen nidos hasta en los caminos más transitados y no hay ni rastro de ellas.
Esa sangre que hemos visto no es humana.
Si uno observa más de cerca, puede ver plumas cubiertas por toda esa sangre y vísceras.
Alguien, o algo, ha estado alimentándose de esas gaviotas y sus polluelos y estas se han escondido o puede que incluso estén abandonando la isla.
Y si ellas lo hacen, quizás nosotros también deberíamos hacerlo, Marga.
—Eusebio, me estás asustando.
—Yo también estoy asustado.
Ambos callan por un momento mientras sus cerebros cavilan qué hacer. Marga es la primera en tomar la palabra.
—Está bien. Que no cunda el pánico —resuelve, tratando de convencerse a sí misma—.
No hay manera de abandonar la isla en estos momentos, así que lo menos que podemos hacer es buscar a las personas enfermas.
Yo, desde luego, me niego a quedarme sentada en el camping mientras están por ahí, confusas y desorientadas, y sabe Dios en qué estado.
—Marga…
—No, Eusebio, entra en razón.
—¡Marga! —grita Eusebio, señalando el campo cubierto de helechos y arbustos detrás de ella—. Creo que las gaviotas no se han ido a ningún lado.
Marga se vuelve sobre sí misma, solo para descubrir la mayor carnicería que jamás haya visto.
Los cuerpos de decenas de gaviotas, desplumadas, cubiertas de sangre, evisceradas, cubren con sus restos toda la ladera de la montaña.
Marga se lleva una mano a la nariz. Eusebio repite el gesto detrás de ella.
Una náusea ataca su paladar desde el vientre.
Intenta controlarla, pero sucumbe, se dobla y vomita a los pies de su compañera.
Ella lo toma por los hombros mientras rebusca en su bolso.
Extrae un pañuelo y se lo tiende. Eusebio se limpia la boca, se recompone como puede y respira profundamente.
—Hemos tenido suficiente. Venga, volvamos al camping —sentencia Marga.
Agarrada por el cogote, la han arrastrado por la espesura.
Sus plumas se han ido desprendiendo del cuerpo, enganchadas a las espinas de las silvas y las zarzas del sotobosque.
Ha intentado zafarse. Ha movido sus alas rotas.
Ha clavado la punta del pico en la muñeca de su agresor hundiéndola en su tensa y pútrida carne, entre los huesos y los tendones.
Ha sentido cómo la sangre de su captor caía, fría y densa, resbalando por su emplumado rostro.
Pero la mano que se había cerrado sobre el pescuezo se ha mantenido impertérrita a sus vanos intentos de huida.
Agotada, la gaviota ha terminado por rendirse a un incierto destino.
Al alcanzar la parte más alta del bosque, su cuerpo ha sido golpeado por última vez, en esta ocasión contra una roca.
Las uñas de su asesino se han abierto camino entre el plumaje blanco y gris, haciendo espacio a unos dientes que le han atravesado la piel a mordiscos, devorando, finalmente, sus entrañas calientes e indefensas.
Terminado el festín, el bípedo ha lanzado el cuerpo inerte más allá de la linde del bosque. Los restos yacen ahora junto a cientos de cadáveres de sus patiamarillas hermanas, abiertas en canal, destilando sangre fresca que tiñe la ladera con un intenso carmesí.
Ahora, envuelta en un manto gris, su mágico espíritu alza el vuelo y, tal y como había llegado a la isla muchos años atrás, la abandona, volando cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más libre.
Marga se baja del cuatro por cuatro cerrando la puerta con tal ímpetu que casi la hace giratoria.
Siente la furia subirle desde los pies hasta la vena yugular, pasando por los pantalones, la entrepierna, el abdomen y el pechamen, a punto de reventar de sangre desoxigenada y de pura frustración.
Siente que la braga-faja le aprieta más de lo normal.
Frente a ella aparece Pedrito con las manos hacia arriba y las manos hacia abajo, en signo de resignada incertidumbre.
A Marga solo le hace falta verlo para entender que tampoco han encontrado a ningún enfermo, pero la aparente tranquilidad de Pedrito termina por desquiciarla.
—Ven conmigo —le espeta Marga, susurrando un grito entre dientes—. Que vengas, te digo.
Pedrito la sigue con resignado nerviosismo, sin saber qué es lo que ha hecho mal. La persigue intentando repasar todo aquello en lo que puede haber fallado, que es mucho, pero por más vueltas que da a sus indicaciones, no halla la razón por la cual Marga pueda estar tan disgustada con él.
Su superiora camina directa a la cafetería, sin correr, pero a todo lo que dan sus cortas y robustas piernas que a veces le recuerdan, con cariño, a las de un bulldog francés.
Es ella misma la que arranca el precinto que impide el acceso y traspasa el umbral golpeando las puertas con ambas manos. Sí, sí, trae un cabreo que pa qué.
Una vez dentro, y a solas, se prepara para la que le va a caer.
Libreta y bolígrafo de publicidad de Sumergibles Indalecio en mano, Pedrito eleva las cejas y mira a Marga con cara de corderito degollado, atento a todo lo que pueda decir.
Ella se mueve de un lado al otro, caminando en el espacio que separa los mostradores de comida, ahora vacíos, de las mesas.
Hace aspavientos, farfulla, relincha. Finalmente, se da la vuelta. Tiene fuego en la mirada.
—¿Y tú, qué? ¿No dices nada? —No, no dice nada—.
¡Ah! ¡Me voy a volver loca! ¡Más loca de lo que ya estoy!
¿Qué demonios está pasando, Pedrito? ¿Dónde están los enfermos?
Y ahora, ¿gaviotas muertas, desmembradas, destripadas?
¡Esto se está saliendo de nuestra jurisdicción, Pedrito!
Y por si fuera poco, tengo unos sueños rarísimos que me tienen la cabeza como un bombo.
Y tú… ¡tú tan tranquilo! ¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo? !
Pedrito, que ha ido apuntando todo en su libreta, hasta eso de la jurisdicción y los sueños, levanta la cabeza.
Mira a su colega y se encoge de hombros.
Marga chifla como un hervidor de agua puesta al fuego demasiado tiempo, solo que en su caso lo que le hierve es la sangre, la sangre que le falta a su colega.
—Es en los momentos de mayor estrés cuando más hay que mantener la calma, Marga. Lo dicen…
—¡No! Ni se te ocurra terminar esa frase…
—… todos los…
—Pedrito…
—… manuales de epidemiología.