Capítulo V #3
Y así, la famosa hidalga Margarita Erauso y su noble escudero, Eusebio Panza, emprenden su marcha más allá del dique del Charco dos Nenos, hacia la isla Norte de las Cíes.
No van a lomos de un mal rocín, ni sobre un hipogrifo violento que corra parejo con el viento.
Pero van en un cuatro por cuatro, que a los siglos vino a ser lo mismo.
Recorren las leguas que del campamento les separan del faro do Peito, en la isla Norte.
Permanecen siempre atentos a cualquier movimiento entre los árboles y la maleza, siempre en un concentrado mutismo, queriéndose decir muchas cosas, pero sin atreverse a quebrantar el silencio que tensa su sensorio.
Nada encuentran, no obstante, en su periplo.
Nada más que una isla desconocida por cuanto desierta se halla.
Pedrito sale con pies ligeros por el camino que sube hasta el faro de la isla del Medio, seguido por un nutrido escuadrón de valientes jubiladas.
Aunque está asfaltado desde hace años y aquí sí hay camino, hacen el camino al andar.
Transcurre esta senda por encima de la cafetería del campamento, pasando por delante de las oficinas del gerente del camping , de la casa forestal y del antiguo convento, hoy punto de información para turistas.
Pedrito se adelanta con paso firme y decidido, a su paso normal, la verdad, más rápido que la media.
Deja atrás a las jubiladas, que charlan y parlotean, ríen y hasta sacan fotos a los paisajes para enviarles a sus nietos.
Qué viaje más entretenido nos está quedando, chicas.
Y Chelo no quiso venir, ella se lo pierde, va a morirse de la envidia.
Pedrito las espera a cada tanto. Pero quien espera, ya se sabe, se tira de los pelos, aun con el nivel de paciencia que caracteriza a nuestro Pedrito.
Cuando era un pequeño y rollizo scout , siempre lo dejaban de último y esto le hizo prometerse que no dejaría nunca a nadie atrás.
Así que no tiene más remedio que abrazar su espíritu de señora.
A paso de geisha continúan el camino, pero no oyen más voces de auxilio que el de las altas copas de oscuro follaje, con su bien acompasado y monótono zumbar.
A Marga le suda el canalillo. A Pedrito, los pies.
Pero al abogado buceador se la suda todo, así que toma el liderazgo del grupo de la guía Starlight , su grupo, porque él se está haciendo más y más duro por momentos.
Qué suerte tienen de contar con un verdadero hombre como él.
Ya va dando indicaciones a los demás, explicando cuestiones que nadie le ha preguntado.
Lanzando miraditas a las chavalitas del grupo.
Van cruzando el dique que une ambas islas y recuerda que la noche anterior vio pasar a dos parejitas y les dijo: «¿Un paseíto con las chavalas, eh?
» Ahora uno de ellos estaba mordido. Joder.
Es espeluznante. Aterrador. ¿Tienes miedo ya?
Berta va encontrando el ritmo. Pan. Queso. Chorizo. Pan. Pan, queso, chorizo, pan. Pan, queso, chorizo, pan. Pan, queso, chorizo, pan. Pan, queso, chorizo, pan…
Estoy en el asiento del copiloto del todoterreno de Eusebio, detenido a un costado de la calzada.
Más allá de la ventanilla, el bosque se extiende espeso y silencioso.
Entre mis manos, sujeto el marco con el retrato de Marcelino.
Bajo la vista buscando su rostro, pero la foto ya no está.
En su lugar, una imagen del alcalde de Vigo, Caín Fidalgo, vestido de Julio César, me devuelve la mirada.
Extrañada, miro hacia mi izquierda. Sentado en el asiento del conductor, el gato negro y de patita blanca me mira fijamente.
¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Eusebio? El gato lanza un maullido apagado, salta sobre mí, ronronea en mi regazo.
Se frota contra mis pechos, que se mueven y suenan como si tuviera un cascabel entre ellos.
Vuelve a maullar y salta por la ventanilla, perdiéndose entre los árboles.
Instintivamente, salgo del cuatro por cuatro y lo sigo.
Michi, michi, michi, lo llamo. No quiero que el gato entre en el bosque.
Podría ser peligroso. Las sombras bailan detrás de los árboles.
La cola del gato serpentea entre las plantas bajas del sotobosque.
Cuanto más lo sigo, más espeso se vuelve.
Las ramas no me dejan avanzar. Intento apartarlas y la tela de mi sotana se va enganchando en el ramaje.
Al ver a una mujer, me detengo. Es la novicia otra vez.
Ha traspasado los límites del convento. Está más allá de donde se le permite pasear.
Mirando siempre atrás, avanza con sumo cuidado.
Y, sin embargo, no se ha dado cuenta de que yo, la mujer vestida con sotana, he seguido su rastro.
Sube y sube bosque arriba por un camino apenas trazado, evitando dejar huella alguna.
¿Adónde te diriges, novicia, por estos caminos de Dios?
¿Quién te enseñó? El bosque termina dando paso a un alto rocoso, por el que la novicia asciende con la gracilidad de quien conoce el terreno que pisa.
Arde sobre el cielo azul el frío sol de la tarde de invierno.
Solo unos ojos expertos advierten en lontananza opacas nubes que anuncian tormenta.
La novicia se acerca hasta el borde de las rocas que, graciosamente cinceladas por el agua, el viento y la sal, terminan en acantilados que se asoman a un océano de horizontes infinitos.
¿No querrás, joven novicia, quitarte la vida, lanzarte al pecado mortal?
Una mano aparece entre las rocas. Le sigue un brazo, una oscura cabeza y un cuerpo que se abalanza sobre la novicia. ¿Es otra de esas cosas?
Estoy a punto de acudir en su ayuda, pero me detengo al oír la risa de la novicia y la voz de un hombre que la abraza contra su cuerpo, sentados a horcajadas sobre un trono de piedra.
¿Quién es ese hombre que la mira y la desnuda?
¿Es un otomano fugitivo, uno de esos turcos que asolaron estas rías, que mataron a tus padres y violaron a tus hermanas?
Ella lo encontró un caluroso día de fin de verano, mientras recogía moras silvestres de los zarzales.
Él estaba allí, entre los árboles, observándola, a escasos metros.
Sus ropas, raídas por la vida de náufrago, dejaban entrever un hirsuto y ancho pecho de moldeados pectorales esculpidos en el barco del turco al que servía.
Su visión habría asustado a cualquiera de las otras monjas.
Pero en ella ha hecho surgir una emoción que solo la contemplación del crucificado había conseguido alumbrar.
Les observo parapetada tras el tronco de un árbol.
De lo que queda de su estropeado pantalón bombacho, el hombre saca la mano cerrada.
Con tiento ceremonial, mira a la novicia y abre el puño, haciendo aparecer un humilde colgante elaborado con unos cordones y unas pequeñas caracolas traídas por el mar.
Tras una sonrisa de aprobación por parte de la muchacha, el hombre coloca la artesanía alrededor de su delgado cuello.
Veo cómo juntan las manos, cómo se miran y pienso que no puede ser pecado un cariño siendo tan verdadero.
Las mejillas de la niña se encienden con los rubores de la aurora.
Hunde sus manos entre los cabellos de él, que, en rizados bucles de azabache, caen sobre sus hombros contorneados por una vida en la mar y mesa con sus dedos la barba, oscura y cerrada, que resalta unos labios turgentes y solícitos, que no se atreve a besar.
Siente sus fuertes manos sobre su cintura asiéndola cuando se escabullen entre las rocas y desaparecen.
¿Qué harás, niña, si las hermanas supieran de tus furores de juventud? ¿Qué harán las mujeres de esta isla cuando sepan que guardas, cuidas y festejas los placeres de un amor prohibido?
La luz que se cuela entre las hojas de los árboles parpadea.
Las nubes de tormenta se acercan a toda velocidad.
Al final de un camino entre los árboles, Iría, la arqueóloga, vestida con una bata de hospital y agarrada a un soporte de suero y medicación intravenosa, me saluda.
El sol desaparece tras el manto violáceo de las nubes.
El viento agita las ramas. Una bandada de gaviotas surca el cielo muy cerca de los árboles, graznando de desesperación.
I NSTAPIC
Cayetana Polo
@petateypalacaye
[Foto con una cuadrilla de búsqueda].
Aquí estamos, buscando a los enfermos que parecen haberse esfumado del camping . A veces hay que dejar de pensar en nosotros mismos y echar una mano a los demás, ¿no creéis? Os leo en los comentarios.
#cies #islascies #happy #glamping #influencer #destinostarlight #ferri-cancelado #enfermedad #contagio #prayforcies #ayudando #solidaridad
Error en la subida
Post no publicado
Un bache en mitad del camino despierta a Marga.
Disimula poniendo cara pensativa. Eusebio sonríe y toma un desvío a la izquierda, siempre subiendo.
Conduciendo llegan al Alto del Príncipe, un risco que salta a los acantilados hacia el inmenso océano Atlántico.
Allí, siglo tras siglo, el viento y el agua han ido esculpiendo la roca hasta formar un trono de granito, conocido popularmente como la Silla de la Reina, desde el cual se divisan todas las islas.
Marga se sienta en la dura y áspera piedra y coloca el bolso sobre su regazo.
Lo agarra con fuerza. Ahí abajo, en el lado continental de la isla, el camping descansa bajo el pinar.
Y más allá, las faldas del monte y el camino se extienden, subiendo hasta el faro principal.
La tarde parece transcurrir tan tranquila… Sí, demasiado tranquila.