Bienvenidos a Cíes Capítulo V
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Capítulo V

Capítulo V

_Tarde del segundo día

OÍCHES PÓDCAST .

Tu plataforma de audiocontenido, de Galicia a tu oído.

Residencia de Mayores El Paraíso, presentado por Carmiña, periodista jubilada pero nunca retirada.

—Bueno, bueno, bueno, afilad vuestros colmillos, porque se viene una receta con la que se os va a hacer la boca agua, apreciada audiencia de este pódcast Residencia de Mayores El Paraíso.

Y para hablarnos de esta receta, tenemos a otro de nuestros residentes más queridos, don Mauricio. ¿Cómo estás, Mauricio? ¡Mauricio!

— ¿Ein?

—¿Está usted bien?

—Sí, sí, es que con este calor, me quedo enmodorrado por las esquinas.

—Claro, claro, Mauricio, no hay viejo que aguante este calor… Pero nos iba a contar usted su receta, que estaba para chuparse los dedos, ¿verdad?

—¿Mi receta de sesos rebozados? ¿Y para qué queréis saber mi receta de sesos rebozados?

—Pues para que la gente pueda prepararla en su casa.

—Esa receta era de mi abuela. La preparábamos en la aldea después de la matanza.

—¿De tu abuela, Mauricio? ¡Pues tanto mejor! No podemos perder todas esas costumbres culinarias de nuestros antepasados, ¿no crees? Sería una lástima.

—Una lástima, sí… Mira, lo primero de todo, lo primero es…

matar al cerdo. Luego se cuelga de un gancho para que suelte toda la sangre.

Cuando ya se desangró, hay que abrirle la cabeza con un machete, a machetazo limpio, así.

Por aquí, Peste lado, por donde el cráneo no se astilla. Se le hace un agujero.

—Sí, Mauricio, pero la gente hoy en día lo comprará en la carnicería, no va a matar al cerdo.

— Pa quitarle los sesos al cerdo hay que matarlo.

¿O no? ¿Entonces? Continúo. Se mete un alambre por el agujero de la cachola y se perfora la teliña esa que tienen los sesos, hace…

¡ crack !. A veces sale un líquido, como una agüilla.

A veces no. Con el alambre se enganchan los sesos y se van sacando fuera a una cunca .

Otras personas de la aldea los sacaban por los ojos, donde el hueso es más feble , pero mi abuela me lo enseñó así.

Luego ya se lavan, se maceran en ajo y limón y se cocinan a la plancha.

—¿Y el rebozado?

—¿Qué rebozado?

—Nos dijiste que eran sesos rebozados.

—¿Rebozados? No, no… macerados, quería decir, sesos macerados.

—Ah, bueno, entonces sí. Excelente receta, más sana sin frituras. Apunten, apunten. No sé a ustedes, ¡pero a mí se me ha abierto el apetito!

—A ver, a ver, cálmate, cariño —dice Marga y aprieta el brazo de la azorada campista—. ¿Qué quieres decir con que los enfermos no están? Estarán en el baño o dando una vuelta. ¿Has mirado bien dentro de la tienda? Estas tiendas son enormes.

—Mi amiga no está, pero tampoco el resto de los enfermos. Han… desaparecido.

Marga coloca la palma de la mano a modo de visera y mira hacia la zona de las tiendas.

Donde antes reinaba una pandilla de turistas disfrutando de una plácida mañana de verano azul, ahora se observa un hervidero de confusos y extrañados campistas, y lo que más teme alguien que tiene que liderar a un grupo: en pánico.

La zona comunitaria parece una jaula de grillos.

A Eusebio no le parece la mejor de las ideas salir a buscar a personas enfermas con el calorazo que hace y sin un transporte sanitario adecuado, pero nadie quiere quedarse a esperar de brazos cruzados.

Entre la deshidratación y la desorientación que parece producir esta extraña infección, lo más probable es que a más de uno le dé un golpe de calor, barrunta el guarda forestal.

En ese caso, transportar un enfermo inconsciente no es tarea fácil, así que hay que darse prisa e ir en grupos capaces de cargar con pesos muertos.

Se tienen que organizar para ayudarse los unos a los otros.

Además, la tarde avanza implacable y cada vez quedan menos horas de luz.

Él conoce la isla como la palma de su callosa mano, un surco aquí y una dureza allá que conducen a uno u otro dedo.

Un dedo que deja caer sobre un mapa abierto ante él con la esperanza de poner algo de orden en la discusión.

—Esta es la zona más alejada de la isla, hay poca vegetación y se puede recorrer en la camioneta para ganar tiempo.

A la vuelta podemos subir al Alto del Príncipe para tener una vista más amplia de la zona.

Esta de aquí —dice Eusebio señalando otro punto en el mapa— es mejor recorrerla a pie, es muy boscosa y cuantos más ojos haya, mejor que mejor.

Además, es una zona con poco desnivel y esa parte de la illa do Montefaro, en la que estamos ahora, y de la illa Monteagudo, es decir, la isla Norte, la del muelle, son las más cercanas al camping .

Podríamos dividirnos en tres grupos y cubrir toda la isla en apenas unas horas.

Marga asiente, seria por fuera, pero satisfecha por dentro.

Por fin no es la única que tiene que cargar con todo el peso del liderazgo y lo agradece.

Ella irá con Eusebio en el coche, ya lo tiene decidido.

No hace falta que venga nadie más. Así podrá estar otro ratito a solas con él…

¡pero Marga! No es el momento de perder la concentración.

Pero es que ese hombre cada vez le parece más atractivo.

No solo por su físico, bien parecido, con buena percha.

No importa que tenga un poco de tripa y le claree la coronilla.

A su edad, el físico sigue teniendo su importancia, pero aprendes a apreciar otras cosas: una sonrisa amable, una mirada penetrante y honesta, unas manos con personalidad, una voz agradable…

¿todo eso es físico o metafísico? En cualquier caso, el carácter, la actitud y los valores es lo que más atrae a Marga, aunque siendo sincera consigo misma, nunca ha vuelto a estar con otro hombre desde… desde Marcelino, ¡ay, Marcelino!

—Te pregunto que si te parece bien, Marga… ¡Doctora Erauso! —exclama Eusebio.

—Eh… sí, sí, claro. Me parece fenomenal —responde Marga saliendo del paso— y recuerden llevar agua y mantenerse a la sombra —una recomendación que siempre queda bien, piensa Marga, intentando recuperar el hilo.

—Estupendo. Entonces en el primer grupo iremos la doctora Erauso y yo, y el segundo grupo lo liderará Pedrito… quiero decir, el doctor Casas —continúa Eusebio, a lo que Pedrito asiente—. Necesitaríamos a alguien para liderar el tercer grupo.

—Pueden contar conmigo —dice un hombre saliendo de entre la gente—. Hace falta ser duro para enfrentar estas situaciones. Esto no es como en las películas.

—¿Es usted militar? —pregunta Eusebio con curiosidad.

—No, soy abogado, pero desde esta mañana siento que me estoy endureciendo. Ah, y hago buceo.

—Gracias. ¿No hay nadie más que pueda liderar el tercer grupo?

—A mí no me importaría. Supongo que ya sabéis quién soy… Soy Caye, tengo un blog de viajes. Tengo mucha experiencia viajando, quiero decir.

—¿Y alguien con experiencia en gestión de grupos? —pregunta Marga.

—Yo soy monitora de tiempo libre —deja caer Noela, la guía Starlight .

—Perfecto. La monitora está al mando —decide la epidemióloga—.

Los demás, les rogamos que se unan a alguno de los dos grupos.

También necesitamos gente que se quede. Este sería el cuarto grupo.

Quien no se vea con fuerzas para caminar o prefiera quedarse defendiendo el fuerte, por si alguien regresa y necesita su ayuda, que se quede aquí con Berta.

Ah, y por último: quiero a todo el mundo aquí a las veintiuna horas.

Poco después oscurece y no queremos que nadie esté por ahí de noche haciéndose el valiente, ¿lo tenemos claro? Pues vamos allá.

Van a ser unos días que no olvidarás nunca, te había dicho tu padre antes de meterte en el ferri camino a las islas Cíes con tu tía e irse a pasar el fin de semana con su nueva novia.

Pero desde hace un rato te has ido sintiendo peor y peor.

No has querido molestar, así que ahí estás, en medio de esa reunión de adultos, que a saber qué problema tienen.

Tú solo quieres ir a la playa y bañarte con tu recién estrenado flotador en forma de unicornio con cabellera y cuerno multicolor.

Otro regalo de tu padre como compensación por no pasar contigo, su propio hijo, el único fin de semana que le toca al mes desde que tu madre se divorciara de él.

Entradito en carnes como estás, el flotador se te ajusta a la incipiente tripita deprepubescente como un miriñaque hecho a medida.

Y eso es mucho mejor, porque así no tienes que hacer fuerza para no escurrirte por el agujero cuando estás en el agua, ni preocuparte porque se te caiga al suelo cuando estás en tierra firme.

Puedes moverte con el flotador de aquí para allá, como si cabalgaras a lomos de ese plastificado unicornio, lo que además te aporta mayor espacio personal.

Así y todo, no puedes decir que sea ni el mejor ni el peor fin de semana de tu corta vida.

Pero te sientes raro. Megararo. Entretenido, pero apático ante las diversiones que te ofrece la isla.

Saciado, pero con un hambre canina. Cansado, pero lleno de energía.

Síntomas habituales en un preadolescente, por otro lado, si no fuera porque te sientes cada vez más mareado, te duele la cabeza y el ambiente se ha teñido de un filtro amarillo cetrino de lo más inquietante.

Durante la comida, los fideos instantáneos comprados en el ultramarinos te han parecido, por un instante, como largas lombrices que apretaban y estiraban sus carnosos cuerpos dentro del paquete en un caótico peristaltismo; o el zumo de naranja te ha parecido teñirse, durante un momento, de un espeso y brillante tinte carmesí.