Bienvenidos a Cíes Capítulo IV #8
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Capítulo IV #8

—Hay cosas que sabemos y cosas que no sabemos —responde la epidemióloga con paciencia—.

Tenemos sospechas de qué puede estar causando esto.

Hay varios virus y bacterias que pueden producir cuadros clínicos similares pero, como comprenderá, no nos podemos aventurar a decirles nada, así a la ligera, hasta que no lo sepamos a ciencia cierta, ¿comprende?

En este momento, estamos casi seguros de que se transmite por el contacto estrecho de persona a persona y por alimentos, pero es demasiado pronto como para afirmarlo al cien por cien.

Precisamente por eso estamos tomando estas medidas, como el aislamiento, el cual es una medida eficaz para cortar la cadena de transmisión de este tipo de enfermedades.

Sabemos también que la paciencia es una virtud, sobre todo cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, y que sin la colaboración de todas las personas que estamos en este camping la situación puede llegar a complicarse más de lo que ya lo está —responde Marga con suavidad pero firmeza.

Como la piedra pómez con la que se lima los callos.

—Doctora, yo tengo una pregunta. Hemos oído que ayer evacuaron a una persona de la isla. ¿Tiene que ver con todo esto?

—Es posible… Y si no hay más preguntas, les agradecemos mucho su atención.

—Marga cierra la conversación de un portazo.

Lo último que necesita es un grupo de campistas alarmados y cotillas—.

Ahora, si son tan amables, diríjanse a sus tiendas y comuniquen todo esto a sus familiares y allegados afectados para poder comenzar con el aislamiento.

Si tienen alguna otra pregunta, no duden en acercarse a nosotros para que podamos resolverla.

El grupo se queda en silencio, un mutismo cargado de pensamientos confusos y emociones contradictorias.

Marga puede escuchar a la gente pensar, dudar.

Pero sabe por experiencia que necesitan algo de tiempo para procesar toda la información que acaba de soltar.

Poco a poco, los campistas van dando la espalda a Marga.

Alguno deja escapar algún comentario por lo bajini, agregando un poco más de tensión al ambiente.

Qué mandona la vieja. Se crean algunos pequeños grupos que comentan, sottovoce , sus impresiones, mientras se alejan.

Marga permanece ahí, de pie, sin abandonar su puesto de autoridad, dando la oportunidad de acercarse a quien quiera preguntar algo de manera más privada.

Pero en lugar de un campista, es Eusebio quien se acerca, dispuesto a ser el primero en romper el silencio que los atenaza.

—Bueno, creo que ha ido muy bien —le dice a Marga en parte para animarla un poco—. ¡Menudo aplomo tienes! Ojalá pudiera yo despachar estas situaciones como tú lo haces —remarca el guardabosques con sincera admiración.

Marga sonríe, aunque no puede evitar sentir el peso de la situación, cada vez más complicada.

—Un brote epidémico de una enfermedad aún por identificar, en un campamento, en una isla prácticamente incomunicada, en medio de una ola de calor…

Yo ya no sé qué más puede pasar. No sabía si comentarles lo de la chica evacuada o lo del enfermo que mordió a su compañero ayer por la noche.

Además, tampoco hemos podido confirmar que los casos de la arqueóloga y el camarero estén relacionados con el brote, aunque parece lo más seguro…

Lo estamos haciendo lo mejor que podemos.

Menos mal que me estáis ayudando mucho —es la primera vez que Marga deja de tratar de usted a Eusebio.

—No seas tan humilde, Marga. Lo habrías resuelto igual de bien con o sin nosotros —continúa Eusebio—. Además, qué poder de persuasión tienes, que hasta Casimiro te apoya en esto de crear una zona de… ¿aislamiento has dicho?

Marga mira a Eusebio con picardía.

—Casimiro está escondido de los campistas en su oficina, como una avestruz esconde la cabeza en un agujero para que no la vean.

Estoy segura de que, si pudiera, estaría ahora mismo al teléfono con su señora hermana, que por lo visto tiene un puestazo en la Xunta, quejándose de mí y buscándome algún problema.

Algo bueno tiene esta incomunicación —ríe su propio chiste con poco convencimiento—.

Casimiro no sabe nada de lo del aislamiento…

—confiesa Marga—. ¡Todavía! Pero hay que tomar estas decisiones rápidamente y no estoy para discutir con ese hombrecillo, la verdad.

Este señor no atiende a razones, así que no tengo más remedio que imponer mi autoridad sanitaria.

Para cuando Casimiro salga de su propio aislamiento, todo estará funcionando y no tendrá más remedio que asumir la situación a hechos consumados —concluye Marga con una sonrisa.

—No sé yo… —contesta Eusebio rascándose la cabeza.

Marga deja a Eusebio con su incredulidad y se acerca a Pedrito, que estudia el listado de casos y cómo distribuirlos por el área de aislamiento. Con camaradería, Marga lo toma del brazo.

—Tenemos que estar muy atentos. —Pedrito mira fijamente a Marga y asiente—.

Debemos tener muy claro el protocolo de actuación.

Tú y yo somos las únicas personas aquí que podemos dar indicaciones.

Así que cárgate de paciencia porque van a surgir muchas dudas.

Mira, ahí viene corriendo la primera… Sí, ¿en qué podemos ayudarte?

—¡No están! ¡Se han ido!

—¿Quiénes se han ido, cariño?

—Los enfermos… ¡No están en sus tiendas! ¡Han desaparecido!