Capítulo IV #6
Iria, la paciente, continúa en estado de coma.
Sus constantes vitales se mantienen estables, aunque débiles.
Por momentos, ha comentado la médica adjunta a cargo de la paciente, su frecuencia cardíaca y su respiración se aceleran y la actividad cerebral parece aumentar de manera significativa.
Pero estos ciclos, aunque alarmantes, parecen durar apenas un par de minutos.
La fiebre se mantiene elevada. Hay que estar vigilantes ante la aparición de convulsiones.
En cuanto a un potencial agente patógeno, no pueden decir mucho.
Los microbiólogos de guardia se han empleado a fondo, pero los resultados todavía no son concluyentes.
Los patógenos más habituales para fiebres hemorrágicas han dado negativo en la analítica de sangre y los cultivos microbiológicos no han sido concluyentes.
Al no conocer sus antecedentes de viajes, se ha solicitado también una PCR para plasmodium por si pudiera ser una malaria.
En un principio parecía haber dado positivo, pero el examen de gota gruesa no ha visualizado esquizontes del parásito, por lo que no se puede confirmar que fuese malaria ni tampoco descartarla.
La analítica, por supuesto, mostraba una elevación acusada de indicadores de infección aguda y coagulación alterados: leucocitos y enzimas hepáticas por las nubes, las plaquetas por los suelos…
En la escala pronostica de Bakir para fiebres hemorrágicas, la paciente ha obtenido una puntuación de 10, lo cual indica un pronóstico de mortalidad del 100 %.
Sería un milagro si saliera de esta, ha añadido la médica a modo de conclusión.
Al finalizar su intervención, las miradas se han dirigido a Carmela.
Sin mucho más que añadir, la doctora Peleteiro ha recordado que, mientras no se conozca la etiología de la enfermedad, esta se tratará como cualquier otra fiebre hemorrágica transmitida por contacto, como un virus del ébola o un Crimea-Congo, lo que obliga a un estricto aislamiento de la paciente así como a utilizar los equipos de protección individual.
Su homóloga del servicio de salud laboral les explicaría, de nuevo, cómo ponerse y quitarse los trajes para garantizar una mayor seguridad.
Carmela habría querido quedarse en el hospital, pero todos la han convencido de que se vaya a casa y descanse.
¿Tan mala cara tiene? Ellos están frescos como lechugas; ella hace algo más de veinticuatro horas que ha entrado en el hospital y ha dormido apenas un par de horas con la cabeza apoyada en el escritorio de su despacho, babeando la tecla p, de pringada, del teclado del ordenador.
Definitivamente, necesita irse a casa, darse una buena ducha y dormir un rato en su propia cama.
En cualquier caso, ha insistido en que la mantengan informada.
Bajando en el ascensor hacia la entrada principal del edificio, Carmela revisa el teléfono móvil.
Un mensaje en CharlApp® de su cita espera a ser leído.
La culpa recorre su mano, sube por su brazo y se instala en su cabeza.
Por la misma trayectoria, el miedo al rechazo hace el recorrido de vuelta.
Las emociones se agolpan en el umbral de la vergüenza, peleándose por traspasarlo.
Seguramente, tendrá un buen cabreo. Seguramente, no quiera volver a quedar con ella.
Vaia leria! Carmela decide coger el toro por los cuernos y abre el mensaje: «No pasa nada, lo comprendo perfectamente. ¡Que te sea leve!».
Carmela respira de alivio, exhalando sus miedos. La visión de la paciente tras un muro de metacrilato, enchufada a mil cables, luchando entre la vida y la muerte, le ha abierto la mente. Pulsa el botón de llamar.
—¡Hola! ¿Quieres venir a comer a mi casa?
Casimiro pega un portazo, apoya la espalda contra la puerta y toma aliento.
Ya les ha prometido buscar una solución en la medida de sus posibilidades, que ciertamente son muchas.
Y aun así, esa turba de coléricos y energúmenos campistas lo ha seguido hasta la oficina, increpándolo e insultándolo.
¡Qué ataques tan gratuitos! Casimiro entiende la frustración de sus huéspedes pero este linchamiento público está del todo injustificado.
A punto han estado esos domingueros de convertir su oficina en un improvisado patíbulo.
¿Pero es acaso él culpable de algo? ¿Tiene él la culpa de que haya una ola de calor, bueno, no una ola de calor cualquiera, sino la ola de calor más intensa desde que hay registros?
¿Tiene él la culpa del calentamiento global o del agujero de la capa de ozono?
¡Si hace años que dejó de usar laca! ¿Tiene él la culpa de que la gente enferme, de la delicadeza de sus intestinos o la propagación de las pestes?
¡Por favor, su higiene es irreprochable!
¿Y tiene él la culpa de que la naviera haya cancelado el transporte a las illas Cíes?
¿Es acaso el jefe de los mecánicos de los astilleros de Ferrol?
Por talento, podría serlo, pero no, no es el caso ni por asomo.
Sí, hay una ola de calor, hay campistas enfermos y un ferri en dique seco, pero no, nada de eso es culpa suya ni tampoco su responsabilidad.
Casimiro echa el pestillo por dentro a la puerta de la oficina y se desploma en su silla ergonómica, que gracias a su impulso gira lentamente sobre su eje.
Casimiro gira y gira, como gira el carrusel de sus emociones.
Como gira la rueda de la Fortuna. Sin duda, ahora está en sus horas bajas, oh Diosa mutable cual luna.
Un desconocido sentimiento de vergüenza le corroe por dentro mientras se pregunta una y otra vez qué pensarán.
Qué pensarán de él, obviamente. Estarán poniéndolo a parir, se figura lamentoso, querrán poner hojas de reclamaciones, se imagina, y, automáticamente, siente activarse esa zona lisonjera de su psique que lo obliga, día sí y día también, a tener que agradar a todo el mundo.
Casimiro siempre se dice que se debe a la expresión de su carácter generoso, su impulso emprendedor de hacer del planeta un lugar mejor donde todas las personas vivan en paz y armonía.
Y, sin embargo, detesta esa parte de su personalidad, ese vil gusanillo complaciente que crece y crece hasta dominar sus sinapsis neuronales, convirtiéndolo en esclavo y títere de su necesidad de complacer a los demás.
¡¡Plas!! Da con ambas palmas sobre la mesa del escritorio.
La vergüenza ha dado paso a la ira. Está rojísimo de ira.
Pues si antes se preguntaba, y negaba ser culpable de la ola de calor, de la enfermedad de los campistas o la cancelación de la ruta por ferri, ahora tiene claro quién es la responsable de todo eso.
Esa arpía, medio mujer, a lo sumo, medio bulldoq francés, botijiforme, esa maldita funcionaría de tres al cuarto, de café a las 9:00 y a las 11:00 y peluquería barata cada dos jueves, que no ha hecho más que complicarlo todo desde que llegó.
Lo que debía haber sido un simple paripé burocrático, un informe gris de tres líneas, esa aceituna con patas lo ha convertido en un auténtico circo, haciendo de todos ellos sus payasos, especialmente a los turistas, para qué negarlo.
¿Y si…? ¡Ah! ¿Y si esta funcionaría cualquiera ha sido enviada por algún colega suyo para hacer quedar mal a Casimiro, para hacer que lo echen, para provocar un escándalo falaz que manche su ejemplar gestión y que permita a alguno de sus enemigos —pues todos los genios los tienen a montones— mediocres y envidiosos, para impulsar un quítate-tú-para-ponerme-yo de manual?
Sí, por fuerza tiene que ser eso. Entre funcionarios, ya se sabe, que por mal que se lleven, siempre les queda un resquicio de ese infeccioso corporativismo para subyugar y oprimir a los pobres contribuyentes.
¡Maldita sea Margarita Erauso y toda su estirpe!
Necesita pruebas, necesita adelantarse a los planes de esa señora.
Vamos, Casimiro, piensa, tienes que hacer algo.
Su agitación es tal que, llevándose la mano al bolsillo, recupera su moneda y la lanza con todas sus fuerzas contra la pared de la oficina. Lejos de clavarse en la madera, como él esperaba, la moneda rebota y sale disparada, golpeándole entre ceja y ceja.
Reflejado por las verdes hojas de los árboles el sol centellea.
Se escapa la tarde. La brisa mece suavemente sus ramas y el rumor de la arboleda se funde con el batir constante de las olas del mar.
Camufladas bajo sus altas copas, las verdes lonas de las tiendas de campaña apenas se aprecian desde el cielo.
Sus ojos avistan algún que otro pez fresco saltando por aquí y por allá.
Un jugoso bocadillo de tortilla de patata está fuera de su plateado envoltorio.
El fulgor del papel la hace sentirse confundida.
Le recuerda a las relucientes escamas del pescado que tanto le gusta. El instinto dirige su vuelo.
Le encantaría lanzarse en picado a por ese bocadillo de tortilla, pero debe regresar al nido a cuidar de los bobos de sus polluelos.
Su instinto la pone en alerta. Alguien o algo se acerca.
Es uno de esos bípedos que pasean de allá para acá por su isla.
Pero este patizambo es diferente, no es como los otros.
Sin previo aviso, se arroja sobre ella. Sin poder reaccionar, siente un fuerte golpe en la cabeza, ve sus plumas revolotear a su alrededor.
Y después, fundido en negro. La nada más absoluta.