Bienvenidos a Cíes Capítulo IV #5
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Capítulo IV #5

Pedrito avanza por el muelle hacia tierra.

Sus pantalones desmontables favoritos, que tantas veces lo han acompañado al monte, cubren sus largas y fortalecidas piernas.

La gente siempre se sorprende al observar la robustez de sus miembros inferiores en comparación con la extrema delgadez de su torso, tapado por una fina camiseta cuyas mangas se alargan hasta las muñecas.

Está hecho para subir montañas, bromea Pedrito cuando le preguntan.

Pero lo cierto es que su fisonomía responde a la sana maduración de un cuerpo que se transformó de un gordito scout a un larguirucho adolescente y que obtuvo, en buena fortuna, lo mejor de ambos mundos.

Una gorra tapa su cabeza y su pelo castaño y, bajo la visera, unas gafas no tan gruesas como cabría esperar se apoyan sobre una nariz prominente y algo roja por la tarde de sol del día anterior.

Como antiguo scout que se ha ganado sus insignias a pulso de superar los retos más esforzados, Pedrito va pertrechado para la ocasión: no falta algo de comida ni el antimosquitos, el protector solar factor cincuenta, la cantimplora llena de agua y una pequeña pero potente linterna.

La del móvil le sabe a poco. Pero si algo no puede faltar en la mochila de un scout son tres cosas: un trozo de cuerda, una navaja y cerillas. Eso es así.

Fiz le ha hecho prometer que no se quedará mucho tiempo en la isla.

Una noche a lo sumo, ha contestado Pedrito, así que con una muda va más que sobrado.

De cualquier manera, el lunes tiene que estar de vuelta en el hospital, así que tampoco tiene pensado empadronarse, ni mucho menos.

Ni siquiera sabe si Marga necesita ayuda o si podrá quedarse a echar una mano.

Le ha enviado un mensaje de CharlApp®, pero parece no haberlo recibido.

Es raro, aunque tampoco le sorprende. Puede que Marga no haya cargado el teléfono o lo tenga apagado.

Las señoras y la tecnología, ya se sabe.

Al llegar al final del muelle, Pedrito consulta el mapa de la isla que se ha descargado en el móvil y gira hacia la derecha para seguir el camino que conduce al camping .

Pareciera que acabase de naufragar en una isla desierta de lo tan silenciosa que la encuentra.

Por no escucharse, no se escuchan ni las gaviotas.

El calor debe tenerlas aturdidas, piensa Pedrito, que enseguida se solidariza y empatiza con las aves, puesto que él se siente exactamente igual.

Solo se oye, de vez en cuando, el intenso estridular de alguna cigarra que augura un caluroso y largo día. Si Pedrito supiera…

I NSTAPIC

Cayetana Polo

@petateypalacaye

[Foto con las manos en las mejillas y la boca abierta con cara de sorpresa].

Nos han cancelado el ferri así que… ¡nos quedamos una noche más!

#cies #islascies #feliz #glamping #influencer #destinostarlight #ferri-cancelado

Error en la subida

Post no publicado

Marga abraza a Pedrito como no había abrazado a nadie en mucho tiempo. Siente que, por un momento, recupera algo de tranquilidad. Pero esto le dura poco menos que un instante. Abrazada a su colega, Marga le habla al oído, muy despacio y muy bajito.

—No sé qué haces aquí, Pedrito, pero no te haces una idea de cuánto me alegro de verte.

Solo tengo dos manos y dos ojos y aquí voy a necesitar mucho más que eso.

Ahora sígueme el juego. Luego te lo explico todo.

—Marga aleja a Pedrito de su generoso pecho y, tomándolo por los hombros, lo zarandea con brusquedad—.

¿Dónde estabas? ¡Llevo horas esperándote!

Se supone que tenías que haber estado aquí a primera hora.

Berta, te presento al doctor Casas. Trabaja en el Servicio de Medicina Preventiva del Hospital Central de Vigo y viene a colaborar con el control del brote.

Por favor, facilítale una tienda para que deje sus cosas y, además, un mapa del camping y de las instalaciones circundantes.

El doctor Casas se encargará de reubicar a los enfermos.

Berta, todavía sin saber qué pensar, mueve la mano de manera automática saludando a Pedrito, a la que Pedrito responde de igual manera con una forzada sonrisa.

—¿Cómo ha llegado el doctor hasta aquí? Los ferris están cancelados —pregunta Berta.

—Pues… es una buena pregunta, Berta. Contesta tú mismo, Pedro. Cuéntaselo tú.

—Me ha acercado un bote de Salvamento Marítimo. Sí. Salud Pública se coordina con Emergencias y me han traído en una lancha de estas que van a toda pastilla.

—Eso es. Salud Pública tiene lanchas muy potentes, Berta. Tenemos muchísimos recursos y por eso me han enviado a un médico epidemiólogo y preventivista. ¿Lo ves? Sabemos lo que hacemos, así que no nos entretengas más.

—Vuelvo enseguida —concluye Berta todavía algo confusa, ya sin recordar lo que la ha llevado hasta ahí.

Marga se vuelve hacia Pedrito, ahora que se quedan a solas.

—No tengo ni idea de lo que estamos haciendo.

¿Qué haces aquí, Pedrito? ¿Quién te ha enviado?

Antes estaba hablando con la directora xeral y se ha cortado.

¿Te ha enviado ella? Estará cabreada, ¿no?

Bueno, la verdad es que no me importa. Pero es que cada vez tengo menos idea de lo que está pasando y nadie me dice nada.

¿Cómo es eso de que no hay ferri? ¿Te envían desde el hospital?

¿Has hablado con Carmela? No sé nada. Solo tengo un mensaje de ella diciendo que todavía no habían salido los resultados, pero eso fue ayer por la noche.

Yo apostaría a que es un virus, ¿a ti qué te han dicho?

—¡Respira, Marga! —La para en seco Pedrito—.

No me envía nadie. No he hablado con nadie.

Estaba pasando el fin de semana en un velero con unos amigos de mi novio.

Me he metido al correo del trabajo y he visto la alerta del camping .

No dice gran cosa. Pero me sorprendió ver que habían cambiado la causa de «intoxicación alimentaria» a «fiebre hemorrágica de origen desconocido».

Vi que te habían asignado el brote y pensé que necesitarías algo de ayuda.

Las noticias dicen que han cancelado los ferris por una avería de los sistemas de navegación o algo así.

Temí que no fueran a enviar a nadie más y yo estaba tan cerca que…

—Bendito sea tu amor por este trabajo, Pedrito.

Si todos los epidemiólogos fueran como tú, ya se habrían erradicado la mitad de las enfermedades infecciosas del mundo —dice Marga alegre, pero pensativa—.

La verdad, esperaba que te hubiera enviado alguien.

Al menos eso sería una muestra de que contamos con un poco de apoyo institucional.

Pero ya veo que este vals lo bailo sola.

—Pedrito quiere corregirla, pero Marga continúa—.

En cualquier caso, ni se te ocurra decir que te has dejado caer por aquí por un golpe de suerte.

Tenemos que mantener una imagen de credibilidad o perderemos la poca autoridad que nos queda, y te aseguro que vamos a necesitarla.

Las cosas están a punto de ponerse muy feas, Pedrito.

Los casos no dejan de aumentar. El agente infeccioso es desconocido.

La fuente de contagio, también. Incomunicados por tierra, mar y aire.

Y con las redes cortadas. Somos como un barco en mar abierto y en cualquier momento puede producirse un motín.

Carmela se abrocha el botón del pantalón vaquero.

Desliza la blusa sobre su pecho. Se mira al espejo.

Esto no hay maquillaje que lo arregle. Total, ¿para qué?

Deposita el pijama del hospital en uno de los cubos de lavandería.

Cierta nostalgia la embarga recordando aquellas primeras guardias de urgencias durante sus años de residencia, allá por el pleistoceno.

Al principio las odiaba, pero había terminado por pillarles el gusto una vez que había aprendido a ser útil.

Se supone que después de seis años de facultad, mucho estudio y muchas prácticas, debes estar capacitada para atender una urgencia hospitalaria.

Tu primera guardia es un choque de realidad.

Olvida todo lo que has aprendido y empieza de cero.

Era la guerra. Si había sobrevivido a aquella experiencia, puede sobrevivir a cualquier cosa, piensa Carmela.

Baja la tapa del cubo de lavandería y sale del vestuario hacia el pasillo.

Después de desayunar en la cafetería de personal, la preventivista se ha acercado al pase de guardia de la Unidad de Aislamiento de Alto Nivel.

Quería escuchar la evolución de la paciente trasladada desde las Cíes y estar presente por si el siguiente equipo de guardia tenía alguna pregunta sobre el protocolo de aislamiento y las medidas de protección.