Bienvenidos a Cíes Capítulo IV #3
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Capítulo IV #3

—¡Buenos días mis ovarios, Marga! ¿Qué tal por las islas?

¿Disfrutando del trinar de los pajarillos?

Pues la que está que trina es nuestra conselleira, Marga.

Se ha enterado del pollo que le montaste al gerente del camping …

Sí, Marga. El gerente del camping es el hermano de una directora de la Consellería de Turismo.

Que en esta tierra todo queda en familia, carallo , ya deberías saberlo a estas alturas…

¡No me interrumpas! En cuanto clausuraste la cafetería llamó a su querida hermanita y le puso la cabeza como un bombo y a ella le faltó tiempo para echar sapos y culebras ante su conselleiro —continúa la directora—.

Este, a su vez, el muy cerdo, le ha montado un pollo a nuestra jefa, que por cierto está más cabreada que una mona…

Un zoo. Escucha… ¿Tú sabes el peso que tiene Turismo dentro de la Xunta?

¿Eres consciente de que este rifirrafe puede acarrearnos problemas en la negociación de los presupuestos y en los proyectos normativos?

Marga, leñe, que no nos conviene ganarnos enemigos, y menos aún con Turismo.

Todavía tenemos que trabajar el programa de alcohol con la gente de hostelería y Turismo es la llave.

Como nos cierren las puertas nos quedamos sin programa y vamos apañadas…

¿Qué? ¡Y dale con cerrar cosas! ¿Cerrar todo?

… ¿Pero qué quieres decir con «todo»? Si ya has cerrado la cafetería y montado este cristo, ¿qué más quieres cerrar?

Que nos estás buscando la ruina, Margarita, que a los conselleiros solo les mueven dos motivos: votos y presupuesto.

Y lo que planteas no aporta ninguna de las dos cosas…

¿Cómo que uno de los enfermos ha desaparecido?

Marga, no entiendo nada… Mira, necesito un informe cuanto antes.

¿Cómo quieres, si no, que entienda todo este guirigay que me estás contando?

Marga escucha la parrafada de la directora xeral, obviamente disgustada.

A veces hay que hacer un poco de psicología con los puestos directivos.

Marga empatiza con todo aquel que tenga que lidiar con el maquiavélico mundo de la política y, además, tener la responsabilidad de conseguir que se hagan las cosas, y no solo de prometerlas.

Hay que dejarles que se desahoguen un poco, que bastante tienen que aguantar.

Pero, claro, Marga, consciente de que la directora se habría mostrado reacia al cierre cautelar de la cafetería del camping , había omitido ponerla al día de ese nimio detalle.

¿A cuántas como ella ha visto pasar durante todos estos años desde el servicio de epidemiología de la Xunta?

Está segura de que habría preferido esperar a enviar a un equipo de inspección, tomar muestras, esperar a los resultados…

Pero Marga sabe bien que, de haber sido así, el cierre del establecimiento podría haberse demorado varios días y ella tiene claro meridiano dónde está el problema.

Ahora, el equipo de inspección tendrá todo el tiempo del mundo para pasar el algodón sin prisa por la cocina, por el almacén y hasta por la grasienta cara del gerentucho ese si quiere.

Pero al menos los campistas ya no estarán expuestos al foco de contagio.

Y si no les gusta su decisión, que la echen del trabajo.

Ah, no, que no pueden, que es funcionaria de carrera. De carrera de obstáculos.

Tras prestar oídos a los lamentos de la directora, finalmente, Marga expone la cruda realidad.

— Escolta , Uxía, esto no pinta bien. Si hubiera sido un solo enfermo podría ser un episodio de delirio transitorio ocasionado por fiebre elevada.

A la diarrea sanguinolenta, la fiebre, la confusión y el dolor de cabeza tenemos que sumarle alucinaciones, alteraciones en la percepción de la temperatura y comportamiento agresivo…

Y te quiero recordar que tenemos una persona evacuada y en estado de coma debido a una probable fiebre hemorrágica de origen desconocido.

Por la noche —continúa Marga—, por miedo a que los enfermos desaparecidos sufrieran algún tipo de desorientación y tuvieran algún percance, un grupo de voluntarios salió a hacer una batida por la isla y uno de los voluntarios ha recibido mordeduras y arañazos por parte del enfermo al que buscaban…

que, por cierto, tienen una pinta malísima para tener tan pocas horas de evolución.

A mí todo esto me parece que tiene pinta de virus, pero a estas horas aún no han salido los resultados de microbiología de la paciente evacuada, así que me figuro que todavía no tienen ni idea de qué puede ser y me empiezo a temer que no solo se transmita a través de los alimentos.

Estoy casi segura de que hay múltiples vías de contagio.

—Marga llega sin aliento al final de la frase.

Al otro lado del teléfono no se oye nada—.

Uxía, ¿sigues ahí? ¿Uxía? ¿Directora? —La señal comunica.

Marga muestra el teléfono móvil a Berta.

—Lo que te decía, cariño. Yo me he quedado sin cobertura y sin datos hace unos diez minutos mientras hablaba. Kaputt .

—Yo tampoco tengo ni señal ni internet. ¡Qué momento para que haya problemas con la antena! —dice Berta mirando su propio teléfono.

—Ah, pero ¿suele pasar esto? —pregunta Marga extrañada.

—No es habitual, pero tampoco sería la primera vez que ocurre —responde Berta encogiéndose de hombros.

—Qué oportuno… ¿Te importa comprobar si es posible acceder a internet desde algún ordenador? No nos convendría perder el contacto con tierra en una situación así.

—¡Buena idea! Voy a chequear la conexión desde la recepción. Por cierto, doctora, ¿qué es lo que me había pedido?

—Te decía que sería conveniente reubicar a las personas enfermas, separarlas de las sanas y mantenerlas aisladas y contenidas. —Expone la epidemióloga como quien no quiere la cosa—. ¿Hay algún sitio donde podamos acomodarlos?

—¿Qué quiere decir con contenidas? ¿Atadas?

—No podemos permitir que los enfermos deambulen por las islas como… —ríe Marga sin poder terminar la frase—. ¿Te imaginas?

Berta sale disparada hacia la cabaña de recepción, dejando a Marga sola con sus pensamientos.

Mientras espera, la epidemióloga repasa mentalmente el listado de enfermedades que podrían estar causando esta serie de catastróficas coincidencias, pero no le salen las cuentas.

¿Fiebre del Nilo Occidental? ¿Encefalopatía japonesa?

¿ Rickettsia de las Montañas Rocosas? ¿Fiebre del Valle del Rift?

¡Uff, qué ganas de pegarse un buen viaje cuando termine todo esto!

Sigue inmersísima en sus cavilaciones, cuando percibe una figura al otro lado del camino acercándose hacia ella.

Marga levanta la vista y entrecierra los párpados para poder contrarrestar su presbicia. Estupefacta, grita:

—Pero ¿tú qué haces aquí?

Pedrito lleva ya una hora despierto leyendo en la borda del velero. Ha empezado una nueva novela, pero ya va casi por la mitad. Carnavalito , el último libro de Pestian Zamarelli lo tiene absorto.

La calma reina en el silencio, solo quebrantado por las olas que rompen en la cercana playa de la isla de San Martiño, a unas decenas de metros de donde fondea el Ruliña .

Durante la noche, la brisa marina ha aplacado el insufrible calor del día, que ya empieza a apretar.

Fiz sale del interior del velero expandiendo su caja torácica y estirando los brazos en señal de buen descanso.

Su sonrisa indica que ha dormido bien y toma asiento a su lado.

Pedrito pasa el brazo derecho por encima del hombro de Fiz y le planta un beso de buenos días.

Un ritual que se repite casi todas las mañanas, allá donde estén.

La novela está de lo más interesante, con sus protagonistas saliendo de Humahuaca camino del Hornocal y La Puna jujeña, pero el estómago de Pedrito ya empieza a protestar con un incesante gru-gru y así no hay quien se concentre en la lectura.

Toni y Marina no han salido todavía de su camarote, pero se les oye remolonear bajo la cubierta.

No tardarán en subir. Intentando no hacer más ruido del estrictamente necesario y preservar este remanso de tranquilidad, Fiz secuestra un par de plátanos de la despensa del velero.

Al regresar a cubierta, encuentra a Pedrito consultando algo en el teléfono móvil. Fiz, con una sospecha entre los ojos, se acerca.

—No me creo que estés mirando el correo del trabajo otra vez… Estás enganchadito, ¿eh? —lo reprende.

—Solo estaba revisando las alertas, a ver si habían notificado algo nuevo —responde Pedrito entre avergonzado y divertido. Le gusta demasiado su trabajo—. ¿Sabías que ayer se reportaron unos casos de intoxicación alimentaria en el camping de las Cíes?

—Lo comentaste mientras cenábamos, sí —replica Fiz con cierto retintín que Pedrito no capta.

—Pues han cambiado la notificación de intoxicación alimentaria a, agárrate, fiebre hemorrágica de origen desconocido y han activado el protocolo.

Fiz se queda pensativo.

—¿Crees que el helicóptero que vimos ayer tiene algo que ver con eso?

Pedrito se encoge de hombros, se da la vuelta y echa un nuevo vistazo a la isla del Faro.

La mira con nuevos ojos. Fiz resopla. Sabe a ciencia cierta lo que Pedrito está pensando, lo que está sintiendo.

Esa necesidad de ayudar a la gente. Malditos colegios de monjas.

Pedrito también sabe lo que Fiz está pensando.

Son más de diez años juntos como para no saberlo.

—¿Recuerdas a Margarita Erauso, la epidemióloga con la que hice la rotación de Epidemiología de campo? —pregunta Pedrito.

—¿La que va a todos lados con el retrato de su marido muerto en el bolso? —responde Fiz con otra pregunta.

—Esa misma. La enviaron ayer a la isla a gestionar el brote y…